martes, 5 de febrero de 2019

Crítica a "La estirpe de los libres" de Benigno Varillas



La siguiente crítica se refiere a la edición del 14 de marzo del 2018 de La Estirpe de los Libres. Es una adaptación de la crítica remitida directamente al autor de dicho libro, Benigno Varillas. Aunque seguramente muchos lectores no hayan leído La Estirpe de los Libres, tampoco es imprescindible haber leído este libro para leer, entender y sacar provecho de esta crítica.

La estirpe de los tecnoilusos: crítica a La estirpe de los libres
Por Último Reducto
En esta crítica me centraré en los puntos clave o premisas básicas y generales en que basas tu obra, dejando de lado normalmente los múltiples fallos concretos y puntuales que aparecen en el texto, desde defectos de estilo, errores tipográficos, ortográficos y gramaticales, hasta numerosas imprecisiones técnicas que, ya por sí solas, deslucen la obra y hacen dudar sobre tu grado de conocimiento acerca de las materias tratadas y de tu rigor científico e intelectual a la hora de documentarte. No es mi intención ayudar a mejorar tu libro con mis críticas, sino más bien desmontarlo completamente y mostrarte que, en gran medida (básicamente, como mínimo, casi todo lo que va más allá de la mera biografía de Félix Rodríguez de la Fuente), es un auténtico despropósito basado en falsedades, datos sesgados e/o incompletos y fenómenos mal interpretados.
Antes de empezar y para evitarte la fácil escapatoria de tacharme de “neolítico”, “patriarcal”, “violento”, etc. te recuerdo que:
·  Yo tomo como valor fundamental lo salvaje, entendido como todo aquello que no es artificial y que es autónomo, es decir, todo lo que existe por sí mismo y a la vez funciona por sí mismo. La Naturaleza salvaje es, para mí, lo más importante y todo lo demás debería subordinarse a su preservación.
· Considero que el mejor (o, más bien, el menos malo) modo de vida para los seres humanos es el modo de vida cazador-recolector nómada a pie, ya que (1) es el modo de vida al que estamos física y psicológicamente adaptados por naturaleza, tras cientos de miles de años de selección natural por parte del entorno y (2) es el modo de vida menos dañino para los ecosistemas. Creo que al menos desde que comenzamos a practicar otros modos de vida (caza-recolección sedentaria, caza-recolección nómada a caballo, agricultura, urbanización, industria, etc.) sólo hemos empeorado, tanto en lo que respecta a (1) como en lo que respecta a (2).
Tenlo siempre bien en cuenta cuando leas mi crítica.
Buena parte de lo que te diré a continuación no es más que el desarrollo lógico y la explicación más en detalle de lo que ya te dijimos los miembros de Naturaleza Indómita en nuestra carta del 30 de abril del 2018.
Vamos al grano.
Los defectos principales que le veo a tu libro son:
1.      Valores progres.
2.      Idealización de los cazadores-recolectores.
3.      Concepto incompleto y simplista de lo salvaje y de su conservación y recuperación.
4.      Noción incompleta y sesgada de la historia de la conservación.
5.      Concepto finalista y progresista de la evolución humana y del desarrollo social.
6.    Concepción idealizada y sesgada de la informatización social en particular y del futuro desarrollo tecnológico y social en general.
Los comentaré uno a uno en detalle:

1.  Valores progres
Todo tu discurso y teoría se basan en la asunción de que supuestamente la paz, la cooperación, la igualdad, etc. son lo bueno y lo deseable, lo que hay que promover y extender, “el bien”. Y, de forma complementaria, para ti la violencia, la competencia, la jerarquía, etc. son lo malo, lo que hay que evitar o eliminar, “el mal”.
Sin embargo, (a) ¿son realmente tan buenos y deseables siempre esos valores (y tan abominables siempre sus supuestos contrarios)?, (b) ¿a dónde nos llevaría realmente aplicar de forma estricta y hasta las últimas consecuencias esos valores y eliminar sus contrarios?, ¿sería realmente mejor el mundo entonces o más bien sería un infierno distópico, al estilo, por ejemplo, de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley? y (c) ¿por qué tomas como referencia única o principalmente dichos valores y no otros?
En lo que se refiere a (a), la violencia y la agresividad, la competencia, las diferencias, etc. forman parte consustancial de la Naturaleza salvaje (tanto externa como interna a los seres humanos) y son indispensables para su correcto funcionamiento. La depredación, el parasitismo, las catástrofes, los accidentes, las enfermedades, la diferenciación y separación entre especies, etc. no sólo son parte de la Naturaleza[1], sino de son imprescindibles para que la evolución se produzca, para que funcione la selección natural, para que se alcance un equilibrio dinámico en los ecosistemas, etc. Y, a nivel meramente humano, lo mismo. La agresividad (y la agresión llegado el caso), la desconfianza y el rechazo a lo extraño (lo que se sale de lo habitual), la competencia (intra e intergrupal), las diferencias en el trato y en el estatus, la autoridad y el prestigio (o sea, la discriminación o desigualdad) por edades, sexo[2], procedencia, experiencia, etc. forman parte de nuestra naturaleza (una naturaleza que se creó por selección natural en el Paleolítico, y que no ha cambiado significativamente desde entonces), están en nuestros genes, tanto como la tendencia a la solidaridad y la cooperación dentro del grupo natural de referencia, el rechazo a las jerarquías excesivamente autoritarias y a las nociones de estatus arbitrarias basadas en la arrogancia y la ostentación en lugar de en la verdadera valía, etc.
Y no es que seamos “duales”, como afirmas tú en la página 534 de tu libro. La supuesta “explicación” de la naturaleza humana como algo “dual”, “bueno” y “malo” –se entiendan estos términos como se entiendan- a la vez, no explica nada en absoluto. Más bien es que simplemente funcionamos de forma compleja y diferente según las circunstancias. Por ejemplo, según tratemos con un allegado, con un desconocido o con un rival/enemigo. Con el primero, tendemos a ser altruistas, solidarios, respetuosos (aunque no necesariamente igualitarios; depende se su estatus, edad, sexo, etc.) y amables. O al menos tendemos a tolerarlo. Con el segundo, tendemos a ser indiferentes, o incluso desconfiados (según la situación), aunque podemos y solemos ser, en principio, respetuosos, amables y solidarios si no nos supone un gran esfuerzo o coste. Y con el tercero, solemos tender a ser egoístas, agresivos, insolidarios, irrespetuosos y desdeñosos, nada igualitarios e incluso crueles. Y hemos sido así siempre, incluso desde antes de ser humanos (en el punto 2, sección a, vuelvo con esto).
Y esto es así porque es lo que funcionaba en las condiciones de vida del Paleolítico (pequeñas bandas de cazadores-recolectores nómadas), cuando nuestra naturaleza tomó forma mediante la selección natural. Tender a establecer vínculos afectivos y a ayudarse entre los miembros del propio grupo (que solían ser parientes cercanos, es decir, compartían gran parte de sus genes); tener mucho cuidado con o incluso rechazar violentamente a los demás grupos que competían por los territorios de caza y recolección propios; diferenciar el estatus, los roles y las tareas de los diferentes individuos, sexos y edades dentro del grupo; etc. permitió a los seres humanos sobrevivir y prosperar entonces. Los que eran demasiado confiados, demasiado pacíficos, demasiado tolerantes con otros grupos desaparecían a manos de éstos. Los que eran demasiado competitivos, insolidarios, desconsiderados, violentos, irrespetuosos o desorganizados (léase “igualitarios”) dentro de su propio grupo, entorpecían la prosperidad de éste (y con él la de sus propios genes), y acababan desapareciendo también. Los grupos en que sus miembros se apoyaban y toleraban y funcionaban en base a unas normas de respeto y organización basadas en el estatus, la separación de roles y tareas por sexos y cierto grado de jerarquía eran más eficaces y prósperos y los genes que determinaban esos comportamientos prosperaban también. Los grupos que eran más competitivos y agresivos que los grupos vecinos (en gran medida por ser también más cooperativos, organizados y cohesionados en su propio seno que esos vecinos) medraban a costa de ellos y con ellos los genes que determinaban esos comportamientos agonísticos extragrupales. Los grupos pacíficos y no competitivos (a nivel intergrupal) se extinguían, no prosperaban (en el punto 2, sección j, vuelvo con esto porque implica justamente todo lo contrario a la noción de “selección natural” que planteas en las páginas 526-527 de tu libro para el comportamiento conservacionista).
Exaltar la cooperación, la paz, la igualdad, etc. en abstracto, sin tener en cuenta las circunstancias ni las sutilezas y complejidades de la sociabilidad humana, y con ello, denostar, del mismo modo simplón y torpe, la competencia, la violencia y agresividad, las diferencias de estatus y trato, etc. supone atentar contra la Naturaleza salvaje en general y contra la naturaleza humana en particular.
La actitud correcta es asumir que cierto grado de violencia, de agresividad, de desigualdad, de competencia, de jerarquía, de insolidaridad, etc. forma parte inherente e inevitable de la naturaleza humana[3] en particular y de la Naturaleza salvaje en general, y que esto no es necesariamente malo, sino que incluso es necesario y deseable. Y viceversa, que la igualdad, la cooperación, la paz, etc. no siempre son tan buenas como puede parecer a simple vista.
En relación con esto último, pasemos a (b). Los incautos buenistas que defendéis esos valores ñoños, progres e izquierdistas (da igual si te consideras de izquierdas o no, esos valores son los valores que la izquierda lleva defendiendo desde el principio; y, antes que ella, el cristianismo) y promovéis “hacer el bien” y “pensar bien” no soléis reflexionar seriamente acerca de cuáles serían los efectos reales de la completa implantación de ese “bien”, de esos valores supuestamente tan “buenos”.
Como ya he dicho, la defensa de dichos valores y el rechazo de sus contrarios, de forma absoluta y abstracta, supone ineludiblemente un atentado contra la Naturaleza salvaje en general (que no es todo paz ni amor precisamente, ni falta que hace) y contra la naturaleza humana en particular (que tampoco es todo paz y amor, ni falta que hace). Para implantar las utopías políticamente correctas basadas en esos valores ñoños y progres habría que alterar completamente el funcionamiento de los ecosistemas (eliminando la depredación, el parasitismo, las enfermedades, la competencia, el mal tiempo, los terremotos, etc.), lo que viene a ser lo mismo que destruirlos (porque no se puede intentar controlar sistemas de tal complejidad sin acabar estropeándolos y desbaratándolos completamente y porque, aunque se pudiese, el resultado sería deleznable: un mundo totalmente artificial y controlado, sin autonomía, sin libertad, sin retos, sin riesgos y totalmente carente de sentido, aburrido e insípido). O al menos, en los casos en que los defensores bienintencionados de dichos valores progres restringen sus actividades y metas a la sociedad humana, habría que alterar completamente la libre expresión de la naturaleza humana. O sea, habría que eliminar totalmente la verdadera libertad individual humana (la autonomía de los individuos humanos a la hora de expresar su propia naturaleza) sometiendo a los seres humanos a un régimen de control estricto del comportamiento mediante drogas, represión y/o propaganda y adoctrinamiento[4] para ajustarlo a esos valores “guays” (o sea, para hacer que todos nos comportásemos “bien”, es decir, para que fuésemos siempre solidarios, cooperativos, igualitarios, pacíficos, etc.). Algo en realidad igualmente imposible de lograr completamente y menos aún de mantener durante mucho tiempo (el control, la represión y la propaganda siempre acaban debilitándose y fallando, y la naturaleza, humana o no, acaba volviendo a expresarse y a campar por sus fueros) y que, no obstante, de lograrse, sería insoportable para cualquiera digno de seguir llamándose humano[5]. Así que, o bien sencillamente habría que eliminar a los seres humanos, sea modificando su genética para que sean ya otra cosa diferente de lo que llevan siendo desde hace cientos de miles de años (es decir, tengan ya otra “naturaleza” distinta), sea sustituyéndolos por máquinas y programas de ordenador, de forma drástica o paulatina (mediante la progresiva hibridación humano-máquina, es decir, transformándolos en cíborgs). O sea mediante una mezcla de ambas cosas. Algo que es igualmente poco probable que llegue a lograrse de forma completa y perfecta, pero que de lograrse sería igualmente abominable.[6] 
Estas utopías (control absoluto de la Naturaleza “por su propio bien”, control absoluto de los seres humanos “por su propio bien” o sustitución del ser humano por máquinas “por su propio bien”) no se van a lograr, pero seguramente se intentará llevar a cabo al menos algunas de ellas, en cierto modo y antes o después, y lo más probable es que, en el intento de llevarlas a cabo, las cosas se tuerzan, y mucho. Surgirán factores y consecuencias imprevistos, complicaciones que exigirán actuaciones y ajustes que a su vez tendrán sus propias consecuencias, efectos secundarios, etc. que harán que el curso de los acontecimientos se desvíe progresivamente del cauce originalmente planeado y trazado, creando nuevos factores y consecuencias imprevistos, nuevas complicaciones, nuevas dependencias, etc. que desvíen y modifiquen aún más el proceso, y así sucesivamente. Y al final se acabará causando más “mal” (independientemente de cómo se conciba y defina éste) que el que se pretendía evitar haciendo el “bien”. Es decir, al tratar de “mejorar” la Naturaleza o el ser humano, se estropeará todo aún más.
Vamos, que esos valores aparentemente tan “chachipirulis” no lo son tanto si nos paramos a pensar a dónde nos conduciría su implantación más allá de lo inmediato. Cuando se mira más allá, se ve que no es oro todo lo que reluce, como ya he señalado. Lo que a uno, a nivel personal y en lo más inmediato, le resulta agradable y deseable puede ser una maldición si se impone, se generaliza y se observa a mayor escala y a largo plazo. Y viceversa, lo que a uno le resulta desagradable, puede ser necesario en general. Lo que funciona a pequeña escala y dentro de un grupo de referencia natural puede no funcionar tan bien a mayor escala y generalizado para una gran sociedad, para toda la humanidad o para el mundo en general. Son niveles morales diferentes e independientes. Nuestra naturaleza social está adaptada a la pequeña escala, pero no a la grande. Extrapolar los comportamientos y tendencias sociales y morales naturales propios de la pequeña escala a la gran escala no suele funcionar y suele acabar resultando antinatural (es decir, fuerza tanto la Naturaleza en general como la naturaleza humana en particular).
A lo que íbamos, que eso de “hacer el bien” y “mejorar” el mundo o la humanidad puede y suele acabar empeorando las cosas aún más. La historia es una sucesión constante de gente tratando de “hacer el bien” y de “mejorar” el mundo y la sociedad y cagándola cada vez más. Piensa, por poner sólo un ejemplo claro y muy conocido, en qué sucedió con las revoluciones comunistas del siglo XX que trataban de lograr la igualdad y acabar con la opresión. Los que las llevaron a cabo estaban convencidos de estar “haciendo el bien” y no se planteaban ni por un momento que el fin que perseguían podría no ser tan “bueno” como ellos creían; y así, “haciendo el bien”, acabaron liándola parda.
Lo triste es que, a pesar de la abundancia de casos históricos de males derivados de tratar de “hacer el bien”, pocos son los que parecen haber aprendido realmente la lección y la gente en general sigue (seguís) cayendo en el mismo error una y otra vez (aunque a menudo con diferente forma cada vez). Seguramente porque resulta muy agradable y tentador sentirse bienhechor y creer que se está haciendo algo “bueno”.[7]
En cuanto a (c), creo que hay básicamente dos respuestas a la pregunta. En primer lugar, la mayoría de la gente no se cuestiona en absoluto los valores imperantes en su entorno social. Simplemente los asumen inconsciente y acríticamente y hacen juicios o reflexionan (cuando lo hacen) basándose en ellos. La mayoría de los seres humanos pueden ser críticos con muchas cosas, pero raramente lo son con los valores fundamentales imperantes en su sociedad, que suelen ser los valores en que basan sus críticas de las demás cosas. Y tú, por lo que veo, no eres una excepción. Simplemente has asumido inconsciente y acríticamente los valores ñoños, progres y pseudorrebeldes imperantes en la sociedad tecnoindustrial[8] y “razonas” a partir de ellos. Con los consiguientes disparatados resultados.
En segundo lugar, y en relación con lo que ya he dicho más arriba, mucha gente prefiere asumir y defender cosas que en principio le resultan agradables y sencillas (y rechazar las que en principio le resultan desagradables y difíciles). Es más agradable y fácil defender la cooperación, la igualdad, la paz, etc. y rechazar de plano la guerra, la desigualdad, la agresión, la insolidaridad, etc. que reconocer que las cosas no son tan simples y plantearse que la cooperación, la igualdad y la paz puede que no siempre sean tan buenas y deseables y reconocer, por tanto, que la violencia, la discriminación o la competencia pueden tener también su valor en cierta medida. Esto supone entrar en conflicto, con los valores imperantes, con el propio entorno social, con otra gente, con uno mismo, etc. Supone tener que pensar y esforzarse por buscar la verdad, por aclararse en medio de la confusión, por no dejarse llevar autocomplacientemente por las salidas fáciles ni dejarse engatusar por ensoñaciones. Y eso no es ni sencillo ni agradable. Es más cómodo y fácil asumir de forma simplona valores empalagosos, soñar con “mundos felices” y creerse uno crítico o revolucionario cuando en realidad está defendiendo los valores imperantes en la sociedad.
Aparte de estas dos respuestas hay probablemente algunas más, aunque seguramente se podrían considerar casos concretos de las dos anteriores. Por ejemplo, el interés propio. Cuando uno tiene una influencia, un renombre, un prestigio, una posición social, etc. que mantener (o que pretende conseguir) tratará, consciente o inconscientemente, de no entrar en conflicto con el entorno social que le mantiene en esa posición o que le permitiría alcanzarla. Si a ello sumamos intereses económicos, el cuadro es aún más claro. Si el entorno social que otorga el estatus e influencia, o los patrocinadores, socios o clientes que aportan el dinero para los proyectos propios, tienen unos valores, fines e ideas, ponerlos en cuestión significa espantar a quienes te mantienen, morder la mano que te da de comer, es decir, el suicidio social y/o económico y el fracaso de tus proyectos. No sé hasta qué punto éste es tu caso, pero no me extrañaría que haya algo de ello también en tu defensa de esos valores pusilánimes y políticamente correctos. Seguro que es más fácil vender el “rewilding”[9] (o lo que sea que vendes, que “rewilding” exacta y totalmente no es, como luego mostraré) envuelto en una mística “progrelítica” y “recolectora-amorosa”[10], que diciendo la verdad acerca de la naturaleza humana y, con ella, del Paleolítico y de los cazadores-recolectores.
Para acabar, a primera vista, leyendo el título del libro y algunas cosas que dices en él aquí y allá, podría parecer que otro de tus valores fundamentales es la libertad. Pero, en realidad, a efectos prácticos, acabas dando mucha más importancia a los valores progres señalados más arriba, o incluso, de forma más o menos tácita y no sin ciertas contradicciones, al rechazo de la muerte[11], que a la libertad (se entienda ésta como se entienda).
Ya he señalado que los valores progres son en realidad contrarios a la verdadera libertad (autonomía en la expresión de la propia naturaleza) si se toman en serio y se tratan de poner en práctica de forma estricta y generalizada, con lo que, como mínimo, en este libro estarías defendiendo simultáneamente valores contradictorios e incompatibles entre sí (la verdadera libertad es incompatible con los valores ñoños e izquierdistas que tú defiendes). Pero es que ni siquiera está claro que todas las veces que hablas de la libertad en el libro te estés refiriendo a la libertad auténtica, a la autonomía en la expresión de la propia naturaleza de la mayoría de los animales, incluido el hombre. Por ejemplo, cuando equiparas libertad con integrarse completamente en la “sociedad de la información” o con la fusión de mentes en la “noosfera”, esta “libertad” a que te refieres no tiene nada que ver con la verdadera libertad a que yo me refiero, sino más bien todo lo contrario. La verdadera libertad, al menos en los humanos, es siempre individual, no colectiva. Puede ser compatible con lo colectivo o no, según el caso[12], pero no es colectiva. La “libertad” colectiva, la libertad de un grupo, es o bien una milonga populista (“país libre”, “nación libre”, “pueblo libre”, “sociedad libre”, etc.) o, peor aún, un peligro para la libertad de los individuos que forman dicho grupo, ya que supone la autonomía del grupo respecto de sus miembros, es decir, que el grupo funcione de manera completamente independiente de la voluntad de sus miembros, fuera de su control e imponiéndoles unas pautas y condiciones, y no al revés. Cuando el individuo se disuelve en la colectividad y se somete completamente a sus dictados, deja de ser libre. No somos hormigas, ni células de un organismo. Ni falta que hace. Tenemos una voluntad y una consciencia individuales, y si las perdemos (por ejemplo, fundiendo nuestras mentes en el ciberespacio para crear una “mente global”, como tú propones y deseas), perderemos la libertad con ellas.
Volveré sobre muchos de estos asuntos más adelante en esta misma crítica.

2.   Idealización de los cazadores-recolectores[13]
El libro está lleno de referencias y comentarios acerca de lo “chipendilerendis” que eran los cazadores-recolectores, tanto del Paleolítico como de épocas históricas, dando una imagen falsa y empalagosamente edulcorada de los mismos. Simplemente, has proyectado sobre los cazadores-recolectores esos valores moñas, flojos, progres y, en el fondo, peligrosos para la verdadera libertad que comentaba en el punto anterior. O al menos, te has tragado alegre y acríticamente las proyecciones de otros (etnógrafos humanistas; antropólogos, intelectuales y ecologistas políticamente correctos; Félix Rodríguez de la Fuente; “sabios” decimonónicos; etc.).
Pero vamos paso a paso.
Para empezar, he de señalar que me parece que usas los términos “paleolítico” y “neolítico” de una forma excesivamente laxa. Para ti, básicamente “paleolítico” es todo lo que te gusta y “neolítico” lo que no. Esta es una forma infantil de usar los términos (al estilo de los bebés que llaman “caca” a todo lo que no les gusta). Y lo peor no es que tú caigas en ese infantilismo, lo peor es que, al hacerlo, parece que tomas por infantiles o retrasados mentales a quienes te diriges con ese lenguaje. Algunos de tus lectores (quizá muchos, viendo el percal) puede que lo sean y se traguen y repitan con gusto toda esa ñoñería “chachilítica”, pero a otros (a los más inteligentes, informados y lúcidos), les parecerá que eres un ignorante insustancial y que les tomas a ellos por tales.
El Paleolítico (“Edad de la piedra antigua”) es, estrictamente hablando, la época de la prehistoria humana coincidente con el periodo geológico conocido como Pleistoceno. En dicha época los seres humanos eran cazadores-recolectores y usaban herramientas hechas exclusivamente de madera, fibras vegetales, hueso, asta, piel, tendones y piedra tallada. Y aunque esto último también lo hayan seguido haciendo otros grupos humanos posteriores (desde los cazadores-recolectores del Mesolítico hasta cazadores-recolectores de épocas posteriores), estos grupos no son ya paleolíticos. Sin embargo, para ti “paleolítico” es todo ser humano que cace y recolecte. O incluso cualquier ser humano que simplemente te caiga bien, independientemente de la época en que viva y del material que estén hechas sus herramientas (por ejemplo, Rodríguez de la Fuente, que no vivía precisamente de la caza-recolección). En mi opinión, esto es abusar del lenguaje.
Del mismo modo abusas del lenguaje cuando denominas “neolítico” a todo lo que choca con tus fantasías “recolectoras-amorosas”. El Neolítico (“Edad de la piedra nueva”, en referencia a que en él se empezaron a usar algunas herramientas de piedra pulida) es la época de la prehistoria humana que, en ciertos lugares, coincide aproximadamente con el comienzo del periodo geológico conocido como Holoceno, y que va desde que se comenzaron a cultivar plantas y domesticar animales (salvo el perro cuya domesticación fue bastante anterior) hasta que se empezaron a usar herramientas obtenidas mediante la metalurgia. El resto de la prehistoria (tanto anterior como posterior) y de la historia son otra cosa, no Neolítico[14]. Por mucho que desde entonces muchas sociedades humanas se hayan seguido basando en la agricultura y la ganadería para obtener alimentos, ya no son neolíticas. Ni siquiera en los casos en que su tecnología ha seguido basándose exclusivamente en la madera, el hueso y la piedra pulimentada. En tal caso, son primitivas pero no neolíticas.
Otro ejemplo de deformación y abuso “progrelíticamente correcto” que haces del lenguaje es cambiar el orden de palabras en la expresión “cazador-recolector”. Para ti, y para ciertos antropólogos y primitivistas mojigatos, los cazadores-recolectores eran tan estupendos que no entendéis cómo podían hacer algo tan “feo” y “desagradable” (o sea, algo que choca con vuestra gazmoñería e hipersensibilidad moral) como matar, aunque fuese para comer. Así que, como de costumbre, proyectáis vuestros valores e ideas ñoños modificando la imagen de la realidad en lugar de hacer al revés: abrir los ojos a la realidad, espabilar y cambiar vuestras ideas y valores para ajustarlos a los hechos. Algunos, aún más alucinados que tú, incluso afirman que los paleolíticos y otros cazadores-recolectores más recientes eran vegetarianos o casi, y que, por tanto, prácticamente no cazaban. Otros, sin llegar tan lejos, simplemente restáis artificiosamente importancia a la actividad cazadora de esas gentes haciendo énfasis en su carácter recolector (sin siquiera daros cuenta de que no sólo recolectaban plantas –que muchas veces también morían en el proceso, por cierto- sino que la “recolección” incluye también la captura de pequeños vertebrados –caza menor- e invertebrados; eso cuando esos “recolectores-cazadores” no se comían incluso a sus vecinos humanos, que luego hablaré de ello). Llamar “recolectores-cazadores” a los cazadores-recolectores es ponerse en evidencia como un serio aspirante a remilgado políticamente correcto.[15]
En la misma línea de afectación excesiva y “primitivistamente correcta”, también merece mención especial la defensa explícita que haces del eufemismo “herramienta” para referirte a las armas de los cazadores-recolectores (página 17 de tu libro). Las cosas son lo que son, independientemente de cómo se las llame. Cambiarlas el nombre no las hace diferentes.
Visto tu poco respeto por el uso preciso, objetivo y riguroso del lenguaje, no es de extrañar que te pases la semántica por el arco del triunfo y crees términos tan disparatados como “Ciberlítico” (“lítico” significa “de piedra”: ¿“Edad del ordenador de piedra”?) o “Biolítico” (“Bio” significa “vida”: ¿“Edad de los seres vivos de piedra”?).
Pero sigamos adelante, que aún queda por decir lo más importante.
A lo largo de todo el libro, haces de forma reiterada afirmaciones tan peregrinas como que los cazadores-recolectores (del Paleolítico o de épocas más recientes):
a)        Eran no violentos y desconocían la guerra
b)        Eran matriarcales y no eran machistas.
c)         Carecían de jerarquías y jefes.
d)        No tenían concepto de la propiedad y no deseaban acumular posesiones.
e)         Eran ateos y no creían en ningún tipo de más allá o superstición.
f)         No trabajaban apenas.
g)        No competían, compartiéndolo todo y cooperando siempre.
h)        No les preocupaban el pasado ni el futuro.
i)          Regulaban voluntariamente su demografía.
j)    Eran conservacionistas que restringían voluntariamente sus comportamientos para no dañar la Naturaleza y se consideraban parte de ella.
k)        Desconocían la doma, la domesticación y la esclavitud.
Por citar sólo las más destacables.
Pues bien, ninguna de esas afirmaciones es completamente cierta y algunas son incluso totalmente falsas, como mostraré a continuación:
a) En lo que respecta a la guerra o violencia intergrupal en cazadores-recolectores:
A lo largo del libro (véanse, por ejemplo, las páginas 19, 361, 435 y 545) repites una y otra vez que los cazadores-recolectores nómadas eran pacíficos. Bien, a ver entonces cómo explicas todo lo que viene a continuación.
Una imagen vale más que mil palabras, así que ahí van unas cuantas imágenes:
Lo siguiente son dos pinturas rupestres que representan escenas de guerra entre bosquimanos.[16]



La siguiente pintura también representa a bosquimanos luchando entre sí.[17]


Si, según tú, eran siempre no violentos y desconocían la guerra ¿cómo es que la representaban con tanto detalle en sus pinturas? ¿Estarían sólo soñando o imaginando? Si así era, sin duda tenían unos sueños o unas fantasías muy violentos para ser una gente supuestamente tan pacífica.
“En épocas previas [a los años 50 del siglo XX los bosquimanos] eran belicosos”.[18]
“Antes del establecimiento local de la policía de Bechuanalandia/Bostwana, los kung (bosquimanos) también llevaban a cabo incursiones a pequeña escala y mantenían prolongadas enemistades entre sus propias bandas y contra los pastores tswana procedentes del este”[19].
“En los años 20 del siglo XX los san (o bosquimanos como eran llamados entonces) eran cualquier cosa menos pacíficos [… C]ada banda reclamaba unos derechos de caza exclusivos para un territorio y trasgredirlos conducía casi invariablemente a un derramamiento de sangre. Las bandas también se atacaban unas a otras, matando a todos los hombres y niños varones en luchas que eran llevadas a cabo con ‘gran ensañamiento’ […] Y por si estas razones para la violencia no fuesen suficientes, había también combates mortales por las mujeres. A menudo, los hombres trataban de capturar mujeres de otras bandas para hacerlas sus esposas y eran recibidos con una ‘resistencia violenta’”.[20]
Y esto lo hacían los bosquimanos, que son a menudo presentados como paradigma del cazador-recolector angelical por los antropólogos políticamente correctos y por los primitivistas que tomáis a éstos como referencia intelectual para justificar vuestras idealizaciones.
“Existen múltiples indicios que apoyan la creencia de que la guerra entre los primeros aborígenes australianos era, de hecho, común […] Los aborígenes tenían diversos útiles que sólo usaban para la guerra […] Algunos grupos aborígenes usaban dos tipos diferentes de propulsores. Uno más pesado era usado para lanzar azagayas de guerra largas y pesadas, mientras que le otro propulsor más ligero se usaba para lanzar azagayas más pequeñas en la caza. Según sus propias descripciones etnográficas, uno de los propulsores se usaba para cazar y el otro para la guerra […] Encontramos pruebas adicionales, tales como muestras de arte rupestre que representan a las gentes aborígenes combatiendo. El arte rupestre es difícil de datar, pero se estima que algunos estilos tienen muchos miles de años y parece que las imágenes de conflictos proceden de todas las épocas. Hay suficientes ejemplos que demuestran que la naturaleza de la guerra cambia a lo largo del tiempo, volviéndose más compleja en los últimos cuatro mil años […] Existen registros históricos antiguos de la guerra entre los pueblos que vivían a lo largo de las costas de Australia. [En el sudeste de Australia] cuando los europeos llegaron a finales del siglo XVIII, encontraron aborígenes que defendían sus territorios de otros grupos aborígenes. Los colonizadores también observaron la existencia de “tierras de nadie” entre los territorios de los grupos nativos y señalaron que la guerra parecía ser común –con alianzas formadas entre grupos y lugares especiales neutrales en los que podían comerciar a salvo. A pesar de todo, alguna gente en esos lugares neutrales apostaba guardias durante la noche por miedo a un ataque. […] William Buckley [un convicto prófugo que vivió con los wathaurong] describe la guerra, que a menudo iba unida a rencillas, […] ataques nocturnos, miedo a los ataques, necesidad de aliados, casos de traición y similares. Muchas mujeres aborígenes eran también asesinadas y a veces se unían a la lucha. [… Entre los murgin de la Tierra de Arhem, en el norte] a finales del siglo XIX, durante un periodo de veinte años, más o menos el tiempo que un adulto habría sido un guerrero, en una población total de unos tres mil individuos con unos ochocientos varones en edad de combatir […] cerca de doscientos habían muerto en combate. Aunque algunas de estas luchas podrían ser consideradas rencillas[21], y cada suceso podría haber implicado sólo a dos personas o pocas más, el resultado total era que cerca del 25 por ciento de los hombres morían en combate […] Los murgin tenían terminología para seis tipos diferentes de lucha, incluidos nombres para rodear un campamento durante un ataque nocturno, el combate general a descubierto y las batallas campales. En cada una de dos batallas campales bien registradas, murieron alrededor de quince hombres y al menos una de las batallas implicó atraer a los enemigos con un señuelo hacia una trampa en la que fueron rodeados”.[22]


Esta imagen[23] representa algunas de las “herramientas” (escudos, mazas y un bumerang) que los aborígenes australianos usaban exclusivamente para la guerra. Si los cazadores-recolectores nómadas eran siempre, según tú, no violentos ¿para qué querían los escudos estos aborígenes? Un escudo no sirve para nada que no sea parar proyectiles y golpes en un combate. Las mazas y el bumerang representados en la imagen eran diferentes de los usados para la caza y, al igual que los escudos, no se usaban más que para la guerra.[24]
Los aborígenes de Queensland, “nunca están libres de un miedo secreto a ser atacados por otras tribus, porque las tribus son enemigas mortales entre sí” y “[s]i pueden matar a sus enemigos mediante un ataque a traición, lo hacen sin titubear”[25].
Los aborígenes de Queensland “Solían enviar equipos de guerreros para vengar las afrentas de bandas enemigas. Los relatos de testigos oculares dan cuenta de un nivel moderadamente elevado de muertes como resultado de la violencia intergrupal organizada, la cual culminaba en la operación de guisar y devorar a los cautivos, recompensa exclusivamente reservada para los guerreros de sexo masculino y destino que sufrían principalmente mujeres y niños”.[26]
En el río Herbert, Queensland, a pesar de que los grupos adyacentes solían llevarse bien, incluso si pertenecían a tribus diferentes, los grupos alejados entre sí y pertenecientes a tribus diferentes eran enemigos mortales. “¡Pobre […] del extraño que ose entrar en las tierras de otra tribu! Es perseguido como a una bestia salvaje, asesinado y comido”.[27]
“Los nativos del río Herbert […] al contrario que en el oeste de Queensland, no practicaban una guerra abierta entre sí, sino que simplemente trataban de reducir el número de sus enemigos por medio de ataques traicioneros”.[28]
Entre los tasmanos “las incursiones para capturar mujeres eran la principal causa de muerte y estas incursiones eran algo común. Para evitar represalias mortales, las bandas se veían obligadas a restringir sus movimientos en busca de alimento y la gente vivía en un clima de miedo”.[29]
“Casi todos los primeros antropólogos y exploradores del ártico registraron incidentes bélicos e historias acerca de la guerra entre los inuit (esquimales) […] Los investigadores saben que los esquimales tenían útiles que exclusivamente usaban para la guerra, siendo los más espectaculares las armaduras de peto. Las armaduras estaban hechas de trozos de hueso y marfil cortados en placas y se vestían como una armadura de cota de malla […] Los esquimales del noroeste de Alaska […] peleaban con sociedades esquimales estrechamente emparentadas, con los esquimales de Siberia y del sudoeste de Alaska y con los indios atapascanos del interior […] Había guerra al menos una vez al año en alguna parte de la región. […] Tenían un término especial que significaba “gran guerrero” y una partida de atacantes podía contar con al menos cincuenta hombres, aunque lo normal eran entre quince y veinte [...] Cada partida de atacantes siempre contaba con un líder de guerra […] Tanto las aldeas costeras como las del interior se situaban pensando en la defensa –en una lengua de tierra o junto a un bosquete denso de sauces, que suponía una barrera para los atacantes. A veces se excavaban túneles entre las casas de modo que la gente pudiese escapar a los ataques por sorpresa. Los perros jugaban un papel importante como centinelas. La meta de todas las guerras para estos esquimales era la aniquilación […] y normalmente no se perdonaba a las mujeres y los niños, ni se hacían prisioneros, salvo para matarlos más tarde […] Los arqueólogos que trabajaron en el yacimiento inuit de Saunatuk en el mar de Beaufort, en los Territorios del Noroeste en Canadá, han recuperado los restos de esqueletos de muchas mujeres y niños que muestran señales de muerte violenta y desmembramiento. Los relatos históricos recogidos cerca de este lugar cuentan que la gente fue atacada por indios atapascanos procedentes del sur cuando los hombres estaban fuera. Hubo una masacre, incluyendo torturas, lo cual encaja bien con los restos arqueológicos descubiertos. En otro relato histórico, los atapascanos ahtna afirmaban haber masacrado a los esquimales chugach en la isla Mummy, en la bahía del Príncipe Guillermo en el siglo XIX. Todo lo concerniente a esta información implica que se producía guerra seria y mortal entre los cazadores-recolectores del Ártico […] Parece que una cantidad significativa de gente de los pueblos polares murió a causa de la guerra”.[30]
“Incluso los cazadores-recolectores extremadamente nómadas y geográficamente aislados con bajas densidades de población no son universalmente pacíficos”.[31]
Pero podrías objetar que los cazadores-recolectores paleolíticos y mesolíticos sí que llevaban una existencia pacífica antes de la llegada del Neolítico. Pues tampoco.
Para empezar, existen evidencias materiales de conflictos incluso en especies humanas anteriores al Homo sapiens. Los primeros restos del género Homo de Europa y otras partes del mundo fuera de África, muestran marcas de descarnamiento con cuchillas de piedra (indicio de canibalismo) y probables señales de violencia.[32] ¿De dónde crees que sacaban los cadáveres de miembros de su misma especie que se comían hace más de 750.000 años los Homo de Atapuerca? Muy probablemente los mataban.[33]
Y no son los únicos restos antiguos hallados con evidencias de violencia. Si pasamos a los neandertales (H. neanderthalensis[34]) europeos y de Oriente Medio y otras especies humanas afines contemporáneas de ellos (de entre hace poco más de 100.000 años y 35.000 años) en otros lugares, las señales de violencia son aún más inequívocas: huesos con proyectiles de piedra incrustados, fosas comunes (enterramientos múltiples), etc.[35]
¿Y los H. sapiens paleolíticos y mesolíticos? Pues lo mismo.
Para el hombre de Cromañón (nombre vulgar del Homo sapiens sapiens del Paleolítico Superior, aproximadamente entre 40.000 y 10.000 años a.C.), “los investigadores comienzan a descubrir indicios que se suman a los golpes en la cabeza o las marcas de corte en los huesos [que aparecían ya en los restos de especies de Homo previas], aunque éstas continúan existiendo, incluidos quince posibles casos de canibalismo. El yacimiento de Dolní Věstonice en Checoslovaquia[36], de hace entre veinte mil y veinticinco mil años […] también ofrece una visión de la guerra en aquel tiempo. La conocida ‘aldea’ […] estaba rodeada por un muro o valla de huesos de mamut. Etnográficamente este tipo de barrera es, por lo general, usada para la defensa a lo largo de todo el mundo. Una cierta cantidad de enterramientos múltiples –varias personas colocadas en la misma tumba al mismo tiempo- ha sido hallada en Dolní Věstonice; sobre todo enterramientos en masa de varones en edad de guerrear, parte de ellos también con heridas en la cabeza. Es muy poco probable que varios varones en el apogeo de su vida muriesen de enfermedad al mismo tiempo. Podrían haber resultado muertos en una cacería de mamuts fallida, pero la muerte en combate es ciertamente más probable. Esta ‘aldea’ se situaba en un terreno alto –las colinas ofrecen una buena defensa, especialmente contra las azagayas lanzadas con propulsor, las armas más avanzadas de la época. Casi cualquier indicio de guerra que yo esperaría encontrar para este tipo de cazadores-recolectores ha sido identificado en Dolní Věstonice”.[37]
Entre las pinturas rupestres del Paleolítico Superior (de hace al menos 20.000 años) que aparecen en algunas cuevas de Francia y España hay pocas representaciones de seres humanos y suelen ser muy esquemáticas, pero aun así entre ellas algunas representan a seres humanos “bien siendo alanceados o bien muertos o agonizantes”[38]. Los prehistoriadores llaman a estas representaciones “el motivo del ‘hombre asesinado’”[39].
En Sudán, “hacia finales del Paleolítico, en el periodo que va desde hace aproximadamente diez mil años a hace unos dos mil años[40], los cazadores-recolectores usaron un cementerio a orillas del Nilo […] El cementerio guardaba los restos de cincuenta y nueve personas, de las que al menos veinticuatro presentaban pruebas directas de muerte violenta, incluyendo algunas puntas de piedra de flechas o lanzas dentro de la cavidad corporal; en muchos casos contenían varias puntas. Había seis enterramientos múltiples y casi todos los individuos en ellos tenían puntas en su interior, indicando que las personas de cada una de las fosas comunes fueron asesinadas en un solo suceso y después las enterraron juntas. Esta prueba muestra un nivel de guerra que excede casi todos los demás ejemplos de guerra de cualquier otra época y lugar en el pasado”.[41]
“El yacimiento mesolítico de Ofnet, en Baviera, guarda los restos de la masacre de unos treinta y ocho hombres, mujeres y niños que fueron asesinados en un solo suceso. La mayoría de los individuos del grupo fueron aporreados hasta la muerte: sus cabezas fueron cortadas y posiblemente a unos pocos les arrancaron la cabellera. Luego, las cabezas, con trozos de los cuellos aún unidos a ellas, fueron enterradas en dos fosas. Parece que todo un grupo social fue masacrado, dado que raramente se esperaría que los grupos sociales de aquella época tuviesen más de cuarenta personas. Se ha estimado a partir de restos funerarios de Bretaña de aproximadamente el año 6000 a. C. que cerca del 8 por ciento de todas las muertes eran debidas a la guerra y, si tenemos en cuenta un yacimiento mesolítico de Ucrania, el número se elevaría al 15,9 por ciento. Por supuesto, sólo una parte de las muertes debidas a la guerra se harán evidentes en los restos óseos. Otros yacimientos mesolíticos también contienen pilas de cráneos, pero nada tan dramático como Ofnet. Asimismo se ha informado de muertes en combate en Ucrania, Dinamarca, Francia, Inglaterra, Suiza, España y el Norte de África. También el arte rupestre mesolítico de la provincia española de Castellón representa batallas”.[42]
“En Norteamérica, algunos de los esqueletos más antiguos conocidos muestran evidencias de violencia. De entre menos de una docena de los restos humanos más antiguos descubiertos en el Nuevo Mundo –que datan de hace más de ocho mil años-tres murieron de muerte violenta o estaban recuperándose de ataques violentos, incluido el famoso Hombre de Kennewick, que tenía una punta de lanza clavada en su pelvis. El varón de Spirit Cave se estaba recuperando de una fractura con hundimiento en un lado de su cráneo cuando murió. También en Nevada, según los restos hallados en el Abrigo Funerario de Grimes, un joven varón de unos dieciséis o dieciocho años fue asesinado de una puñalada en el pecho hace unos nueve mil quinientos años. Más tarde, en los alrededores del área de Santa Bárbara en California, unos esqueletos de hace más de dos mil años muestran señales considerables de guerra, incluyendo golpes en la cabeza y puntas de azagaya y de flecha incrustadas en los huesos. Un cinco por ciento de todos los esqueletos de hombres tienen puntas de lanza clavadas en ellos […] Es de esperar que sólo una fracción de todos los muertos debidos a la guerra tuviesen puntas de azagaya clavadas en sus esqueletos. En el periodo final de la prehistoria, la cifra se elevó a más de un 20 por ciento de todos los varones. Las lanzas podrían haber sido extraídas para continuar peleando con ellas y los familiares de los muertos les habrían quitado algunas azagayas antes de enterrarlos. Es muy probable que sólo aquellas puntas que se rompían dentro del cuerpo fuesen enterradas con él”.[43]
“Desde los restos más antiguos de cazadores-recolectores hallados arqueológicamente hasta los relatos históricos de cazadores-recolectores nómadas procedentes de todas partes del planeta, las evidencias muestran que se peleaban y mataban con afán. Las batallas campales en las que ambas partes se alineaban y combatían, eran escasas. Los tamaños de las partidas de guerra eran pequeños, las armas especializadas no eran muy comunes y se usaban pocas fortificaciones defensivas. Sin embargo, existen numerosos esqueletos procedentes de yacimientos arqueológicos de cazadores-recolectores nómadas que muestran señales de muertes violentas; hubo algunas masacres, algunas armas especializadas y, ocasionalmente, defensas y comunidades defensivamente situadas. La guerra entre cazadores-recolectores nómadas tenía un significado social, con evidencias de caza de trofeos, sobre todo cabezas, e imaginería bélica en forma de arte rupestre. Aunque los ataques por sorpresa y las emboscadas eran los métodos comunes de la guerra de los cazadores-recolectores, las tasas totales de mortalidad en los conflictos intergrupales eran elevadas, como se aprecia en la tasa de mortalidad debida a la guerra del 25 por ciento entre los murgin de Australia y en la tasa de más del 40 por ciento de una comunidad prehistórica de Sudán”.[44] 
Vamos que, al menos algunos cazadores-recolectores nómadas, prehistóricos o recientes, no eran precisamente pacíficos.
Por cierto, en la página 508 de tu libro, dices que la guerra es un rasgo exclusivo de los seres humanos, desconocido en otras especies. Pues aquí tampoco aciertas.
Dejando de lado los casos señalados de violencia en otras especies de homínidos, y sin irnos muy lejos filogenéticamente, los chimpancés comunes, Pan troglodytes, (nuestros parientes filogenéticos más cercanos junto con los bonobos, Pan paniscus) practican habitualmente la violencia intergrupal (lo que entre humanos se llamaría guerra). “La sociedad chimpancé no es pacífica. De hecho, los chimpancés son uno de los pocos mamíferos que pelean en grupo con otros grupos de su misma especie[45] […] Los chimpancés llevan a cabo ataques deliberados, usan la sorpresa y tratan de sobrepasar en número a sus enemigos. Cuando las cosas no están suficientemente a su favor, se retiran. Los chimpancés usan también la guerra de desgaste: matan a los machos de otros grupos uno cada vez; aunque, a lo largo del tiempo, pueden llegar a aniquilar a todos los machos del otro grupo […] Las estimaciones actuales son que alrededor del 30 por ciento de los machos y una mucho menor, aunque aún significativa, cantidad de hembras muere en estos conflictos intergrupales de los chimpancés […S]e sabe que los chimpancés se apropian del territorio de otros grupos tras haber matado a todos los machos del grupo. También capturan e incorporan a sus grupos a las hembras de estos grupos ‘conquistados’ […] Los chimpancés matan a las crías de otros grupos una vez han matado a todos los machos y absorbido a las hembras […] Los chimpancés pasan casi todo su tiempo en menos de la mitad de su territorio […] Hacen esto porque parece ser que el riesgo de ser emboscados y morir a manos de una tropa vecina hace que sea demasiado peligroso buscar comida en los límites exteriores”.[46]
Aquí podrías decirme que los bonobos o chimpancés pigmeos son en cambio mucho más pacíficos y amables entre sí. Bueno, eso es lo que algunos primatólogos progres, como Frans de Waal, dicen y han puesto de moda pero, según otros científicos, “no disponemos de una investigación longitudinal extensa, y […] los hallazgos sobre la naturaleza pacífica de los bonobo [sic] podrían ser prematuros”[47], dichas teorías “son producto de la creativa imaginación” de esos primatólogos y se basan en observaciones de animales en cautividad que muestran comportamientos muy diferentes de los animales en libertad en la Naturaleza.[48] Vamos, que lo de los bonobos huele mucho también a idealización hippy y políticamente correcta.
También se podría mencionar que las hormigas (esos seres tan colectivistas y altruistas a los que tú y, según parece, Félix Rodríguez de la Fuente tomáis como paradigma de sociedad armoniosa y perfecta y modelo de comportamiento social para los seres humanos “ciberlíticos” –por ejemplo, página 516 de tu libro-) practican de forma habitual la “guerra”, es decir, invaden otros hormigueros y matan a sus habitantes (o las raptan para “esclavizarlas” –usarlas como obreras-), ocupando sus territorios. Por su parte, las colonias atacadas se defienden también agresivamente.[49,50] Muchos de los casos de “guerra” entre hormigas que se suelen mencionar suelen ser en realidad agresiones interespecíficas (luchas e invasiones entre grupos de hormigas pertenecientes a distintas especies) y no son, por tanto, estrictamente equiparables a las guerras humanas, sino que en realidad son más bien algo más similar a la depredación y el parasitismo. Aun así, no son infrecuentes tampoco las agresiones entre diferentes colonias de una misma especie y los ejemplares de una misma especie procedentes de diferentes hormigueros tampoco se suelen tolerar entre sí.[51] Y lo mismo suele pasar con las abejas y las termitas.[52]
En cuanto a la violencia intragrupal en cazadores-recolectores:
 “La aparente paz de los grupos cazadores-recolectores [nómadas, de pequeño tamaño y escasa densidad de población] puede que sea […] más una consecuencia del reducido tamaño de sus unidades sociales y de que nuestra definición de guerra implica normalmente gran escala que de un pacifismo real por su parte. Bajo circunstancias en que la unidad soberana social y política es una banda familiar nuclear o ligeramente extensa de entre cuatro y veinticinco personas, incluso con una proporción de sexos desequilibrada a favor de los varones, no más de un puñado de varones adultos (los únicos ‘guerreros’ potenciales) se hallan disponibles. Cuando un pequeño grupo de hombres semejante comete violencia contra otra banda o familia, incluso si son enfrentados en combate abierto por todos los hombres del otro grupo, esta actividad no es denominada guerra sino que normalmente se la llama rencilla, represalia o simplemente asesinato. Por tanto, muchas sociedades de pequeñas bandas que los etnólogos consideran que no hacen la guerra muestran a pesar de todo unas tasas de homicidio muy elevadas” [53].
“[L]os kung san (o bosquimanos) del desierto del Kalahari son vistos como una sociedad muy pacífica […] Sin embargo, su tasa de homicidios entre 1920 y 1955 fue cuatro veces la de los Estados Unidos y entre veinte y ochenta veces la de las principales naciones industrializadas durante los años 50 y 60 del siglo XX”.[54]
En los años 20 del siglo XX, entre los san “matar, incluso por accidente, provocaba represalias y, si no se podía dar con el asesino, su esposa, sus parientes o sus hijos eran asesinados”.[55]
“Los esquimales del cobre[56], que aparecen como una sociedad pacífica en [algunos] estudios transculturales […], también experimentaban un elevado nivel de rencillas y homicidios antes de que la Real Policía Montada del Canadá los impidiese. Además, en un campamento de los esquimales del cobre compuesto por quince familias que fue contactado por primera vez a principios de este siglo [XX], todos los varones adultos habían estado involucrados en algún homicidio. Otros esquimales del alto Ártico que estaban organizados en pequeñas bandas también se ajustaban a este patrón”.[57]
“[L]os aislados “nómadas de las canoas” yaghan de la Tierra del Fuego, cuya única unidad política soberana era la ‘familia biológica’, tenían una tasa de asesinatos a finales del siglo XIX ‘diez veces superior a la de Estados Unidos’”.[58]
“Los yamana [o yaghan] de la Tierra del Fuego […] se enzarzaban en rencillas aparentemente interminables”.[59]
“[L]os semai, arquetipo de una sociedad no violenta, tenían una tasa de homicidios tres veces superior a la de los modernos Estados Unidos”.[60]
Y tú mismo dices, siguiendo a Félix de Azara y contradiciéndote a ti mismo, que los “cazadores-recolectores”[61] del Río de la Plata y del Chaco, arreglaban sus diferencias a puñetazos y que si uno sorprendía en pleno acto de adulterio a su cónyuge, se liaba a guantazos con los dos adúlteros. Algo, por cierto, también habitual entre otros cazadores-recolectores de otras partes del mundo. Así, según Colin Turnbull, entre los pigmeos mbuti (los mismos que mencionas tú en tu libro), “se considera bueno pegar un poco a la esposa” aun cuando “se espera que ésta responda con golpes a los golpes”[62] y entre los ¡kung, según Richard Lee, las peleas eran frecuentes y, cuando en ellas estaban implicadas también mujeres, éstas “peleaban con fiereza y a menudo propinaban tantos golpes o más de los que recibían”[63].
Vamos, que no eran precisamente no violentos.
b) Respecto al machismo en cazadores-recolectores:
Según tú, los cazadores-recolectores desconocían el machismo y mostraban una completa igualdad entre los sexos, siendo a la vez matriarcales (véase por ejemplo, la página 15 de tu libro). Pues tampoco, Benigno.
Vamos a pasar, de momento, por alto la estrepitosa incongruencia en tu discurso que simplemente quedaría al descubierto con la sencilla pregunta: “¿Cómo se puede ser simultáneamente matriarcal e igualitario en cuanto a la relación entre sexos?”, para seguir profundizando en el asunto.
He señalado más arriba algunos ejemplos en los bosquimanos y los pigmeos de lo que, en al menos algunos casos, hoy en día las feministas y los feministos llamarían “violencia de género” o “violencia machista”[64]. Así como el caso de la tendencia pugilística a la hora de resolver conflictos en los indígenas sudamericanos que conoció Félix de Azara y que tú mismo mencionas, contradiciéndote también respecto al sexismo además de acerca de la violencia.
“[N]o puedo estar de acuerdo [en] que en las sociedades cazadoras-recolectoras los papeles sociales atribuidos a cada sexo son completamente igualitarios. Mi interpretación de los datos etnográficos indica que, en los ámbitos políticos de la adopción de decisiones y la resolución de conflictos, los varones poseen una ventaja, leve pero significativa, sobre las mujeres en todas las sociedades cazadoras-recolectoras”.[65]
Entre los bosquimanos “los varones ocupan a menudo puestos influyentes –como portavoces del grupo o curanderos- y su autoridad relativamente mayor en muchos ámbitos de la vida ¡kung la reconocen hombres y mujeres por igual”.[66]
“Los ritos de iniciación masculina se realizan en secreto; los de las mujeres, en público. Si una mujer menstruante toca las flechas de un cazador, las presas de éste escaparán; en cambio, los varones nunca contaminan lo que tocan. Por lo tanto, los ¡kung no llegan a tener un conjunto perfectamente equilibrado de papeles sociosexuales iguales aunque separados”.[67]
“Richard Lee registró treinta y cuatro casos de peleas a mano limpia sin consecuencias mortales entre los ¡kung. En catorce de ellos se trató de agresiones de hombres contra mujeres; solamente uno tuvo por objeto una agresión femenina contra un varón. […] Lee descubrió que antes de su trabajo se habían producido unos veintidós homicidios. Ninguno de los homicidas era mujer, pero sí dos de las víctimas”.[68]
“Un fueguino le contó a uno de los marineros [del Beagle[69]] que durante una época de carestía matarían y comerían a sus mujeres viejas, pero no a sus perros”.[70]
“[L]os aborígenes poseían una forma, lejos de extrema pero bien desarrollada de supremacía masculina. […] Los hombres discriminaban a las mujeres a la hora de distribuir los alimentos. ‘A menudo, el varón’, reseña Carl Lumholtz, ‘guarda para sí los alimentos de origen animal, en tanto que la mujer tiene que depender principalmente de alimentos de origen vegetal para su sustento y el de su hijo’. En la conducta sexual prevalecía la doble moral. Los hombres golpeaban o mataban a las esposas adúlteras, pero éstas no podían recurrir a un expediente análogo. Y la división del trabajo entre uno y otro sexo era todo menos equitativa. Lumholtz consigna lo siguiente al respecto:
[La mujer] tiene que efectuar todos los trabajos duros, salir con la cesta y el bastón a recoger frutos, desenterrar raíces o abrir troncos a golpe de hacha para extraer larvas [...] Frecuentemente [ella] se ve en la obligación de transportar a hombros a su criatura durante todo el día, posándola en el suelo sólo cuando tiene que excavar la tierra o escalar un árbol […]. Al regresar a casa, debe realizar normalmente grandes preparativos para batir, tostar y macerar los frutos, que muchas veces son venenosos [si se comen sin tratar]. También es su deber construir la cabaña y reunir los materiales necesarios para tal fin […]. Asimismo, se ocupa del suministro de agua y combustible […]. Cuando se desplazan de unos lugares a otros, la mujer debe acarrear toda la impedimenta. Por eso, siempre se ve al marido adelantado, sin más carga que algunas armas ligeras, tales como lanzas, mazas o bumerangs, seguido de las esposas, cargadas como mulas hasta con cinco cestos de provisiones. Con frecuencia un niño de corta edad ocupa uno de los cestos y puede que otro algo mayor cabalgue a hombros de su madre”.[71] 
“[El aborigen de Queensland] trata a su mujer con poca consideración, y es a menudo muy cruel; puede quitarle la vida si lo desea. […] El peor crimen que una mujer puede cometer es, por supuesto, escapar de su marido, de quien es en realidad esclava. Está oprimida, pero por lo general, está contenta con su esclavitud, al no tener conocimiento de un estado más libre. No tiene voluntad propia y sabe que su marido no tolerará ninguna oposición. [Aun así, muchas veces se niega a someterse y huye con alguien a quien ama; entonces] se arriesga a ser castigada; incluso puede ser mutilada por su marido si la vuelve a atrapar. En tales casos, normalmente él le da uno o dos golpes en la espalda con su hacha de guerra, lo cual es conocido por los negros como ‘marcar’ a la mujer. A menudo, la mujer es asesinada, en especial si trata de huir por segunda vez. Cuando una esposa es castigada por otros errores, el marido normalmente le da un golpe en la cabeza con el primer objeto que tenga a mano. Como resultado de este trato las mujeres a menudo están marcadas con las cicatrices de los golpes recibidos de sus crueles maridos. Los castigos son bastante informales y son inflingidos en la excitación del momento, sin importar si otros están presentes o no”.[72]
No obstante, también había casos en que las mujeres aborígenes eran tratadas con algo más de respeto y “normalmente, el hombre y la esposa aparentemente se llevan muy bien y las mujeres no son golpeadas constantemente. He visto incluso casos en que el marido era gobernado por su mujer y era regañado y corregido por ella y también he visto a maridos que pedían consejo a sus mujeres; pero casos como estos son, por supuesto, muy raros. Hay que admitir que a veces el australiano trata bien a sus mujeres, incluso en los casos en que el marido es el que manda, y dos de los hombres que estuvieron conmigo en esta expedición eran excepciones de este tipo” (negrita añadida).[73]
“Hasta donde yo sé, los australianos en todas partes consideran a sus mujeres impuras [durante la menstruación]. En ciertas zonas del continente las aíslan en chozas a ellas solas y nadie tocará una bandeja que ellas usen; en otras tribus a una mujer en este estado no se la permite pisar una red que los hombres estén tejiendo”.[74]
“[L]os hombres [tasmanos] dominaban claramente a las mujeres y se beneficiaban desproporcionadamente de su trabajo y riesgo. Sin embargo, con la probable excepción de alancear canguros y ualabíes, una tarea en la que razonablemente los hombres habrían sido más eficaces que las mujeres, cualquiera de los dos sexos podría, en principio, haber llevado a cabo cualquiera de las actividades de subsistencia necesarias. En cambio, en realidad, casi todas esas actividades, incluyendo las potencialmente más peligrosas, recaían exclusiva o principalmente en las mujeres. Mientras que los hombres a menudo se quedaban en el campamento descansando o charlando […], las mujeres iban a buscar agua y leña y recogían productos vegetales. Ellas solas recolectaban el marisco, la base de la dieta, buceando profundamente en las aguas costeras donde las rocas afiladas, las corrientes impredecibles y las rayas con aguijón[75] constituyen serios peligros. Más notable aún, el trabajo de trepar a los eucaliptos (¡a una altura de hasta noventa pies[76]!) para matar oposums[77] a palos recaía también en las mujeres. Y eran las mujeres quienes nadaban y se arrastraban hasta las focas dormidas para matarlas a palos. Es muy probable que las mujeres tasmanas corriesen más riesgos a la hora de buscar comida que las mujeres de cualquier otra sociedad de pequeña escala. Por el contrario, los hombres prácticamente no corrían ningún riesgo en sus actividades de subsistencia […] A pesar de los riesgos que las mujeres corrían y de su papel crucial en la economía, las mujeres tasmanas parecen haber sido tratadas con dureza por los hombres y éstos les denegaban el acceso a los alimentos de mejor calidad”.[78]
En muchas de las sociedades de pequeña escala, incluidas sociedades cazadoras-recolectoras, “la opción de consumir alimentos deseables le era denegada a las mujeres simplemente porque los hombres los reservaban para sí mismos. […] Peter Freuchen observó que para los inuit de la Bahía de Hudson, la carne cocida era ‘comida de hombres, demasiado buena para que la consumiesen las mujeres’. De forma similar, en muchas partes de la Australia aborigen, a las mujeres no se las permitía el acceso a una comida a la que los hombres fuesen especialmente aficionados; de hecho, los hombres comían solos y después ‘arrojaban’ a las mujeres lo que no podían comer”.[79]
Entre los aborígenes de Queensland, a pesar de que eran las mujeres las que realizaban la mayor parte del trabajo y proveían a la familia de la mayor parte del alimento, el hombre “sin embargo, muy a menudo, guarda para sí el alimento de origen animal, mientras que la mujer tiene que depender principalmente de verduras para mantenerse a sí misma y a su hijo”.[80]
Más adelante (en el punto c, dedicado a las presuntas igualdad social y ausencia de jerarquías en cazadores-recolectores) comentaré también algunos casos más de diferencias entre sexos en lo referente a la dieta y el acceso a los nutrientes básicos.
Y “los hombres, entre los pigmeos efe de la selva de Ituri en el Zaire eran relativamente considerados con sus mujeres, pero en aquellas raras ocasiones en que los hombres mataban un animal grande, no lo llevaban al campamento; en vez de eso, volvían al campamento con las manos vacías y mandaban a las mujeres que fuesen a buscar la presa cazada y la trajesen”.[81] 
Vamos, que si había igualdad de sexos entre los cazadores-recolectores, en muchos casos era cuanto menos “peculiar”.
Respecto al patriarcado en cazadores-recolectores:
En tu libro afirmas que el patriarcado es un invento del Neolítico (véase, por ejemplo, la página 21 de tu libro). Pues no, Benigno, el “patriarcado” no lo inventaron los neolíticos, estaba ya inventado desde mucho antes.
Antes de nada he de decir que el mero término “patriarcado” está ideológicamente cargado debido a que habitualmente su uso suele ser casi exclusivamente monopolio de las feministas y gente similar (antipatriarcales). Ponerse a hablar acerca del presunto patriarcado imperante en la actualidad (o en cualquier otra época) me parece tan simplista, tan ideológicamente sesgado, tan poco objetivo y, por tanto, tan poco útil a la hora de tratar de entender la realidad, como hablar de capitalismo y de lucha de clases. Pero ya que tú hablas de él (y de su presunto opuesto: el matriarcado) en tu libro, usaré el término en este texto.
“Por término medio, los hombres miden 11,6 centímetros más que las mujeres. Éstas poseen huesos más ligeros y, por lo tanto, pesan menos en relación con su altura (la grasa pesa menos que el músculo) que los hombres. Dependiendo del grupo de músculos que se contraste, las mujeres vienen a tener entre dos terceras partes y tres cuartas partes de la fuerza de los varones”[82], además de que los varones son normalmente más agresivos. Estas son características físicas y psíquicas generales de los seres humanos desarrolladas mediante selección natural durante el Pleistoceno, ya que la caza mayor y la guerra (defensiva u ofensiva) eran llevadas a cabo por los hombres en la mayoría de los casos porque exigían más potencia muscular y más agresividad, mientras que las mujeres, normalmente embarazadas o con hijos lactantes, se tenían que dedicar mayoritariamente a la recolección y otras labores domésticas (cocinar, preparar ropas, construir refugios, etc.). Y esto tiene unas implicaciones directas en las relaciones entre sexos: la mayoría de los hombres, en todas las sociedades humanas tienen más poder y más estatus social que la mayoría de las mujeres; al menos formalmente y a nivel público. O sea, que en general los hombres mandan más que las mujeres y sobre ellas (al menos en apariencia y fuera de casa). El matriarcado (la sociedad supuestamente dirigida formal y públicamente por las mujeres en la que, en general, las mujeres mandan abiertamente sobre los hombres) jamás ha existido en nuestra especie. Los cazadores-recolectores, como cualquier otra forma de sociedad humana, han sido siempre mayoritariamente “patriarcales”.[83]
Es más, “en gran parte de las sociedades, incluidas algunas poblaciones cazadoras-recolectoras de pequeña escala, la conducta de las mujeres ha sido controlada en gran medida por los hombres, las mujeres han sido consideradas por los hombres como espiritual, moral e intelectualmente inferiores y han sido excluidas del ejercicio del poder religioso o político”.[84]
El motivo y mecanismo básico es muy simple. En cualquier lugar o época, si una mujer quería que un hombre hiciese algo y él no quería hacerlo, podía tratar de convencerle con argucias o haciéndole la pelota, o podía tratar de persuadirle mediante el chantajearle sexual o emocional. Las mujeres suelen ser expertas por naturaleza en todas estas estrategias. Por algo suelen mandar en la práctica de puertas adentro. Pero si todo eso fallaba, por lo general, debido a su menor tamaño y fuerza muscular, una mujer no podía obligar a un hombre mediante el uso de la fuerza a hacer algo que ella quisiera y él no. Sin embargo, si la situación era la contraria, el hombre casi siempre podía obligarla a ella por la fuerza, a menos que ella obtuviese ayuda de otros hombres o mujeres (y a menudo no la obtenía).
Cuando tú y otros primitivistas antropológicamente mal informados habláis del matriarcado primitivo, simplemente confundís la matrilocalidad, o sea, la costumbre de que los recién casados se trasladen a vivir a la aldea de la familia de la mujer (y la matrilinealidad, es decir, la adscripción del parentesco por vía materna, que suele ir asociada a la matrilocalidad), con el matriarcado. Pero ambas cosas no son lo mismo. Ciertamente, en las sociedades matrilocales (que no solían ser cazadoras-recolectoras nómadas[85], sino sedentarias, agricultoras y muy guerreras, como los iroqueses que tú mencionas en el libro), las mujeres solían disfrutar de un trato, un estatus y un poder superiores a los que tendrían en las sociedades patrilocales (en las que la mujer va a vivir con el esposo y la familia de éste). En las sociedades matrilocales, las mujeres se conocían desde siempre y estaban emparentadas entre sí y con parte de los hombres y eso hacía mucho más probable que el grupo apoyase a la esposa en caso de abusos por parte del marido. Y, dado que sus padres, hermanos y maridos solían salir a guerrear durante largas temporadas, ellas quedaban, tanto formal como realmente, al cargo de los campos de cultivo y de la aldea en su ausencia. Incluso podían influir a la hora de elegir a los ancianos (casi siempre varones) que dirigían la aldea o tratar de influir en sus decisiones mediante la persuasión o el chantaje, pero ellas mismas no solían formar parte de ese consejo de ancianos y, formalmente y en última instancia, los hombres seguían estando por encima de ellas y mandando.[86]
En cuanto a la idea de que con el “matriarcado” todo iba bien (en el supuesto pasado “paleochachi”) e iría mucho mejor (en un hipotético futuro “ciberguay”), porque las mujeres, al ser mamás por naturaleza, son supuestamente más dulces, comprensivas y amables y dirigirían la sociedad con un toque femenino consistente en mucho amor universal y toneladas de paz, la desmiente “el comportamiento de las mujeres respecto de los enemigos cautivos en sociedades matrilocales” (que como he dicho algunos confundís torpemente con matriarcales). Este tipo de sociedades solían torturar hasta la muerte a los cautivos y luego comérselos. “Las mujeres participaban con entusiasmo en estas muertes por tormento: insultaban a los prisioneros atados, acercaban tizones a sus genitales y reclamaban a gritos trozos de carne cuando finalmente expiraban y eran cortados para ser devorados”[87]. ¡Qué tiernas y adorables ellas!
Eso sin entrar a analizar que los casos históricos en que mujeres poderosas (reinas, emperatrices, presidentas, etc.) han llevado, de vez en cuando, las riendas de grandes sociedades (¿semimatriarcados puntuales?) no han marcado grandes diferencias, en cuanto a alienación y opresión de los seres humanos y destrucción de la Naturaleza se refiere, respecto a sus antecesores o sucesores masculinos en el puesto. ¿Mejoró acaso la situación de los seres humanos o de los ecosistemas con Cleopatra, la reina Victoria de Inglaterra o Margaret Thatcher?
c) Respecto a las jerarquías y desigualdad social en cazadores-recolectores:
Según tú, los cazadores-recolectores nómadas carecían completamente de jerarquías (véanse, por ejemplo, las páginas 17, 32, 34, 35 o 558 de tu libro) y a la vez eran matriarcales. ¿En qué quedamos? ¿Eran matriarcales (es decir, mandaban las mujeres) o carecían de jerarquías? Porque, por definición, el matriarcado seguiría siendo una forma de jerarquización social.
Pero dejemos al margen esa clamorosa contradicción de tu discurso. Como he señalado, los cazadores-recolectores no sólo no eran matriarcales, sino que, que se sepa, eran generalmente, en mayor o menor medida patriarcales, y existía siempre una diferencia de estatus y poder entre sexos y edades.[88] Ya sólo esto de por sí implicaría jerarquía y desigualdad (entre los distintos sexos y grupos de edad), pero dejemos también a un lado este detalle, y centrémonos en el resto de igualdades o desigualdades sociales, independientes del sexo y la edad.
Para empezar, hay que señalar que una cosa es carecer de jerarquías y diferencias de estatus socioeconómico extremas y otra carecer completamente de jefes y ser totalmente horizontales e igualitarios. A este respecto, a muchos etnógrafos y testigos presenciales que procedían de países con una estricta jerarquización y una marcada estratificación socioeconómica (como por ejemplo, la Inglaterra victoriana) la forma de funcionamiento y organización social de las culturas primitivas muchas veces les parecería mucho menos jerárquica y mucho más igualitaria, o incluso caótica y desorganizada, de lo que en realidad era. Y muchos de estos etnógrafos y de los antropólogos que posteriormente se han basado en sus relatos y descripciones han llevado a cabo o asumido y promovido esta interpretación sesgada y distorsionada. Así, no es nada raro que los antropólogos modernos se refieran a las sociedades primitivas del nivel social de bandas o de aldeas (cazadoras-recolectoras, pastoras nómadas o agricultoras de quema y roza) como sociedades “igualitarias” y no jerárquicas y a la vez, paradójicamente, en sus propias descripciones señalen ciertas desigualdades de estatus y ciertas jerarquías concretas existentes en dichos grupos reconociendo la existencia de líderes, cabecillas, jefes, etc.[89] De modo que, cuando un antropólogo dice que una cultura primitiva es “igualitaria”, lo más sensato es desconfiar y al menos preguntarse, “¿Qué significa realmente para ese autor que una cultura es ‘igualitaria’? ¿‘Igualitaria’ en qué sentido y hasta qué punto?”.[90] Y esto son cuestiones que la mayoría de los primitivistas nunca se plantean.
No obstante, dejemos de lado también estas contradicciones e imprecisiones típicas de muchos antropólogos y primitivistas acerca del concepto de “igualitarismo” y sigamos. En principio, la jerarquía y el estatus en todos los animales sociales[91], incluido el hombre, no es más que un mecanismo conductual innato para evitar que la agresividad individual desorganice el grupo natural de referencia y cause excesivos daños a sus miembros. Existe una relación estrecha entre la agresividad y el establecimiento de jerarquías. No sólo porque la jerarquía (diferencia en el estatus) puede implicar a veces, de forma inmediata, agresión y viceversa (como hemos visto en algunos casos de violencia intragrupal entre cazadores-recolectores comentados más arriba), sino porque, mucho más a menudo y a largo plazo, la evita. La jerarquía crea un orden en que cada miembro del grupo sabe a qué atenerse, sus límites y sus posibilidades. Normalmente, un subordinado no amenaza o agrede a un individuo de rango superior y así, el de rango superior tampoco se ve obligado a agredir al subordinado, evitándose una pelea. Sólo a veces, los subordinados agreden a un superior (normalmente aspirando a ocupar su posición, más elevada en el rango), y como resultado, algunas veces, cambian las tornas, es decir, el superior pasa a ser subordinado y el subordinado pasa a ser superior. Pero, salvo estas ocasionales peleas físicas por el estatus, normalmente, el grupo mantiene una jerarquía estable y ello redunda en una organización y estructura estables a su vez y en un grado de violencia en el seno del grupo muy inferior al que habría si no hubiese una mínima jerarquía establecida.[92] Y esto sucede muy a menudo entre los seres humanos. Está en nuestra naturaleza.[93] Se puede afirmar que prácticamente siempre que se junten dos humanos aparecerán un líder y un subordinado, aunque a primera vista la diferencia de autoridad y estatus pueda ser tan sutil que parezca que no existe.
 “A pesar de la presencia de diversos mecanismos sociales y culturales para crear igualdad, o una apariencia de igualdad, la desigualdad social es una realidad universal de la existencia humana”.[94]
“Puede que los seres humanos estén predispuestos a ambicionar ventajas basadas en la desigualdad. En su día se creyó que las pequeñas bandas de gente que vivía exclusivamente de la caza y la recolección –gente que puede haber vivido como nuestros antepasados del Pleistoceno- no hacían distinciones en su seno en lo que respecta a privilegios o ventajas; sin embargo, hay cada vez más pruebas de que incluso aquellas poblaciones que hacen hincapié en el igualitarismo (como los mbuti del Zaire[95] y los san del Kalahari[96]) reconocen a algunas personas como sus líderes”.[97]
Según Lumholtz, los aborígenes del valle del río Herbert, en Queensland, “ni siquiera tienen jefes, y en este aspecto difieren de los nativos de otras partes de Australia, donde hay a veces incluso dos jefes en una misma tribu, normalmente un anciano y un hombre joven” [98] (cursiva añadida). Sin embargo, en la misma página, un poco más adelante, dice: “En ocasiones importantes se busca el consejo de los ancianos, y su consejo es mayoritariamente seguido por el conjunto de la tribu, aunque no haya restricción a la libertad individual”.[99] Vamos, que en realidad los ancianos tenían más autoridad que el resto, aunque el autor no los considerase “jefes” y su autoridad fuese relativamente débil.
Pero es que cabe también cuestionarse hasta qué punto el igualitarismo, en caso de haberlo habido, sería realmente algo bueno y deseable. Elizabeth Marshall Thomas, en un epílogo a la edición de 1989 de su libro The Harmless People [El pueblo inofensivo], cuenta la historia de cómo en los años 50 estos bosquimanos, supuestamente tan inofensivos, asesinaron a un hombre simplemente porque estaba mentalmente enfermo y actuaba de una forma extravagante que les asustaba y desagradaba (pero que, a juzgar por el propio relato, realmente no suponía ninguna amenaza para el resto).[100] Es decir, se cargaron a uno de ellos sólo porque su comportamiento era diferente y se salía de la norma social establecida (léase “igualdad”). Y es muy conocido el hecho, referido por Richard Lee, de que los bosquimanos que estudió supuestamente avergonzaban y despreciaban a cualquiera que destacase sobre la media, por ejemplo, como cazador más hábil que el resto. Algunos antropólogos políticamente correctos y los primitivistas que les toman como referencia interpretan este presunto rasgo de esos bosquimanos como ejemplo de mecanismo de nivelación social para impedir las desigualdades de estatus y las jerarquías[101], pero también es posible verlo como una forma de opresión social sobre aquellos individuos que por naturaleza eran más hábiles o capaces en ciertos aspectos y/o tenían una necesidad de reconocimiento y estatus mayor que la media (y todos los seres humanos mentalmente sanos tienen dicha necesidad en menor o mayor medida). De todos modos, no parece que fuese un mecanismo muy eficaz, porque como hemos visto, los bosquimanos de hecho reconocían diferencias de estatus y tenían jerarquías a pesar de todo.
Incluso la jerarquía excesivamente autoritaria o tiranía aparece esporádicamente entre los cazadores-recolectores. “El uso de la fuerza coercitiva por parte de un individuo o grupo de parientes contra el resto de una sociedad a veces ocurre incluso en pequeñas sociedades cazadoras y recolectoras. Existen también casos conocidos en que uno o varios hombres emparentados y fuertemente agresivos tratan de dominar una banda cazadora-recolectora en sociedades tan diversas como los inuit, los hadza, los australianos y los san. No obstante, estos intentos suelen tener una vida muy corta, ya que el resto de la banda o bien exilia al potencial tirano o bien lo mata. Los especialistas religiosos tales como […] los chamanes a veces son capaces de ejercer poder sobre la mayoría de la sociedad durante periodos de tiempo más largos […] como [ocurre en caso de que] un chamán [sea] particularmente exitoso entre los inuit o en algunas tribus siberianas”.[102]
¿Y qué pasaba en el Paleolítico? Pues, hasta donde sabemos, más o menos lo mismo: “Existen numerosas pruebas que indican que ciertos individuos tenían un estatus superior a los demás [...] Los hallazgos de cierto número de enterramientos magníficamente adornados proporcionan, quizá, las pruebas más convincentes de estatus en [el Paleolítico Superior]”.[103]
Sea como sea, resulta obvio que no todos los cazadores-recolectores nómadas eran siempre tan contrarios a establecer jerarquías y distinciones de estatus como algunos aseguráis. Algunos ni siquiera rechazaban dominar a otros abiertamente y por la fuerza.
d) Respecto a la propiedad en cazadores-recolectores:
Según tú, los cazadores-recolectores nómadas carecían de toda noción de propiedad, territorio y acumulación de bienes (véanse, por ejemplo, páginas 17, 62, 100, 548 o 558 de tu libro).
Ciertamente, los cazadores-recolectores nómadas no solían acumular muchas pertenencias, pero no tanto porque desconociesen o despreciasen los conceptos de propiedad y acumulación, sino más bien porque su modo de vida itinerante se lo impedía. “Existen pocas cosas que puedan poseer. Cada cual debe cargar con todo lo que posee, de modo que nadie posee mucho”.[104]
Es decir, las restricciones a la acumulación eran impuestas, en último término, por las condiciones de vida (nomadismo), que a su vez venían determinadas por el entorno natural (disponibilidad y estacionalidad de los alimentos), y no tanto por una decisión consciente y voluntaria, personal o colectivamente compartida, de no poseer ni acumular. Ésta, en caso de que existiese, sería más bien un efecto de ese modo de vida nómada, no su causa y, en todo caso, serviría para reforzar y hacer más llevadero dicho modo de vida impuesto por las circunstancias físicas.
De hecho, en cuanto se libraban de la restricción física que suponía el nomadismo pedestre, mediante el asentamiento en zonas con suficiente abundancia de alimento a lo largo del año (cazadores-recolectores sedentarios) o, en menor grado, mediante el uso de animales de carga y arrastre (trineos de perros, caballos), el número de pertenencias acumuladas tendía a crecer, con todo lo que ello suele conllevar (intensificación de la estratificación social y de las jerarquías, etc.)[105]; a veces de forma extravagante y desorbitada[106].
Y también, a lo largo de la historia más reciente, cuando los cazadores-recolectores nómadas han podido poseer y acumular más (mediante el contacto con sociedades más desarrolladas tecnológicamente) a menudo (y no siempre obligados a la fuerza) lo han hecho y han disfrutado despreocupadamente de ello; es decir, se han asentado, han hecho uso de tecnologías más avanzadas (metales, armas de fuego, vehículos a motor, electricidad, etc.), han incrementado sus capturas intercambiando los excedentes para comerciar con ellos, han aceptado ayudas económicas estatales, e incluso han vendido los derechos de explotación de sus tierras y se han lanzado de cabeza a la moderna sociedad de consumo.[107]
Sea como sea, tradicionalmente incluso los cazadores-recolectores nómadas solían tener algunas pertenencias privadas. Los objetos cotidianos de adorno o “joyas” (collares, pulseras, etc.), talismanes u objetos religiosos, las ropas o las armas, normalmente eran propiedad de cada individuo[108] y solía haber leyes y normas sociales para respetar dicha propiedad privada. Por ejemplo: “Con la sola excepción del asesinato de un miembro de la propia tribu, el aborigen australiano sólo conoce un crimen, y éste es el robo; y el castigo por violar el derecho de propiedad no es inflingido por la comunidad, sino por el individuo víctima del robo”[109] (cursiva añadida). Entre los aborígenes de Queensland, “el descubridor [de una colmena] la posee y nadie más la tocará si él o bien ha dado noticia de ello, o bien ha marcado el árbol [en que ésta se halla].Si cazan no tomarán las presas de otra persona […] Por tanto, el derecho de propiedad es respetado en cierta medida”.[110]
No todo era de todos (o de nadie). Eso del “comunismo primitivo” es una de las muchas memeces autocomplacientes que se inventó Lewis Morgan y que difundieron Marx y Engels porque les convenía ideológicamente.[111] Pero, “[l]a teoría del ‘comunismo primitivo’, según la cual uno de los estadios universales en el desarrollo de la cultura se caracterizó por la ausencia total de propiedad privada […], no se ve respaldada por los hechos”.[112]
Es más, la propiedad privada no se restringía sólo a ciertos objetos inanimados, en algunos grupos también se consideraba como pertenencias privadas muy valiosas a las mujeres y a los perros.
“El robo de mujeres, que entre estos salvajes [los aborígenes de Queensland] son consideradas también como la posesión más valiosa de un hombre, es el más grave y más común de los robos; ya que es la forma normal de conseguir una esposa”.[113]
“Los cazadores de focas europeos, que constituían la mayor parte de los recién llegados, introdujeron los perros en Tasmania, donde previamente no existían estos potencialmente valiosos auxiliares de caza; y los tasmanos literalmente no se hartaban de adquirirlos. Sin demora, y aparentemente sin pensarse mucho las consecuencias,[114] a cambio de los perros daban a los europeos exactamente lo que éstos querían, a saber, mujeres jóvenes”.[115]
También hemos visto más arriba cómo los fueguinos consideraban más importante mantener vivos a sus a sus perros que a sus mujeres viejas.
En cuanto a la propiedad comunal, como por ejemplo ya hemos visto más arriba en el caso de los bosquimanos, los grupos tenían un territorio, en el que habitaban y cazaban, que consideraban propio y defendían agresivamente frente a los intrusos.
“Cada banda [tasmana] reclamaba los derechos exclusivos de caza y recolección sobre un territorio de entre 200 y 300 millas cuadradas[116] [117] (cursiva añadida).
“Los recursos de la tierra eran considerados normalmente propiedad comunal [por los cazadores-recolectores nómadas]”[118] (cursiva añadida).
Los bosquimanos “defendían sus territorios e incluso poseían los árboles particularmente productivos”[119] (cursiva añadida).
“Entre los ¡kung san, las charcas y los territorios de caza y recolección son […] ‘propiedad’ de los grupos centrales de bandas concretas”.[120] Si hemos de fiarnos de lo que dicen algunos antropólogos, entre los modernos bosquimanos, el concepto de “propiedad comunal” es relativamente laxo (tanto que algunos antropólogos lo han confundido con la ausencia total de la misma) y a menudo se concede permiso de paso y uso a gente de fuera del grupo propietario. De todos modos, obviamente el concepto de propiedad comunal existe entre ellos, ya que reconocen diferentes territorios y grupos propietarios de los mismos y quienes quieran usar un territorio deben, según marca la costumbre, pedir permiso a la banda considerada propietaria. Además, en el pasado seguramente dicho concepto de propiedad comunal sería aplicado de forma más estricta (ya hemos visto que los antiguos bosquimanos eran belicosos).
 “En muchos pueblos, como los aborígenes australianos, los grupos locales poseen un derecho consuetudinario a cazar y recolectar en ciertas zonas que claramente reconocen y deslindan. Es difícil generalizar, pero parece como si la competencia por los recursos desencadenara un reconocimiento y demarcación del territorio y su identidad con el que allí vive, donde se ha registrado, la rivalidad creciente es por lo general el resultado de una reducción en la disponibilidad de alimento en la zona, o bien consecuencia de un aumento de la densidad de población”.[121]
Parece ser que al menos algunos cazadores-recolectores conocían bien las nociones de propiedad privada, propiedad comunal y territorio.
e) Respecto a la religiosidad y la superstición en cazadores-recolectores:
Según tú, los cazadores-recolectores no creían ni en supersticiones ni en lo sobrenatural ni en divinidades, sino que eran ateos (por ejemplo, páginas 17 y 34 de tu libro).
Sin embargo, en el mismo libro en que haces tan gratuitas afirmaciones, hablas sin aparentemente mostrar el más mínimo signo de contrariedad, de que los mbuti creían en “Komba”, su dios (por ejemplo, páginas 354 y 530). ¿Qué más quieres que te diga? Sobran los comentarios.
Pero es que además hablas de que los mbuti creían que el alma de los animales cazados seguía rondando por ahí un tiempo después de su muerte. Si esto no es un ejemplo de creencia en lo sobrenatural, ¡que baje Dios y lo vea!
Sin embargo, dejemos de lado las torpezas intelectuales y las contradicciones palmarias a las que, después de la lectura completa de tu libro, uno ya casi se ha acostumbrado y sigamos profundizando en el asunto.
La religión entendida como la creencia en lo sobrenatural y la práctica de rituales dirigidos a influir en ello, es un rasgo universal de la especie humana. En todas las épocas y en todas las culturas, y especialmente en todas las sociedades premodernas, entre ellas las cazadoras-recolectoras, la mayoría de sus miembros han mostrado algún tipo de creencias y prácticas religiosas. La inmensa mayoría de los seres humanos han creído en algo sobrenatural (espíritus no ligados a la materia, magia y brujería, fenómenos paranormales, milagros, seres mitológicos, dioses, demonios, un mundo situado más allá de éste, vida después de la muerte, etc.).[122] Incluso puede que antes de ser Homo sapiens sapiens.[123]
El ateísmo (o el agnosticismo) y la idea de que no hay ningún “más allá” (o de que no se puede saber si lo hay) ni importa y de que todo tiene una explicación meramente natural (es decir, no sobrenatural) basada en las leyes físicas (o en que no tiene o no necesita explicación, y punto), es algo bastante moderno o, al menos, su expresión de forma explícita y abierta es algo muy poco frecuente en la historia premoderna. Incluso en la sociedad moderna, la asunción y práctica de dicha actitud filosófica materialista, empírica y laica (o meramente escéptica) ante la vida es poco frecuente. La mayoría de la gente sigue creyendo, en mayor o menor grado y de diversos modos, en la existencia físicamente indemostrable de algo sobrenatural y en que existe una relación entre dicha esfera sobrenatural y el mundo terrenal, y también muchos siguen realizando diversos rituales para tratar de influir en dicha relación. (Más adelante, en el punto 6 de esta crítica, seguiré con esto al comentar el concepto de “superstición”).
Es más, como en el caso de otros muchos rasgos culturales universales, es probable que esa universalidad de las creencias y rituales religiosos refleje una tendencia básica biológica. En este caso, una tendencia, genéticamente programada, a creer en cosas sin necesidad de que su veracidad sea empíricamente demostrable. Vamos que todos los seres humanos tenemos, en mayor o menor grado, una tendencia innata a la credulidad, a dejarnos llevar, a menudo inconscientemente, por la imaginación (propia o ajena) y acabar creyendo en lo que no es o no hay (o en lo que no se puede comprobar que es o hay). Porque, probablemente, en su momento, dicha tendencia cumplió una función adaptativa. Tener la tendencia genética a creer posiblemente ayudó a quienes creían a sobrevivir y reproducirse en las primitivas condiciones ecológicas y sociales de las bandas de cazadores-recolectores del Pleistoceno (y también posteriormente) y, con ello, a transmitir más y mejor sus genes (entre ellos, sus genes “crédulos”) a sus descendientes. En realidad, muy a menudo, es precisamente el ejercicio de dudar o de no creer lo que nos exigirá un esfuerzo extra consciente y contrario a la tendencia innata a imaginar, confiar y creer en lo que imaginemos o nos cuenten y, a menudo, opuesto a las tendencias, creencias y valores propios del grupo social al que pertenezcamos. O sea, frecuentemente no creer es psicológicamente más costoso y socialmente más peligroso que creer, integrarse y seguir la corriente social.
Pero volvamos a los casos concretos que contradicen palmaria y directamente tus afirmaciones acerca de la inexistencia de religión y superstición entre los cazadores-recolectores.
“En las diversas tribus [australianas] existen los llamados brujos, que pretenden poder comunicarse con los espíritus de los muertos y obtener información de ellos. Son capaces de producir enfermedades o la muerte cuando les plazca y pueden causar o parar la lluvia y muchas otras cosas. Por consiguiente, estos brujos son muy temidos […] Este miedo a la brujería [tiene una gran influencia] en el carácter y las costumbres de los nativos. Los vuelve sedientos de sangre y al mismo tiempo, oscurece y amarga su existencia. Un australiano nativo es incapaz de concebir la muerte como algo natural, salvo si es el resultado de un accidente o de la edad avanzada, ya que las enfermedades y pestes son siempre consideradas obra de la brujería y de negros hostiles. Este temor supersticioso causa y mantiene el odio entre tribus […] En cuanto a los nativos del río Herbert, mi opinión es que no creen en ningún Ser supremo bondadoso, sino sólo en un demonio”.[124]
“[A]unque no tienen ídolos y ninguna forma de culto divino, [los aborígenes del río Herbert] parecen temer a un ser maligno que trata de hechizarlos, pero acerca del cual sus nociones son muy vagas. De un ser benevolente supremo no tienen noción alguna, no creen en ninguna existencia después de la muerte”.[125]
“Durante todo el día el nativo [australiano del valle del río Herbert] está alegre y feliz, pero cuando el sol comienza a ponerse se vuelve inquieto debido a los pensamientos acerca de los espíritus de la noche […] Los nativos tienen algunas supersticiones extrañas en lo referente a este lugar[126]. En las profundidades del valle habita un monstruo, Yamina, que come hombres y por el cual los nativos muestran un terror mortal […] Fue principalmente Kvingan, su espíritu maligno, quien encantó este sitio […] En la zona sudoriental de Australia el espíritu maligno de los nativos se llama Bunjup, un monstruo que se cree que habita en los lagos”.[127]
“El hecho de que los nativos, propicien algún cuidado a los cuerpos de los muertos es debido, sin duda, a su miedo a los espíritus de los difuntos […] Los nativos de Australia tienen la peculiaridad, en común con los salvajes de otros países, de que nunca pronuncian los nombres de los muertos, para que sus espíritus no puedan oír las voces de los vivos y así descubrir su paradero. Parece haber una creencia generalizada en la existencia del alma independientemente de la materia […] La tribu de los kūlin (Victoria) cree que todo hombre y todo animal tienen un mūrŭp (fantasma o espíritu), que puede pasar a otros cuerpos. El mūrŭp de una persona puede a lo largo de su vida abandonar su cuerpo y visitar a otra gente durante sus sueños. Tras la muerte, el mūrŭp de una persona se supone que vuelve a aparecer, para visitar la tumba de su anterior dueño, para comunicarse con personas vivas durante sus sueños, para comer los restos de comida abandonados alrededor del campamento y para calentarse junto a sus hogueras por la noche”.[128] Nótese la contradicción que esto supone respecto a lo dicho más arriba por el mismo autor acerca de la inexistencia de ninguna creencia de los aborígenes en una vida después de la muerte. Este es uno de los muchos ejemplos de las contradicciones existentes en las obras etnográficas y antropológicas.
“Al igual que otros australianos aborígenes, los walbiri tenían muchos objetos y ceremonias sagrados que eran cosa exclusivamente de los ancianos varones. Era tabú para una mujer ver estos objetos sagrados y si alguna lo hiciese, sufriría automáticamente la muerte como castigo sobrenatural. Mervin Meggitt describe una ocasión en que una anciana llamada Maisie se tropezó sin querer y por casualidad con unos hombres que estaban preparando conchas sagradas para una ceremonia. Retrocedió con horror, y en cosa de días había quedado reducida a ‘huesos y pellejo’ y estaba psicótica […] Aunque siguió viva, Maisie permaneció psicótica el resto de su vida”.[129] Desde luego, parece ser que al menos algunos aborígenes, como Maisie, creían a pies juntillas en lo sobrenatural.
“Los esquimales netsilik creían que cuando una mujer embarazada sentía los primeros dolores del parto, había que encerrarla en una caseta de nieve si era invierno o en una tienda durante el verano. La propia mujer era considerada impura y creían que el niño recién nacido desprendía unos vapores especialmente peligrosos al nacer. Dado que pensaban que toda la comunidad corría un gran peligro, no permitían que nadie ayudase a la mujer a dar a luz”.[130]
Los esquimales “imbuían su entorno con una aterradora colección de entes agresivamente maléficos: sirenas que atraían y después mataban a las personas, aves gigantescas capaces de capturar y matar tanto caribúes como gente, peces lacustres gigantes que eran capaces de tragarse a un hombre de un solo bocado y todo tipo de fantasmas y espíritus invisibles capaces de causar enfermedades o la muerte. Estos entes temibles obligaban a los inuit a emplear elaborados medios de protección que implicaban un derroche de tiempo y energía. La supuesta existencia de estos seres también creaba tal ansiedad que los inuit decidían alterar sus estrategias de caza y pesca para evitarlos. Por ejemplo, evitaban lagos que reconocían que tenían buena pesca y caza porque creían que en ellos habitaban peces monstruosos que se alimentaban de hombres, y evitaban zonas de acampada excelentes debido a los fantasmas y espíritus. Algunas buenas zonas de caza y pesca no podían ser visitadas por la noche por temor a los ‘bebés salvajes’ –criaturas semejantes a niños humanos- que creían que devoraban a las personas como si fuesen lobos o, lo que es más destacable aún, les hacían cosquillas hasta matarlas”.[131]
Hemos visto ya, en el punto dedicado a comentar el machismo en cazadores-recolectores, cómo los bosquimanos creían que las mujeres menstruantes podían contaminar las armas de los cazadores sólo con tocarlas.
Y como veremos más adelante (sección h, en este mismo punto), muy probablemente las pinturas rupestres, tanto prehistóricas como recientes, tenían funciones mágicas y religiosas.
En resumen: como mínimo algunos cazadores-recolectores sí que creían en lo sobrenatural y eran supersticiosos. Y mucho.
f) Respecto al trabajo en cazadores-recolectores:
Por supuesto, no podía faltar en tu libro la referencia al típico mito primitivista de que los pueblos cazadores-recolectores llevaban una vida holgada y ociosa sin necesidad de trabajo duro, dedicada en gran medida a cantar, bailar y adornarse el cuerpo (véanse por ejemplo, las páginas 17 o 113 de tu libro). Y de nuevo, metes la pata.
En general, la vida cazadora-recolectora no era tan fácil como muchos creéis. Más bien al contrario, normalmente era un modo de vida que exigía mucho esfuerzo y no estaba en absoluto exento de dificultades.
Ya sólo lo comentado más arriba acerca del duro trabajo de las mujeres en algunos grupos de cazadores-recolectores nómadas debería bastar por sí mismo para echar por tierra el mito de la vida cazadora-recolectora fácil. Pero es que hay más.
El mito de la vida cazadora-recolectora nómada holgada procede, en gran medida, de la extrapolación a partir de los primeros estudios realizados y publicados en la década de los 60 por el antropólogo Richard B. Lee acerca de sólo algunos bosquimanos (grupo Dobe). Lamentablemente, la mayoría de quienes asumen y propagan dicho mito parecen obviar que:
        i.    Han existido numerosas culturas cazadoras-recolectoras nómadas además del grupo concreto de bosquimanos estudiado por Lee. Como ya se ha dicho (véase nota de pie de página 15 en esta misma crítica), generalizar a partir de un solo caso (o unos pocos) es completamente irracional.
      ii.  Las horas de trabajo consideradas por Lee en un principio, correspondían exclusivamente a las horas dedicadas a la caza, la recolección y la preparación de alimentos y no tenían en cuenta otras labores como las tareas domésticas, el cuidado de los niños o la fabricación de útiles. Cuando se observan los datos más completos sobre las horas de trabajo total de dichos bosquimanos, aportados por Lee varios años después, la vida de éstos ya no parece tan holgada.[132]
    iii. Los bosquimanos habitan en una región relativamente cálida lo que, al contrario que a otros cazadores-recolectores de latitudes más altas, probablemente les ahorraba no poco tiempo y esfuerzo en lo referente a preparar vestidos o refugios adecuados para protegerse del frío.
“No se ha documentado extensa y cuidadosamente la búsqueda de alimentos en ningún grupo de cazadores-recolectores nómadas de Australia. Las pocas estimaciones que los expertos han hecho del tiempo realmente invertido cazando y recolectando oscilan entre tres y siete horas al día. Algunas de las estimaciones más bajas incluyen sólo la búsqueda de alimentos, mientras que las cifras más altas incluyen el tiempo dedicado a procesar los alimentos”.[133] Es decir, que en realidad, si se tienen en cuenta el resto de tareas aparte de buscar alimento, estos australianos no pasaban nunca sólo tres horas diarias trabajando, sino bastantes más. Probablemente invertirían más de siete horas diarias de media, dado que tendrían que realizar otras labores, como fabricar o reparar herramientas y armas, construir refugios, buscar leña, cuidar de los niños, etc. además de buscar y procesar la comida.
Visto lo visto para los casos de los bosquimanos y los australianos, cuando “James Woodburn, el etnógrafo que estudió a los hadza, estima que [en este pueblo] sólo se invierte una media de dos horas por persona y día en actividades de subsistencia”[134], cabe preguntarse seriamente hasta qué punto eso es cierto y a qué se refiere en concreto con “actividades de subsistencia”.
De todos modos, no hace falta tener amplios conocimientos de antropología para darse cuenta de lo falso que es el mito de que los cazadores-recolectores no trabajaban apenas. Cualquiera con dos dedos de frente que haya intentado fabricar de forma primitiva herramientas o armas primitivas, cazar, pescar y/o recolectar con armas y útiles primitivos, preparar alimentos en la Naturaleza, hacer un refugio exclusivamente con materiales extraídos del medio natural, recoger leña, hacer fuego de forma primitiva y mantenerlo encendido todo un día, curtir pieles de forma primitiva, etc. sabe que ninguna de esas cosas es fácil y que requieren bastante tiempo y esfuerzo. De hecho, muchas de esas actividades no hace falta siquiera tratar de llevarlas a cabo de forma primitiva. Basta con intentar hacerlas, aunque sea usando herramientas y materiales modernos, para darse cuenta de que requieren mucho tiempo y esfuerzo.
Frente a estos hechos, algunos antropólogos y primitivistas, tratan de salir por peteneras diciendo que, de todos modos y al contrario que el trabajo civilizado, el trabajo primitivo era agradable y ameno. Quizá muchas de las actividades mencionadas en el párrafo anterior sean divertidas de realizar como afición y de forma esporádica, pero tener que realizarlas por obligación y de forma cotidiana es otro cantar. Es cierto que algunas de las actividades más complejas y con más variación, como por ejemplo la caza y el rastreo, pueden resultar psicológicamente satisfactorias aun cuando se realicen con frecuencia, pero no todas las actividades de los cazadores-recolectores eran de este tipo. La vida cotidiana cazadora-recolectora no consistía sólo en excitantes y entretenidas cacerías, también requería realizar muchas tareas pesadas y monótonas. De hecho, por ejemplo, los hombres tasmanos, que ya hemos visto que dejaban que las mujeres se encargasen de casi todas las duras y a veces tediosas tareas necesarias para la subsistencia, monopolizaban sin embargo la caza de canguros y ualabíes porque la consideraban agradable.[135] Cualquier actividad sencilla y repetitiva, por entretenida que parezca en un principio, acaba dejando de serlo si se realiza por necesidad y de forma rutinaria. En el mejor de los casos, deja de ser estimulante e interesante y pasa a ser anodina. En el peor, aburre, cansa y desagrada psicológicamente. Se realiza porque no queda más remedio, pero no se disfruta haciéndola. La vida no es una juerga constante, ni siquiera cuando es cazadora-recolectora.
El mito del cazador-recolector que vive casi sin trabajar sólo se lo pueden creer o bien los tontos y vagos o bien aquellos que nunca han doblado la espalda ni se han manchado las manos en el mundo real y se dedican principal o exclusivamente a realizar trabajos ‘intelectuales’ y a vivir en el mundo de las ideas, en los despachos, en las aulas, en las bibliotecas y/o en el ciberespacio. Es decir, en Babia.
Como ves, Benigno, los cazadores-recolectores (y por supuesto las cazadoras-recolectoras) no llevaban precisamente una vida de asueto.
g) Respecto a la competencia y la ausencia de compartición y de cooperación en cazadores-recolectores:
En tu libro afirmas que los cazadores-recolectores nómadas no eran competitivos y que compartían generosamente (véanse por ejemplo, las páginas 112 o 558).
Aparte de muchos de los casos ya mencionados más arriba en relación a la violencia intragrupal y la desigualdad (dos ejemplos extremos de comportamiento competitivo y de ausencia de cooperación y compartición, respectivamente), se pueden mencionar los siguientes:
En las páginas 119-127 de la obra citada más arriba, Lumholtz describe en detalle un borbory, especie de batalla organizada entre distintos grupos de aborígenes de Queensland para dirimir sus diferencias a palos, armados con escudos y “espadas” de madera. Aunque los borborys raramente causaban muertes, sí que había heridos y, desde luego eran ejemplos claros de violencia y competencia.
“Los san, por ejemplo, se exhortaban constantemente a compartir entre sí, pero a menudo no lo hacían”.[136] Esto es importante, ya que muchos antropólogos parecen basar demasiado sus descripciones en lo que los pueblos que estudian dicen que hacen (o que hay que hacer), cuando lo racional y realmente científico sería observar sobre todo lo que hacen realmente. Del dicho al hecho hay un trecho, también entre los cazadores-recolectores.
“Los mbuti eran pendencieros y a veces peleaban entre sí, […] mentían, robaban y a veces rehusaban compartir [y] los hombres que poseían redes de caza explotaban a los que carecían de ellas[137]”.[138]
“Entre los pigmeos mbuti, la compartición de comida era un valor fundamental, pero en realidad el alimento a menudo era compartido tan a regañadientes que Turnbull escribió: ‘Rara sería una mujer mbuti que no escamotease una parte de la captura en caso de que se la obligase a compartirla con otros’”.[139]
Ya he mencionado también las luchas para conseguir mujeres entre los tasmanos. Sin embargo, “La competencia entre los hombres por las mujeres núbiles, sus celos sexuales y los resultantes derramamientos de sangre y rencillas no han ocurrido solamente en Tasmania”.[140] “Diversas sociedades pequeñas y relativamente pacíficas, como los san, luchan por las mujeres; de hecho, casi todas las luchas entre los san en las que han ocurrido muertes en épocas recientes han sido por las mujeres. Y lo mismo sucedía con los […] inuit y [….] los kaiadilt de Australia”.[141]
 “Dado que ninguna sociedad descrita hasta la fecha carece completamente de diferenciación social, los intereses de todos los miembros de una sociedad raramente son idénticos. Incluso en las sociedades más pequeñas, los intereses opuestos de los grupos familiares y multifamiliares a menudo causan que las bandas y campamentos se escindan en grupos y familias individuales aún menores”.[142] “Incluso las más pequeñas de las sociedades, bandas itinerantes que no suman más que unas pocas docenas de individuos y que viven cazando y recolectando, pueden tener intereses fuertemente opuestos. Los niños y los adultos no siempre comparten el mismo sentido de la comunidad; ni tampoco los hombres y las mujeres, los hermanos mayores y los menores, las distintas esposas o las diferentes familias y grupos de parentesco. Sus intereses opuestos a veces provocan enfado, disputas e incluso violencia que puede llevar a la escisión del grupo local. Incluso los miembros de una banda mbuti, personas que poseen un sentido de sí mismas como parte de una comunidad, tienen de todos modos intereses contrapuestos y conflictos que a veces son tan graves que algunos individuos pueden abandonar la banda para unirse a otra o crear una nueva”.[143]
Así que, al menos algunos cazadores-recolectores nómadas sí que competían entre sí y no siempre compartían alegremente.
h) Respecto a la preocupación por el pasado y el futuro en cazadores-recolectores:
El tópico típico primitivista de que los pueblos primitivos en general y los cazadores-recolectores nómadas en particular no se preocupaban por el pasado ni por el futuro (o que incluso desconocían dichos conceptos) y vivían pensando exclusivamente en el presente (véase por ejemplo, la página 17 de tu libro), como los demás mitos primitivistas, en realidad dice mucho más acerca de quienes lo defendéis que acerca de los seres humanos primitivos a quienes os referís.
Para empezar, como ya he señalado más arriba, a menudo los etnógrafos se veían fuertemente influidos y limitados por sus propios valores y cultura a la hora de describir y juzgar a las sociedades primitivas con las cuales tomaban contacto, de modo que a ellos dichas sociedades primitivas les podían parecer algo muy diferente de lo que en realidad eran; aunque sólo fuese simplemente por el contraste extremo que suponía el hecho de que algunos de los rasgos de estas culturas se presentaban de una forma mucho más laxa que en las sociedades de las que procedían los etnógrafos. Y el caso de la supuesta “despreocupación primitiva por el pasado y el presente” bien podría ser otro ejemplo más de este fenómeno (al igual que las supuestas ausencias de jerarquías, de guerra, etc.). Añadamos a esto el hecho contrastado de que en los trópicos (zona en la que se sitúan muchas de las sociedades primitivas de las que se dice que “no les preocupa el pasado ni el futuro”), al contrario que en las zonas templadas y frías (de las cuales procedían la mayoría de los etnógrafos) no es necesario preocuparse por almacenar y conservar alimentos ya que éstos están disponibles prácticamente durante todo el año y entenderemos por qué algunos etnógrafos transmitieron erróneamente una imagen de los pueblos primitivos que conocieron como unas gentes que vivían exclusivamente centradas en el presente, a quienes no les preocupaban el pasado ni el futuro.
Muchos antropólogos modernos han seguido manteniendo vigentes dichos errores de apreciación e interpretación cometidos por los etnógrafos en quienes basan acríticamente sus estudios y teorías.
Más aun, al igual que los primeros etnógrafos, dichos antropólogos modernos a menudo son incapaces de percatarse realmente de lo influenciados que se hallan por los valores e ideas de su propia cultura a la hora de realizar su labor, y así llegan incluso a amplificar los errores de sus predecesores. Buena parte de los antropólogos modernos son gente muy influida por el progresismo, el izquierdismo, la contracultura, el postmodernismo, etc. y lo dejan ver claramente en sus obras. En el caso concreto de la afirmación de que los pueblos primitivos en general y los cazadores-recolectores en particular no se preocupan por el pasado ni por el futuro, o que incluso desconocen dichos conceptos, ésta encaja perfectamente con la supuestamente liberadora mentalidad hedonista, basada en el carpe diem[144] y con la actitud subjetivista (post)moderna, basada a su vez en la presunta inexistencia objetiva y en la “construcción social” de prácticamente todo lo que siempre se ha dado por existente, natural y obvio, incluido el paso del tiempo. Muchos antropólogos suelen ser gente muy socializada y políticamente correcta, es decir, muy acrítica con los valores e ideas imperantes en su sociedad, y en especial con aquellos que parecen “rebeldes”, “críticos”, “rupturistas”, “vanguardistas”, etc. sin realmente serlo. Así que no es extraño que muchos de ellos hayan proyectado el supuestamente liberador carpe diem y la presunta “construcción social” del tiempo sobre los pueblos primitivos que estudian; más cuando los etnógrafos ya les habían allanado el camino con sus dudosas interpretaciones.
Y luego llegan los primitivistas que rizan el rizo de la pseudorradicalidad y, basándose en las obras de esos antropólogos, proyectan sobre los pueblos primitivos sus propios valores e ideología, amplificando aún más los errores y falsedades cometidos por dichos antropólogos y presentándonos un retrato de los pueblos primitivos hecho a su imagen y semejanza, a medida de los deseos, aspiraciones, carencias, trastornos, debilidades y limitaciones de estos anarcohippies del siglo XXI. En el caso que nos ocupa, si el problema se supone que es preocuparse por el pasado y el futuro y la solución es vivir sólo en el presente, los primitivos en general y, en especial, los cazadores-recolectores, que presuntamente representan el sumun del ser humano “chachipilongui” según los primitivistas, no podían por menos que haber vivido despreocupadamente en el presente siguiendo el ideal epicúreo del carpe diem y libres de la maligna construcción social civilizada que supone la noción del tiempo… Ya, y de paso escribían libros de autoayuda, recitaban mantras budistas y hacían yoga. ¡Venga ya!
Pero dejémonos de cháchara teórica y vayamos a los hechos que prueban la falsedad de la afirmación de que los pueblos cazadores-recolectores nómadas no se preocupaban por el pasado y el futuro, o incluso desconocían dichos conceptos, y vivían centrados en el presente.
Para empezar, la noción del tiempo, y con ella del pasado y del futuro, es un rasgo natural de la mente humana y no tiene en sí misma nada que ver con la cultura. Todo ser humano (incluidos los más acérrimos defensores del carpe diem; de hecho, sobre todo ellos) tiene por naturaleza una noción de qué es el pasado y qué el futuro y de que el tiempo pasa. Y además, se preocupa por el pasado y por el futuro. Otra cosa es que la cultura pueda influir en cómo se formula exactamente dicha noción o cómo se siente dicha preocupación. Evidentemente, no todas las culturas miden el tiempo en horas, minutos y segundos, ni usan el calendario gregoriano, por ejemplo. Ni en todas las culturas sus miembros invierten dinero en planes de pensiones, cuentas de ahorro, fondos de inversión, etc. o dedican al menos media vida a prepararse para lograr cierto nivel económico y un medio de vida estable y luego se obsesionan con no perderlos. O se dedican a mantener registros detallados de actividades, acontecimientos y objetos del pasado (museos, colecciones, archivos, etc.). Pero sí que todos tienen al menos los conceptos de “lo que ha pasado”, “lo que va a pasar” (o “puede pasar”) y “lo que pasa”, de “hoy”, “mañana”, “ayer”, “ahora”, “luego”, “antes”, “después”, “viejo”, “nuevo”, etc. Y todos se preocupan en mayor o menor grado por lo que ha pasado y por lo que pasará (o puede que pase). Esto es algo tan evidente que sobran más comentarios, a pesar de que algunos idiotas con carrera y sus desequilibrados seguidores lo lleguen a poner en duda.
Por otro lado, volviendo a las pinturas rupestres, tanto las prehistóricas como las más recientes. Como hemos visto, al menos algunas de ellas representan batallas y otros sucesos. Es decir, es muy probable que fuesen una especie de registros del pasado para las gentes que las pintaron y sus sucesoras. De hecho, se sabe que algunos grupos recientes de bosquimanos[145] y los aborígenes australianos[146], las usaban con este propósito para referirse a hechos pasados dignos de ser recordados y transmitidos a la posteridad (o sea, a futuras generaciones) o para explicar sus mitos de la creación (la forma en que ellos creían que habían sido creados el mundo y su propio pueblo en un mítico pasado remoto). Es decir, las pinturas se referían, de un modo u otro, al pasado (fuese éste real o imaginario). Y probablemente una de las posibles funciones de muchas de las pinturas mesolíticas que representan claramente a gente haciendo cosas (pelear, cazar, etc.) fuese igualmente la de servir a modo de registros “históricos” primitivos.
También, muchos arqueólogos interpretan las pinturas rupestres del Paleolítico Superior europeo, que raramente incluyen figuras ni actividades humanas, como un medio para propiciar mágicamente la caza[147]. Si esto realmente fue así,[148] entonces quienes las pintaron y usaron para tal fin, lo hicieron precisamente porque estaban preocupados por los resultados de las cacerías futuras.
Existen otras posibles interpretaciones de las pinturas y demás formas de arte paleolítico, algunas de ellas también indicativas de al menos cierta preocupación por el paso del tiempo: educación e iniciación de las nuevas generaciones, calendarios, registros cuantitativos de las actividades cazadoras, etc. “Las pinturas parietales […] constituían aspectos de ceremoniales […] que afirmaban y renovaban las relaciones de los humanos con los animales y entre sí. No sé si las pinturas se destinaban en concreto a aumentar los futuros suministros de carne […] Pero el conjunto de la ceremonia debe haber contado con múltiples funciones sociales y psicológicas […] Tal vez sirviese para educar a los niños en sus obligaciones y para explicarles su lugar en el mundo […] Algunos detalles [de las figuras animales representadas en] pinturas y relieves [tal vez muestren] la dirección de la migración anual[149] (cursiva añadida); “[A]lgunos arqueólogos han conjeturado que esos recónditos santuarios [en las cuevas] fueron elegidos para celebrar ritos de iniciación”[150]; “una placa de asta de reno [datada en más de 30.000 años] puede contener una de las más antiguas notaciones significativas hechas por el hombre: un antecedente de la escritura. Según Alexander Marshack […] las enigmáticas señales del asta constituyen un registro de las fases de la Luna”[151] aunque “otros investigadores [las consideran] registros de los animales capturados”[152]. “El abate Breuil, Leroy-Gourhan y otros autores [han] sugerido que al menos una parte del arte rupestre del Paleolítico podía estar relacionado con diferentes clases de ritos de iniciación”.[153]
Más en general, pintar en las paredes de roca o realizar otras formas de representación artística duraderas, implicaba por definición, un interés por el pasado y/o por el futuro. Si se hacían de ese modo es porque se pretendía que permaneciesen ahí para que los que viniesen detrás (“público” futuro) pudiesen, como mínimo, verlas y admirarlas. Y éstos, a su vez, siempre serían conscientes de que estaban observando algo realizado por gentes del pasado. Es decir, al menos cierta consciencia del pasado y del futuro tenían.
Cabe preguntarse seriamente cómo podrían haber sobrevivido los cazadores-recolectores nómadas sin una mínima noción del paso del tiempo, un mínimo recuerdo del pasado y una mínima preocupación por el futuro. ¿Por qué hacer herramientas o armas de caza si no se tiene una noción mínima del futuro ni/o una preocupación mínima por él? Cuando se hace una herramienta normalmente es con la idea y pretensión implícitas de usarla (o al menos poder llegar a usarla si fuese necesario) para un fin en un futuro. Es decir, porque se prevé que habrá que usarla. Si no, no se hace y punto. Y lo mismo para cualquier preparativo, planificación, etc. ¿Me vas a decir que los cazadores-recolectores no preparaban y planificaban, al menos mínimamente, sus actividades y desplazamientos de antemano? Esto es aún más evidente en el caso de los cazadores-recolectores de zonas templadas o frías, en las que es necesario prever y tomar medidas con antelación (conservar y almacenar alimentos, predecir migraciones u otras fuentes estacionales de alimento, fabricar ropas de abrigo y refugios contra el frío, etc.) para poder superar los fríos meses de invierno. Y todo ello implica pensar en el futuro y preocuparse mínimamente por él (y también recordar el pasado; por ejemplo, recordar que los inviernos pasados fueron épocas duras y que, por tanto, conviene prepararse para superar los inviernos próximos).
Y no sólo preveían y planificaban de cara al invierno. Es sabido que en muchas sociedades cazadoras-recolectoras las bandas se reunían en grupos mayores durante ciertas épocas del año que a menudo coincidían con las de mayor abundancia de ciertos alimentos (en dichas reuniones aprovechaban para intercambiar materiales, casarse, realizar rituales y otras actividades sociales, etc.).[154] ¿Cómo podían reunirse en el lugar y momento exacto tras meses de separación, sin tener una mínima forma de medir el paso del tiempo y sin preocuparse por el futuro ni el pasado (es decir, recordarlo y tenerlo presente)?
Esto de que a los cazadores-recolectores no les preocupaban el pasado ni el futuro es una soberana sandez, tan grande que no merece la pena seguir comentándola. Creo que ya he perdido demasiado tiempo con ella. A otra cosa.
i) Respecto a la incapacidad de los cazadores-recolectores para impedir su crecimiento demográfico, mantenerse por debajo de la población máxima que los ecosistemas podían soportar y regular voluntariamente su demografía:
Afirmas en tu libro (por ejemplo, en la página 15) que los cazadores-recolectores controlaban voluntariamente su nivel demográfico. Pues bien, de nuevo, esto es sólo una verdad a medias. Como mucho.
Para empezar, a lo largo del Paleolítico Superior, la población humana no se mantuvo constante, sino que creció lenta, pero inexorablemente. La tasa anual de crecimiento demográfico en el Paleolítico se considera de 0,001 %,[155] lo cual, de ser cierto, indicaría que la población mundial se duplicaba cada 69.000 años, aproximadamente. Más aún, “la riqueza de recursos alimenticios propició, especialmente en el sur de Francia, un notable aumento de la población en el periodo magdaleniense. Se ha calculado que hace 20.000 años vivían en esa región entre 2.000 y 3.000 personas. Diez mil años después, al final del periodo glacial, esta cifra debía de haberse triplicado”.[156] Es decir, según esto, la tasa anual de crecimiento demográfico había pasado a ser de aproximadamente 0,01% para ese periodo y esa región. De este modo, a principios del Mesolítico la población era mucho mayor que a principios del Paleolítico Superior.
Si a esto añadimos que en el Mesolítico (y probablemente también en el Paleolítico Superior, en ciertas zonas, como ya hemos visto más arriba), debido al clima más benigno, algunos ecosistemas eran especialmente productivos (estuarios, costas, grandes ríos, etc.), algunas sociedades cazadoras-recolectoras bien pudieron haberse sedentarizado o al menos haber reducido mucho su movilidad, eliminando o mitigando así uno de los factores fundamentales que frenaban el crecimiento de la población: la vida nómada.
“Cuando los cazadores-recolectores adoptan una forma de vida sedentaria, el equilibrio cambia [...] el sedentarismo está estrechamente vinculado a un fuerte crecimiento demográfico [...]”.[157] “En las sociedades sedentarias el crecimiento poblacional se acelera por diversos motivos obvios. Al no tener que cambiar de campamento, no es necesario cargar con los niños pequeños, y éstos dejan de ser literalmente una carga tan pesada como lo son en las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas. Las mujeres no necesitan recolectar muy lejos del poblado y hay más gente que puede hacer de niñera, de modo que la necesidad de espaciar mucho los nacimientos [véase más abajo] desaparece. [Los pueblos sedentarios] dedican mucho tiempo a procesar el alimento: [muchos de ellos, incluso cazadores-recolectores, muelen o cocinan granos para hacerlos comestibles]. Dado que éstos son un excelente ‘alimento de transición’ para bebés, los niños de los [pueblos sedentarios] pueden ser destetados antes que los de los cazadores-recolectores nómadas. Al no tener que trasladar el campamento con frecuencia y tener alimentos almacenados disponibles, los individuos enfermos no tienen que mantener el ritmo del grupo y es más probable que se recuperen de su enfermedad. Tomados en conjunto, es de esperar que estos factores produzcan en los [pueblos sedentarios] un crecimiento poblacional más rápido que el de los cazadores-recolectores nómadas”.[158]
El resultado fue que “a principios del Paleolítico Superior, cuando nuestra subespecie moderna emergió […] como heredera de la tierra, éramos quizá un tercio de millón de personas en total. Hace 10.000 años, en vísperas de la agricultura y tras haber ocupado todos los continentes habitables, habíamos aumentado nuestro número hasta ser aproximadamente 3 millones”.[159] Y, según Ponting, la población en aquella época sería de unos 4 millones.[160]
Pero es que incluso, antes de sedentarizarse, “[l]a población de los cazadores-recolectores nómadas del pasado pudo haber crecido rápidamente.[161] Esto es claramente evidente en su expansión fuera de África y el subsiguiente poblamiento de casi la totalidad del mundo –los rápidos poblamientos de América y Australia por parte de cazadores-recolectores constituyen los ejemplos más espectaculares. No existen pruebas de que ninguna región con cazadores-recolectores nómadas alcanzase alguna vez un crecimiento poblacional igual a cero a largo plazo”.[162] 
Por tanto, llegó un punto en que la caza-recolección en muchos lugares no daba para más. Todo esto tuvo probablemente mucho que ver con que la agricultura acabase teniendo que ser inventada y adoptada; fue una “solución” técnica más al problema de cómo mantener a una población humana que había crecido tanto que había alcanzado la capacidad de carga.[163] Y esto pasó en distintos lugares del mundo, una y otra vez.[164]
“La explicación [acerca de los orígenes de la agricultura] que mejor se ajusta a los conocimientos modernos está basada en el incremento de la presión poblacional. Aunque los grupos recolectores y cazadores toman algunas medidas para limitar su población a un nivel que el entorno pueda soportar sin sufrir estrés, no siempre son efectivas. La solución habitual es que el exceso de población que no puede ser mantenido por el territorio agotado se separe, forme un nuevo grupo y explote una nueva área. Si, en el caso de los grupos prehistóricos, este proceso continuase a lo largo de mucho tiempo, al final todos los territorios adecuados acabarían siendo ocupados. Es posible que una población de alrededor de cuatro millones (el nivel alcanzado aproximadamente hace 10.000 años) o incluso menos, fuese el máximo que pudiese ser mantenido sin problemas mediante un modo de vida recolector y cazador. Si la población siguiese creciendo más allá de este punto, especialmente en áreas que estuviesen ya bastante pobladas, los grupos se verían obligados a ocupar hábitats aún menos favorables en los que tendrían que depender de plantas y animales de peor calidad o en los que los ecosistemas serían menos ricos y por consiguiente haría falta un mayor esfuerzo para obtener suficiente alimento. A lo largo de miles de años este proceso de desplazamiento continuado a áreas cada vez más marginales y la necesidad de realizar cada vez más esfuerzo para obtener comida empujarían a los grupos a unos modos de explotar el entorno mucho más intensivos y que requerirían la inversión de mucho más tiempo, resultando al final en lo que hoy en día se reconoce como agricultura propiamente dicha. Una vez que algunos de dichos grupos hubiesen alcanzado el punto en que estuviesen dispuestos a, o no tuviesen más remedio que, adoptar las técnicas agrícolas, estarían sometidos a un proceso irreversible”.[165] Aquí Ponting da una hipótesis aproximada de cómo pudo ser el proceso del paso a la agricultura. En mi opinión, dicha hipótesis no es la mejor (al menos no para explicar todos los casos) y tiene varios puntos flojos[166], pero da una idea general de cómo el imparable crecimiento demográfico a largo plazo de nuestra especie durante el Pleistoceno y principios del Holoceno hizo inevitable la adopción de la agricultura y la ganadería en buena parte del mundo.
Como ves, si los cazadores-recolectores prehistóricos alguna vez trataron consciente y voluntariamente de mantener su número estable, no lo consiguieron (no al menos durante mucho tiempo ni en muchas partes). O si no, no habría surgido la agricultura, y con ella el Neolítico, y después la civilización.
Es cierto que en las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas pedestres más recientes el propio modo de vida itinerante imponía unas serias restricciones al número de hijos de corta edad que cada mujer podía mantener simultáneamente. “Con todos estos desplazamientos, el número de hijos que una hembra cazadora-recolectora nómada puede tener está seriamente limitado. No sólo debe salir cada día a buscar alimento, sino que debe llevar periódicamente a los hijos al nuevo campamento. Si un bebé es lactante, debe ser cargado por la madre durante sus salidas diarias a recolectar, aunque los niños mayores pueden quedarse a veces con otros, con una abuela o con una parte del grupo que ese día no salga. Dependiendo de lo lejos que haya que caminar hasta el nuevo campamento, incluso los niños mayores puede que necesiten ser acarreados, al menos parte del trayecto. No es práctico para los cazadores-recolectores tener los niños muy seguidos si el movimiento del campamento es muy frecuente o las excursiones de recolección diarias son largas. Espaciar los nacimientos unos cuatro años es una práctica común entre los cazadores-recolectores nómadas modernos, y se asume que también lo era para los cazadores-recolectores del pasado”.[167] Aunque, “para los antiguos cazadores-recolectores nómadas que vivían en ambientes mejores, esta restricción podría haber sido menos importante. En entornos más ricos, las distancias entre las fuentes de alimento podrían haber sido menores. Cuanta más carne hubiese en la dieta, menos tendrían que caminar las mujeres cada día. No tendrían que tener los hijos tan separados en el tiempo y las tasas de crecimiento de los grupos habrían sido mayores”.[168] Por ejemplo, “los antiguos ¡kung [que vivían en una zona mucho más amplia y más rica en general que los bosquimanos actuales] habrían tenido una tasa de crecimiento positiva y habrían tenido que enfrentarse periódicamente al estrés alimentario como consecuencia”.[169] 
Aun así, incluso en los casos más intensos de nomadismo en entornos marginales en cazadores-recolectores recientes, a la larga, la población no se mantenía estable y tendía a crecer. “Se ha observado que […] cazadores-recolectores nómadas de todo el mundo muestran unas tasas de crecimiento significativas, a veces de hasta un 2 por ciento”.[170] Con una tasa de crecimiento del 2%, y en ausencia de otros factores que alterasen la demografía, la población se duplicaría cada 35 años.
Es cierto que los cazadores-recolectores nómadas de épocas históricas (y probablemente también los de épocas prehistóricas) llevaban a cabo ciertas prácticas (no todas ellas muy acordes con la ñoñez “paleofeminista” y “buenolítica” que tú defiendes[171]) que, al menos en parte, podrían haber tenido como efecto (buscado o no) espaciar los nacimientos y/o reducir el crecimiento demográfico a corto plazo. Algunas de ellas serían el aborto, el infanticidio (de ambos sexos, pero especialmente de las niñas[172]), la subalimentación y sobreexplotación de las mujeres (reducía su fecundidad), la lactancia prolongada (reducía la fecundidad de las madres lactantes), la guerra (especialmente si suponía la muerte de niños y de mujeres en edad de procrear), ciertas mutilaciones genitales masculinas (como la subincisión peneana) y femeninas (como la amputación de los pezones para entorpecer la lactancia), la abstinencia sexual parcial, etc.
“[La costumbre social] más generalizada [entre los cazadores-recolectores a la hora de intentar controlar su número y no sobreexplotar los recursos de su ecosistema] era el infanticidio que suponía el asesinato selectivo de ciertas categorías tales como los gemelos, los discapacitados y parte de la descendencia femenina. (Estudios realizados en los años 30 mostraron que los grupos inuit mataban a cerca del 40 por ciento de sus niñas). Además, la lactancia prolongada de los niños aportaba probablemente una forma de controlar la natalidad y parte de las personas ancianas pueden haber sido abandonadas si estaban enfermas y suponían una carga para el grupo. De estos modos la demanda de alimento y, por tanto, la presión que los grupos recolectores y cazadores ejercían sobre su entorno se veían reducidas”.[173] 
“El infanticidio era común en todos los grupos de cazadores-recolectores nómadas de los que existe información relevante, incluida la mayoría de los grupos cazadores-recolectores de Australia, donde los expertos estiman que el número de niños era reducido en cerca de un 30 por ciento. El infanticidio era común en todos los grupos esquimales y era significativo entre cazadores-recolectores nómadas sudamericanos como los aché, eliminando un 14 por ciento de los niños y 23 por ciento de las niñas. Existen pruebas de infanticidio prehistórico en los cazadores-recolectores costeros de Sudamérica. Esta información deja claro que para las mujeres cazadoras-recolectoras nómadas la necesidad de caminar largas distancias no produjo un espaciamiento de los nacimientos suficiente, con unos intervalos adecuados para dar como resultado una población estable”.[174]
“Los nativos [australianos al oeste del río Diamantina y al oeste y norte del golfo de Carpentaria] producen artificialmente una hipospadia[175] […] En unas pocas tribus los niños son operados como norma, dejando sin operar sólo a un cinco por ciento de ellos. En otras tribus, es el marido quien, tras haber sido padre de uno o dos niños, debe someterse a los requerimientos de la ley, según se dice. [Los nativos explicaban] que la razón era que no les gustaba cargarse con demasiados niños”.[176] 
“A pesar de [los peligros y la dureza del medio ártico], las poblaciones esquimales crecieron, y desarrollaron varios mecanismos para controlar dicho crecimiento. Como se sabe por medio de los primeros etnógrafos, el infanticidio fue regularmente practicado, especialmente con las niñas, y servía como un mecanismo significativo de control del crecimiento poblacional. Éste era una decisión consciente por parte de la familia en que se producía el nacimiento, basada en la capacidad de mantener al bebé”.[177]
“Los aborígenes australianos [abortaban] la mitad de los fetos que eran concebidos”.[178] Y téngase en cuenta que estamos hablando de abortos realizados de forma primitiva y normalmente brutal, no con la tecnología médica y las condiciones sanitarias modernas. Es decir, dichos abortos muy probablemente aumentarían también significativamente la tasa de mortalidad de las mujeres.
“La llegada de un bebé no es siempre considerada de forma favorable y, por tanto, el infanticidio es común en Australia, especialmente cuando hay escasez de alimentos; en tales circunstancias llegan incluso a comerse al niño. En su vida nómada, los niños son una carga para ellos y a los hombres, en particular, no les gusta ver a las mujeres, que trabajan duro y suministran mucha comida, ocupadas con muchos niños. En algunas partes de Australia, los pezones son cercenados para dificultar que las mujeres den el pecho a los niños”.[179]
Y a pesar de todo, parece que estas prácticas no fueron completamente efectivas ya que “[u]sando estimaciones de los tamaños familiares completos y de los intentos de expansión territorial [en esquimales], está claro que el infanticidio y el hambre por sí solos no lograron mantener las poblaciones en equilibrio”.[180] “No se tiene conocimiento etnográfico de ninguna población de cazadores-recolectores nómadas con un crecimiento de la población igual a cero, ni se conoce ningún mecanismo que fuese eficaz para mantener las poblaciones en un perfecto estado de equilibrio”.[181]
Eso, sin contar con otros detalles que a menudo son pasados por alto, como que las poblaciones de cazadores-recolectores nómadas de épocas históricas con frecuencia no estaban aisladas, interactuando con otras sociedades, cazadoras-recolectoras o no, y que ello afectaba a su demografía particular (entre otras muchas cosas).
Por ejemplo, el aparentemente bajo crecimiento demográfico interno de algunos grupos de cazadores-recolectores era debido en gran parte a la “migración” de algunos de sus miembros a otros grupos. Así, a pesar de la creencia popularizada por ciertos antropólogos de que los bosquimanos actuales mantienen una tasa de crecimiento poblacional cercana a cero, “[l]os ¡kung que vivían en el Kalahari en épocas recientes no constituían un sistema biológico cerrado. Los primeros observadores etnográficos señalaron que no sólo intercambiaban esposas con otros grupos de cazadores-recolectores nómadas, además, las mujeres ¡kung se casaban fuera del grupo de cazadores-recolectores, en las sociedades pastoriles de su alrededor. Esta es una observación muy importante porque […] los ¡kung parecen tener una muy pequeña tasa de crecimiento. Si, por ejemplo, una mujer de cada diez se casase fuera de la comunidad cazadora-recolectora, eso reduciría la tasa reproductiva de los cazadores-recolectores en un dos por ciento. Esa cifra se acerca mucho al número estimado de mujeres [¡kung] que se casaban en las comunidades pastoriles en el estudio inicial de Richard Lee sobre los ¡kung a principios de los años 60. Algunos de los miembros más fértiles y reproductivamente valiosos de la sociedad ¡kung estaban siendo extraídos fuera del acervo reproductivo. No haría falta una gran cantidad de esta exportación regular de mujeres en su apogeo reproductivo para reducir dramáticamente la tasa general de crecimiento de cualquier grupo […] En general, sería de esperar que [en ausencia de dicha emigración de mujeres] la población de los ¡kung hubiese crecido”.[182] O sea, que la tasa de crecimiento total de la población humana en esa zona era muy superior a la que parecían tener sólo algunos grupos de bosquimanos tomados de forma aislada, y los propios bosquimanos tenían parte de la responsabilidad de dicho crecimiento. Y es de suponer que lo mismo sucediese con otros cazadores-recolectores nómadas que exportaban mujeres a las sociedades vecinas, como por ejemplo los pigmeos.
También, “[l]a observación de las estadísticas demográficas reales muestra lo mismo. Las mujeres ¡kung tienen una media de más de 4 hijos cada una. Los cazadores-recolectores nómadas modernos raramente llegan a tener una mortalidad infantil de un 50 por ciento; la mayoría de ellos tienen tasas de mortalidad infantil de menos del 40 por ciento y la mayor parte de dichas muertes son debidas a enfermedades que pueden no haber existido en el pasado prehistórico. En el pasado, por cada mujer cazadora-recolectora nómada que tuviese más de 4 hijos sobrevivirían más de dos de media”. Es decir, la población crecería.[183]
“[Los seres humanos africanos de la Edad de Piedra media[184]] no fabricaban ningún objeto de hueso o piedra que pudiera asociarse con el uso del arco y la flecha, como los que se encuentran en yacimientos de la Edad de Piedra tardía[185] desde el 10.000 a.C. Gracias al arco y la flecha, los pueblos de la Edad de Piedra tardía podían abatir animales de caza peligrosos, como el búfalo y las distintas especies de jabalíes, con una frecuencia muy superior a la de sus predecesores de la Edad de Piedra media […F]ueron los primeros pueblos que practicaron la pesca y la caza de aves en gran escala. Es probable que esto explique por qué las poblaciones de la Edad de Piedra tardía eran mucho más numerosas y densas que las que les habían precedido, como lo indica el hecho de que los yacimientos de la Edad de Piedra tardía sean mucho más numerosos por unidad de tiempo y el pequeño tamaño medio de las tortugas y los moluscos que se han encontrado en ellos. Las dimensiones de estas especies en los yacimientos de la Edad de Piedra media, muy superiores, indican que los pueblos de la Edad de Piedra media explotaban estos recursos con una intensidad muy inferior, probablemente porque en aquella época había menos pobladores”.[186]
Por último, ya hemos visto que la tasa de mortalidad debida a la guerra podía ser muy elevada en algunos grupos. En ciertos casos concretos, ello podría haber frenado o incluso invertido el crecimiento demográfico de ciertas sociedades. Pero en general y a largo plazo ni siquiera la guerra evitó que la población humana cazadora-recolectora creciese.
En resumidas cuentas, que los homínidos siempre han tendido a reproducirse en exceso. Probablemente porque en su momento, mucho antes de la invención del fuego y de tecnologías más elaboradas que los meros palos, huesos y guijarros toscamente tallados, esa alta tasa de reproducción les sería útil para subsistir en unas condiciones de alta mortalidad (con la presencia de grandes depredadores que se alimentaban de ellos, sin ropas o refugios que les protegiesen de la intemperie en zonas templadas, en condiciones de alta vulnerabilidad a los accidentes, etc.). Poco a poco, sobre todo con los avances tecnológicos del Paleolítico Medio y Superior, la mortalidad de los homínidos descendió (el fuego les calentaba y ahuyentaba a los depredadores, las armas arrojadizas facilitaban la caza haciéndola más segura, la ropa y los refugios elaborados les permitían soportar la intemperie en climas fríos, etc.) pero no así su fecundidad. Como eran pocos y el mundo muy grande y casi vacío, la población total humana fue ocupándolo y creciendo a medida que lo ocupaba. Se supone que los seres humanos anatómicamente modernos del Paleolítico Superior, al igual que sus ancestros homínidos, eran casi todos nómadas. Con dicho modo de vida, cuando la población humana es escasa, la tecnología primitiva y el territorio amplio el impacto humano en los ecosistemas suele ser bastante reducido y localizado, aun cuando el comportamiento de los seres humanos de ese territorio no sea en absoluto conservacionista. Pero, como hemos visto más arriba, con el tiempo, hasta las poblaciones de cazadores-recolectores nómadas más escasas, menos densas y con una tasa de crecimiento muy cercana a cero (e incluso las más voluntariamente conservacionistas; en caso de que haya habido alguna), acaban creciendo y llega un momento en que ya no hay para todos, ya no hay nuevos territorios desocupados adónde ir y el medio se degrada (se produce la extinción de algunas especies, la destrucción o empobrecimiento de ciertos ecosistemas, etc.).
Llegados a ese punto, hay varias posibilidades. O bien su número se mantiene más o menos constante indefinidamente, oscilando alrededor la capacidad de carga del entorno para ese nivel tecnológico, principalmente por las malas: la producción limitada del medio elimina directamente (hambre, enfermedades favorecidas por la desnutrición, etc.) o indirectamente (competencia, guerra, infanticidio, etc.) la población sobrante (es decir, la diferencia entre la capacidad de sustentación y la población real). O bien descubren alguna nueva forma de intensificar la extracción de recursos alimentarios: nuevas tecnologías, aprovechamiento de recursos hasta entonces despreciados, etc. con lo que pueden seguir creciendo de nuevo, a costa de un mayor impacto en el entorno. O bien, a veces, el entorno acaba cambiando de forma natural, y no siempre a mejor para los seres humanos, estableciendo unas nuevas condiciones. Cuando este cambio natural hace que ciertos ecosistemas aumenten su producción de modo que en ciertas zonas concretas los alimentos sean más abundantes y se den en gran cantidad a lo largo de todo el año o se puedan conservar y almacenar (como sucedió en varias ocasiones y en diferentes lugares), la población humana de esas zonas ya no necesita desplazarse frecuentemente por un territorio amplio en busca de alimento. Se hace sedentaria, y al reducir su movilidad, muchos de los frenos al crecimiento demográfico, tanto sociales como biológicos, debidos al nomadismo desaparecen, aumentando en consecuencia aún más rápido la población.
De todos modos, en todos aquellos casos en que la población humana consigue superar los límites previos al crecimiento demográfico, tarde o temprano acaba chocando con un nuevo límite y se enfrenta de nuevo a la misma situación: mantenimiento, por las malas, del tamaño de la población alrededor de un nuevo máximo determinado por la nueva capacidad de carga de ese medio para ese nivel tecnológico; o, a veces, de nuevo se vuelve a producir una superación de ese nuevo límite con nuevas tecnologías o por un cambio natural del entorno. Y así sucesivamente.
En otras palabras, en Homo sapiens sapiens el crecimiento demográfico tiende a mantenerse por encima de cero, a menos que la capacidad de carga del medio lo impida. Ciertas prácticas socioculturales, que a su vez vienen inducidas por el modo de vida, que a su vez viene determinado por la riqueza del entorno y las consiguientes disponibilidad y abundancia de alimentos, pueden reducir (bien deliberadamente, o bien como efecto colateral no buscado) dicho crecimiento, pero no suelen frenarlo completamente y menos aún invertirlo. Esto último sólo suele suceder cuando la capacidad del entorno para suministrar alimentos con la tecnología disponible se reduce.
Aun en el supuesto de que dichas prácticas hubiesen permitido a alguna población a corto plazo y en un entorno determinado mantenerse estable por debajo de la capacidad de sustentación del medio, mantener la estabilidad demográfica por debajo de la capacidad de carga a largo plazo y gran escala es otro cantar. Bastaría con que alguna condición del medio cambiase, incluso a nivel local, para dar al traste con dicha estabilidad. Y el entorno, natural o social, siempre cambia, antes o después. Siempre se acaban produciendo cambios en los ecosistemas y, a consecuencia de ello, algún grupo comienza a crecer, y con ello, tarde o temprano, a competir por los recursos con los de alrededor, que a su vez tendrán que crecer para hacer frente a dicha competencia, o se extinguirán dejando vía libre al primer grupo para seguir creciendo aún más.
Además de todo esto, la idea de que los seres humanos cazadores-recolectores controlaban consciente y voluntariamente su población a largo plazo choca con el hecho más que comprobado de que los seres humanos, paleolíticos o no, cazadores-recolectores nómadas o no, no somos tan racionales y conscientes ni somos tan capaces de ejercer e imponer nuestra voluntad como suele gustarnos creer. No solemos ser capaces de autocontrolar, dirigir y restringir consciente y voluntariamente nuestro comportamiento, tanto individual como grupal, a largo plazo y no solemos poder mantener a largo plazo conductas, individuales o colectivas, que vayan en contra de los condicionamientos naturales (tendencias biológicas y límites ecológicos).[187] No somos completamente lógicos y empíricos a la hora de valorar y/o decidir qué hacer (de hecho, en el fondo de toda decisión, por lógica y fríamente que ésta sea tomada, hay siempre unas premisas que asumimos como válidas sin que podamos inferir dicha validez lógicamente a partir de hechos empíricos) y normalmente tampoco lo somos siquiera a la hora de describir y comprender la realidad o de pensar en general. No solemos ser plenamente conscientes de todo lo que hacemos (ni siquiera de la mayoría de las cosas que hacemos), de sus motivos y de sus consecuencias. Y no solemos pensarnos mucho las cosas antes de hacerlas (normalmente es al revés, la mayoría de lo que hacemos a lo largo del día, todos los días de nuestra vida, lo hacemos automáticamente, sin pararnos a pensar y sin decidirlo conscientemente). En general, a menudo no somos muy sensatos y la capacidad lógica e intelectual de la mayoría de los seres humanos es bastante menos elevada de lo que ellos mismos suelen creer; y ni siquiera la suelen usar todos, y los que la usan lo hacen sólo en ocasiones muy concretas. Nos gusta autodenominarnos “racionales” y “autoconscientes” y creer que todo lo que hacemos es producto de un proceso previo de reflexión; que nuestras decisiones las tomamos siempre o casi siempre de forma totalmente racional y consciente y que nuestros actos son el producto exclusivo o principal de un proceso completa o mayoritariamente deliberado, en el cual la única o principal causa de nuestros actos es nuestra voluntad consciente (es decir, motivos racionales) y todas las consecuencias de los mismos son exclusiva o principalmente buscadas de antemano de forma plenamente voluntaria e intencionada en todas las ocasiones (es decir, son propósitos premeditados). Pero en realidad estos rasgos sólo los mostramos en muy raras ocasiones. Y no todos. Normalmente nuestro comportamiento individual o grupal es mucho más inconsciente, automático, irreflexivo, involuntario y no racional (o incluso irracional) de lo que las arrogantes y autocomplacientes ensoñaciones humanistas acerca de nuestra propia especie nos tratan de hacer creer.[188]
Ni tampoco la realidad es tan simple y predecible como para poder controlar nuestro comportamiento individual y colectivo en general y a largo plazo, por muy racionales y conscientes que fuésemos. La realidad es muy compleja y dinámica, de modo que no es posible conocer todos los elementos que la constituyen ni todas la interacciones entre los mismos que afectan a los procesos que se dan en ella e influyen en su desenvolvimiento. Siempre hay factores desconocidos, insospechados, imprevistos e imponderables que dan al traste con cualquier pronóstico más allá de lo más inmediato y concreto y, por tanto, arruinan cualquier intento de control y planificación a largo plazo basado en él. De modo que, no somos jamás capaces de predecir y controlar racionalmente el desarrollo futuro de nuestras sociedades más allá de lo más concreto e inmediato, como mucho. Y esto sucede incluso en la moderna sociedad tecnoindustrial con todo su poderío computacional para procesar información y realizar cálculos complejos y toda su capacidad tecnológica para modificar la realidad física e influenciar las conductas humanas. ¡Como para creerse que las bandas de cazadores-recolectores nómadas eran capaces de evaluar, prever y controlar su desarrollo y el de su entorno a largo plazo de forma pacífica, no traumática y a ojo de buen cubero!
La historia demuestra que, en general, el crecimiento o el decrecimiento de la población humana a largo plazo suelen depender principalmente de factores objetivos (es decir, independientes de la voluntad humana y no dirigidos, al menos en principio, a controlar el crecimiento o el tamaño poblacional) y materiales, como la fertilidad natural de la especie humana, la disponibilidad natural de alimentos en el territorio, las enfermedades, la tecnología disponible y las guerras (factores todos ellos que a su vez interactúan estrechamente entre sí). Las ideologías o morales anticrecimiento y la planificación e intervención demográficas voluntarias y conscientes no han solido ser muy eficaces para frenar suficientemente el crecimiento poblacional. Eso cuando las ha habido.
j) Respecto a la falta de consciencia ecológica y/o comportamientos conservacionistas entre los cazadores-recolectores:
Según tú, los cazadores-recolectores vivían en armonía con el medio natural y cuidaban de él mediante normas autoimpuestas, cazaban o recolectaban sólo lo que necesitaban y respetaban la Naturaleza y a los demás seres vivos, siendo sus comportamientos un ejemplo de conservacionismo en acción. (Por ejemplo, en las páginas 508, 513, 526, 543 de tu libro). Pues, de nuevo, te equivocas mucho.
Para empezar, si fuese realmente cierto que los cazadores-recolectores del paleolítico vivían en equilibrio con los ecosistemas porque tenían una conciencia ecológica que les hacía conservar su entorno, cabe preguntarse: ¿Qué es lo que hizo que muchos de estos “paleochachilíticos” se acabasen transformando en “neochungolíticos” llegado el momento? ¿Se apoderó de algunos de ellos un misterioso deseo de dominar el mundo? En tal caso, ¿por qué sólo de algunos? ¿Por qué otros siguieron siendo cazadores-recolectores nómadas? Y ¿de dónde surgió ese deseo? ¿Cayó del cielo? ¿Fue una mutación genética? ¿Un misterioso virus desconocido? ¿Una posesión demoníaca? No, Benigno, la respuesta no es tan simple. Como ya he dicho más arriba para el asunto del control demográfico (que está inextricablemente relacionado con el impacto ecológico), no es cuestión de tener o no tener ciertas actitudes, intenciones, ideologías o morales “paleolitobuenísimas” (o “neolitomalísimas”), sino de que simplemente existen diversos factores objetivos y materiales que condicionan fuertemente el comportamiento humano a gran escala y largo plazo, independientemente de los valores, ideas, fines y voluntades, tanto individuales como colectivos, a corto plazo.
 “California ofrece [un] ejemplo arqueológico [de esto] En el 10.000 a.C. California comenzó a ser ocupada por cazadores-recolectores nómadas. Las densidades de la población humana eran bajas y la gente no parecía estar teniendo mucho impacto sobre el entorno. Por ejemplo, los osos marinos[189] criaban en playas situadas un poco al sur de la actual San Francisco y los cachorros habrían sido muy fáciles de capturar por los cazadores-recolectores. No necesitaban barcas, sólo garrotes. Sin embargo, durante miles de años las focas y los primeros californianos coexistieron. Parece que los cazadores-recolectores nómadas eran tan pocos que no mataban suficientes crías como para reducir las manadas hasta el punto en que los otarios necesitasen abandonar la tierra firme y criar sólo en islas alejadas de la costa, como hacen hoy en día. Dado que los nacimientos de los cachorros eran estacionales, esto podría haber supuesto una restricción en el suministro de alimentos durante otras épocas del año que podría haber mantenido baja la población. De todos modos, en algún momento la restricción fue superada al descubrir alimentos que estaban disponibles precisamente en la época del año en que se producía la reducción –probablemente bellotas- y los californianos se convirtieron en recolectores sedentarios. Los tamaños de los grupos aumentaron y hubo más gente cazando crías de foca. Alrededor del 2000 a.C., las focas dejaron de criar a sus cachorros en tierra firme. Entonces, la población humana, que ya era mucho más numerosa, comenzó a explotar el marisco de forma más intensiva, dejándole menos tiempo para que madurase entre una recolecta y otra. El tamaño medio de las conchas en los montones declinó con el tiempo. Las poblaciones humanas a lo largo de la costa de California se hicieron más sedentarias aún y comenzaron a actuar más como los agricultores, impactando gravemente en el entorno […] fue más o menos por esas fechas que se produjo un incremento en la guerra tras dicha transformación. [Este proceso] se ha repetido muchas, muchas veces en otras partes por todo el mundo”.[190] Y para entenderlo y explicarlo no hace falta saber si los grupos implicados tenían una consciencia ecológica y conservacionista o no.
 “A pesar de que la mucho mayor inteligencia de los seres humanos [respecto a los chimpancés], con la cual podrían haber sido capaces de controlar su crecimiento demográfico y regular su número, a pesar de su capacidad para cazar, recolectar y comer muchos más tipos de alimentos, con la cual podrían haber elevado la capacidad de carga de su zona por encima de la de los chimpancés, y a pesar de la mayor capacidad de comunicación de los seres humanos, con la cual podían haber resuelto las disputas, los antiguos cazadores-recolectores nómadas no fueron capaces de vivir en paz […] Las muertes a causa de la guerra entre los cazadores-recolectores nómadas son aproximadamente tan comunes como las bajas que los primatólogos observan entre los chimpancés. Todo esto indica que volverse completamente humanos y expandirse por el orbe no dio como resultado en los cazadores-recolectores una capacidad para vivir en equilibrio ecológico o en paz”.[191] “No existen pruebas de que […] los cazadores-recolectores nómadas […] fuesen capaces alguna vez de mantener el equilibrio ecológico”.[192]    
Los hadza, esos, según tú, “estupendísimos” cazadores-recolectores nómadas, si cazaban dos presas grandes en una misma cacería, pero en diferentes lugares, abandonaban la que quedase más alejada del campamento.[193]
También otros comportamientos de los hadza parecen indicar poca preocupación por conservar el entorno natural y su propio suministro de alimentos a largo plazo: excavar raíces sin dejar un trozo para que la planta se regenere; arrancar ramas de árboles cargadas de fruta en lugar de recoger la fruta directamente del árbol; usar ramas de árboles para construir cabañas sin diferenciar frutales y no frutales; recoger todos los panales de miel de una colmena, sin dejar ningún trozo de panal ni preocuparse de no destruir la colmena para que las abejas pudiesen seguir ocupándola; o cazar indiscriminadamente hembras (incluso preñadas) o animales inmaduros.[194]
Y, parece ser que los hadza no eran los únicos que actuaban de ese modo. “Los investigadores lo observan a lo largo y ancho del mundo en muchas épocas y lugares. Irven DeVore cuenta cómo una vez vio a unas mujeres ¡kung recolectar tubérculos. Las mujeres encontraron un punto con buenas plantas y desenterraron todos los tubérculos. Luego seleccionaron sólo los ejemplares más grandes para llevárselos al campamento. No replantaron los más pequeños para que siguiesen creciendo, sino que los dejaron allí para que se secasen y muriesen”.[195]
“El moderno pueblo ¡kung […] no vive en equilibrio ecológico. Esa visión del modo de vida ¡kung ‘ideal’ es más una ilusión -o un mito- que una realidad”.[196]  
“Existen pruebas arqueológicas de que algunos cazadores-recolectores nómadas quemaban la vegetación natural porque las plantas que crecían después eran más del tipo de las que podían comer los animales que ellos cazaban. Esto no necesariamente degradaba el entorno, pero ciertamente lo alteraba, y muchas de las praderas del mundo se crearon de este modo. Pruebas de esto se han encontrado en Norteamérica, en Japón, en Australia y en diversas islas a lo largo del mundo”.[197]
“Existen también pruebas arqueológicas y etnográficas de caza con redes, en la cual todos los animales de una zona son sistemáticamente conducidos a la red y matados. Este procedimiento no degrada el entorno automáticamente, pero podría fácilmente sobreexplotar ciertos lugares concretos”[198] (cursiva añadida). “Los paiute de Nevada y Utah, por ejemplo, llevaban a cabo caerías en las que conducían a presas como las liebres de todo un valle hasta unas redes y allí las despachaban“[199] (cursiva añadida).
Una práctica habitual en algunos cazadores-recolectores de zonas templadas o frías de estepa o pradera, tanto en el Pleistoceno como más recientemente, era acabar con manadas enteras de grandes herbívoros despeñándolas por precipicios o conduciéndolas a barrancos. Los animales así cazados, se desperdiciaban en gran parte, tanto porque eran demasiados animales muertos de golpe para que dichos grupos, compuestos de unas pocas decenas de personas, los pudiesen aprovechar, como porque los cuerpos quedaban amontonados de tal modo al fondo del acantilado o del barranco que sólo se podían aprovechar los que quedaban en la capa superior del amasijo de cadáveres.[200]
“Los investigadores estiman que la gente de la Edad del Hielo mató entre 30.000 y 100.000 caballos [en Solutré, Francia] en el transcurso de unos 20.000 años. Sin embargo, sorprendentemente, los cazadores puede que no se comiesen gran parte de la carne –muy pocos de los huesos tienen las marcas de corte que suelen encontrarse en los animales descuartizados. Quizá los cadáveres eran simplemente demasiado grandes para ser usados completamente, y fueron abandonados para que se pudriesen después de que las partes predilectas fuesen devoradas”[201] 100.000 caballos cazados a lo largo de 20.000 años en realidad suponen 5 caballos de media al año, una cifra pequeña para cualquier grupo de cazadores-recolectores. Lo realmente significativo para el tema que nos ocupa es la forma derrochadora de utilizar los cuerpos. Despilfarro que parece haber sido habitual también en otras sociedades cazadoras-recolectoras cuando los recursos abundaban. Por ejemplo, ya hemos visto lo que hacían los hadza y los bosquimanos con las piezas de caza o los tubérculos excavados “sobrantes”. “En los tiempos anteriores a la introducción del caballo, los pueblos primitivos [norteamericanos] no podían acarrear muy lejos grandes cantidades de pieles, carne u otras materias animales. El exceso de carne se abandonaba […] Cuando la comida era abundante, sólo se consumían partes selectas; mientras que en épocas de hambruna, los seres humanos comían sus propias ropas o revolvían los poblados en busca de huesos y trozos de piel viejos”.[202]
“El alcance y la relativa celeridad del cambio en la vegetación [debido al cambio climático que tuvo lugar al final del último periodo glaciar] podrían explicar en parte por qué algunas especies de pastizal –entre ellas un enorme búfalo de largos cuernos (Pelorovis antiquus), un pariente gigante del ñu y del antílope pardo (Megalotragus priscus) y una especie de tamaño análogamente considerable de cebra (Equus capensis)- desaparecieron aparentemente de África austral más o menos en [el 10.000 a.C.] Pero esta no puede ser la única explicación, ya que las mismas especies sobrevivieron a un cambio semejante durante la transición de la anterior glaciación al último periodo interglacial, hace unos 130.000 años. Es probable que la explicación se encuentre en la clase de cazadores-recolectores que vivían en la región hacia el año 10.000 a.C. […] Teniendo en cuenta todos los datos disponibles, parece probable que los cazadores-recolectores de la Edad de Piedra tardía contribuyeran a la extinción de algunas especies destacadas de animales de caza mediante la simple continuidad de las actividades cinegéticas en una época en la que se agotaban con rapidez debido a los cambios medioambientales”.[203]
Se cree que los ecosistemas de Australia fueron modificados en gran medida por los antepasados de los aborígenes, mediante la caza excesiva de ciertas especies de animales y/o por el uso extenso de incendios provocados. El resultado fueron un gran número de especies animales extintas y muchos ecosistemas profundamente alterados (por ejemplo, se favoreció a las especies vegetales pirófitas a costa del resto).[204]
Y tú mismo mencionas en tu libro (página 509 y 527) la hipótesis de la matanza del Pleistoceno[205], según la cual los seres humanos de aquella época (que eran cazadores-recolectores nómadas, mal que te pese) fueron los principales responsables de la extinción de gran parte de la megafauna pleistocénica, sobre todo en América. Personalmente, soy escéptico respecto a esta hipótesis y a cómo se suelen valorar dichas extinciones (aun en el caso de que hubiesen sido provocadas por los seres humanos), pero, evidentemente, no por los mismos motivos que los primitivistas.[206]
Así que, de nuevo, parece que las prácticas de al menos algunos cazadores-recolectores nómadas no siempre eran todo lo ecológicas que podrían y deberían haber sido en el dudoso caso de que hubiesen tenido y aplicado realmente una conciencia ética conservacionista.
En relación con esto, en tu libro (páginas 526-527) hablas también del supuesto proceso de selección natural por el que, según tú, impepinablemente se deberían haber desarrollado comportamientos conservacionistas entre los cazadores-recolectores: los grupos humanos que no practicasen la conservación (es decir, que no se preocupasen de mantener viables las poblaciones de animales y plantas a largo plazo, que extrajesen más de lo justo para subsistir, que no mantuviesen su propia población por debajo de la capacidad de carga de los ecosistemas que habitaban, etc.) habrían destruido su hábitat, habrían agotado sus recursos alimenticios y habrían muerto de hambre, quedando así vivos y transmitiendo sus genes y su cultura sólo los seres humanos más conservacionistas. Parece una lógica aplastante, ciertamente, pero el problema de las lógicas “aplastantes” es que, sin datos empíricos que las corroboren, son sólo humo.
Y en este caso, los hechos y la selección natural van por otro lado y siguen otra lógica, también aplastante, por cierto. El quid de la cuestión es que en la realidad, Benigno, para llegar al largo plazo, primero hay que sobrevivir al corto plazo. A menudo, en los entornos ocupados por los cazadores-recolectores nómadas la disponibilidad de recursos alimenticios es limitada, y poner en peligro o reducir la probabilidad de supervivencia y reproducción inmediatas, restringiendo voluntariamente las capturas o la recolección de alimentos, para así asegurarlas o incluso aumentarlas a largo plazo no suele funcionar, porque, entre otras cosas, supone aumentar el riesgo de morirse de hambre (uno mismo y su familia) “hoy” antes de llegar a “mañana”. Eso sin contar con que lo que uno no recolecte o cace ahora, pensando en conservarlo para el futuro, puede venir otro y recolectarlo o cazarlo, dando al traste con los planes de futuro conservacionistas del primero.
Es más, un grupo no conservacionista en principio estará en superioridad de condiciones a corto plazo en la competencia por los recursos de un territorio frente a uno conservacionista, precisamente porque mientras que el primer grupo no restringirá en absoluto su comportamiento depredador ni su crecimiento poblacional, obteniendo y usando de forma inmediata y sin impedimentos todos los recursos alimenticios que necesite para vivir y crecer a corto plazo, el segundo sí que lo hará, poniéndose trabas a sí mismo a la hora de usar los recursos disponibles y crecer. Al final, ciertamente, puede que el grupo no conservacionista acabe agotando todos los recursos disponibles del territorio, lo degrade y muera de hambre, pero para entonces haría ya un tiempo que el grupo conservacionista se habría extinguido a causa de la competencia con el grupo no conservacionista, más numeroso y menos escrupuloso.
Y, además, ni siquiera es fijo que el grupo no conservacionista se extinguiese al acabar superando la capacidad de carga del ecosistema para su grado de desarrollo tecnológico y degradar el medio. Al menos algunas veces, al llegar a ese punto, lo que sucede es que o bien se produce una situación de “equilibrio” o “sostenible” (que, a pesar de lo que la ideología “verde” medioambientalista imperante en la actualidad nos trate de hacer creer, no necesariamente tiene nada de buena ni de deseable; al menos algunas situaciones malas también pueden “sostenerse”, es decir, mantenerse indefinidamente en el tiempo), en la que, como la población no puede seguir creciendo, los individuos excedentes mueren (de hambre, en peleas por los recursos disponibles -guerra y competencia-, de enfermedades causadas o agravadas por la mala alimentación, etc.), o bien, a veces, se produce una elevación del límite al crecimiento poblacional mediante la expansión a otros territorios, un providencial cambio en las condiciones climáticas y ecológicas que eleve la productividad del medio, la adopción de una nueva tecnología que permita aumentar el rendimiento de la extracción de los recursos disponibles, etc. En tales casos, se dará de nuevo vía libre al crecimiento poblacional y a la explotación no restringida de los ecosistemas hasta que esa población vuelva a chocar con el techo constituido por la nueva capacidad de carga en esas circunstancias o hasta que las circunstancias vuelvan a cambiar.
Por supuesto todo esto es sólo una presentación muy esquemática y a grandes rasgos de los problemas que conllevaría la conservación a largo plazo en sociedades humanas primitivas.[207] De todos modos, considero que ya sólo con todo lo anterior queda suficientemente demostrado que no todos los cazadores-recolectores nómadas eran conservacionistas.
Algunos ni siquiera mostraban un mínimo respeto por otros seres vivos.[208] Aparte de que lo ya señalado más arriba contradice en la práctica cualquier discurso teórico moral sobre el respeto a la Naturaleza y a los animales que pudiesen tener los cazadores-recolectores que cometían dichos excesos y atropellos ecológicos, “Nelson Graburn observó que los adultos inuit, quienes daban un gran valor a la ecuanimidad emocional y a la no violencia,[209] sin embargo animaban a los niños a torturar a pequeños animales y aves hasta la muerte, y ‘a menudo’ veía a los hombres reírse de los animales mortalmente heridos o golpearlos. Casi 100 años antes, Lucien Turner informó de hechos similares tras haber visto a los cazadores inuit ‘burlarse’ de los animales mortalmente heridos”.[210] Lumholtz señala que a los aborígenes australianos con quienes convivió les divertía ver “cómo los canguros cuyas patas traseras habían sido heridas trataban de huir en vano”[211]. Y más adelante veremos cómo los esquimales y algunos otros “paleoangelitos” trataban a sus perros (esos, según tú, “libres aliados” del hombre “paleomaravilloso”). Y no eran precisamente muestras de respeto o salchichas lo que les daban.
k)     Respecto al uso de la doma, la domesticación y la esclavitud en cazadores-recolectores:
Según tú los cazadores-recolectores nómadas desconocían la doma y la domesticación[212], así como la esclavitud (véase, por ejemplo, la páginas 16 y 17 de tu libro). Y de nuevo, esto no es exactamente cierto.
En cuanto a la domesticación de animales y plantas[213], con la excepción del perro (de la que luego hablaré en particular), hasta donde se sabe, parece ser cierto que los cazadores-recolectores nómadas no la practicaban, en principio, aunque con algunas matizaciones importantes:
· Si bien no practicaban la domesticación propiamente dicha, algunos grupos de cazadores-recolectores practicaban lo que se conoce como protoagricultura y protoganadería (incluida la doma), que eran una serie de prácticas, las cuales sin suponer estrictamente la cría selectiva de animales o el cultivo de plantas, que seguían siendo salvajes, implicaban cierta protección y cuidados de los mismos (observación y control de las manadas y defensa de las mismas frente a grupos rivales, siembra y difusión de semillas, riego, escardadura, etc.).[214] Domesticación propiamente dicha no era, pero se le acercaba y, de hecho, a partir de ese tipo de prácticas surgió con el tiempo la domesticación propiamente dicha.
·  Algunos grupos de cazadores-recolectores intercambiaban alimentos y otros productos con grupos agricultores y ganaderos, de modo que aunque ellos no practicaban la agricultura ni la ganadería (es decir, la domesticación), otros lo hacían por ellos. Por ejemplo, “no está claro si los bosques tropicales pueden ser ocupados sin obtener algunos alimentos de pueblos que viven fuera de estos bosques. Los caza-recolección nómada tropical de hoy en día está estrechamente vinculada con los agricultores adyacentes y cazadores-recolectores nómadas tan clásicos como los pigmeos de la selva de Ituri en África Central tienen una estrecha relación simbiótica con los agricultores cercanos –tanto es así que no existe acuerdo acerca de si deberían ser presentados como ejemplo del modo de vida cazador-recolector ‘tradicional’”.[215] “Los pocos cazadores-recolectores nómadas de las pluviselvas de Sudamérica se hallan también fuertemente impactados por los agricultores vecinos, al igual que, según parece, todos los del sudeste asiático y de la India”.[216]
· Incluso, algunos pueblos que en la actualidad o muy recientemente eran cazadores-recolectores nómadas, como los bosquimanos, puede que en épocas pasadas practicasen en cierta mediada la agricultura o la ganadería. “Es muy probable que los pueblos [cazadores-recolectores del África Austral] hayan combinado la producción de alimentos con la caza y la recolección durante diversos periodos a lo largo de los siglos”.[217]
Sin embargo la doma de animales, que como ya he explicado, no es lo mismo que su domesticación, muy probablemente la hayan llevado a cabo en menor o mayor medida prácticamente todos los grupos humanos conocidos. “Los cazadores-recolectores que carecen de animales domesticados doman ocasionalmente un animal, normalmente un individuo recién nacido o muy joven encontrado durante una partida de caza. Las razones que impulsan a actuar de este modo oscilan entre la curiosidad y el deseo de poseer un animal de compañía y la decisión de cebarlo durante unas semanas o meses para después sacrificarlo y utilizarlo como alimento. Es probable que todos los grupos de seres humanos sean conscientes de la posibilidad de criar de esta manera animales aislados en una sociedad humana”.[218]
En cuanto a la domesticación del perro (la primera que tuvo lugar, parece ser que bastante antes del Neolítico[219]), por mucho que con frecuencia, y sobre todo hoy en día en las sociedades modernas, sea una relación especial y a menudo llena de muestras de afecto para con los chuchos, es domesticación con todas las letras, Benigno, nada de “pacto” o “alianza”. No sé si a Félix Rodríguez de la Fuente se le ocurrió lo del “pacto” a él solito o si, como muchas otras cosas aparentemente originales y de su “propia cosecha”, lo tomó prestado de otros (normalmente autores extranjeros de moda en su época en los círculos académicos y discusiones intelectuales de algunos otros países)[220], pero se lució.
Dejando a un lado que, estrictamente hablando, todo pacto se ha de basar en la comunicación clara, explícita y previa de las condiciones en que se basará el acuerdo entre ambas partes, cosa que no es posible sin un lenguaje articulado común (y de momento, esto sólo se ha logrado hacer entre seres humanos), eso del “pacto” suena a intento eufemístico de justificar lo que en el fondo se sabe que no es justificable pero no se quiere rechazar abiertamente; a tratar de nadar y guardar la ropa. Sencillamente, ni los lobos ni los halcones[221] necesitaban hacer ningún “pacto” con nosotros. Se las apañaban muy bien solos. Somos sobre todo nosotros los que sacamos provecho de la relación con ellos (carne de caza, protección, vigilancia, diversión, compañía, etc.). Por supuesto que ellos obtienen también unos cuidados y una vida materialmente más fácil como individuos, así como un aumento general del éxito reproductivo como especie (al menos en el caso del perro) pero, todo ello es a cambio de perder su libertad individual y la autonomía de su proceso evolutivo como especie. Si eso es un “pacto” constituye uno muy desfavorable para una de las partes: los animales no humanos. Además, lo mismo se podría decir de todas las demás especies domesticadas o domadas: se podría decir, basándose en argumentos similares a los que dais para la relación con los lobos y los halcones, que todas ellas serían fruto de un “pacto” o “alianza” con los humanos. Sin embargo, ni a Rodríguez de la Fuente ni a ti se os ocurre hablar del “pacto” con los uros o con los tarpanes, por poner sólo dos ejemplos. ¿Por qué? Pues sencillamente porque a Félix lo que más le gustaba era jugar con sus lobos y con sus halcones (y no tanto la tauromaquia o la equitación), a pesar de que en el fondo sabía lo que ello implicaba: que esos animales con los que jugaba perdían la libertad y la independencia. En Félix el impulso, muy humano, habitual y hasta cierto punto natural de atrapar y domar animales,[222] pudo mucho más que el valor que otorgaba a la libertad y a lo salvaje; tanto que no fue siquiera capaz de reconocerlo abierta y sinceramente y echó mano del cuento chino del “pacto” o “alianza”. Lo del “pacto” es sencilla y lamentablemente una falta de honradez intelectual.
Y, fíjate tú qué “pacto” de las narices sería ése (si es que realmente lo hubiese habido), que, por ejemplo, “a veces, los hombres [inuit] azotaban o pateaban [a sus perros] y, si un perro se lastimaba de modo que ya no podía tirar de la carga en un trineo, podía ser ‘golpeado sin piedad’ y dejado atrás para que muriese de hambre. Se puede imaginar fácilmente un motivo para abandonar a su suerte a un perro cojo, pero ¿por qué golpearlo despiadadamente? Los inuit no eran los únicos que hacían estas cosas. Según Turnbull, los mbuti, a pesar de que dependían de sus perros para cazar, ‘[…] los pateaban cruelmente desde el día en que nacían hasta el día de su muerte’”.[223] Desde luego, a mí ésa no me parece forma de tratar a los “aliados”.
Y en cuanto a la esclavitud entre seres humanos, si hacemos la vista gorda (¡pero que muy gorda!) y dejamos a un lado el trato que normalmente sufrían las mujeres en algunas sociedades cazadoras-recolectoras nómadas, como ya hemos visto por ejemplo en el caso de los aborígenes de Queensland o en los tasmanos, es verdad que prácticamente no se conocen casos de esclavitud entre los cazadores-recolectores nómadas, pero no tanto porque su moral “paleoestupenda” les hiciese rechazarla, sino más bien por motivos prácticos: los esclavos comen y son difíciles de manejar y retener (al contrario que las mujeres del propio grupo, los esclavos suelen ser enemigos cautivos y tienden a seguir comportándose como tales). Han de darse unas condiciones mínimas que hagan rentable su adquisición y posesión, y los grupos de cazadores-recolectores nómadas a pie no las tenían.[224] Como en otros casos citados en esta crítica cuando los cazadores-recolectores nómadas no hacen (más intensamente) ciertas cosas malas (destrucción de ecosistemas, acumulación de bienes, crecimiento demográfico, etc.) es más porque no pueden que porque no quieran y les preocupe moralmente hacerlas o no. Y si no tienen esclavos también es principalmente porque en sus circunstancias no pueden tenerlos. Y cuando pudieron, los tuvieron. Como hicieron, por ejemplo, los cazadores-recolectores sedentarios de la costa pacífica del noroeste de Norteamérica.
El éxito reproductivo de los seres vivos se basa en el ahorro de energía y en la maximización de la eficiencia de su uso para sobrevivir y transmitir los genes propios a nuevas generaciones. Por tanto, a lo largo de la evolución de las especies se han ido seleccionando las tendencias y comportamientos que promueven el ahorro y uso eficiente de la energía acumulada en el organismo. En el caso concreto del ser humano, la tendencia natural es a gastar el mínimo de energía propia si pueden evitarlo. Es decir, a ahorrarse esfuerzos. Y dicha tendencia, en gran parte inconsciente, es mucho más poderosa, en general y a largo plazo, que cualquier restricción ética. Si los individuos humanos pueden evitar gastar sus propias energías en realizar las actividades necesarias para subsistir, en principio y en general, tenderán a evitarlo sin importarles demasiado quién o qué aporte dicha energía y realice ese trabajo por ellos, ni las consecuencias de todo ello. En realidad, a largo plazo y de forma general, a los seres humanos que han podido permitírselo les ha dado siempre igual quién trabajase por ellos. En realidad, en general y en el fondo, nos trae al pairo que sean otros seres humanos, animales domésticos o, más recientemente, máquinas y lo que ello suponga para las personas o animales utilizados o para los ecosistemas (de los que han de salir inevitablemente los alimentos para esas personas esclavas y esos animales domésticos, así como los materiales y la energía para construir y hacer funcionar las máquinas). Si hoy en día ya prácticamente no usamos abiertamente esclavos o siervos humanos[225] o animales domésticos para realizar trabajos es porque las máquinas los realizan de forma aún más eficaz (es decir, de forma más rápida y potente), no tanto porque ahora seamos en realidad y en el fondo moralmente más sensibles y “elevados”. Si las máquinas desapareciesen, seguramente la esclavitud de personas y animales volvería, inevitablemente y sin tardar mucho, a practicarse en muchas de las sociedades que se la pudiesen permitir, a pesar de todo el discurso ético moderno actual en su contra.
Por cierto, no tener esclavos o siervos no significa necesariamente no conocer la esclavitud o la servidumbre. De hecho, por ejemplo, como ya hemos visto más arriba, parece ser que los pigmeos africanos en realidad llevaban mucho tiempo siendo dependientes de los agricultores bantúes y de otros grupos africanos para obtener ciertos alimentos cultivados y otros productos (sobre todo herramientas de metal); y también parece que, a pesar de que dicha relación de dependencia respecto a los agricultores era jerárquicamente ambigua, éstos consideraban a los pigmeos como sus siervos: “[Tal y como lo ven los ‘negros altos’[226], a] cambio de [los] servicios [de los pigmeos aka], los colonizadores [agricultores] suministran bienes a la gente dominada [los aka], bienes que ellos no pueden ya producir por sí mismos[227] (objetos de hierro forjado, plantas cultivadas, etc.) […] Sin embargo, la forma en que se llevó a cabo la dominación […] sigue estando poco clara y las justificaciones de la misma aún se debaten. De hecho, las relaciones socioeconómicas que vinculan a los dos grupos de forma objetiva no se corresponden con el estado de subyugación que las representaciones ideológicas legitiman. Durante mucho tiempo, los contactos han tomado la forma de una reciprocidad de servicios equilibrada, basada en la oposición complementaria de tecnologías y modos de adaptación al medio natural […] No obstante, es el principio de determinada dependencia mutua para los aka. Las restricciones, tales como apartar los productos del trabajo, restringir la libertad de movimientos, el castigo físico institucionalizado (incluidas las escaramuzas militares), etc. les son impuestas por su muy económica necesidad de hierro, que usan para fabricar herramientas. Más importante que el suministro de productos agrícolas, esta necesidad de hierro (que obviamente no tenían previamente[228]) otorga un carácter imperativo a las relaciones entre los aka y los negros altos”.[229] Bien sea por la necesidad de alimentos o bien por la necesidad de hierro, la realidad parece haber sido, desde hace mucho tiempo, muy diferente de la idílica imagen que retrata a los pigmeos como cazadores-recolectores totalmente independientes y completamente libres que muchos (incluidos tú y Rodríguez de la Fuente) han tratado de vender.

Por supuesto, puede haber casos de grupos cazadores-recolectores nómadas de los que no se tengan registros o pruebas suficientes de enfrentamientos intergrupales, peleas intragrupales, machismo, patriarcado, jefes, creencia en lo sobrenatural, destrucción ecológica, etc. (por ejemplo, la mayor parte de los grupos de Homo sapiens del Paleolítico Superior entrarían prácticamente dentro de esta categoría insuficientemente documentada) pero en tales casos, lo sensato sería decir que no se sabe a ciencia cierta si esos grupos concretos practicaban la guerra, la jerarquía, el machismo, la religión, etc. o no, no afirmar alegremente, como haces tú, que no los practicaban nunca. La ausencia de evidencia no necesariamente es evidencia de ausencia (más bien no es evidencia de nada en absoluto). Y además, como hemos visto, es incluso muy probable, a juzgar por los indicios y pruebas directos e indirectos existentes, que la realidad de la vida paleolítica en particular, y cazadora-recolectora nómada en general, fuese muy diferente de lo que tú afirmas. Al menos en algunos casos.
Incluso en el caso de que estuviese realmente documentado de forma objetiva, detallada, directa, clara e inequívoca, sin sesgos, ambigüedades ni contradicciones en los registros etnográficos o arqueológicos[230] que algunas sociedades cazadoras-recolectoras eran tan “paleoguays” como algunos pretendéis hacernos creer, no deberíais generalizar a partir de esos pocos casos particulares insinuando que todas o la mayoría de las sociedades cazadoras-recolectoras eran así. Una golondrina no hace verano. Por desgracia, es demasiado frecuente en la literatura antropológica, tanto popular como especializada, y en otras muchas obras históricas, sociológicas, políticas, filosóficas, etc. basadas en ella, mencionar a los bosquimanos[231] (y en menor medida a los pigmeos africanos u otros grupos de cazadores-recolectores concretos) como muestra representativa del modo de vida cazador-recolector en general. Este vicio de generalizar de forma injustificada y exagerada, implícita o explícitamente, a partir de datos muy específicos, e incluso a menudo más que dudosos[232], referidos a grupos muy concretos estudiados en momentos muy concretos y extraer de ellos conclusiones generales para todos los cazadores-recolectores de cualquier época y a nivel mundial no dice nada bueno de la capacidad lógica e intelectual de muchos antropólogos (o de sus seguidores acríticos).
Y en concreto, cabe poner seriamente en duda que al menos algunos de los ejemplos de cazadores-recolectores nómadas históricos o contemporáneos sean realmente representativos de los modos de vida de los cazadores-recolectores de la prehistoria. Cinco, diez o doce mil años, según la zona, son muchos años, y el mundo es muy grande. En ese periodo y en los cinco continentes las numerosas sociedades cazadoras-recolectoras que hoy conocemos y sus innumerables antepasados han podido dar mil vueltas. Aun dando por objetivos y precisos todos los registros etnográficos y por acertadas todas las interpretaciones de los mismos por parte de los antropólogos (que no es el caso, pero bueno…), las sociedades cazadoras-recolectoras, como todas las demás varían con el tiempo, interactúan con otras (no siempre cazadoras-recolectoras) en diversos grados, se ven influidas por los cambios en el entorno físico y cultural (y a su vez, en cierto grado, los provocan), etc. De modo que el comportamiento, la cultura, el impacto en el entorno, la tecnología, el tamaño poblacional, etc. de un grupo cazador-recolector dado del siglo XX o XXI, a menudo no son los mismos que los de sus antepasados de hace unos siglos y, menos aún, que los de sus ancestros de hace milenios. Es más, el Paleolítico Superior (entendido en sentido lato como la etapa del Paleolítico que coincide más o menos con el periodo en que el Homo sapiens anatómicamente moderno se expandió a pie por el mundo), a su vez, abarca decenas de miles de años. Si en los últimos pocos milenios los cazadores-recolectores han podido cambiar tanto, ¡cuánto más no cambiarían a lo largo de ese periodo mucho más largo de la prehistoria! A lo largo del Paleolítico Superior pudo haber habido infinidad de culturas y modos de vida diferentes (aun cuando todos fuesen cazadores-recolectores), con diferentes impactos en su entorno y diferentes relaciones intra e intergrupales, que además habrían ido cambiando a lo largo del tiempo a su vez. Con lo cual la duda acerca de lo adecuado de comparar y equiparar aquellas culturas cazadoras-recolectoras en general con los grupos cazadores-recolectores recientes estaría aún más justificada.[233] Aunque sólo sea por todo esto, equiparar a los cazadores-recolectores recientes con los del Paleolítico (o con los del Mesolítico) es un desatino tan grande como equiparar, por ejemplo, a los agricultores europeos del siglo XVIII con los agricultores del Neolítico.
También cabe señalar que, al igual que tú en tu libro, he considerado aquí que, en principio, todos los cazadores-recolectores del Paleolítico Superior y del Mesolítico eran nómadas. Pero hay serios motivos para sospechar que al menos algunos grupos (precisamente los que tú pareces admirar más, como por ejemplo los autores de las pinturas rupestres franco-cantábricas) eran como mínimo semisedentarios,[234] en cuyo caso su modo de vida y costumbres habrían sido probablemente más similares a los de los cazadores-recolectores sedentarios recientes (o incluso a los de los agricultores de rozas) que a los de los cazadores-recolectores nómadas recientes, con todo lo que ello implica (más población, más jerarquías, más conflictos, más impacto en los ecosistemas, etc.). De hecho, las primeras poblaciones agricultoras de Eurasia surgieron a partir de poblaciones cazadoras-recolectoras (semi)sedentarias de ese tipo, como la cultura natufiense en Oriente Medio. O sea, aunque diésemos por buenas las mistificaciones más arriba refutadas acerca de los cazadores-recolectores nómadas recientes, las culturas paleolíticas que tú estás tomando como referencia ideal (tus presuntamente “estupendos” artistas rupestres, “cultos, educados” -página 558 de tu libro- y “sensibles a la belleza y la estética” –página 548 de tu libro-) puede que fuesen en realidad una gente con una forma de vida y una cultura más parecidas en muchos aspectos a las de los agricultores y ganaderos neolíticos, que tanto aborreces, que a esos cazadores-recolectores nómadas recientes, que tanto te gustan.
No quiero tampoco dejar sin comentar el uso que haces en tu libro de la denominación pseudotaxonómica Homo sylvestris para referirte a los seres humanos anatómicamente modernos que se dedicaban a la caza-recolección nómada.[235] Este uso que haces de la expresión H. sylvestris, da a entender que los cazadores-recolectores nómadas forman una especie aparte, diferente de aquella a la que pertenece del resto de la humanidad. Más de uno de los innumerables hipersusceptibles paladines de la corrección política que pululan en la sociedad moderna te echaría en cara, y no sin cierto grado de razón, que todo ello tiene unas connotaciones racistas que pueden ser, como mínimo, muy peligrosas, tanto para los cazadores-recolectores como para el resto (siempre hay que ponerse en guardia cuando un grupo humano es considerado mejor o peor que otros). Yo aquí, sin embargo, dejaré a un lado esta crítica moralista para centrarme en otros aspectos más objetivos. Cualquiera mínimamente informado sabe que todos los humanos anatómicamente modernos formamos parte de una sola especie y subespecie: Homo sapiens sapiens. El modo de vida que llevemos, nuestra ideología, nuestro aspecto físico externo o la época en que vivamos son indiferentes a la hora de clasificarnos taxonómicamente. Luego, o bien no estás muy informado al respecto, o bien te da igual lo que diga la ciencia, por mucho que se te llene la boca con loas a los ‘sabios’ científicos.[236] (Luego vuelvo con esto).
O quizá has decidido usar esa denominación sólo a modo de recurso estilístico para remarcar lo diferentes que son, según tú, la sociedad, la cultura y el comportamiento de los cazadores-recolectores nómadas respecto a los de otros seres humanos. En tal caso deberías haber dejado claro explícitamente que esa expresión es sólo una figura literaria, porque con el pésimo nivel cultural imperante y las pocas luces que gasta la mayoría, seguro que más de uno de tus lectores lo tomará al pie de la letra y creerá que hay dos especies de humanos anatómicamente modernos realmente: Homo sylvestris y H. domesticus.
Pero bueno, el mundo está lleno de tontos e ignorantes, así que esto no sería en realidad más que otra gota de agua en el océano. Lo más grave del uso arbitrario e inapropiado que haces de la denominación H. sylvestris es que da a entender que la naturaleza (es decir, los rasgos psicológicos y conductuales que vienen determinados por la genética) de los cazadores-recolectores es muy diferente de la del resto de los seres humanos,[237] cuando en principio, como ya he dicho en el punto 1, es prácticamente idéntica. En los pocos miles de años que llevan existiendo la agricultura y la ganadería y la civilización, no ha dado tiempo a que nuestra naturaleza cambie apenas. Como mucho han cambiado unos pocos genes que regulan unas pocas funciones fisiológicas (como por ejemplo, la tolerancia a la lactosa en adultos en algunos grupos humanos basados en la ganadería que se alimentan de leche), pero la mayoría de los genes y sobre todo los que regulan aspectos psicológicos y conductuales no han variado (probablemente porque muchos de esos rasgos son regulados de forma compleja por grupos de genes, no meramente y de forma simple por genes sueltos). Al menos en estos casos complejos la selección por parte del entorno no ha tenido apenas tiempo de actuar. Y de hecho, muchos de los problemas sociales y psicológicos que tanto abundan en la sociedad moderna, tienen su origen en este hecho: el entorno ha cambiado y sigue cambiando, mucho y muy rápido y nuestra naturaleza, que sigue siendo la misma que la de nuestros antepasados cazadores-recolectores, no está adaptada a las nuevas condiciones. En el fondo, seguimos siendo cazadores-recolectores del Paleolítico que se ven obligados a vivir y actuar en una sociedad tecnoindustrial para la cual no están programados. De hecho, hasta la fecha, nunca hemos sido realmente domesticados por la civilización, porque como ya he dicho, la domesticación implica selección (es decir, producir intencionadamente mediante el control de la reproducción cambios genéticos para modificar el fenotipo, tanto a nivel físico como comportamental) y esto no se ha producido en al menos la inmensa mayoría de los seres humanos hasta el momento (a partir de ahora, con la ingeniería genética, a saber lo que acaba pasando). Como mucho, a menudo, hemos sido domados (es decir, mantenidos en cautividad y adiestrados para adaptarnos a las exigencias de la sociedad de turno). Pero nuestra naturaleza sigue siendo salvaje; igual de salvaje que lo era en el Paleolítico (otra cosa es que dicha naturaleza humana, paleolítica y salvaje, sea tan moñas como tú pretendes hacernos creer).
Así que si hubiese que usar la denominación H. sylvestris, habría que aplicársela a todos los seres humanos, no sólo a los cazadores-recolectores nómadas, Benigno. La verdad es que a mí me parecería una denominación taxonómica más acertada y bonita que la inexacta y arrogante H. sapiens (no somos tan “sapiens” –sabios- como nos gusta creer-), pero no creo que los zoólogos a nivel internacional estén dispuestos a cambiarla sólo porque a un ciberprimitivista español iluminado le haya dado por usarla en su descabellado libro.
También quiero comentar que no me parece que seas lo suficientemente crítico y riguroso a la hora de seleccionar al menos algunas de tus fuentes de documentación. Un ejemplo extremo de tu peculiar forma de documentación acerca de los cazadores-recolectores lo constituye la mención que haces de la película Los dioses deben estar locos. Así, basándote en su guión, dices que los bosquimanos no usaban veneno, sino sedante en sus flechas y que nunca han visto una piedra ni una roca, sugiriendo que son tan “buenos” que no pueden usar algo supuestamente tan malo como el veneno y que su carácter es tan “suave” y “adorable” que debe ser debido a que en su entorno supuestamente no hay cosas tan duras como las piedras. Sólo te faltaba haber dicho que los “bosquiblanditos” son de peluche y huelen a fresa. En realidad, ambas disparatadas afirmaciones (lo del sedante y lo de las piedras) son simples invenciones usadas por el guionista para justificar el argumento de la película: el jaleo que se monta a causa de una botella de Coca-cola caída del cielo (de una avioneta) y la forma en que el protagonista acaba reduciendo a los malos de la película. Y vas tú, un presunto periodista hecho y derecho, y presentas como referencia documental para tu libro, parece ser que en serio y de forma totalmente acrítica, esa obra de ficción. ¡Con un par!
Por supuesto, casi da vergüenza ajena tener que demostrar lo falso de ambas afirmaciones, pero habrá que hacerlo:
·  El veneno (que no sedante) de las flechas de los bosquimanos se extrae básicamente de las larvas de ciertos escarabajos. Con el jugo que extraen de aplastar las larvas más otros componentes vegetales, untan la punta de sus flechas. El veneno es tan peligroso que tienen muchísimo cuidado al manipular las flechas untadas y después tiran el sobrante bien lejos del poblado. De hecho, el tóxico es mortal y actúa produciendo un efecto hemolítico. Según sea el tamaño de los animales cazados con él, la agonía puede durar incluso días. Véanse, por ejemplo, Bushmen’s poisoned arrows improved hunting, but also marked shift in cognition”, en ZME Science: https://www.zmescience.com/science/anthropology/bushmen-poison-hunting-052543/ y la entrada “Diamphidia” en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Diamphidia.
·   En cuanto a lo de las piedras, de nuevo una imagen vale más que mil palabras, así que ahí van dos:


  
Estos lugares que ves (Fuentes de las imágenes: https://botswanasafaris.co.za/kalahari-desert.html y http://www.samacharnama.com/rocky-outcrops-is-the-favorite-place-of-adventure-fonders/) están en el desierto del Kalahari. Aunque ¿quién sabe?, quizá sea un decorado de cartón… ¡Desde que las películas se confunden con la realidad, cualquier cosa es posible!
Por cierto, ¿dónde decías que pintaban los bosquimanos sus pinturas rupestres? “Rupes” significa “roca” en latín. Aunque a estas alturas ya sabemos que lo de conocer y respetar los significados precisos y originales de los términos no es tu fuerte.
¿Y con qué crees que fabricaban sus puntas de flecha y sus objetos cortantes los antecesores de los bosquimanos antes de contactar con los pueblos de la Edad del Hierro? ¿Con resina plástica e impresoras 3D? Infórmate acerca de la cultura wiltoniense.
Asimismo, quiero dejar explícitamente claro que si he citado aquí ciertas partes de las obras de diversos autores es sólo como fuentes de datos antropológicos que contradicen tus afirmaciones acerca de los cazadores-recolectores nómadas. No comparto necesaria ni exactamente las interpretaciones y valoraciones que la mayoría de los autores mencionados hacen de dichos datos ni las conclusiones que extraen de ellos en sus libros, ni mucho menos comparto necesariamente sus valores e ideas en general. Así, por ejemplo, algunos de los autores cuyas obras cito, como Marvin Harris, Bernard Campbell o Clive Ponting tienden a retratar a los cazadores-recolectores como más “guapos” (es decir, “buenos” según la moderna perspectiva políticamente correcta y progre) de lo que seguramente eran en realidad. Para ello, pasan por alto ciertos datos y evidencias y exageran, extrapolan y se centran injustificadamente en otros. Y otros autores (los llamados “revisionistas antropológicos”) como por ejemplo Steven LeBlanc y Katherine Register y, en especial, Lawrence Keeley y Robert Edgerton tienden, en cambio, a caer en lo contrario: tienden a ofrecer un retrato de la vida cazadora-recolectora más “feo” de lo que probablemente era, tomando como evidencias incuestionables, cosas que a menudo no lo son tanto; y que incluso a veces ni siquiera serían tan malas, vistas desde una óptica no progresista ni civilizada. Sea como sea, e independientemente de cómo manejen, interpreten y valoren los diversos autores los datos aquí presentados, considero que en sí mismos dichos datos hacen referencia a hechos objetivos que demuestran la falsedad de tus afirmaciones o al menos las ponen seriamente en cuestión. Y por eso los menciono.
Por último, hace falta ser muy incauto o muy ferviente creyente en el mito primitivista para no plantearse siquiera por un momento no ya la duda, comentada más arriba, de que los hadza que tú y tus “ilustres” compañeros de viaje conocisteis hace unos pocos años (o los mbuti y otros cazadores-recolectores que conoció en su día Rodríguez de la Fuente) conserven exacta o al menos mayormente la misma cultura, tecnología y modo de vida que sus antepasados de hace cien o doscientos años, y menos aún que los de hace uno o varios milenios, sino sobre todo para no sospechar, siquiera por un instante, que lo que os mostraron pueda ser sólo un residuo recientemente degradado, alterado e incompleto de su cultura cazadora-recolectora tradicional o, peor aún, un paripé cuasiteatral cuidadosamente orquestado y edulcorado para encandilar a los ingenuos extranjeros turistas/estudiosos/benefactores (como vosotros), ofreciéndoles justamente la estampa que quieren ver: primitivos “fabricados a medida”, a imagen y semejanza de las idealizaciones teóricas y de las limitaciones morales, psicológicas e ideológicas de sus ricos y tecnológicamente avanzados visitantes, para obtener así de éstos ingresos o ayudas de otro tipo. Después de ver cómo tantos y tantos pueblos primitivos se han lanzado ansiosamente en brazos de la civilización y sociedad tecnoindustrial para disfrutar de sus comodidades, trastos y mercancías (desde transistores a camionetas, pasando por tabaco, utensilios de metal, armas de fuego, teléfonos móviles o Internet), abandonando sin reservas sus modos de vida y su cultura material en el proceso e incluso vendiendo su territorio y a sí mismos (su libertad e independencia) por “un plato de lentejas” o unas cuantas “cuentas de colores”, uno no puede por menos que ser muy escéptico cuando le tratan de presentar “auténticas” muestras de “paleolíticos” en pleno siglo XXI.
Por no hablar de las similitudes existentes entre los misioneros cristianos tradicionales y la gente progre bienintencionada que, como tú, creáis ONGs para ayudar a los primitivos a “ponerse al día”, modernizarse y adaptarse a la sociedad tecnoindustrial. Aquéllos allanaban “por las buenas” el camino a la invasión de la civilización europea y a la explotación colonialista a base de salvar las almas de los nativos pregonando el Evangelio, repartiendo Biblias y bautizándolos, a la vez que les hacían renegar de muchas de sus costumbres y modos de vida tradicionales y les generaban dependencias materiales y psicológicas al ofrecerles a menudo cierta ayuda física (atención sanitaria, herramientas de acero, alimentos, etc.) y mostrar hacia ellos una actitud paternalista, amable y cordial. Vosotros, los “tecnomisioneros” del siglo XXI, servís ahora de avanzadilla de la “sociedad de la información” en los lugares más recónditos y menos tecnológicamente desarrollados, mientras os centráis en preservar sólo algunas partes no materiales de lo que queda de las culturas primitivas que los habitan. Porque, por supuesto, sólo pueden conservar las partes que son compatibles con vuestro dios: el progreso, y con vuestra moral: la corrección política moderna. Es decir, sólo el folklore, ciertas creencias y rituales religiosos inanes, el idioma y poco más. La moral, los valores, los modos de vida o las costumbres y rituales tradicionales de esas gentes que choquen con vuestro progresismo buenista y con el desarrollo tecnológico y social al cual éste sirve han de ser reemplazados o modificados. Vais allí pregonando y expandiendo la “Buena Nueva” del desarrollo tecnológico y social y repartiendo ordenadores y teléfonos móviles entre los primitivos, con una actitud igual de ferviente y piadosamente filantrópica, bienintencionada, condescendiente y aparentemente amistosa hacia aquellos cuya cultura y modos de vida independientes en realidad estáis ayudando a arruinar completa y definitivamente. Y el hecho de que en muchas ocasiones, tanto en el caso de los misioneros clásicos como en el de los “cibermisioneros” progres, todo esto se produzca con el beneplácito e incluso la colaboración activa de los propios primitivos que son aculturados, no lo hace más aceptable y menos grave, sino más bien todo lo contrario. A mí esa foto de un bosquimano con lo que parece ser un GPS en la mano que aparece en una de tus páginas web[238] no me parece una señal de esperanza acerca del futuro de su cultura, sino algo terriblemente triste y desalentador. Porque el resultado del contacto e hibridación entre la sociedad tecnoindustrial y las sociedades cazadoras-recolectoras que quedan no será un equilibrio equitativo entre ambas y menos aún la conservación real de las últimas, sino la desaparición efectiva de éstas (o al menos de todos los rasgos que hasta la fecha las hacían diferentes e independientes).
Y vamos a dejarlo aquí, porque evidentemente ya he dedicado mucho más tiempo y esfuerzo a buscar pruebas y argumentos para apoyar mis críticas de tus disparatadas afirmaciones sobre los cazadores-recolectores del que has dedicado tú a documentarlas en tu libro.

3. Concepto incompleto y simplista de lo salvaje y de su conservación y recuperación
Uno de los fines declarados de tu libro es promover la conservación y restauración de la Naturaleza y de lo salvaje, pero a juzgar por lo que dices al respecto, cabe plantear serias dudas no sólo acerca de si realmente sabes en qué consiste el conservacionismo y cuáles son sus objetivos y métodos, sino también acerca de si tienes una idea clara de qué es realmente la Naturaleza y lo salvaje.
Dejaré para el siguiente punto la crítica que se merece tu peculiar visión de cuáles han sido los orígenes y la historia del movimiento conservacionista y aquí me centraré meramente en cuestionar tu noción de la conservación y de lo salvaje.
Para empezar, antes de ponerse a hablar, tanto de conservación de la Naturaleza y de lo salvaje como de cualquier otra cosa seria, hay que tener bien claros bastantes conceptos o si no el resultado será un batiburrillo endemoniadamente enmarañado de nociones e ideas que lo único que hará será añadir aún más confusión a unos asuntos ya de por sí nada simples.
En el caso que nos ocupa, hay que tener bien claros una serie de conceptos básicos, tanto a nivel ecológico y biológico como a nivel filosófico y “político”, aunque sólo sea para no caer en incongruencias ni plantear ingenuidades, para evitar perseguir fines que en el fondo son contraproducentes e incompatibles con los valores propios, para no sembrar aún más desconcierto y para tratar de evitar acabar siendo tontos útiles que trabajen para sus propios enemigos (o los de la Naturaleza salvaje).
Así por ejemplo, el ecologismo y el conservacionismo, no son lo mismo. El conservacionismo es parte del ecologismo, pero el ecologismo, a menudo, no es conservacionista. El conservacionismo tiene como objetivo único proteger y preservar la Naturaleza, el ecologismo a menudo no. Para el ecologismo no conservacionista (que es el mayoritario) lo más importante es mantener habitable el “medio ambiente” del ser humano, es decir, mantener un entorno mínimamente saludable para los seres humanos, de modo que la civilización y la sociedad tecnoindustrial puedan mantenerse y seguir desarrollándose. Lo de menos para el ecologismo medioambientalista es si ese entorno es natural o no. Proteger ecosistemas y especies salvajes, no es lo prioritario para la mayoría de los ecologistas. Incluso ni siquiera lo es para algunos “conservacionistas” (por desgracia, muy típicos entre los autodenominados conservacionistas de nuestro país), para quienes lo que hay que proteger y fomentar no es tanto la Naturaleza salvaje como la “naturaleza” antropizada (los ecosistemas humanizados, explotados, manipulados y mantenidos en un estado degradado y “domesticado” de forma tradicional; las razas domésticas de ganado autóctono; el poblamiento y la sociedad rurales y/o la “cultura tradicional”; la agricultura ecológica; etc.).
Y tú en tu libro no parece que tengas estas diferencias bien claras. Parece que, para ti, ecologismo y conservacionismo son siempre lo mismo y que siempre implican defender la Naturaleza salvaje. Si ya partimos de esta confusión, mal vamos.
Pero es que no queda ahí la cosa, al menos en España, incluso entre los ecologistas que aparentemente sí tenéis como fin prioritario preservar lo salvaje, algunos parece que os centráis en preservar o restaurar sólo o principalmente especies y no tanto ecosistemas. Es más, algunos parece que os centráis sólo o principalmente en proteger o fomentar determinadas especies de animales grandes, llamativos o con gancho mediático y publicitario, que a veces ni siquiera son necesariamente especies clave de los ecosistemas a que pertenecen. Eso cuando son salvajes y autóctonas, que tampoco siempre lo son.
Sin embargo, lo realmente importante son los ecosistemas, no tanto las especies concretas. Primero, porque sin un hábitat o territorio adecuado, las especies no pueden prosperar. Es más, sin su hábitat salvaje, las especies amenazadas son simples reliquias de museo, atracciones de zoo aisladas del entorno salvaje original del cual formaban parte y que les daba sentido y razón de ser. Tanto es así que, sin el ecosistema salvaje al cual pertenecían, a menudo están condenadas a desaparecer. O sea, para que la conservación de especies sea eficiente y merezca la pena, las especies deben ser protegidas y recuperadas siempre junto con su hábitat natural. Y, segundo, porque cada especie concreta es sólo una parte del ecosistema tomado en su totalidad. La Naturaleza salvaje en la Tierra, entendida como los territorios o ecosistemas salvajes, es mucho más que meramente ciertas especies silvestres. Es el conjunto de todas ellas más su entorno geológico, con todas sus interacciones, dinámicas y procesos. Y ese conjunto tiene más valor que cada una de las especies que lo forman tomada por separado, debido precisamente a esas interacciones, dinámicas y procesos emergentes. De modo que centrarse en proteger a los grandes depredadores, en preservar o reintroducir grandes herbívoros y/o en conservar tal o cual especie amenazada de planta o animal sin, a la vez y sobre todo, preocuparse por detener e invertir la degradación y desaparición de sus hábitats naturales y de los ecosistemas de los que forman parte es mirar al dedo cuando éste señala la Luna.
Existe una diferencia fundamental de enfoque entre quienes se centran en proteger o recuperar especies por sí mismas y consideran que la protección o recuperación de dichas especies es el objetivo principal (o incluso único) de la conservación y quienes ven que la protección o recuperación de ciertas especies es más bien un medio o requisito para proteger los ecosistemas de los que forman parte (y de los que, ciertamente, a veces son piezas clave). Para unos, lo más importante son las especies en sí, para los otros lo más importante son los ecosistemas salvajes constituidos, en parte, por ellas.
También, en relación con la diferencia existente entre centrarse en conservar especies concretas o en conservar los ecosistemas en su conjunto está el asunto de la biodiversidad. Muchos conservacionistas que en principio dicen tomar lo salvaje como valor fundamental, consideran que defender y proteger la biodiversidad[239] viene a ser lo mismo que defender y proteger el carácter salvaje de los ecosistemas. Y esto es otro grave error.
Primero, porque no siempre los ecosistemas salvajes son los más diversos en cuanto al número y densidad de especies. Los desiertos, las cimas de las montañas muy altas, los fondos oceánicos profundos o simplemente ciertos tipos de bosque (por ejemplo, los hayedos europeos) son ejemplos de ecosistemas que pueden y suelen albergar de forma natural muy poca biodiversidad (al menos, como en el caso de los hayedos, comparados con otros ecosistemas salvajes de las mismas latitudes). Y, segundo, a veces, algunos ecosistemas artificialmente alterados pueden albergar una mayor diversidad biológica que los ecosistemas salvajes originales. Simplemente, porque tienen aún la mayoría de las especies originales más algunas otras introducidas artificialmente o venidas desde el exterior por sus propios medios atraídas por los cambios artificiales operados en esos entornos.
Ejemplo de esto último serían las dehesas mediterráneas (bosques mediterráneos degradados a un estado muy abierto y poco denso y mantenidos artificialmente en ese estado de degradación) con su ganado doméstico, sus cultivos y su fauna y flora esteparias, además de las especies originales propias del bosque mediterráneo. Para los defensores de la biodiversidad a ultranza, la dehesa es el no va más de una explotación humana tradicional de los ecosistemas, supuestamente ecológica, sostenible e incluso mejoradora de la Naturaleza, ya que aumenta la biodiversidad original. Para quienes lo que valoramos ante todo es el carácter salvaje (es decir, natural –no artificial- y autónomo) de los ecosistemas, la dehesa es lo que es: un encinar, fresneda, alcornocal o robledal degradado, un ejemplo de cómo no todo lo “sostenible”, y (artificialmente) “sostenido”, es necesariamente lo mejor que puede haber. Centrarse en la biodiversidad es seguir poniendo las partes (número de especies; biodiversidad -a menudo, artificial, para más inri-) por delante del todo (integridad y autonomía de los ecosistemas originales; carácter salvaje).
Esta aparente digresión acerca de la biodiversidad viene al caso ya que, como he dicho más arriba, conviene tener las cosas claras para no caer en incongruencias e ingenuidades y acabar confundiendo conservar la Naturaleza salvaje con otras cosas. 
Dicho todo esto, entremos ya la crítica detallada de la chapucera noción de “rewilding” que planteas en tu libro. Porque el modo sui géneris en que presentas y defiendes el “rewilding” en tu libro es un ejemplo paradigmático de este problema de centrarse en sólo algunos árboles y no ver el bosque en su conjunto. En la página 492 defines el “rewilding” como las acciones encaminadas a recuperar los grandes herbívoros salvajes. En la página 494 como aquellas acciones que recuperan la estructura de la comunidad faunística de un territorio asilvestrando razas de bovino y equino y reintroduciendo especies desaparecidas. En las páginas 549-550 hablas de “gestión de ungulados”. Y en la página 563 de “manejar ‘ganado’ asilvestrado”. Vamos, que te centras en la fauna (o más bien sólo en una parte muy concreta de ella: los grandes herbívoros equinos o bovinos), sin dar importancia prácticamente al resto del ecosistema o situándolo, como máximo, en una posición secundaria y subordinada a esa fauna. Sin embargo, a nivel internacional y entre los conservacionistas de verdad, el “rewilding”[240] es, por lo general, entendido como la recuperación del carácter salvaje de los ecosistemas, no sólo, ni siquiera principalmente de la fauna. Y si en algunos casos se propone reintroducir o conservar ciertas especies (que no necesariamente han de ser animales, ni mucho menos grandes herbívoros), es sobre todo por su importancia a la hora de conservar y recuperar los ecosistemas salvajes o el carácter salvaje de los ecosistemas, es decir, por la función clave que dichas especies cumplirían en dichos ecosistemas. La conservación y la recuperación de los ecosistemas salvajes son lo importante en el verdadero “rewilding” conservacionista. Son la meta a conseguir. Lo más importante no es la introducción de cierta fauna. Esto, como mucho, sólo es a veces un medio para lograr la meta fundamental de reasilvestrar los ecosistemas. O dicho en pocas palabras, tu peculiar noción del “regüaildin made in Spain” es como mucho zoocéntrica (centrada en la fauna) no ecocéntrica (centrada en los ecosistemas), mientras que a nivel internacional normalmente el “rewilding” ha sido entendido al revés, como una actividad fundamentalmente ecocéntrica.[241]
Es más, dejando de lado las nociones teóricas de “rewilding” y observando los casos concretos que tú defiendes, consistentes básicamente meter unos cuantos caballos[242], bisontes o vacas[243] en una finca cercada, ¿se puede decir, sin caer en el disparate o la desfachatez, que, en tales casos, se está recuperando el carácter salvaje, no ya de los ecosistemas, sino meramente de esos grandes herbívoros? Evidentemente no. El “rewilding” para ser eficaz ha de referirse a extensiones de terreno muy grandes y sin fragmentar (o al menos interconectadas), no a unas pocas fincas valladas y muy pequeñas. En ellas, los animales han de poder deambular libremente, sin trabas, en un entorno del que se eliminarán las señales evidentes de humanización y a lo largo de, como mínimo, muchas decenas o incluso cientos de kilómetros en todas direcciones. Cualquier otra cosa no es “rewilding” sino un puñetero fraude (al menos en lo que a conservación y recuperación de ecosistemas salvajes se refiere). Y ya me dirás tú dónde existen, en España y hoy en día, esas enormes extensiones de terreno en estado cuasinatural e ininterrumpidas, o como mínimo interconectadas y no fragmentadas por carreteras y autopistas, vías del AVE, presas y canalizaciones, zonas industriales, plantaciones silvícolas, zonas agrícolas y ganaderas, parques eólicos, ciudades y pueblos, etc. Grandes áreas que puedan servir de territorio adecuado a grandes grupos de herbívoros y a sus correspondientes depredadores: lobos, osos, etc. así como al resto de las innumerables especies de seres vivos constituyentes de esos ecosistemas cuando éstos están sanos e íntegros, y por las cuales puedan todos ellos deambular libremente.
No digo yo que no estaría bien lograr algo así. Todo lo contrario. Lo que digo es que eso es algo muy diferente de meter a unos pocos herbívoros, presuntamente representativos de algunas especies o subespecies históricas (o prehistóricas), en un cercado, mostrárselos al público y vender los excedentes para carne. No veo yo cómo lo último llevará a lo primero. Meter unos pocos caballos o vacas raros junto a unos cuantos “paleoempresarios-ciberpleistoganaderos-turisticolíticos” en “paleogranjas-zoologicos” con corrales o prados vallados mientras uno se engaña autocomplacientemente soñando despierto con una Iberia salvaje llena de encebros, lobos, osos, uros y “neocromañones” con conexión a Internet, y salpicada de megalópolis material y energéticamente autosuficientes y con impacto ecológico cero gracias a estar tecnomágica y completamente aisladas del entorno salvaje, es algo muy distinto de permitir la recuperación de grandes zonas naturales, dejándolas al margen del desarrollo industrial y de la humanización y permitiendo o incluso facilitando la recuperación de las estructuras y dinámicas ecológicas que las constituían originalmente.
Además, cabe preguntarse seriamente si al menos algunos de esos tipos de herbívoros deberían ser introducidos realmente, ya que en algunos casos como los caballos de Przewalski (E. ferus przewalskii) o los bisontes europeos (Bison bonasus) no está nada claro que hayan formado parte alguna vez durante el Holoceno de la fauna salvaje ibérica autóctona.[244] En realidad, en lugar de reasilvestrar o recuperar el carácter salvaje de la Naturaleza, es muy probable que lo que se esté pretendiendo hacer (o al menos se acabe haciendo) en estos casos sea más bien modificarla y gestionarla artificialmente al antojo de las fantasías paleoecológicas y ciberlíticas y de las conveniencias (fu)turístico-mercantiles de los promotores de ese “hispanoregüaildin” de chichinabo, introduciendo especies o subespecies que en realidad son exóticas. En tal caso, el pretendido “reasilvestramiento” no sería más que una nueva forma de tratar de rizar el rizo de la dominación humana de la Naturaleza, de someter y manipular aún más lo salvaje, presentando una nueva versión progresista y buenista de la ganadería y de la gestión humana de los ecosistemas y especies engañosamente oculta bajo un barniz pseudoconservacionista de reasilvestramiento y ciberprimitivismo. Como ya dije más arriba, a pesar de lo que a los chachipirulis os suele gustar creer y hacer creer, cambiar el nombre con que llamar a algo no cambia la esencia de ese algo. Vuestro “regüaildin” de pacotilla en el fondo no es más que ganadería y (fu)turismo vanguardista con un nombre y un aspecto más guay.
Porque, tras ver cómo planteas en tu libro el “rewilding” en particular y la conservación de la Naturaleza en general, a uno le surgen serias dudas acerca de si cuando hablas de “lo libre” te estás refiriendo realmente a lo salvaje, a la Naturaleza salvaje. O bien tu noción de lo salvaje es muy distinta de la de la mayor parte, no ya de los conservacionistas a nivel internacional, sino de la gente con dos dedos de frente en general, o aquí hay algo (más bien bastante) que no pega ni con cola.
La Naturaleza salvaje, es la parte del mundo que no es artificial y que es autónoma, es decir, aquello que existe por sí mismo, que no ha sido hecho por el ser humano, y que a la vez funciona por sí mismo, siguiendo sus propias dinámicas. Recuperar lo salvaje significa permitir que la Naturaleza, aquello que no es artificial, pueda recuperar su funcionamiento autónomo, sus propias dinámicas y procesos. Y la interferencia humana en dichas dinámicas es, por definición, contraria a la autonomía de las mismas. En algunos casos en que dicha interferencia sea muy pequeña debido a una muy baja densidad de población y a un muy escaso desarrollo tecnológico, el carácter salvaje de los ecosistemas puede prevalecer en general (aunque ya hemos visto que incluso en sociedades de muy pequeña escala y con un nivel de desarrollo tecnológico muy reducido hay excepciones a esta regla y que dicha situación puede y suele cambiar con el tiempo), pero lo que es imposible es que una sociedad tan superpoblada y tan tecnológicamente desarrollada como la tecnoindustrial actual y futura (lo que tú llamas “sociedad de la información”) no interfiera negativamente en la autonomía de las dinámicas de los ecosistemas. Para tragarse semejante patraña hace falta pasar por alto que el impacto “ciberlítico” en los ecosistemas no se restringirá exclusivamente al que puedan tener los grupos de progres “neopaleolíticos” encargados de gestionar las manadas de grandes herbívoros en los ecosistemas locales (que probablemente podría ser ya bastante más del que tú quieres creer), sino que estará principalmente constituido por el que cause a nivel general el resto de la sociedad tecnoindustrial, a la que seguirán perteneciendo totalmente dichos “ciberbuenistas”.
Primero, porque ambas partes, las comunidades “ciberneorrurales” de “progrecromañones” y las megaciudades, tendrían que ir inseparablemente unidas. ¿De dónde saldría la tecnología avanzada que usarían esos “ciberprimitivos”? ¿De dónde saldría la energía para hacerla funcionar? ¿Y de dónde sacarían esos “paleobienintencionados” los ingresos para adquirir dicha tecnología y (los dispositivos para obtener) dicha energía? Precisamente del resto de la sociedad tecnoindustrial (según tú, realizando teletrabajos y vendiendo turismo y carne, básicamente). Y mientras ésta siga existiendo, seguirá ejerciendo presión sobre los ecosistemas salvajes, reduciéndolos y sometiéndolos progresivamente, hasta acabar totalmente con la Naturaleza salvaje sobre la Tierra. No hay puntos intermedios ni formas milagrosas de compatibilizar tecnocientíficamente el desarrollo tecnoindustrial y la conservación de la Naturaleza salvaje. De hecho, a largo plazo, lo único que puede salvar los ecosistemas salvajes y permitir su recuperación es la eliminación de la sociedad tecnoindustrial, no su desarrollo, por muy “verde” y “ciberchachi” que sea el envoltorio con que éste se nos presente (luego, en el punto 6, sigo con todo esto). 
Y segundo, porque si, como tú propones, dichas comunidades “buenolíticas” dedicadas al “regüaildin” habrán de obtener ingresos, por ejemplo del turismo, deberán crear una serie de infraestructuras e instalaciones adecuadas para ello y, ya sólo eso, supondrá inevitablemente un impacto ecológico a nivel local. Y lo mismo pasaría si, como propones, obtuviesen sus ingresos también de la “ganadería silvestre” (valga el oxímoron). Me gustaría saber cuál sería en realidad la reacción de esos “ciberpaleoganaderos” ante los ataques de los lobos u osos a sus rebaños de “neotarpanes” o “ciberuros”. ¿Lo tomarían con filosofía dejando que la Naturaleza siga su curso y que actué la selección natural aun a costa de su propio bienestar económico o defenderían su fuente de ingresos tomando medidas e interfiriendo de algún modo en dicha depredación y con ello en la evolución de esas especies? Y ante un verano muy seco o un invierno muy frío o una enfermedad infecciosa que ataque a sus animales o cualquier otro contratiempo natural, ¿se quedarían de brazos cruzados viendo como su fuente de ingresos es diezmada por los elementos? ¿Cuáles serían exactamente los criterios a la hora de gestionar los rebaños? ¿Cuáles serían los límites? Y, sobre todo, ¿por qué?[245]
Y recurrir a la ridícula fórmula: “los científicos, que son los que saben, decidirán cómo hemos de gestionar los ecosistemas” (que es lo que vienes a decir en la página 528 de tu libro) para responder a dichas preguntas, es en realidad una forma sorprendentemente tonta e irresponsable de escurrir el bulto y (auto)engañar(se). Si hay que explicarte por qué es que no conoces de verdad qué significa y en qué consisten la ciencia y el mundillo científico (que ambos no son para nada lo mismo, por mucho que la mayoría de la gente los confunda). Y, a juzgar por las cosas que dices en tu libro acerca de la ciencia y los científicos, me temo que habrá que explicártelo.
Primero, porque defiendes otorgar un estatus, confianza y poder exagerados a una gente (los ecólogos en particular y los científicos en general; es decir, el “mundillo científico”) que no se los merece en realidad. Los científicos son humanos, y como humanos que son, están sujetos a todo tipo de emociones, impulsos no racionales e influencias socioculturales propias de cualquier ser humano, ajenas completamente a la ciencia y que afectan negativamente al correcto uso de la razón, de la objetividad y del método científico. O dicho de otro modo, están sujetos no sólo a error, sino incluso a perversión y corrupción. Ni son tan sabios como te gusta llamarles, ni tampoco son santos o ángeles. A menudo, la ignorancia acerca de lo general debida a la hiperespecialización requerida por la ciencia moderna, una inteligencia personal que no siempre está a la altura de los requerimientos de la disciplina científica en particular y de sus implicaciones sociales y ecológicas en general, así como la falta de objetividad u honestidad intelectual debidas a la promoción de la propia carrera profesional, a la obtención de fondos e ingresos, a las influencias ideológicas y morales por parte del entorno social y a la satisfacción de necesidades psicológicas personales (tales como hacer ciencia como actividad sustitutoria de otras actividades naturales humanas; por ejemplo por entretenimiento o para obtener, conservar y potenciar la propia autoridad y prestigio intelectuales y sociales dentro del mundillo científico y académico y de la sociedad en general) pesan demasiado en la mayoría de los científicos, afectando negativamente al rigor y calidad de su trabajo. Y en ciertos temas, como la gestión de ecosistemas, un error o un sesgo subjetivo, ideológico o cultural a la hora de enfocar la investigación, extraer conclusiones y aplicarlas puede suponer un desastre, probablemente irreversible.
Segundo, porque aunque los científicos fuesen robots completamente racionales y objetivos y se limitasen a aplicar el método científico a rajatabla sólo para obtener conocimientos, la ciencia tiene unos límites y no tiene respuestas para todo. En lo referente a los juicios de valor, y por tanto, a la elección de objetivos (que vienen determinados en el fondo por los valores), la ciencia no tiene nada que decir. La ciencia puede decirnos qué es lo que hay y cómo funciona, pero no puede decirnos si lo que hay es bueno o malo, si es deseable o indeseable, si debemos promoverlo, conservarlo o destruirlo. La verdadera ciencia no nos dice lo que debemos o no debemos hacer. Eso lo dicen los valores (o la percepción de los mismos) de cada cual, que en el fondo no tienen una base científica ni racional, sino emocional. Y cada cual tiene (siente o percibe) unos valores que a menudo chocan con los de otros. Y los meros datos y argumentos científicos no hacen que quien tiene o carece de un valor deje de tenerlo o de carecer de él. Cuando la “ciencia” pasa de decir simplemente lo que hay, a decir qué es lo que hay que hacer, es que ya no es ciencia pura, es decir, ya no es real y totalmente racional y objetiva, sino que está siendo contaminada y sesgada por ideologías, emociones subjetivas, influencias morales, sociales, etc. A menudo para mal. Y presentar como “científicamente avalado” algo que en realidad y en el fondo pertenece al dominio de la moral, no de la ciencia, como por ejemplo, decidir qué hacer con los ecosistemas, es un fraude intelectual.
Tercero, en relación con lo anterior, la ciencia es un gran método para recopilar datos y conocer la realidad, pero cuando dicho conocimiento se trata de aplicar de forma pragmática para resolver problemas físicos y manipular la realidad (lo que sería la ingeniería, ciencia aplicada o tecnociencia) los resultados a menudo son muy pobres, cuando no desastrosos. En general, por cada problema práctico que pretende resolver a corto plazo, la aplicación pragmática de la ciencia suele crear varios más a largo plazo (eso si resuelve real y definitivamente el problema inicial; que a menudo ni siquiera consigue eso). La ciencia es una forma eficaz de obtener conocimiento, pero no tanto de resolver total y adecuadamente problemas prácticos.[246] Y tras siglos de tratar de aplicar la ciencia de forma pragmática con resultados desastrosos, ya deberíamos haber aprendido esa lección. Pero no sólo la mayoría de los seres humanos no han aprendido nada al respecto, sino que siguen cayendo en el mismo error: ver la ciencia como una herramienta eficaz para manipular la realidad y resolver problemas prácticos. Lo cual hace dudar seriamente de que realmente seamos tan “sapiens” como creemos.
Y cuarto, en relación con lo anterior, la propia ciencia moderna ha demostrado que la realidad es demasiado compleja para conocerla completamente, no digamos ya para predecir su evolución y manipularla y controlarla con éxito. En cuestión de ecología o evolución los ecólogos y biólogos ni saben lo suficiente (ni nunca lo sabrán) ni tienen medios lo suficientemente capaces (ni nunca los tendrán) como para gestionar y manipular los ecosistemas y sus dinámicas de forma totalmente inocua. Una cosa es conocer en gran medida cómo es y cómo funciona la Naturaleza y otra ser capaces de meterle mano y gestionarla activamente sin arruinarla. Si algo deberían saber ya de sobra los ecólogos es que los ecosistemas y los procesos ecológicos son demasiado complejos para ser totalmente previsibles a medio y largo plazo y que, por tanto, son imposibles de manipular y controlar sin generar consecuencias negativas imprevistas y acabar estropeándolos.
Tu noción de la ciencia es terriblemente simplona e incauta, pasa por alto todo lo anterior y está anclada en la concepción de la misma imperante en el siglo XIX. De hecho, lo de llamar ingenuamente “sabios”[247] a los científicos estaba muy de moda entre los progresistas decimonónicos, que en realidad, embelesados con los avances de la tecnología industrial de su época, consideraban erróneamente (como la propia ciencia demostraría a lo largo del siglo XX) que la ciencia era o llegaría algún día a ser omnisciente y sus aplicaciones tecnológicas omnipotentes. Quizá deberías primero poner al día tu noción de la ciencia (y mucho más), si es que eres capaz, antes de tratar de arreglar el mundo futuro.
Eso por no hablar de que la domesticación o el sometimiento de lo salvaje, no lo serían menos por el hecho de ser llevados a cabo tecnocientíficamente, bajo la dirección y tutela de “sabios” ecólogos y/o en base a una bienintencionada moral “ciberlítica”.[248] Las cosas son lo que son y pintar como “buenas” cosas que en realidad son malas no las hace mejores. Antes de ponerte a defender nada, aclárate primero acerca de lo que quieres. ¿Quieres recuperar el carácter salvaje de la Naturaleza o quieres controlarla, gestionarla y dirigirla “científicamente” a tu gusto? ¿A qué te refieres, por ejemplo, cuando en la página 563 hablas de “gestionar el territorio y los recursos naturales”? Porque, a la hora de hablar de conservación y ecología, toda esa terminología ecoingenieril (“gestión del territorio”, “recursos naturales”) no suele ser usada por quienes reconocen el valor intrínseco de lo salvaje y tratan de conservarlo o recuperarlo, sino precisamente por quienes no lo reconocen en absoluto y ven los ecosistemas no artificiales meramente como un conjunto de “recursos” que explotar situados en un “territorio” propiedad exclusiva de los seres humanos y del cual, por tanto, pueden y deben disponer a su antojo, aunque sea “custodiándolo” de forma paternalista y “sostenible”. ¿Qué es lo que defiendes realmente? ¿El “rewilding” o la ecoingeniería? Porque ambas cosas son incompatibles por definición.
En el fondo, tu problema, como el de la mayoría de la gente, es el idealismo voluntarista, la creencia en que las ideologías, morales, valores, etc. servirán principalmente o por sí solos para restringir, mantener a raya y encauzar el comportamiento humano y evitar las consecuencias negativas de la sociedad moderna, a largo plazo y en general. Creéis que basta con tener “buenas” ideas, valores e intenciones para evitar causar cualquier mal, pero hay que ser muy panoli para creer semejante simpleza. Tarde o temprano, por mucho que las intenciones sean otras, las condiciones físicas del entorno y otros factores objetivos (ajenos a la voluntad de las personas implicadas) acaban siendo los que determinan los comportamientos humanos, tanto colectivos como individuales, a menudo en una dirección muy diferente de la que pretendían las intenciones e ideología originales. En el caso que nos ocupa, por mucho que a los “ciberpaleoganaderos” se les llene la boca y el cráneo de discursos y restricciones morales “progrelíticos” contra la domesticación y a favor de lo “paleolítico”, lo salvaje y lo libre, y por mucho que desarrollen y realicen rituales y otros comportamientos simbólicos presuntamente ecológicos para demostrar su amor por lo salvaje y lo libre, si las circunstancias les obligan (y lo harán mientras no renieguen del desarrollo tecnológico), seguirán destruyendo y domesticando esa Naturaleza que pretendían estar reasilvestrando. Y lo peor es que, en la mayor parte de los casos, ni siquiera se darán cuenta de ello ni lo reconocerán, y seguirán repitiendo dichos discursos y paripés supuestamente favorables a lo salvaje e incluso los modificarán tratando de adaptarlos a las nuevas condiciones y comportamientos (en realidad antiecológicos y contrarios a lo salvaje) para así justificarlos. Es lo que los seres humanos llevamos haciendo a lo largo de toda nuestra historia: usar la ideología, la religión, la moral, etc. principalmente para justificar los comportamientos y efectos dañinos que llevamos a cabo, no para evitarlos. ¡Ya es hora de que despertéis y aprendáis la lección!
En cuanto a la interpretación que haces del fenómeno de la despoblación rural en España, hay que señalar que también es equivocada. Según tú, el éxodo de la población rural a las ciudades en las últimas décadas está dejando amplias zonas despobladas y sin utilizar y la Naturaleza, por tanto, está recuperándose y reasilvestrándose de manera espontánea en gran parte del territorio nacional, ofreciendo una oportunidad para implementar el “rewilding”. Sin embargo, esto como mínimo es una exageración.
Es cierto que en toda Europa, no sólo en España, la población rural por lo general ha descendido debido a la migración hacia los núcleos urbanos. Y también es cierto que, debido a ello, se han abandonado muchos terrenos de cultivo o pasto en los que, por tanto, se están volviendo a recuperar espontáneamente las comunidades y procesos ecológicos naturales.[249] No obstante, hay que tener en cuenta que las zonas rurales siguen estando pobladas (yo diría que demasiado) y en gran parte siguen siendo utilizadas para la agricultura, la ganadería y otras cosas (caza moderna, explotación maderera, etc.). No se han abandonado las tierras de cultivo o pastoreo de forma generalizada o arbitraria y aleatoriamente. Lo que se han abandonado en muchos casos son sólo terrenos marginales poco apropiados para la agricultura o la ganadería modernas y comerciales (zonas con demasiada pendiente, con suelos pobres, con mala accesibilidad, etc.). En los pueblos, los que quedan ahora simplemente labran o aprovechan para pastos sólo las tierras más fáciles de usar y más productivas y dejan las otras sin utilizarlas para usos agrícolas y ganaderos, porque ya no las necesitan. Cuando los pueblos estaban mucho más poblados, sus habitantes tenían que aprovechar todo el terreno disponible, incluso el que no era tan idóneo para ello. Ahora no les hace falta. Unos pocos individuos pueden labrar o utilizar como pastos para la ganadería extensiva grandes extensiones de las mejores tierras para ello gracias al uso de maquinas y técnicas agrícolas industriales. Y pueden permitirse dejar abandonadas, o al menos sin cultivar o usar para la ganadería, el resto (las menos productivas y más inaccesibles). Dichas tierras marginales a menudo están constituidas por terrenos de poca extensión. La suma de la superficie de todos ellos puede que dé como resultado una cifra relativamente alta, pero en realidad, muchos de los terrenos suelen ser pequeños y el área total está muy fragmentada.
Así que eso de que en España (o en Europa) debido al abandono de las tierras de labor la Naturaleza está recuperando “grandes extensiones” de territorio en realidad es falso. Lo que se está recuperando puede que sume una gran extensión (superficie total) de territorio, pero no son grandes extensiones (grandes áreas continuas y no fragmentadas).
Por supuesto que esto es mejor que nada y que supone un respiro para los ecosistemas y procesos ecológicos no artificiales, pero tampoco es tan estupendo como tú pareces creer e insinuar.
Y no sólo es que buena parte del territorio rural siga estando poblada y siendo utilizada para la agricultura y la ganadería y que buena parte de las tierras abandonadas sean terrenos relativamente pequeños y aislados entre sí, sino que además, el campo está cada vez más lleno de infraestructuras industriales (pistas, carreteras y autovías, líneas de tren de alta velocidad, líneas eléctricas, parques eólicos, presas, plantaciones forestales -a menudo de especies exóticas, para terminar de rematarlo-, urbanizaciones, etc.) y, a veces, según la zona y el momento, hasta de gente (veraneantes, turistas o “deportistas” –ciclistas, motoristas, vehículos todoterreno, etc.), que agravan aún más la degradación y la fragmentación de los ecosistemas no artificiales. Y esto también hay que tenerlo en cuenta a la hora de valorar el estado, las tendencias y las oportunidades futuras de la conservación de la Naturaleza en España o en Europa. Y me parece que tú no lo haces (al menos no en tu libro), sino que más bien presentas una imagen artificiosamente edulcorada y maquillada del estado actual de la Naturaleza española y de sus posibilidades futuras, para poder justificar tus propuestas “ciberlíticas” estúpidamente optimistas.
Para acabar con este punto, creo que lo que dices acerca de que el movimiento ecologista (¿conservacionista?) español es puntero a nivel mundial (página 421 de tu libro) merece al menos un breve comentario: no te bastaba con ser tremendamente simplón y provinciano en tu conocimiento y comprensión de la realidad, además tenías que ser chauvinista.

4.  Noción incompleta y sesgada de la historia de la conservación
En realidad, lo poco que comento en este punto podría servirte para mejorar tu libro, cosa que como ya he dicho no pretendo en absoluto, pero es que tampoco podía pasar por alto la presentación sesgada, incompleta, parcial y poco rigurosa de la historia de la conservación que haces en él.
En tu libro pretendes estar presentando la historia del conservacionismo. Sin embargo, a poco que uno sepa sobre la historia de la conservación de la Naturaleza a nivel internacional, al leer tu libro se da cuenta del disparate que supone la omisión de una importantísima parte de dicha historia y de las referencias correspondientes: todo lo concerniente a la influencia mayoritaria que los países no europeos han tenido en el desarrollo de la teoría y práctica conservacionistas y del movimiento para la conservación de la Naturaleza. En tu libro llama sobre todo poderosamente la atención la práctica total ausencia de referencias a los Estados Unidos, cuando en realidad el conservacionismo, como idea, como práctica y como movimiento, fue principal y mayoritariamente (aunque no exclusivamente[250]) desarrollado en dicho país. Así, por ejemplo, el primer parque nacional del mundo, Yellowstone, lo crearon los estadounidenses[251] y sirvió de referencia para todos los demás y para muchas de las iniciativas conservacionistas que posteriormente se aplicarían en otros lugares del mundo.[252] En tu libro ni se menciona a gente tan influyente en el movimiento como John Muir o Aldo Leopold, entre otros.[253] Y mucho me temo que un concepto clave en la conservación de los ecosistemas salvajes como es el de “wilderness”[254] a ti te suena a chino, cuando cualquier estadounidense intelectualmente normal sabe intuitivamente lo que significa. ¿Sabías siquiera que, como ya he señalado en la nota de pie de página 9, estás valiéndote de un término de origen estadounidense, “rewilding”, para denominar a tus propuestas “ciberganaderoturísticas”?
Si quieres hablar de un movimiento internacional y de conceptos conservacionistas cuyo origen es extranjero, al menos infórmate bien de su historia y sus orígenes antes de pretender informar a otros sobre ello.
Y, por cierto, tu ignorancia acerca de muchas importantes referencias históricas del movimiento conservacionista internacional, tiene probablemente mucho que ver con que tu idea de la conservación y del “rewilding” sea tan simplista y zoocéntrica en lugar de ecocéntrica y con que tu idea del movimiento ecologista español sea tan exageradamente elevada.
También clama al cielo tu idea de que la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje en Norteamérica vino motivada principal o exclusivamente por ¡los sombreros de pelo de castor! (Página 57 de tu libro). Parece que de historia ecológica andas bastante pez. Tú el hecho de que Norteamérica (junto con Australia y otras colonias inglesas) entre los siglos XVI y XIX fuese un sumidero para deshacerse de los seres humanos que sobraban y obtener los materiales (madera, potasa, minerales, pieles, alimentos, etc.) que escaseaban ya en las superpobladas islas británicas y en buena parte del resto de Europa (salvo España, Portugal y Holanda, que usaron para lo mismo Latinoamérica y otras partes del mundo) te lo pasas completamente por el forro. Eso por no entrar a analizar cómo y hasta dónde influyeron las justificaciones ideológicas para dichas colonización y destrucción: el “Destino Manifiesto” y la idea propia de los puritanos protestantes (procedente de la tradición bíblica) de que la Naturaleza salvaje era el mal y la civilización cristiana y el trabajo humano para someter a la Naturaleza eran el bien. Para qué vamos a complicarnos teniendo en cuenta y analizando factores económicos, demográficos, sociales, etc. complejos e interconectados, si podemos explicarlo todo con la mera demanda de sombreros, ¿verdad? ¡Manda cojones!
E incurres en un error parecido (sobresimplificación de la realidad) cuando en la página 512 pareces reducir las amenazas actuales a la fauna salvaje africana principal o exclusivamente a la obtención y el comercio furtivos del marfil de colmillos de elefante por parte de los petroleros chinos. La destrucción de hábitats, el furtivismo para obtener y vender carne, pieles y otras partes de animales (que no son sólo los elefantes, precisamente) o para comerciar con ellos vivos, la presión demográfica que expande el poblamiento y las tierras de cultivo y de pastos a costa de la esquilmación de las tierras salvajes (a veces incluso teóricamente protegidas), las talas, la minería, la industria y el desarrollo social y tecnológico en general (por ejemplo: la construcción de grandes infraestructuras. ¿Qué crees que hacen las empresas chinas, y de otros países, en África? ¿Sólo sacar petróleo y comprar marfil?[255]), con el consiguiente el aumento del consumo y de los residuos a medida que aumenta el nivel de vida en los países africanos, son en realidad las amenazas que se ciernen sobre la fauna y los ecosistemas salvajes de África.[256] Y tú ni los mencionas.
Y, en la página 340, afirmas que antes de 1965 los conceptos de conservación y de respeto a los animales eran desconocidos en el mundo entero. Bueno, dejando a un lado que la conservación de la Naturaleza y el respeto a los animales no son para nada lo mismo ni guardan normalmente ninguna relación[257], esa afirmación es simplemente falsa. Tanto el movimiento conservacionista como el movimiento animalista llevaban ya muchos años existiendo en distintos países. Como movimientos, ambos se remontan al menos al siglo XIX y, como nociones teóricas y morales, en cierto modo ambas tienen unos orígenes mucho más antiguos.[258]
Del mismo modo, aunque en otro orden de cosas (historia de la teoría de la evolución), aprovecho para señalar que también, por ejemplo, en las páginas 20 y 26 del libro afirmas que antes de Darwin nadie creía que la Tierra tuviese más de unos pocos miles de años y que todo el mundo era creacionista. Bueno, pues esto tampoco es cierto.
Para empezar, James Hutton, un escocés del siglo XVIII, fundador de la geología moderna, ya dijo que la tierra tenía que ser mucho más antigua e, incluso, planteó cierta noción de la evolución por selección natural.[259] Y Charles Lyell, geólogo seguidor de las teorías de Hutton y, junto con éste, uno de los principales referentes intelectuales de Darwin, tampoco creía que la Tierra fuese tan joven como afirmaban, basándose en la Biblia, la mayoría de los estudiosos y científicos de la época.[260]
Pero es que también el propio Isaac Newton, que a su vez influiría posteriormente en Lyell, “basando sus cálculos en la velocidad a la que una masa de hierro se enfría, ya había sospechado que la tierra tenía al menos 50.000 años, y los pensadores franceses de los siglos XVII y XVIII Benoit de Maillet y George-Louis Leclerc, Conde de Buffon, optaron por estimaciones mucho mayores, aunque sus cálculos tuvieron poca aceptación”.[261]
Parece ser que Hutton, Lyell, Maillet, Buffon y Newton no eran nadie para ti.
Todo esto sin tener en cuenta el hecho de que, muy a menudo, diferentes personas, en diferentes lugares y épocas han llegado de forma independiente a las mismas conclusiones en múltiples asuntos. Ya sólo este fenómeno de convergencia o analogía en el desarrollo de los pensamientos hace que afirmar categóricamente que nadie pensaba algo antes de tal o cual fecha sea con frecuencia una ligereza.
Y te aseguro que todo esto es sólo una pequeña muestra del poco rigor intelectual que has demostrado a la hora de presentar datos y temas en tu libro.

5. Concepto finalista y progresista de la evolución humana y del desarrollo social
Este punto se refiere en gran medida a la absurda noción de la “especie elegida”, de la cual te haces eco en tu libro[262]. Dicha idea sugiere que la especie humana es no sólo especial sino superior al resto de las especies y que está aquí por un motivo: básicamente para usar su mente con objeto de gobernar el mundo, ya que ha sido “elegida” por la evolución para jugar ese papel de “cerebro” regulador de la Tierra (o incluso de lo que hay más allá). Según esta idea, toda la evolución geológica y biológica (o incluso cósmica) se habría producido para dar lugar al ser humano y el desarrollo evolutivo de nuestra aparentemente mayor capacidad intelectual y los “logros” culturales derivados de ella tendrían como fin ser aplicados a la custodia benevolente, o incluso a la “mejora”, del mundo natural que nos rodea.
Pues bien, por mucho que esta idea sea muy popular e incluso sea asumida y defendida por algunas de las presuntas lumbreras de la ciencia, no deja de ser un desatino completamente ajeno a la verdadera ciencia.
Primero, porque la evolución es un proceso “ciego”, sin un fin o propósito preestablecido, sin una consciencia o voluntad que lo dirija, ni antes de aparecer nuestra especie, ni tampoco después, por mucho que algunos quieran creerlo. O dicho de otro modo, ¿“elegida” por quién o por qué? La Naturaleza no es un ser con consciencia y voluntad que “elija” nada, sino un sistema dinámico que funciona mecánica y automáticamente en base a unas leyes físicas.
En la Naturaleza, la evolución por selección natural, o por cualquiera de los otros mecanismos que actúan en ella, simplemente se produce, no sigue ningún plan o diseño previo ni existe ningún control consciente de la misma. Hablar de fines o propósitos en la evolución es poner patas arriba el verdadero proceso evolutivo, confundiendo los efectos con sus causas. Los resultados de la evolución son sólo eso, efectos, no causas del proceso evolutivo. No son fines o propósitos buscados de antemano. La evolución de las especies no es un proceso finalista o teleológico (orientado a conseguir unos fines preestablecidos). En la Naturaleza (y en su evolución) no existe un plan o programa encaminado a lograr un fin general que deba ser desarrollado. Sólo hay unas leyes que determinan lo que puede ser y lo que no, y esto es lo que hace que se produzcan no sólo los procesos naturales, sino también una selección de los efectos de dichos procesos. Todo ello se produce desde hace miles de millones de años de forma automática, mecánica, sin una mente, voluntad, intención o propósito detrás de ello.
Y el que crea lo contrario lo primero que debería hacer es demostrarlo, es decir, no sólo señalar cuál es dicha intención, sino mostrar dónde está el ente que la posee. Porque la intención siempre debe surgir de una mente y los seres con mente (y por tanto con consciencia y voluntad), es decir, la mayoría de los animales (no sólo los seres humanos), somos unos relativamente recién llegados al teatro de la evolución del mundo. Antes de la llegada de los seres humanos, ¿quién dirigía la evolución y los procesos de la Tierra? Y, es más, ¿quién “decidió y programó” la llegada del ser humano y su supuesto papel como “cerebro” administrador del mundo?
Ciertamente, hay mucha gente (incluidos, curiosamente, muchos científicos) que cree que la respuesta a dichas preguntas es “Dios” o algo así (un ente supremo con mente que creó y dirige el universo; o el propio universo que de algún modo posee una mente y se autodirige consciente y voluntariamente), pero dicha respuesta no tiene nada que ver con la razón, con los hechos empíricos o con la ciencia, sino con la fe y las emociones no racionales, y no se puede pretender que sea tomada como un hecho dado en que basar teorías presuntamente científicas.
Segundo, la idea de la especie “elegida” no es más que un ejemplo de proyección de rasgos humanos sobre la realidad o la Naturaleza. La idea convencional acerca de las actividades humanas es que son intencionadas, el producto de una voluntad consciente que pretende conseguir un propósito realizándolas. Ya he señalado más arriba que la idea de que siempre o normalmente somos racionales y actuamos de forma completamente reflexiva, consciente y voluntaria, no es verdad en lo que atañe a la inmensa mayoría de las acciones que realizamos, tanto individuales como colectivas, pero aun así, la mayoría de las personas, incluidos muchos científicos, en principio, creen que lo es. Y para esa mayoría, ése es el modelo a la hora de explicar cualquier acto o proceso. Incluso aquellos que se producen con total independencia de los seres humanos. Si algo pasa, ha de ser debido a una voluntad, según ellos. De ahí que muchos crean que el mundo ha de haber sido planeado, creado y dirigido por una mente (Dios o lo que sea) para lograr un propósito, a imagen y semejanza de cómo ellos mismos (creen que) actúan. No les entra en la cabeza que muchas cosas pueden suceder de forma totalmente ajena a toda consciencia y voluntad, sin una intención ni un propósito, sin que nadie las planifique, las realice y las dirija y sin que nadie determine unos objetivos previos para las mismas. Algunos, como por ejemplo, ciertos científicos, a veces logran superar esa tendencia psicológica –probablemente natural-, pero necesitan esforzarse mucho para no proyectar su propia sombra antropomórfica sobre la realidad y, en cuanto se despistan y bajan la guardia, se les olvida y tienden a volver a caer en la proyección finalista.
Y por si ya su finalismo no era lo suficientemente irracional y egocéntrico, en la noción de la “especie elegida” no sólo se considera de forma acientífica que la evolución del mundo tiene un propósito, sino que se considera que dicho propósito es, ¡cómo no!, el propio ser humano. Según los “elegidos”, los seres humanos somos el culmen y el sentido de la evolución. Según esta creencia ampliamente extendida entre la población humana actual, el propósito de tantos miles de millones de años de cambio evolutivo era la aparición del ser humano moderno (más bien, como veremos más adelante, del ser humano miembro de la sociedad tecnoindustrial avanzada; o dicho de otro modo, de ellos mismos).
El que no vea el ombliguismo narcisista que implica esta forma de “pensar” (por llamarla de algún modo), es que es idiota. Si alguien dice a otro, “yo soy el ‘elegido’, soy el propósito de todo lo demás y mi destino es dominar y dirigir el mundo, lo normal (aunque no siempre, por desgracia) es que el otro lo tome por loco y, como mínimo, no le haga ni puñetero caso. Y con razón. Sin embargo, si el presunto “elegido” incluye a los demás de su grupo social o racial en esa elite supuestamente destinada a someter el mundo, la reacción de éstos puede y suele ser darle la razón, ya que, en lugar de ofenderles y subestimarles, les está dando coba. Los seres humanos solemos ser así de simples y bobos. Y esto es precisamente, lo que suele suceder con las ideas antropocéntricas, como la de la “especie elegida”. Como todos los humanos somos incluidos en el grupo presuntamente superior y dominador, en lugar de entre los inferiores y dominados, nuestro ego no se ve disminuido y ofendido, sino al contrario, es hinchado autocomplacientemente. Sin embargo, la sandez que conllevan las ideas de este tipo (antropocentrismo) es igual o incluso más gorda que la de las demás ideas acerca de grupos o individuos “elegidos”, sólo que en este caso el resto de seres “no elegidos”, los presuntos inferiores y subordinados, no pueden siquiera refutarla.
Y pintar la locura egocéntrica, de la “especie elegida” con un tinte “verde” y “paleoprogre”, diciendo que hemos sido elegidos por la propia Naturaleza para gestionarla benevolentemente e incluso mejorarla, lo único que hace es empeorar aún más el disparate.
Por cierto, a pocas luces y cultura que se tengan, es imposible no detectar en lo de la “especie elegida” un tufillo bíblico que da para atrás (si alguien hizo un uso descarado de la idea de los “elegidos” para justificar autocomplacientemente su engreimiento fueron los autores de la Biblia, los pastores judíos, que se consideraban -y cuyos descendientes ideológicos siguen considerándose- el ombligo del mundo: el pueblo elegido por Dios para dominar la Creación). De nuevo, al igual que con lo de las “alianzas” o “pactos” ya mencionado, en realidad en tu libro te apoyas a la hora de tratar de defender tus posturas en conceptos que irónicamente son paradigmáticos de eso que tú llamarías “mentalidad neolítica”.
Pero es que hay más. La idea de la “especie elegida” tal y como es presentada por algunos (tú incluido) no sólo se basa en una noción teleológica y antropocéntrica de la evolución física y biológica, sino que además implica la falaz noción de progreso.
El progreso es la idea de que los procesos de desarrollo en las sociedades humanas (o incluso más allá de ellas) han constituido y constituyen una mejora en general. La noción de progreso interpreta la historia, el desarrollo social y tecnológico o incluso la evolución biológica, geológica o cósmica como un ascenso a través sucesivos niveles de cada vez mayor valor y calidad.
Pero, por muy popular que sea toda esta noción progresista e idealista de la evolución y del desarrollo social, es simplemente falsa, carece de base empírica y se basa meramente en juicios de valor que, si no se comparte la premisa de la idea de progreso, no hay porqué asumir como correctos. De hecho, hay incluso muchas evidencias que más bien ponen en cuestión o incluso refutan la ideología progresista. Si nos fijamos en muchas de las supuestas mejoras obtenidas, según los progresistas, gracias al desarrollo sociocultural y tecnológico dejan de parecerlo si se observan con detenimiento, en detalle, a largo plazo y a gran escala, teniendo en cuenta todos sus efectos e implicaciones más allá de lo inmediato, personal, social o humano. Cuando todas estas facetas son tenidas en cuenta (cosa que los progresistas no soléis querer hacer), las supuestas mejoras obtenidas gracias al desarrollo pasan a ser claros empeoramientos prácticamente en todos los casos.
La idea de la “especie elegida” es una versión extendida de la idea de progreso: la evolución biológica es un proceso teleológico y de mejora que culmina en el nivel más alto, el producto supremo: el ser humano y su cultura. O en realidad más bien en la “sociedad de la información”, ya que las sociedades humanas, a su vez, según la mayoría de los creyentes en el progreso (los progresistas[263]), son mejores o superiores cuanto más desarrolladas sean.
Es más, para algunos “elegidos” especialmente idealistas (en el siguiente punto explico a qué me refiero con lo de “idealista”) en realidad el propósito de la evolución del mundo no es meramente la aparición del ser humano. Según ellos (¿o debería decir “vosotros”?), todo el universo ha evolucionado con el único fin de que los seres humanos desarrollen “el pensamiento simbólico”, la consciencia, el espíritu, la mente. Y esto es lo único que importa. El universo ha creado al ser humano para poder ser “autoconsciente”. ¿Cómo podía haber tenido el universo dicho propósito o voluntad antes de aparecer el ser humano y con él la supuesta “autoconsciencia” del universo? Este es un “pequeño” detalle que los “elegidos” no suelen preocuparse de tener en cuenta y menos aún de explicar.
De hecho, en realidad y a pesar de lo que digan, para estas lumbreras, los seres humanos paleolíticos o cazadores-recolectores no son los “elegidos” de la evolución. A pesar de tener ya una mente muy desarrollada, eran demasiado poco desarrollados social y tecnológicamente, lo cual les hacía excesivamente “simples”, individualistas, mundanos y apegados al sucio y desagradable mundo real y físico. Los “elegidos” son los seres humanos habitantes de la sociedad moderna, completamente dependientes de un entramado social y de una tecnología tan complejos que ni siquiera son capaces de controlarlos en realidad, enajenados de la Naturaleza de la que surgieron y totalmente obnubilados y alucinados por un mundo virtual y simbólico de información, ideas y creencias sustitutivo en gran medida del mundo real y físico. Cuanto más sociales, idealistas, abstraídos, y “espirituales” sean los seres humanos, más “evolucionados” (léase superiores) son considerados por estos “elegidos”. Y mejor aún si acaban diluyéndose completamente en la realidad virtual del ciberespacio. Es decir, para ellos (vosotros) el culmen de dicha evolución es la “sociedad de la información”, no el ser humano. El fin de la evolución es que la “sociedad de la información”, o sea Internet, se transforme en el “cerebro” del planeta y administre el mundo, lo de menos es si los seres humanos estarán al mando de ella o no. O si para entonces siquiera existirán como tales. (Véase el punto 6, sección iii).
A la mayor parte de los progresistas, no suele bastaros con interpretar erróneamente la evolución biológica y el desarrollo social habidos hasta la fecha. Necesitáis además proyectar hacia el futuro vuestra noción progresista, en forma de un tecnooptimismo utópico no ya igualmente irracional e injustificado, sino incluso imprudente y peligroso.

6. Concepción idealizada y sesgada de la informatización social y del futuro desarrollo tecnológico y social
Lo peor de tu libro es sin duda la apología confiada y despreocupada que haces en él de la “sociedad de la información” y de su desarrollo futuro, presentándolos como la solución a la destrucción y sometimiento de lo salvaje y como el medio definitivo para recuperar la libertad. Porque, de nuevo, te confundes de cabo a rabo y propones como solución lo que en realidad agravará el problema. Nos estás invitando alegre e insensatamente a correr en la dirección opuesta a la que deberíamos seguir. A dirigirnos confiada e irreflexivamente hacia el abismo.
Vayamos por partes. Tu tecnooptimismo se asienta en los siguientes defectos de base:
i.  Discurso tecnobuenista trasnochado y sin base histórica real:
Para empezar, todo ese discurso tuyo acerca de lo liberadora y ecológica que es y será la “sociedad de la información” está ya más que caduco. Ya casi no lo pregonan ni las empresas informáticas y de telecomunicaciones que a mediados de los años 90 del siglo XX lo promovieron y pusieron de moda de forma extremadamente virulenta con objeto de imponer a toda costa y de forma apresurada Internet y la telefonía móvil, y así generalizar a nivel global el uso y consumo de ordenadores, de teléfonos móviles y del resto de sus productos y servicios. Lo que en el fondo eran poco más que eslóganes publicitarios fueron ingenuamente tomados, repetidos y defendidos por muchos incautos (para mayor regocijo de los promotores de la campaña) como la panacea liberadora que traería la democracia real a la sociedad, arreglaría todos los problemas y nos volvería a todos milagrosamente más libres, más cultos y casi hasta más inteligentes y guapos, a juzgar por la propaganda proinformatización del momento. Y, según parece, tú no sólo fuiste otro pardillo más de los que se tragaron este anzuelo y se hicieron eco de él promoviendo en su día activamente la informatización social, sino que, dos décadas después, sigues creyendo y defendiendo como innovadoras todas esas sobadas paparruchas acerca del presunto carácter liberador y estupendo de la “sociedad de la información”.
Después de unos veinte años de creciente dependencia acrítica[264] de los dispositivos digitales[265] y del uso generalizado de Internet a nivel privado por parte de la población, principalmente como vía de escape y forma de entretenimiento, es decir, para satisfacer de forma artificial ciertas necesidades psicológicas humanas y servir así para mantener a la gente contenta, calmada y funcional en unas condiciones antinaturales (contrarias a la naturaleza humana), aparte de cumplir otras obvias e importantísimas funciones para el mantenimiento y desarrollo de la sociedad tecnoindustrial avanzada (comercio, control social, adoctrinamiento, etc.), resulta obvio que el resultado real de la promesa informática, como el de cualquier otra promesa utópica, ha sido en realidad muy diferente de lo que se aseguraba al principio y está lleno de aspectos negativos que la mayoría de sus artífices y defensores ni siquiera fueron capaces de prever, si es que siquiera lo intentaron. Y que algunos parece que seguís sin (querer) ver.[266] 
Visto lo visto, ¿por qué y cómo el futuro de la “sociedad de la información” habría de ser cualitativamente distinto a como ha resultado ser en estas dos últimas décadas?
Es más, el cuento chino de la liberación a través de la informatización social no fue siquiera nada nuevo, sólo una versión actualizada de un fenómeno que se repite regularmente al menos a lo largo de la historia más moderna (siglos XIX, XX y XXI, como mínimo): la idealización a priori de las innovaciones tecnológicas. Así, por ejemplo, cuando se implantó el uso generalizado del automóvil o de la televisión, o se comenzó a usar la energía nuclear para producir electricidad, también hubo “tecnoilusos” que, como has hecho y sigues haciendo tú con la informatización social, creyeron o/y prometieron que esos inventos traerían a la sociedad el oro y el moro, en forma de “libertad”, “paz”, “conocimiento”, “abundancia”, etc. Y ya vemos cuál fue el resultado real.
Pero es que, hay más. Si algo nos muestra la historia es que los seres humanos llevan muchos miles de años (probablemente, a juzgar por los datos dados en el punto 2 de esta crítica, desde mucho antes del Neolítico) desvistiendo unos santos para vestir otros, comprando collares que acaban saliendo más caros que el galgo, comiéndose hoy el pan de mañana, aplicando remedios que acaban siendo peores que las enfermedades que pretendían tratar y tratando de liberarse de límites y restricciones naturales mediante la creación de cada vez más pesadas cadenas artificiales. Así, en cuanto pudimos nos sedentarizamos porque nos resultaba más cómodo, pero de ese modo nuestra población creció más rápido y demasiado. Inventamos la agricultura y la ganadería para alimentar a esa población que no fuimos capaces de mantener estable, y así sólo conseguimos que ésta creciese aún más. De modo que tuvimos que desarrollar formas de organizar, controlar y someter a esa población para que pudiese vivir y funcionar en sociedades y aglomeraciones cada vez más grandes y así perdimos paulatinamente nuestra libertad e independencia como individuos y pequeños grupos. Tuvimos que destruir o someter cada vez más ecosistemas salvajes para mantener no sólo a la población en aumento, sino a las estructuras físicas, administrativas y tecnológicas crecientes necesarias para mantener esas sociedades cada vez mayores y más complejas. Y cuanto más nos esforzábamos en mantenerlas e ir superando los problemas que su propio mantenimiento generaba, más crecían y más problemas daban. Acabamos atrapados en la trampa de un desarrollo social y tecnológico autónomo, un círculo vicioso que no sólo estaba ya fuera de nuestro control sino que nos sometía y esclavizaba cada vez más, por no hablar de cómo engullía progresivamente al resto del mundo: la Naturaleza salvaje. Y así seguimos hasta hoy.
Y tú, contra toda evidencia, pretendes hacernos creer que si continuamos precisamente por ese mismo camino, haciendo básicamente lo mismo: crecer, desarrollar aún más la tecnología, las infraestructuras, las ciudades, etc. y nuestra dependencia de ellas, eso sí con una mentalidad progre, “verde” y “ciberchachipiruli”, todo se arreglará. Visto el registro prehistórico e histórico de nuestra especie, ¿por qué habríamos de creerte? Nos pides dar un salto de fe y mostrar una esperanza en el desarrollo tecnológico futuro que la experiencia del pasado no sólo no apoya, sino contradice. ¿Y qué pasará si esa esperanza no se cumple y acabamos aún peor, como ha solido suceder en el pasado? Cuanto más nos sumerjamos en ese futuro desarrollo social y tecnológico más difícil nos será salir del atolladero y remediar los problemas causados por él. Tu tecnooptimismo alocado, irresponsable e imprudente se niega a tener en cuenta esta posibilidad muy probable (a saber: que las cosas empeoren en general con el desarrollo tecnológico y social) y se aferra sólo a posibilidades muy improbables o más bien imposibles, como iremos viendo (a saber: que las cosas mejoren realmente, de forma absoluta y en general, gracias al desarrollo tecnológico y social).
ii.  Idealismo:
Gran parte de tu estúpido y peligroso tecnooptimismo tiene mucho que ver con tu actitud idealista desaforada. Ésta se manifiesta básicamente de dos maneras:
a) Exagerar la importancia del “espíritu”, la información, el “conocimiento”, la cultura no material, la ética, las ideas, voluntades y valores a la hora de determinar el carácter de la sociedad, el rumbo de su desarrollo y sus efectos físicos:
El idealismo, en este caso, sería la creencia y actitud que se basa en dar preeminencia a los aspectos no materiales de las culturas y sociedades humanas, considerándolos las causas independientes, principales, últimas o incluso únicas de los fenómenos y dinámicas de dichas sociedades. Para los idealistas la dirección del desarrollo de los sistemas sociales la determinan principal o únicamente las ideas, las intenciones, las voluntades, las creencias, los valores, la subjetividad, la mente, la consciencia, el espíritu, etc. de ciertos individuos o grupos. Los factores objetivos y materiales (es decir, los factores ajenos a la voluntad y la consciencia; a las ideas, los deseos y los valores), para los idealistas, no ejercen una influencia tan importante en los procesos sociales y no los suelen tener suficientemente en cuenta. De hecho, muy a menudo, no los tienen en cuenta en absoluto. En las sociedades, según los idealistas, las cosas pasan principal o únicamente porque alguien las piensa, las desea y las planifica. Y lo importante, por tanto, es lo que se piensa, cree y desea, no las circunstancias, límites e imperativos materiales. Así que, los idealistas creéis que si se hace que la gente en general o, al menos, los dirigentes en particular, piensen “bien” y deseen “lo bueno”[267], ya sólo con eso, todo se arreglará.
Sin embargo, en realidad, dado que vivimos en un mundo físico, somos seres físicos y estamos irremediablemente sujetos a unas leyes físicas, las sociedades y sus dinámicas están fuertemente condicionadas por factores físicos ajenos a las ideas y voluntades. Toda sociedad necesita materia y energía y espacio para existir. Y es la obtención de esa materia, esa energía y ese espacio lo que determina la existencia y carácter de esa sociedad, marcándole unos límites, ofreciéndole ciertas posibilidades e impidiéndole otras, es decir, obligándola a actuar de algunas formas, permitiéndola actuar de otras, e incluso imposibilitándola totalmente hacer ciertas otras cosas. Según pueda acceder a más o menos materia, energía y espacio con mayor o menor facilidad (lo cual depende a su vez de su tecnología), así será la sociedad.
Y lo mismo pasa con los límites y condiciones impuestos por la biología (que también son en el fondo factores materiales) a los miembros humanos de toda sociedad. Es decir, la naturaleza humana (las necesidades, capacidades y tendencias determinadas por la genética de nuestra especie) hace que haya cosas que una sociedad no pueda hacer y que haya otras cosas que deba hacer, independientemente de cuál sea su cultura no material (ideología, valores, creencias, etc. generales).
De modo que las ideas, valores, creencias y voluntades no son lo principal a la hora de determinar el comportamiento, la estructura y las dinámicas de un sistema social. Aunque un grupo pudiese en teoría tener las ideas que quisiese[268], en realidad sólo podría poner en práctica las ideas que las condiciones físicas de su entorno, su tecnología y los límites biológicos de sus miembros le permitiesen y hasta donde se lo permitiesen.
Y, por tanto, las ideas y valores no son principal o únicamente lo que habría que cambiar para cambiar los comportamientos, dinámicas y efectos de los sistemas sociales.
Una sociedad tecnoindustrial en la que sus miembros adoptasen todos ellos la actitud “ciberlítica” que tú pregonas[269], seguiría siendo un desastre para la Naturaleza salvaje, precisamente porque seguiría estando sometida a unas restricciones, necesidades y condiciones físicas básicas dependientes de su tamaño, de su tecnología, de la naturaleza humana y de la capacidad de su entorno natural para mantenerla e independientes de los valores e ideas de sus miembros. A la hora de la verdad, si sus miembros siguen siendo humanos, necesitando, manteniendo y usando tecnología moderna, viviendo en ciudades (o dependiendo de ellas), siendo miles de millones, disfrutando de servicios y comodidades modernos, etc. van a tener que obtener la energía, la materia y el espacio necesarios para ello y deshacerse de los residuos que ello conlleva (que siempre los va a haber). Y eso supone inevitablemente destruir o someter la Naturaleza, aunque lo hagan convencidos de ser unos “neocromañones ciberlibres tecnonómadas y superverdes” que van a salvar el mundo navegando todos juntos de la mano (o del cerebro) por el ciberespacio.
b) Pasar por alto o subestimar enormemente los factores materiales que determinan en realidad el carácter de la sociedad, el rumbo de su desarrollo y sus efectos:
El hecho de que los factores materiales sean preeminentes a la hora de determinar la dirección del desarrollo de una sociedad y su carácter se debe en el fondo a una serie de leyes físicas o naturales básicas que rigen la realidad. Algunas de ellas son tan básicas que en principio han sido intuitivamente conocidas (aunque no tanto tenidas en cuenta) por la mayoría de los seres humanos con al menos dos dedos de frente en cualquier época, sin necesidad de ser licenciados en física. Por ejemplo:
·   De la nada no sale nada y nada desaparece en la nada.
·  Toda causa ha de tener un efecto o efectos y, viceversa, todo efecto ha de tener su causa o causas.
·   Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio a la vez.
·   Todo tiene un precio (es decir, implica un gasto, pérdida o esfuerzo) y si uno no lo paga otro lo pagará por él.
·   “Quita y no pon, se acaba el montón”.
·   De donde no hay no se puede sacar.
Etcétera.
Existen también algunas formulaciones más modernas y científicas de, en el fondo, estos mismos principios. A saber:
·   La ley de conservación de la energía o Primera Ley de la Termodinámica, dice que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y la Ley de Lomonosov-Lavoisier dice que lo mismo pasa con la materia. Y aunque, a veces (reacciones nucleares), la materia y la energía se transforman la una en la otra, siguen conservándose tomadas en conjunto (Ecuación de Einstein: E = m.c2).
· La segunda Ley de la Termodinámica o Ley de la Entropía, dice que la energía tiende a degradarse tomando finalmente la forma de calor y disipándose irreversiblemente en el universo. Todo sistema[270] físico tiende, en principio, a perder la energía acumulada en su interior, simplificándose con ello su estructura u orden interno.[271] Un sistema sólo puede frenar o incluso revertir, temporalmente, este proceso de desintegración, o sea, mantenerse o crecer en complejidad y tamaño, robándole la energía y la materia a otros sistemas de su entorno. Es decir, reduciéndolos, absorbiéndolos, simplificándolos, degradándolos, haciéndolos trabajar para él (parasitándolos, controlándolos, sometiéndolos) o incluso destruyéndolos. Dado que obtener energía y materia a partir de su entorno es imprescindible para que un sistema pueda existir y mantenerse en funcionamiento en este universo, los sistemas tienden a hacerlo, y por tanto, tienden a crecer (se hacen más complejos y grandes) a no ser que choquen con algún tipo de barrera o límite impuesto por dicho entorno (o sea, por el desarrollo de otros sistemas –competencia- o por la disponibilidad de energía, materia o espacio) o por su propia estructura interna y las leyes físicas.
·  A su vez, la segunda Ley de la Termodinámica hace que ningún proceso de transformación de energía o materia sea eficaz al 100%. Normalmente el rendimiento real ni se aproxima de lejos a dicho porcentaje. Siempre, en todo proceso físico, hay residuos y pérdidas de energía (calor). Con lo que siempre hace falta extraer bastante más materia y energía del entorno que la que realmente se aprovecha para meramente mantener la estructura y funcionamiento del sistema o su crecimiento.
Y estos principios son inviolables. Todos los elementos que constituyen la realidad física han de cumplirlos para poder existir.
Pues bien, hoy en día todos los que creen que se puede lograr un equilibrio entre el desarrollo de la sociedad moderna y la conservación o incluso la recuperación de la Naturaleza salvaje están pasando escandalosamente por alto los principios físicos básicos arriba señalados. Lo sorprendente es que muchos de ellos son incluso científicos que deberían, en principio, conocer y tener en cuenta dichas leyes.
En concreto, toda sociedad humana necesita extraer energía y materia de los ecosistemas no artificiales y ocupar parte del espacio que éstos ocupaban originalmente. Es decir, toda sociedad genera un impacto ecológico. En los casos de sociedades humanas de pequeño tamaño y poco desarrolladas, dicho impacto puede ser relativamente pequeño, aunque nunca inexistente. Y dicho impacto inevitable es aún más obvio cuando se refiere a sociedades tecnoindustriales. La fabricación y utilización de tecnologías modernas como la electricidad, los transportes motorizados, las telecomunicaciones, la informática, la agricultura industrial, los productos sintéticos, la medicina y farmacia modernas, etc. precisan de un sistema tecnológico y social de gran escala para poder ser llevadas a cabo. Y todo eso no surge de la nada, ni actúa en el vacío, ni se disipa en la nada. La cantidad de energía, materia y espacio necesarios para que exista y funcione un sistema tecnoindustrial es enorme. Y eso tiene que salir de algún sitio; y, en el caso de los residuos y pérdidas, acabar en algún sitio. Y ese sitio, de un modo u otro, es siempre la Naturaleza. No hay más.
Pero quizá todo esto os suene muy teórico, general o abstracto a algunos, así que vamos a verlo aplicado a un ejemplo más concreto: el uso de un ordenador conectado a Internet. Para fabricar dicho ordenador hace falta extraer minerales y petróleo de la tierra, transformarlos en metales, plásticos y el resto de sustancias sintéticas que forman parte de los componentes del aparato, fabricar dichos componentes con esos materiales y ensamblarlos, produciendo todo ello inevitablemente un impacto en la Naturaleza. Para que el ordenador funcione como una terminal de Internet, ha de estar conectado a dicha red, y para ello hacen falta a su vez no sólo cientos o miles de millones de otros ordenadores y dispositivos similares (tablets, teléfonos móviles, etc.) sino toda una infraestructura de cables o emisoras que transmitan los datos entre los dispositivos, servidores que los almacenen, etc. Que a su vez han de ser fabricados a partir de materias primas extraídas destruyendo inevitablemente la Naturaleza. Es más, para fabricar toda esa infraestructura de aparatos, cables, etc. necesaria para que exista y funcione Internet, hacen falta otras muchas máquinas e infraestructuras que permitan extraer los materiales de la Tierra, transportarlos, transformarlos, distribuir los productos y organizar dicha producción y distribución. Y todos ellos han de ser fabricados a su vez con materiales extraídos destruyendo inevitablemente la Naturaleza. Todo ello a su vez necesita hacerse consumiendo energía que ha de ser obtenida y distribuida con infraestructuras que han de ser producidas a partir de materiales extraídos causando inevitablemente una destrucción a los ecosistemas no artificiales. Y la propia implantación y funcionamiento de todas las infraestructuras mencionadas inevitablemente precisa de un espacio, genera unos residuos y provoca impactos en la Naturaleza. Y todo ello necesita, para funcionar de un número inmenso de seres humanos que usen, manejen, consuman, dirijan y produzcan todos esos aparatos e infraestructuras. Y todos esos seres humanos necesitan comer, asearse, cobijarse, vestirse, calentarse, entretenerse, interactuar mutuamente, ser atendidos médicamente, trasladarse, etc. Y todo ello a su vez, precisa normalmente de aún más productos, infraestructuras y aparatos que, en el fondo, han de ser producidos extrayendo materia y energía de los ecosistemas no artificiales, destruyéndolos o sometiéndolos inevitablemente en el proceso. Y, también, todo ello produce enormes cantidades de residuos que inevitablemente acaban en la Naturaleza. Algunos de estos residuos son sintéticos, es decir, imposibles de asimilar por los procesos biológicos y geológicos de los ecosistemas; algunos son incluso tóxicos o dañinos; y los demás son asimilables sólo en una cantidad limitada (normalmente mucho menor que la cantidad real producida) y nunca sin impacto en la estructura y dinámicas de los ecosistemas salvajes.
Tomemos cualquier otro aparato, producto o proceso industrial moderno y el resultado del análisis detallado y realista de su ciclo de vida completo será el mismo.
Por si todo esto fuese poco, las tecnologías tecnoindustriales, como un ordenador, no pueden ser fabricadas y usadas más que a gran escala por sistemas tecnológicos (sistemas de máquinas) y sociales de gran tamaño y complejidad. Fabricar un ordenador a mano, usando herramientas manuales hechas a su vez a mano, con herramientas hechas a mano a su vez (y así sucesivamente) por una o unas pocas personas y hacerlo funcionar del mismo modo artesanal: produciendo la electricidad manualmente y a pequeña escala con aparatos a su vez hechos del mismo modo a partir de materias primas extraídas de la Naturaleza del mismo modo, no es rentable energética ni económicamente. Es decir, es imposible en la práctica. Para que la tecnología moderna meramente exista, y no digamos ya para que funcione, normalmente hace falta producirla y alimentarla a gran escala en una sociedad tecnoindustrial que inevitablemente deberá tener un tamaño y una complejidad muy grandes. Y ya sólo ello inevitablemente conllevará un gran impacto ecológico.
Hoy en día se cuentan por millones los individuos que se han tragado y repiten alegre y fervorosamente la falaz propaganda “verde” sobre cómo el reciclaje, la mejora de eficiencia energética gracias a los avances tecnológicos, las energías y materias “renovables”, la “economía circular”, el “desarrollo sostenible” (o la “sostenibilidad” en general), el tratamiento de residuos, la agricultura “ecológica”, la “transición energética”, etc. van a salvar el mundo y a resolver los problemas ecológicos y ambientales. Pero la realidad es que ningún proceso tecnológico, por bien diseñado y ejecutado que esté, es nunca lo suficientemente eficiente como para evitar que gran parte de la energía se desaproveche en forma de calor difundido al entorno y que una parte importante de los residuos queden sin reciclar y acaben en el entorno, produciendo impactos en los ecosistemas. Eso por no hablar de que el propio reciclaje necesita consumir energía e incluso materia diferente de la de los materiales reciclados (las cuales ya hemos visto que no salen de la nada, sino directa o indirectamente de la destrucción de la Naturaleza). Y lo mismo pasa con la depuración y tratamiento de residuos. Y, en algunos casos, como sucede con buena parte de los residuos tóxicos y radiactivos, los residuos, incluso después de ser tratados, deben ser mantenidos en instalaciones especiales, aislados del entorno “para siempre” (algo que en realidad significa que antes o después, habrá fugas que causarán un impacto en los ecosistemas). Si tenemos en cuenta que estamos hablando de un sistema social y unos procesos tecnológicos de una escala enorme y si el rendimiento no es del 100% (y, como ya he dicho, nunca lo es y normalmente no se acerca al 100% ni de lejos), estamos hablando de cantidades ingentes de calor y residuos que acaban inevitablemente en la biosfera. En el fondo, lo mismo pasa también con cualquier proceso tecnológico aparentemente “sostenible” (agricultura “ecológica”, energías “renovables”, etc.). Todo proceso artificial por “sostenible” o “renovable” que pretenda parecer, precisa inevitablemente un espacio y unos aportes de energía y materia que en última instancia han tenido que ser obtenidos de la destrucción y sometimiento de parte de la Naturaleza.
También se habla cada vez más acerca de tecnologías industriales supuestamente limpias. El hecho de que algunos aparatos modernos, en especial los que funcionan con electricidad, no producen o, mejor dicho, parecen no producir residuos directamente porque no echan humo, no significa que no los produzcan indirectamente, en otros lugares lejos de nuestra vista. Así, por ejemplo, la estúpida y extendida idea de que usar archivos digitales y dispositivos electrónicos (ordenadores o lectores de libros electrónicos) para acceder a ellos es “ecológico”, porque, en principio, no precisa usar papel, pasa por alto todo lo dicho más arriba. ¿De dónde sale el ordenador y el resto de infraestructuras y aparatos necesarios para que dicho ordenador sea fabricado a partir de las materias primas? ¿Y la electricidad necesaria para que funcione? ¿De la nada? ¿No destruyen ecosistemas? ¿No contaminan? Y del mismo modo, la idea de que los automóviles eléctricos no contaminan pasa por alto que esa electricidad por fuerza ha de proceder de algún sitio y que nunca es totalmente “limpia”. En realidad los coches eléctricos, al igual que los ordenadores, funcionan con electricidad producida en centrales térmicas que queman combustibles fósiles, en centrales nucleares que producen residuos radiactivos, en centrales hidroeléctricas cuyas presas anegan ecosistemas enteros y alteran profundamente las dinámicas hidrológicas y ecológicas de los ecosistemas acuáticos o en parques eólicos y solares que contaminan, destruyen y fragmentan ecosistemas terrestres. Y, sea cual sea la fuente de energía, todo ello precisa de la existencia de un inmenso sistema industrial para producir transportar e instalar los generadores y construir las centrales de producción eléctrica, distribuir la energía producida, tratar o reciclar los residuos, etc.
Y lo mismo en el fondo se puede aplicar a cualquier otra de las nuevas tecnologías “limpias” (coches de hidrógeno, células de combustible, coches híbridos, energías “distribuidas”, etc.) que continuamente aparecen en los medios prometiendo en tono futurista solucionar milagrosamente los problemas de contaminación, consumo, etc. inherentes a las tecnologías previas a las que pretenden reemplazar.
Puede que en un futuro, mejore algo el rendimiento de algunas tecnologías y procesos industriales concretos por medio de nuevos diseños o de la utilización de nuevos materiales o fuentes de energía (que de todos modos no saldrán de la nada ni desaparecerán en ella, es decir, inevitablemente causarán impactos a su vez), pero por mucho que mejore nunca se podrá siquiera aproximar al 100% y, por tanto, nunca dejará de producir, directa o indirectamente, un impacto ecológico.
Llegados a este punto, hay que pararse a analizar las ideas de “sostenibilidad” y “renovabilidad”, que hoy en día son consideradas el ideal a alcanzar por parte de los medioambientalistas y progres. La sostenibilidad lo único que implica es que en una sociedad no se produce ni crecimiento ni decrecimiento a lo largo de un periodo dado. Dicha sociedad, a lo largo de dicho periodo, mantendría su población estable, no se expandiría físicamente y no ocuparía, destruiría o sometería más ecosistemas salvajes.
Ya sólo esto pone de manifiesto el carácter absurdo, paradójico e inverosímil de la manida expresión “desarrollo sostenible”, tan aceptada y usada como referencia y objetivo en las últimas décadas en la propaganda “verde” de la sociedad tecnoindustrial. Algo que se desarrolla (crece) no puede a la vez “sostenerse” (mantenerse estable, o sea, no crecer ni decrecer). Punto pelota.
En realidad, quienes hablan del “desarrollo sostenible” suelen referirse más bien a lograr un “desarrollo sostenido”, es decir, a tratar de mantener indefinidamente el desarrollo de la sociedad tecnoindustrial, a prolongar y asegurar su crecimiento futuro mediante el ahorro de materiales, el reciclaje y reutilización de los mismos, la mejora de la eficiencia de los aparatos y procesos industriales, la gestión de los “recursos naturales”, etc. en el presente. Sin embargo, esto, aunque pueda prolongar el desarrollo social y tecnológico y reducir en parte sus impactos (más bien distribuirlos en el tiempo y en el espacio de una forma menos concentrada), no podrá mantener indefinidamente dicho desarrollo ni impedir totalmente dichos impactos. No se puede crecer ilimitadamente en un planeta que es finito y conservarlo a la vez.
Una sociedad real y completamente sostenible o estable, debería utilizar sólo materiales y energías renovables, es decir, todos los recursos necesarios para mantenerse estable deberían ser obtenidos y usados a un ritmo igual o menor que el ritmo al cual la Naturaleza los produce y/o ser reutilizados y reciclados al 100%. En teoría, ello implicaría que dicha sociedad no necesitaría destruir aquellos ecosistemas de los cuales tendría que extraer los recursos si no fuese sostenible. E incluso, si su tamaño no fuese muy grande, en teoría, podría permitirse dejar intacta gran parte de la Naturaleza sobre la Tierra. En teoría
En la práctica, eso es imposible. Muchos de los materiales (como, por ejemplo, los minerales usados para fabricar metales y otros productos o el petróleo, que no sólo se usa como combustible, sino también como materia prima para producir plásticos y otras sustancias químicas) que necesitan ser usados en grandes cantidades por la sociedad tecnoindustrial, no son renovables. Y, repito, el aprovechamiento y reciclaje no son nunca 100% eficaces. Por tanto, aunque sólo sea para mantenerse (“sostenerse”), toda sociedad tecnoindustrial necesitará siempre reponer las pérdidas (residuos y desgaste) que inevitablemente se producirán, y para ello tendrá que seguir extrayendo buena parte de esos recursos no renovables a partir de la Naturaleza. O sea, necesitará seguir destruyéndola en cierta medida.
Pero, aun si dejásemos de lado el párrafo anterior y supusiésemos, para profundizar en la discusión, que pudiesen existir sociedades humanas tecnoindustriales que no usasen ningún tipo de recurso no renovable (o que aprovechasen y reciclasen el 100% de los recursos no renovables que usasen), las cuentas seguirían sin salir.
En teoría, dichas sociedades podrían ser sostenibles. En tales casos, en teoría, la forma de obtener sus recursos (en teoría todos ellos renovables) implicaría el uso de la agricultura y la ganadería o técnicas similares (silvicultura, acuicultura, etc.). Sin embargo, en la práctica, esas formas de obtener recursos renovables implican, como mínimo, el sometimiento y artificialización de ciertos ecosistemas, es decir, la eliminación en mayor o menor grado del carácter salvaje de los mismos, humanizándolos y controlándolos. Cuando no simplemente su degradación y destrucción.
Del mismo modo, en teoría, según algunos, dichas sociedades tecnoindustriales sostenibles podrían extraer ciertos recursos, como el pescado o la madera, directamente de los ecosistemas salvajes sin dañarlos simplemente calculando y respetando las tasas de crecimiento o renovación naturales de dichos recursos en esos ecosistemas (es decir, manteniendo la tasas de extracción por debajo de ellas). Sin embargo, en la práctica, esto no tiene en cuenta que los recursos extraídos cumplen una función en dicho ecosistema y que su extracción, aun si pudiese, en teoría, ser sostenida en el tiempo, provocaría siempre un impacto. Por ejemplo, el pescado que se deriva hacia el consumo humano en la sociedad tecnoindustrial es alimento que se roba a otras especies de depredadores y descomponedores de los ecosistemas marinos. Los millones de toneladas de peces que en la actualidad comen los seres humanos, son millones de toneladas peces menos disponibles para alimentar, por ejemplo, a otros peces más grandes o a las aves y mamíferos marinos. O dicho de otro modo, salvo raras excepciones[272], en los ecosistemas salvajes normalmente no sobra nada. No hay un excedente que podamos tomar en gran cantidad sin causar un daño significativo al ecosistema. Prácticamente toda la biomasa de un nivel es consumida por otros niveles de la cadena trófica. Si se extrae una parte sustancial de ella, los demás niveles se verán afectados siempre, sí o sí. Y aunque el resultado sea “sostenible” (es decir, aunque no se destruya completamente el ecosistema o ni siquiera se elimine completamente ninguna especie, sino que sólo se reduzcan sus efectivos), será un ecosistema degradado en mayor o menor medida.
Pero es que hay más, ya que, en la práctica, a menudo la extracción industrial de recursos supuestamente renovables no logra siquiera ser sostenible, por muchos estudios científicos que se hagan para tratar de determinar las tasas de renovación y los cupos de extracción. Los ecosistemas salvajes y sus entornos (el resto de la biosfera) son demasiado complejos para que muchas veces dichos estudios realmente capten y reflejen, y mucho menos predigan, sus tasas de desarrollo reales y los impactos totales de la extracción de recursos. Por ejemplo, los oceanógrafos llevan décadas tratando de establecer dichas tasas y cupos y, a pesar de todo, los caladeros siguen decayendo.[273]
Además, en la práctica, el uso de tecnología industrial permite extraer mayores cantidades de recursos en menos tiempo. Lo que esto suele provocar en general es que se extraigan más recursos en el mismo tiempo, no que se mantenga el cupo de extracción dedicando menos tiempo a ella. Y menos aún que dicho cupo se reduzca.
De hecho, las únicas sociedades no industriales y totalmente sostenibles que no implicarían necesariamente eliminar el carácter salvaje de los ecosistemas ni destruirlos podrían ser, en teoría, sociedades de tipo cazador-recolector con una población muy reducida y estable y una tecnología muy primitiva[274]. Dichas sociedades, en teoría, podrían aprovechar los recursos renovables sin dañar apenas ni la estructura, ni las dinámicas, ni el carácter salvaje de los ecosistemas.[275] Sin embargo, como ya hemos visto en el punto 2, en la práctica, dichas sociedades primitivas sostenibles o bien no parecen haber existido jamás, o bien, si alguna vez las hubo, no lograron mantener su sostenibilidad y tarde o temprano pasaron a expandirse.
De modo que las ensoñaciones acerca de alcanzar algún día sociedades tecnoindustriales sostenibles (sin crecimiento ni decrecimiento físico), en equilibrio con la Naturaleza salvaje, completamente aisladas de ella (sin más extracción de materiales y energía de los ecosistemas salvajes, sin más expulsión de residuos a dichos ecosistemas y sin más expansión a costa de ellos), no son más que eso, espejismos fruto de un idealismo desbocado que se niega a aceptar los límites e imperativos físicos marcados por la realidad. Recordemos que no existen sistemas totalmente cerrados y que los procesos nunca son ni serán totalmente eficientes, con lo que siempre habrá necesidad de extraer materiales y energía de la Naturaleza y siempre habrá desgastes, pérdidas, fugas y residuos que la afecten. Y en lo referente al espacio ocupado, tendrá que haber siempre cierta expansión, aunque sólo sea para seguir extrayendo los recursos no renovables que será necesario reponer, porque siempre se perderán debido a la ineficiencia intrínseca de los procesos físicos. Es decir, ninguna sociedad tecnoindustrial, puede ser totalmente sostenible o equilibrada (sin crecimiento ni decrecimiento).
Así que cosas como eso de dejar al menos la mitad de la Tierra (o más) a la Naturaleza salvaje y el resto a la sociedad tecnoindustrial no se las puede creer nadie que no sea un iluso ignorante o, lo que viene a ser parecido, un “sabio” tan centrado en su o sus especialidades académicas que en realidad no sabe ni entiende apenas nada acerca de nada más (como es el caso, por ejemplo, de Edward O. Wilson; páginas 531-532).
Eso sin contar con que, aun en el imposible caso de que la sociedad tecnoindustrial futura lograse mágicamente una sostenibilidad y una estabilidad absolutas y una total independencia energética y material respecto al resto del planeta, el espacio ocupado por la parte del mundo correspondiente a dicha sociedad tecnoindustrial así como la materia y la energía necesarias para alcanzar dicho nivel de desarrollo les habrían sido usurpados a los ecosistemas salvajes en su momento. Es decir, su sostenibilidad descansaría sobre una base previa de destrucción y sometimiento de los ecosistemas en el pasado. En un principio toda la Tierra era salvaje y cualquier otra situación ha supuesto, supone y supondrá en mayor o menor grado destrucción y sometimiento de al menos parte de lo salvaje.
En resumidas cuentas: lo que la tecnociencia del futuro podrá descubrir, inventar y desarrollar serán únicamente cosas que cumplan las leyes físicas. Porque son las únicas cosas que pueden existir. Nunca podrá saltarse dichas leyes; por ejemplo inventando y desarrollando máquinas, procesos y sistemas sociales que existan, funcionen, se mantengan e incluso crezcan sin consumir materia o energía (o aprovechando el 100% de la energía y la materia que consumen), sin producir residuos (o reciclando el 100% de los residuos que producen), sin generar impactos, sin ocupar el espacio que previamente ocupaban los ecosistemas salvajes, etc. Esto simplemente no puede ser. Y seguirá sin poder ser por siempre jamás. De modo que la mera existencia y el mero uso de tecnología avanzada implicarán inevitablemente (debido a las leyes físicas mencionadas) un inmenso impacto ecológico por sí mismos.
Por tanto, aferrarse a la esperanza de que la tecnología no cause, mantenga o agrave problemas ecológicos en el futuro, e incluso los resuelva todos, es completamente irrealista. Así que, cuando los idealistas tecnooptimistas como tú, nos prometéis ese futuro tecnoutópico, lo que estáis tratando de vendernos bajo un barniz presuntamente científico es en realidad humo, una idea pseudocientífica, sin base empírica y contraria a los principios básicos de la verdadera ciencia. Nos pedís que sustituyamos la ciencia real, los hechos y la razón por la mera fe irracional en la ciencia futura (más en concreto, en las aplicaciones tecnológicas futuras de la ciencia). Porque hablar de sociedades tecnoindustriales con impacto cero, que reciclan toda la materia, o incluso la energía, que necesitan sin necesidad de obtenerlas del entorno, sin generar ningún tipo de residuo y por tanto, sin afectar de ningún modo a los ecosistemas salvajes, es algo tan inverosímil, fraudulento y anticientífico como los dispositivos de “movimiento perpetuo” o la producción de “energía ‘libre y gratuita’”. Y tan supersticioso como creer en fantasmas (luego vuelvo con esto).
Además, como ya he señalado de refilón en varias ocasiones a lo largo del presente texto, aun si las tecnosoluciones que promueves en tu libro como remedio a todos los males actuales y pasados fuesen físicamente factibles y sostenibles y no implicasen una aún mayor destrucción de los ecosistemas salvajes, en realidad seguirían implicando inevitablemente una mayor dominación y sometimiento de los mismos. Lo que propones como solución (el “iberorregüaildin ciberlítico”) supondría en sí una intervención, una gestión y un control de la Naturaleza incluso mayores de los que ya se llevan a cabo (o se tratan de llevar a cabo, más bien) en la actualidad. O dicho de otro modo, implicaría que la manipulación y el control de los ecosistemas, de sus procesos y de los seres vivos que forman parte de ellos son incompatibles por definición con su carácter salvaje y libre. Tratar de gestionar, administrar, interferir o mantener activamente[276] los ecosistemas y procesos ecológicos implica siempre que éstos dejen de ser salvajes. Así que lo de por un lado tratar de restaurar el carácter salvaje de los ecosistemas (reasilvestrar) y por otro defender la gestión tecnocientífica del “territorio”, de los “recursos naturales”, de los “ungulados”, etc. es un oxímoron. Simplemente, lo salvaje lo es porque no es controlado por los seres humanos ni depende de ellos para existir y mantenerse, sino que sigue sus propias dinámicas y se autorregula, es autónomo e independiente. Y, por tanto, lo que es mantenido, interferido y controlado por los seres humanos, por su cultura, por su tecnología y por sus sociedades y es dependiente de ellos para existir y funcionar, no es salvaje.
En realidad y en la práctica quienes defendéis estas tecnosoluciones asociando los términos “salvaje” o “libre” a ellas, lo que estáis haciendo es manipular, deformar y pervertir el significado original de dichos términos, forzándolo, retorciéndolo y tergiversándolo de modo que al final o bien ya significan cualquier cosa, o bien ya no significan nada. Tal y como usas los términos “salvaje” y “libre” en el contexto de tu discurso “ciberlítico”, significan cosas muy distintas de lo que realmente son. Más bien, cosas incompatibles con ello. Los progres idealistas tenéis la manía de jugar con el lenguaje de este modo, para intentar adaptarlo a vuestra conveniencia y engañar a los demás y/o a vosotros mismos. Como ya he dicho, tendéis a llamar a las cosas de un modo distinto del convencional u original, por ejemplo usando eufemismos, para hacer ver que no son lo mismo que lo que en realidad siguen siendo; y, viceversa, también a veces, como en este caso, seguís llamando del mismo modo a cosas que en realidad son ya muy diferentes e incluso contrarias a lo que eran originalmente.
O visto desde otro ángulo: la autonomía de lo artificial es incompatible con la autonomía de lo no artificial. Como ya he señalado, en este universo los sistemas físicos en principio, si nada (otros sistemas, la disponibilidad de energía y materia, las leyes físicas o su propia estructura interna) se lo impide, tienden a tomar energía y materia de su entorno para mantenerse y, cuando nada se lo impide, tienden a crecer a aumentar su tamaño, a expandirse, a aumentar el número de los elementos que los constituyen y de las interacciones entre dichos elementos (complejidad) y, en algunos casos, a hacer “copias” de sí mismos (reproducirse). Estas tendencias de los sistemas implican unos procesos o dinámicas, es decir, un funcionamiento o comportamiento. Este funcionamiento propio, es decir, el hecho de que en los sistemas las dinámicas sigan unas pautas determinadas por la propia estructura de los mismos, es a lo que llamo “autonomía”.
Entre los sistemas que constituyen la realidad física o universo, los hay que son obra del ser humano y los hay que no. Los primeros son artificiales, los segundos no. La autonomía de los sistemas no artificiales es a lo que llamamos su carácter salvaje.
Como el resto de sistemas físicos, los sistemas artificiales (sistemas sociales y tecnológicos), a medida que crecen en complejidad, y si nada se lo impide, tienden a desarrollar cada vez más dinámicas de funcionamiento propias.
Por otro lado, como ya hemos visto, a medida que un sistema crece precisa obtener materia y energía de su entorno. Ello significa que para ello, directa o indirectamente, de un modo u otro, destruirá o absorberá e impondrá sus propias dinámicas a los sistemas de su entorno siempre que pueda (es decir siempre que le resulte rentable en términos de obtener materia y energía). Si el sistema en cuestión es artificial, esos otros sistemas de su entorno serán otros sistemas artificiales (sociales) y/o los ecosistemas no artificiales. Dichos otros sistemas, en caso de que no puedan hacerle frente y frenar su expansión, serán o bien totalmente destruidos o bien, como mínimo, verán reducida su autonomía.
Por tanto, podemos afirmar que la autonomía de lo artificial es incompatible con la autonomía de lo no artificial. Incluso contraria a ella. Cuando la una prospera, la otra disminuye. Si un sistema social o tecnológico desarrolla unas pautas de funcionamiento cada vez más complejas, ello implicará que la complejidad de la estructura y del funcionamiento de los ecosistemas que constituyen su entorno tenderá a ser cada vez menor, y con ellas su autonomía.
Los sistemas artificiales pueden ser, en un principio, relativamente pequeños y sencillos (por ejemplo, grupos sociales de pequeña escala y tecnología sencilla) con una estructura y dinámicas relativamente poco complejas, pero dado que, como cualquier otro sistema real, tienden a crecer en tamaño y complejidad si nada se lo impide, suelen acabar creciendo y desarrollando una estructura y un comportamiento muy complejos.
De todo esto se deduce que es imposible conseguir que los sistemas artificiales crezcan en tamaño y complejidad (y por tanto, en autonomía) y a la vez mantener la autonomía (carácter salvaje) de su entorno no artificial.
Así que ya sabes lo que le espera a los ecosistemas salvajes: un sometimiento cada vez mayor a las exigencias, condiciones y pautas de funcionamiento del sistema tecnoindustrial.
iii.  Ignorancia de los problemas que inevitablemente conllevará el desarrollo tecnológico y social para los seres humanos:
Los problemas ecológicos y la amenaza para el carácter salvaje de los ecosistemas son sólo parte de los problemas, debidos a las meras leyes físicas, que inevitablemente van asociados a cualquier tecnología moderna y al sistema industrial y social de enorme escala y complejidad que inevitablemente ha de ir unido a ella. El mantenimiento y el desarrollo de la sociedad tecnoindustrial no sólo generan inevitablemente un gran impacto en los ecosistemas salvajes y en su autonomía, sino que además causan de forma igualmente inevitable otros problemas “internos”, a nivel meramente humano y social. De entre todos ellos, los dos más destacables serían:
a)  Dependencia de los seres humanos respecto del sistema tecnoindustrial:
Cuanto mayor es la complejidad de la organización y el comportamiento de los sistemas sociales y tecnológicos, más autónomos son (más dinámicas propias tienden a desarrollar) y, por tanto, menos controlables son por parte de sus miembros humanos. De hecho, cuanto más complejo es un sistema social, más impone sus pautas de funcionamiento a sus miembros humanos y no al revés. Los seres humanos tendrán no ya cada vez menos capacidad para controlar e influir voluntaria y conscientemente en la dirección y forma que tome dicho funcionamiento[277], sino que simultáneamente se verán cada vez más obligados a seguir y acatar las pautas impuestas por éste. El sistema social tiende a funcionar y desarrollarse por sí mismo según sus propias dinámicas, y los seres humanos que forman parte de él deben seguirlas y obedecerlas.
O dicho de otro modo, lo no artificial autónomo o Naturaleza salvaje también incluye la naturaleza humana y, si como acabamos de ver (sección ii), la autonomía de lo artificial es contraria a la autonomía de lo no artificial, entonces la autonomía de lo artificial es incompatible con la autonomía en la expresión de la naturaleza humana, es decir, con nuestra verdadera libertad.
Una de las formas más graves en que la sociedad tecnoindustrial impide y reduce en extremo la verdadera libertad humana es la dependencia de los individuos respecto de la tecnología moderna. Toda “solución” tecnológica a un problema tiende a acabar generando una dependencia de sí misma, ya que produce unos efectos que cambian irreversiblemente las condiciones del entorno, tanto social como natural, de modo que a la población humana que la aplica le acaba resultando imposible vivir y funcionar sin ella. Cuando la tecnología de la que se depende es tan compleja que hace falta una sociedad enorme y muy compleja a su vez para crearla, usarla y mantenerla, como es el caso de la tecnología moderna o industrial, ello supone también depender de dicha forma de sociedad. Y dicha dependencia respecto de la tecnología moderna y del sistema social tecnoindustrial determinado por ella, supone por definición, una enorme pérdida de autonomía (libertad) para los individuos humanos.
Por otro lado, dado que las tecnosoluciones a menudo son bastante ineficaces más allá de lo más inmediato y del corto plazo y siempre generan efectos imprevistos y negativos a mayor escala y a largo plazo, se hace necesario desarrollar y aplicar nuevas tecnosoluciones a esos nuevos problemas (e incluso a los viejos cuando las viejas tecnosoluciones acaban demostrando su ineficacia), y así sucesivamente, con lo que la dependencia de la tecnología es cada vez mayor y, por tanto, la libertad verdadera, es cada vez menor.
Ciertamente, el desarrollo tecnológico ha ido ofreciendo a los seres humanos la capacidad para saltarse sucesivamente ciertos límites naturales, haciéndoles creer que así eran más libres, pero siempre a cambio de imponerles nuevos límites, condiciones y dependencias artificiales. La tecnología siempre exige que se la obedezca y que los seres humanos se sometan a sus dictados y requisitos para poder usarla (y, en el caso de la tecnología compleja, a los del sistema social necesario para que ésta exista y funcione). Sin embargo, la verdadera libertad nada tiene que ver con saltarse las restricciones y limitaciones naturales, por mucho que desde hace milenios el humanismo trate de convencernos de lo contrario: de que somos más libres cuanto más nos “liberamos” de las restricciones naturales gracias al desarrollo social y tecnológico (y, por tanto, cuanto más nos sometemos a las consiguientes restricciones artificiales impuestas a su vez por dicho desarrollo).
Así que cuando dices en tu libro que el “Ciberlítico” potenciará “lo libre” uno se pregunta: “¿qué leches estará entendiendo este tío por libertad?”. Cualquiera que, como tú, diga que el desarrollo social y tecnológico, con toda la dependencia que inevitablemente conlleva, traerá más libertad, o bien no sabe lo que es la verdadera libertad, o bien miente (a los demás y/o a sí mismo).
De hecho, cuando dices en la página 549 de tu libro que los internautas “ciberlíticos” serán los nuevos nómadas, autónomos y libres, uno no sabe si reír, si llorar o si cagarse en tus muertos.
Por un lado, decir que unos “individuos”, por llamar de algún modo a unos seres que se supone que habrán perdido totalmente su individualidad e independencia, convirtiéndose en meros apéndices y piezas de la maquinaria social tecnoindustrial y fundiéndose en la “supermente” en red de la colmena de la información[278] y que necesitarán de todo un sistema tecnoindustrial inmenso, no ya para poder relacionarse virtualmente en el ciberespacio, sino meramente para poder seguir vivos, serán autónomos y libres y compararlos con los cazadores-recolectores nómadas reales que no necesitaban de nada de eso, que construían sus propias herramientas y armas a partir de los materiales que recogían del medio natural y transformaban ellos mismos, que obtenían el alimento, el vestido, el refugio y todas las demás cosas materiales que necesitaban directamente de la Naturaleza por sí mismos, que no necesitaban de máquinas para relacionarse unos con otros ni para pertenecer a un grupo y participar en él, etc. es ridículo.
Por otro lado, es lamentable observar que hay gente como tú, tan enajenada de la realidad física y tan incompetente a la hora de tener en cuenta los hechos más básicos (como la total dependencia material de dichos internautas “ciberlíticos” respecto de un sistema tecnológico y social hipertrofiado).
Y por otro, a uno le llevan los demonios al leer que alguien cree y pretende hacer creer a otros semejantes dislates y falacias disfrazados de autonomía y libertad.
b) Desaparición de los verdaderos seres humanos:
Otro de los problemas para los seres humanos que está relacionado con el desarrollo social y tecnológico es el futuro que le espera a nuestra especie en la sociedad tecnoindustrial. O mejor dicho, el serio riesgo que existe de que los seres humanos acaben no teniendo ningún futuro en dicha sociedad.
A pesar de que en la página 16 de tu libro propongas “proteger al Homo sapiens original como especie en extinción”[279], es muy probable que el desarrollo tecnológico y social futuro, “ciberlítico” o no, tenga el efecto contrario: la extinción final de los seres humanos reales.
La sociedad tecnoindustrial, de momento, necesita de los seres humanos para seguir funcionando y existiendo. Debido a ello necesita tener en cuenta mínimamente la naturaleza humana y permitir e incluso facilitar en cierta medida la satisfacción de las necesidades y la expresión de las tendencias psicológicas naturales de los individuos. De no hacerlo, los individuos desarrollarían graves problemas psicológicos y de comportamiento que afectarían negativamente al mantenimiento y desarrollo del sistema social. Por ello, la sociedad moderna, ofrece innumerables formas de desahogo, entretenimiento, escape, etc. a sus miembros, a la vez que les otorga ciertos “derechos” y “libertades” (no confundir con la verdadera libertad) y les ofrece múltiples actividades mediante las cuales puedan hasta cierto punto dar salida a sus tendencias y capacidades naturales de una forma inocua o incluso útil para el sistema social.
Sin embargo, el desarrollo social genera unas condiciones de vida cada vez más antinaturales, en el sentido de que cada vez están más alejadas de aquellas a las cuales está adaptada la naturaleza humana, y esos comportamientos sustitutivos de las formas genuinas de expresar la naturaleza humana no resultan del todo satisfactorios ni eficaces. De ahí que haya una incidencia enorme de trastornos psicológicos moderados y leves en la sociedad moderna. Y esto afecta negativamente al funcionamiento de dicha sociedad.[280]
La solución, a corto plazo, es mejorar dichos mecanismos para que resulten más satisfactorios gracias al desarrollo de nuevas tecnologías, en especial las relacionadas con las telecomunicaciones, la información y el entretenimiento. Esto tiene una eficacia muy limitada, con lo que a medio plazo, una solución más eficaz sería adaptar la naturaleza humana al desarrollo social y tecnológico y no al revés, como ha venido sucediendo hasta ahora. La forma de hacerlo sería modificar genéticamente a los seres humanos e interferir directa e intencionadamente en su evolución biológica como especie.[281]
La pregunta es: ¿no se suponía, según los tecnófilos utópicos como tú, que serían los seres humanos quienes controlarían y dirigirían el desarrollo social y tecnológico futuro para adaptarlo a sus deseos y necesidades? Porque si tienen que terminar tratando de cambiar hasta sus propios genes, sería justo al revés. Serían ellos los que estarían teniendo que adaptarse al desarrollo tecnológico y social. De nuevo podríamos preguntar: ¿Dónde quedarían entonces el control y la libertad humanos? ¿Son los seres humanos los amos y directores del sistema tecnoindustrial o son en realidad sus esclavos, meras piezas y productos del mismo?
Sea como sea, a largo plazo la modificación genética de los seres humanos (si es que llega a lograr ser aplicada de forma amplia) tampoco servirá. Al fin y al cabo, un “ser humano” (o lo que sea ya en tal caso, tras dichas modificaciones genéticas) por muy genéticamente modificado que esté, seguirá siendo un ser vivo, con unas limitaciones y unos requerimientos biológicos que seguirán entorpeciendo y restringiendo el desarrollo del sistema tecnoindustrial. La solución realmente eficaz sería que el sistema tecnoindustrial (o sea, tu querida “sociedad de la información”) lograse algún día deshacerse completamente de los seres humanos biológicos, bien sea eliminándolos totalmente y sustituyéndolos por máquinas (robots), o bien conservando hasta cierto punto sus mentes pero transformando sus cuerpos en máquinas (cíborgs y/o descarga de mentes en ordenadores). Y, de nuevo, se hace evidente que en realidad, en cualquiera de las dos opciones, llegados a ese punto, los “seres humanos” (o lo que sean para entonces) ya no pintarían nada a la hora de determinar el desarrollo de la sociedad tecnoindustrial, porque o bien ya ni siquiera existirían, o bien serían totalmente dependientes de dicha sociedad (tanto que habrían perdido incluso sus cuerpos para poder adaptarse a ella).
Todo ese discurso “tecnobuenista” tuyo acerca de “mejorar” a los seres humanos gracias a la tecnología, se basa en una noción de “bien” que, en el fondo, se ajusta (y se seguirá ajustando según convenga) ideológicamente al desarrollo del sistema tecnoindustrial. Todas las sociedades tienden a ajustar sus valores y su moral imperantes de modo que justifiquen y refuercen su propio mantenimiento y desarrollo. Lo que tú tomas por “bueno” y por “mejora” de los seres humanos, es precisamente lo que el sistema tecnoindustrial necesita y necesitará imponer para funcionar, mantenerse y crecer. De modo que en la práctica, cuando crees estar defendiendo la “mejora” de los seres humanos, lo que en realidad estás haciendo es defender el perfeccionamiento del sistema tecnoindustrial a costa de la libertad y la existencia de los seres humanos.
Así que, por mucho que digas que en el “Ciberlítico” los seres humanos tomarán las riendas del desarrollo tecnológico y social para aplicarlos a restaurar y gestionar la Naturaleza salvaje e incluso a dirigir benevolentemente la evolución propia y ajena, en realidad, lo que sucederá es que quedarán completamente sometidos a las condiciones impuestas por dicho desarrollo (más aún de lo que ya lo están), y al final, quizá, acabarán hasta desapareciendo de escena. Estás trabajando para las máquinas, no para los seres humanos ni para la Naturaleza. Y lo peor es que parece que ni siquiera te das cuenta.
De todos modos, como ya he dicho en el punto 1, tengo serias dudas de que todo esto de la manipulación genética a gran escala de los seres humanos, su transformación en máquinas o su sustitución final por ellas acabe sucediendo totalmente. Muy probablemente, antes de llegar a dicha situación, surgirán nuevos problemas y circunstancias, y los actuales se agravarán, de modo que harán que el desarrollo de la sociedad siga algún otro derrotero impredecible (y seguramente también desastroso), muy diferente del soñado por los tecnófilos eugenistas y transhumanistas. Si es que no se acaba de venir abajo completamente.
iv.    Fe absurda en el “tecnofuturo” y cobardía temeraria:
La esperanza en un futuro tecnoutópico no sólo es una esperanza irracional porque pasa por alto las innumerables evidencias históricas en su contra, las leyes y limitaciones físicas básicas que la desmienten y las serias amenazas para la libertad e incluso para la existencia los seres humanos que la ponen en entredicho, sino también simplemente porque pide tener fe en cosas que ni existen aún ni hay indicio real alguno para creer que sea probable que lleguen a existir. Los tecnooptimistas, por regla general sois muy dados a contar los pájaros que aún están volando (o que ni siquiera han nacido todavía) como si ya los tuvieseis en la mano. Prometéis lo que aún no tenéis y no sabéis si llegaréis a tener. Dais por hecho que se descubrirán tecnosoluciones a problemas (normalmente causados o agravados por la propia tecnología) que hasta la fecha han sido irresolubles y que se inventarán formas tecnológicas de superar límites materiales hasta hoy insuperables. Y estáis dispuestos a jugároslo todo, la libertad y la existencia humanas y la autonomía y la existencia de la Naturaleza salvaje, a esa carta. Sin embargo, la inmensa mayor parte de ese todo que os queréis jugar, la autonomía y existencia del resto de los seres humanos y la autonomía de la Naturaleza salvaje, en realidad ni os pertenece ni tenéis derecho a arriesgarla.
Mucho me temo, Benigno, que en realidad toda esa tecnoutopía que tú llamas “Ciberlítico” no es más que un intento tristemente desesperado de sorber sopas, es decir, de evitar enfrentarte al dilema de tener que elegir entre defender la Naturaleza salvaje y promover la tecnología moderna. Porque me parece que, aunque la primera te atrae en cierta medida, la segunda te gusta aún más (hasta el extremo de hacerte pasar por alto el efecto dañino, tanto real y presente como probable y futuro, que inevitablemente tiene en la primera). Es evidente que se te hace el culo agualimón alabando los avances tecnológicos actuales, disfrutando de ellos y soñando con los futuros, y que no puedes siquiera soportar pensar en perderlos (menos aún en cuestionarlos y rechazarlos). Tu temor ante esta posibilidad es tal que reaccionas ante ella negándote incluso a reconocerla y a tenerla en cuenta, cayendo en un tecnooptimismo temerario y absurdo. Así que deberías echarle valor, mirar a la realidad de frente, sincerarte contigo mismo, aclararte y decidir de una vez lo que quieres promover y defender: el desarrollo a ultranza de la “sociedad de la información” o la recuperación de la Naturaleza salvaje y la libertad. Porque lograr ambas cosas a la vez es imposible en el mundo real.
Visto lo visto, si el desbarajuste en que nos hemos metido tiene alguna solución, ésta desde luego no va a ser una tecnosolución. La “solución”, si la hay, no va a consistir en huir hacia adelante, desarrollando aún más la tecnología y la sociedad. En todo caso, la “solución” apuntaría justo en sentido contrario: revertir el desarrollo social y tecnológico hasta situar a las sociedades humanas en un nivel de complejidad y tamaño muy inferior al actual. La “solución” pasaría simple y llanamente por retroceder en el desarrollo no por avanzar aún más en él. Y ésta, desde luego, no sería una “solución” fácil, agradable ni utópica. Probablemente no sería aplicable por las buenas, ni de forma gradual, suave y pacífica. Ni siquiera, de lograrse, sería una solución completa y total. Más bien un mero alivio, un respiro que permitiría al mundo natural recuperarse en gran medida y que quizá, con un poco de suerte, impediría definitivamente que pudiésemos volver otra vez a liarla tan gorda (porque liarlas, las vamos a seguir liando mientras seamos humanos). ¿Hasta dónde habría que retroceder? ¿Hasta dónde sería posible hacerlo? ¿Cómo lograrlo? ¿Cuál sería el precio a pagar? ¿Qué se resolvería con ello y qué no? Estas son preguntas cuya respuesta va más allá del propósito del presente texto, pero obviamente, tú ni te las has planteado ni quieres hacerlo. Prefieres galopar hacia el desastre mientras miras hacia “atrás”, hacia un pasado “paleochachilítico” que nunca existió, y sueñas despierto con utópicos futuros “ciberlíticos” igualmente irrealistas.

Para acabar este punto, haré unos comentarios acerca de algunas otras cosas más concretas que aparecen en tu libro relativas al desarrollo futuro de la sociedad tecnoindustrial:
·   Lo de la Hipótesis de Olduvai (páginas 515-516 de tu libro) es una mamarrachada.
Primero, porque cualquier intento de predecir el futuro de forma tan precisa y detallada lo es. ¡Su autor, Richard C. Duncan, hasta se atreve a dar las fechas concretas en que, según él, sucederán las cosas! Sin embargo, lo que va a pasar exactamente dentro de 10, 100 o 1.000 años no lo sabe ni Dios. Si sucede algo parecido a lo que él pronostica y acierta con alguna fecha será pura chiripa.
Y segundo, aunque la sociedad tecnoindustrial se venga abajo en un futuro próximo (cosa probable, pero no segura), la humanidad, si sobrevive, nunca volverá a la Edad de Piedra, porque la cantidad de chatarra que quedaría sería tan grande que habría suficiente para seguir fabricando herramientas de metal directamente a partir de ella (sin siquiera tener que fundirla) durante muchos siglos o milenios. Y porque las técnicas metalúrgicas básicas (extracción del metal a partir de la mena, fundición, forja, templado) son técnicas relativamente sencillas que pueden ser llevadas a cabo de forma totalmente independiente por grupos no muy grandes, como de hecho lo hicieron hace miles de años los primeros grupos que las inventaron. Y, por la misma razón (su relativa sencillez), podrían volver a ser fácilmente inventadas.
Además, la fundición y la forja son técnicas bastante conocidas por una parte importante de la población actual, de modo que seguramente siempre quedaría alguien que las conociese y pudiese volver a intentar aplicarlas.
Así que, es muy poco probable que la mayoría de los supervivientes del hipotético colapso de la sociedad tecnoindustrial volviesen a usar exclusivamente herramientas de palo, hueso y piedra.
Es más, el colapso de la sociedad tecnoindustrial ni siquiera acarrearía el colapso de la civilización (sociedades con ciudades) ni la desaparición de la agricultura y la ganadería. En aquellas partes del mundo en que los ecosistemas y el clima lo permitiesen, seguiría practicándose la agricultura y la ganadería, y muchos seres humanos, llegado el momento (una cierta cantidad y densidad de población), volverían a formar núcleos urbanos (si es que en algún momento hubiesen llegado a abandonarlos).
Simplemente, aunque la sociedad tecnoindustrial se derrumbe, el “Paleolítico” no va a volver (en el sentido de que tras el colapso todos los seres humanos fuesen a adoptar la caza-recolección nómada como única forma de vida y la tecnología lítica como única forma de tecnología). Es una pena, la verdad, pero es así.
Como mucho, en caso de que la sociedad tecnoindustrial colapsase, algunos de los seres humanos supervivientes podrían volver a vivir de la caza y la recolección en algunas zonas remotas o poco accesibles. Pero el resto, que serían la mayoría, muy probablemente seguirían siendo agricultores, ganaderos, comerciantes, artesanos, soldados, aristócratas, siervos, esclavos, salteadores, etc.
·   Lo de los alimentos sintéticos (página 548), tres cuartos de lo mismo. En el supuesto de que alguna vez se lograse desarrollar dicha tecnología de forma seria y aplicable más allá de experimentos de laboratorio aislados, ¿de dónde te crees tú que saldrían dichos alimentos? ¿De la nada? Haría falta mucha energía y mucha materia (petróleo, materia orgánica o lo que fuese que se utilizase como materia prima) para producirlos y, de nuevo, ¿de dónde saldrían éstas? De la destrucción y sometimiento de la Naturaleza, por supuesto.[282]
De hecho, dado que los procesos industriales no suelen ser precisamente muy eficaces, probablemente el rendimiento del proceso sería muy inferior a la forma tradicional de producir los alimentos: cultivar plantas y criar animales, con lo que usar esa tecnología seguramente no supondría ventaja alguna siquiera a nivel técnico o medioambiental.[283]
·  En tu libro también sugieres que el hombre “ciberlítico” se habrá librado de la superstición[284] gracias a la ciencia (por ejemplo, en la página 569). Pero es que lo de que la ciencia nos librará de la superstición es, irónicamente, una superstición a su vez.
Si por “superstición” entendemos la creencia en entes y procesos cuya existencia, posibilidad o eficacia material no pueden ser empírica y racionalmente comprobadas, o incluso en cosas cuya inexistencia, imposibilidad e ineficacia físicas son empírica y racionalmente demostrables, el hecho es que los seres humanos, en general y en la mayor parte de las ocasiones son supersticiosos, lo han sido a lo largo de la historia y, seguramente lo seguirán siendo mientras sigan siendo humanos.
El humanismo moderno ha promovido durante los últimos siglos la superstición progresista de que la ciencia, la ilustración, la escolarización, la alfabetización general, el acceso libre a la información, la democratización del conocimiento, etc. harían que la humanidad fuese no ya más culta, sino además más sabia, inteligente y racional y que, por tanto, se librase de la superstición. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Hoy en día, tras siglos de ilustración, escolarización y democratización del acceso al conocimiento y a la cultura no material, los seres humanos siguen siendo igual de supersticiosos o más que en épocas premodernas.
Por un lado, la creencia en las supersticiones en su sentido más tradicional (fenómenos paranormales y parapsicología –o sea, existencia de mentes independientes de la materia pero capaces de influir en ésta-, tratamientos médicos sin base científica, astrología, magia y brujería, adivinación, creencia en el más allá y en lo sobrenatural, radiestesia, etc.) sigue siendo algo habitual, en mayor o menor medida. La cantidad de gente que cree o al menos concede cierta credibilidad a, como mínimo, alguna de dichas majaderías es incluso mayor que la de quienes no creen en ellas en absoluto.
También sigue siendo mayoritaria la asunción de una religión entendida en sentido tradicional, como la creencia en divinidades, demonios y semidioses (santos, vírgenes, profetas, espíritus de los antepasados, etc.) y el culto a los mismos, la creencia en milagros, en mundos sobrenaturales (cielos, infiernos, purgatorios) y en una “vida” más allá de la muerte, la práctica de rituales encaminados a influir en los dioses y semidioses y la autoinclusión y participación activa en un grupo que comparta dichas creencias y rituales (iglesia, secta, comunidad religiosa, etc.).
Así que la ciencia y la democratización del conocimiento ni siquiera han conseguido acabar con la superstición en su sentido más tradicional.
Ciertamente, de todos modos, la ciencia ha tenido bastante influencia en la sociedad moderna, de forma que ha disminuido la influencia de dichas supersticiones tradicionales en la sociedad, haciéndola hasta cierto punto más laica y más pragmática y eficiente. Al menos así ha sido a nivel de las instituciones y de la administración y de los procesos productivos y económicos (hoy en día se usan más las aplicaciones de la ciencia –la tecnociencia o ingeniería- para gestionar el funcionamiento social y tecnológico). Y a nivel individual, ciertamente algunas personas afirman públicamente no creer en este tipo de supersticiones. Hoy en día es más habitual que hace siglos, encontrar personas que se autoconsideran ateas, agnósticas, escépticas, materialistas[285], etc. Y a veces hasta lo son de verdad y piensan y actúan como tales. Entre otras cosas, seguramente, porque ahora ya no se las mata o persigue en gran parte de los países y no tanto porque ahora haya realmente más gente así gracias a la ciencia. Los individuos de ese tipo han existido siempre, aunque siempre han sido escasos.
Sea como sea y a pesar de todo, la creencia en esas supersticiones tradicionales sigue estando muy extendida.
Pero es que la cosa no acaba ahí. Aun si no tuviésemos en cuenta las supersticiones tradicionales, y asumiésemos, para poder profundizar en la discusión, que la mayoría o toda la población actual de la sociedad tecnoindustrial ya no cree en ellas, eso no implicaría que la mayoría de dicha población no crea en otras supersticiones no tradicionales y más modernas. De hecho cree en ellas, y mucho. Algunas de ellas, ya comentadas y refutadas más arriba, serían:
-       La idea de progreso (el dios moderno).
-    La asunción y aplicación generalizada de los valores progres y políticamente correctos como algo absolutamente bueno.
-   La creencia humanista en que el ser humano y sus obras son lo más importante o digno de atención (o incluso lo único importante o existente)[286], que somos el culmen de la evolución y los legítimos dueños y gestores del planeta (o incluso del universo).
-      La idea de que estar informado, ser culto, ser científico, etc. es lo mismo necesariamente que ser inteligente o sabio.
-      La idea de que la ciencia sirve para algo más que conocer y describir la realidad física, es decir, que se puede aplicar eficazmente y sin efectos imprevistos y negativos a la resolución definitiva de problemas prácticos mediante la manipulación de la realidad.
-     La idea de que transgredir los límites naturales gracias al desarrollo tecnológico es lo mismo que ser libres.
-   La idea de que la tecnología y el desarrollo tecnológico nos salvarán (resolverán todos los problemas sin crear otros nuevos ni agravar los ya existentes).
-    La creencia en que se puede conseguir una sociedad futura que sea a la vez tecnológicamente desarrollada y respetuosa con la Naturaleza salvaje. Es decir, la fe en la coexistencia entre la sociedad tecnoindustrial y el carácter salvaje de los ecosistemas.
-   La idea de que se puede manipular, gestionar o incluso crear lo salvaje sin que deje de ser salvaje.
-  La idea de que se puede predecir y controlar el desarrollo futuro de sistemas y procesos complejos y, por tanto, planificar y llevar a cabo con precisión sociedades utópicas sin que los planes se tuerzan ni surjan graves problemas en ningún momento; o manipular “científicamente” los ecosistemas y procesos ecológicos sin estropearlos.
-    La creencia en que se puede “hacer el bien” o mejorar activamente algo (añadir “bien”) sin, a su vez, causar un mal.
-    La creencia en que se puede mejorar la Naturaleza y al ser humano (por ejemplo mediante la eugenesia o el transhumanismo).
-    La creencia en “energías limpias” y tecnologías industriales “verdes” (o sea, con un impacto nulo en los ecosistemas).
Etcétera.
Y, por supuesto, la propia idea de que la ciencia ha acabado o acabará con la creencia en la superstición por parte de los seres humanos.
La mayor parte de estas creencias puede demostrarse empírica y racionalmente (científicamente) que son falsas. Y el resto (las referentes a juicios de valor), aunque sea imposible demostrar si son falsas o verdaderas, carecen de todos modos de base empírica y racional alguna (por lo que sus contrarias son al menos tan válidas y respetables como ellas). Es decir, todas estas creencias son supersticiones. Modernas y distintas de las supersticiones más tradicionales, sí, pero supersticiones al fin y al cabo.
La creencia en que los modernos habitantes de la sociedad tecnoindustrial actual o futura ya no creeríamos en supersticiones porque seríamos más inteligentes y sabios gracias a la ciencia y al acceso generalizado a la información no sólo es falsa (una superstición en sí), sino que es un signo del característico engreimiento del tipo de ignorante que además es tan tonto que ni siquiera es capaz de reconocer su propia ignorancia.
Y además, en el caso de los “ciberlíticos”, a todas esas supersticiones modernas habría que añadir la superstición primitivista de creer que los cazadores-recolectores nómadas eran angelitos progres y políticamente correctos.

No podía acabar esta crítica sin comentar brevemente ciertos ramalazos relativistas que aparecen en tu libro. No es que me parezca nada raro; viendo tu mentalidad progre lo raro sería lo contrario: que no cayeses en el relativismo, en atacar la noción de “verdad”. Pero es que, cuando uno pretende estar tomando como valor fundamental lo salvaje y enfrentándose a su destrucción y sometimiento, el relativismo sobra. De hecho, el relativismo sirve para todo lo contrario: reforzar y justificar el desarrollo de la sociedad tecnoindustrial y restar importancia a la destrucción y sometimiento de lo salvaje que inevitablemente conlleva.
Por ejemplo, en tu libro, en la página 406 (y en algún otro lugar si no recuerdo mal) cuestionas la noción de “verdad inmutable”. Sin embargo, hay cosas que son verdad y punto. Y lo son en cualquier parte, lo eran hace mil años y lo seguirán siendo dentro de otros mil.
¿Acaso crees que el Neolítico mejoró el mundo? ¿Acaso crees que no fue algo malo? Es más, ¿acaso crees que quizá no sucedió? Si, como entiendo, tú crees que el Neolítico ocurrió y que fue algo malo, entonces crees que eso es verdad y no creo que creas que mañana dejará de serlo (o sea, crees que es una verdad inmutable). Luego, cuando sugieres alegremente lo de que las verdades inmutables no existen, o bien mientes (porque obviamente ni tú te lo crees) o bien no sabes ni lo que dices e incluso tiras piedras contra tu propio tejado (contra la credibilidad de tu propio discurso), pero lo dices porque es lo guay, lo políticamente correcto entre tus amigos los progres, lo que evitará que te tachen de fanático, dogmático, etc. y te retiren su saludo y su reconocimiento. O quizá sus fondos.
También en el libro sueltas al menos un par de veces (una de ellas, por ejemplo, en la página 527) el pueril subterfugio relativista “Los poseedores de la verdad nos han enseñado falsedades”, y te quedas tan ancho. Mis preguntas son:
·  ¿Y tú? ¿No eres tú acaso también un “poseedor de la verdad”? ¿Cómo sé yo que tú no eres un “poseedor de la verdad que enseña falsedades” que simplemente trata de camuflarse como un lobo vestido de cordero usando esa misma frase?
·  Si tú crees no ser un “poseedor de la verdad” y presumes de ello, como supongo que crees, ¿cómo sabes que son falsedades lo que otros enseñaban? ¿Cómo puedes siquiera atreverte a decirlo? O dicho de otro modo, ¿cómo se puede saber que algo es falso si no se sabe (o se presume de no saber), al menos hasta cierto, punto qué es lo verdadero?
·  Y, a su vez, si no posees o crees poseer la verdad, ¿cómo puede ser entonces verdad lo que tratas de enseñar tú en tu libro? ¿Acaso no crees que lo que tú pretendes enseñar sea verdad? ¿Por qué lo tratas de enseñar entonces? Y si se cree saber qué es lo verdadero, al menos alguna vez, y se trata de enseñarlo, ¿no se es (o se cree ser) entonces “poseedor de la verdad”?
También, en la página 550, tratas de defender eso que tú llamas “cultura no lineal” y que, no por casualidad, recuerda mucho a los síntomas de ciertos trastornos psicológicos muy comunes en la sociedad moderna y que son en gran medida fruto de la informatización social (o al menos son agravados por ella): problemas a la hora de mantener centrada la atención; incapacidad para mantener un orden, un autocontrol y una disciplina mentales mínimos; imposibilidad de seguir un hilo argumental o lógico, etc. Dices en esa página que la mentalidad “no lineal” es una “arquitectura mental que saca provecho de la incertidumbre que crea pánico a las mentes lineales”, y con ello vuelves a caer en el los típicos clichés relativistas. En este caso, en la acusación de cobardía hacia todos aquellos que no aceptan la actitud relativista, que tú en este caso llamas “cultura no lineal”. Es típico de los relativistas considerar que todos aquellos que no comulgan con su caos mental, con su incapacidad para comprender mínima y adecuadamente los fenómenos complejos y con su discurso absolutamente negador de los conceptos de verdad, orden, certeza, etc. son siempre individuos cobardes y débiles que en el fondo temen enfrentarse a una realidad que es cambiante, fluida, incierta, etc. Lo cual es una simpleza supina, aunque muy autocomplaciente y autoindulgente para los relativistas que la usáis como arma arrojadiza.
Pues te la voy a devolver: cierto grado de temor o recelo ante los cambios, innovaciones e incertidumbres es natural y muy sano. Lo realmente insano, enfermizo y antinatural es no mostrarlo y abrazar incondicionalmente una actitud estúpidamente confiada cuando los indicios apuntan seriamente a la probabilidad de problemas y riesgos. El tópico relativista de menospreciar el “miedo a la incertidumbre” o a los cambios no es más que una artimaña psicológica progresista para justificar y facilitar la aceptación e implantación del desarrollo social y tecnológico. “¿Desconfías del progreso? Eres un cobarde” es lo que viene a decir. Y como a nadie le gusta que lo tomen por cobarde y le señalen con el dedo, casi todos aquellos que en el fondo recelan, acaban pidiendo disculpas (el famoso “pero con esto no quiero dar a entender que estoy en contra del progreso” y clichés similares) o callándose y aceptan dócilmente lo que venga.
Y, bueno, aunque el libro daría para mucho más, creo que ya es suficiente porque el resto sería sólo ayudarte a mejorarlo, y eso es precisamente lo que no quiero hacer.

En resumidas cuentas, tu idealismo desmelenado, unido a tu crasa ignorancia y a tus valores progres y buenistas, te llevan a pasar por alto la realidad material y los hechos físicos, a sobreestimar el poder e importancia de los valores, de las ideas y de la voluntad y, en definitiva, a vivir en un mundo de ensueño y confundirlo con la realidad. Eres un ignorante y un soñador fantasioso[287] en lo que respecta a la antropología, las sociedades humanas, la naturaleza humana en particular y la Naturaleza salvaje en general, la conservación de ésta, la biología, el desarrollo histórico de las sociedades, el funcionamiento del sistema tecnoindustrial y otras muchas cosas como hemos ido viendo a lo largo de esta crítica (¡y las muchas que he dejado sin comentar!). Y, sin embargo, ¡tienes los huevos de escribir y publicar un mamotreto de 571 páginas! y proponer, promover e insinuar alegremente la implementación de arriesgadas tecnosoluciones simplistas a los complejos problemas ecológicos y sociales actuales. A cualquiera mínimamente serio, riguroso y profesional (algo que ciertamente no abunda en la sociedad moderna) se le caería la cara de vergüenza ajena al leer tu libro.
Y, por supuesto, lo peor es que los ignorantes metidos a salvamundos sois bastante peligrosos: a pesar de que realmente no sabéis si curáis o matáis al paciente, os empeñáis en darle de todos modos vuestra medicina supuestamente milagrosa.
Benigno, cuando uno no sabe de qué habla y además, como tú, en principio reconoce que no lo sabe, lo correcto y más inteligente es callarse, informarse bien y tratar de aprender, es decir, buscar y asimilar información adecuada, no tratar de darla, y menos de proponer soluciones y dar consejos a espuertas. Más valdría que, en lugar de seguir castigando al mundo incansablemente con sucesivas nuevas ediciones “mejoradas” y extendidas de tu libro, te quedases quietecito y aprendieses y reflexionases, que falta te hace. Pero, bueno, supongo que harás lo que te salga de las narices, así que me temo lo peor.





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[1] Convencionalmente se suele denominar “naturaleza” (o “Naturaleza”) al conjunto de lo que existe por sí mismo, es decir, a lo que no es artificial. Así es como uso, por ejemplo “Naturaleza”, en la expresión: “Naturaleza salvaje”. También lo largo de esta crítica utilizo, en muchas ocasiones, el término “natural” para referirme a lo que no es artificial, es decir, a la Naturaleza, entendida en ese sentido. Es, por ejemplo, el sentido con que se usa “natural” en la expresión “selección natural” (la selección que no es artificial).
Y a menudo, convencionalmente, “naturaleza” (o Naturaleza”) se refiere sobre todo a lo no artificial que además es salvaje (autónomo, que funciona por sí mismo). Es con este último sentido con el que uso el término “Naturaleza”, a secas, a lo largo del presente texto.
Por cierto, aunque en principio la Naturaleza salvaje, entendida en este sentido, se extendería mucho más allá de los límites del planeta Tierra, a prácticamente la totalidad del universo salvo lo creado por el hombre, normalmente cuando hablamos de “Naturaleza” o de “Naturaleza salvaje” nos referimos principal o exclusivamente a lo que no es artificial y es autónomo en la Tierra. Es decir, a los ecosistemas y procesos no artificiales, los elementos que los constituyen (fauna, flora y demás seres vivos y no vivos) y las interacciones que se dan entre ellos. En esta crítica uso los términos “Naturaleza” y “Naturaleza salvaje” con este sentido restringido a los límites de nuestro planeta.
Por otro lado, el término “naturaleza” (y su derivado “natural”) pueden tener acepciones distintas de simplemente “aquello que no es artificial” o de “aquello que es no artificial y autónomo”
Por ejemplo, en ciertos contextos (especialmente en filosofía) “naturaleza” (o “Naturaleza”) también puede significar meramente realidad física, universo, cosmos. En tal caso, “Naturaleza” o “natural” se referirían a todo lo que existe físicamente; no sólo a lo que no es artificial, sino también a lo que lo es. En dicho caso, el antónimo de “natural” no sería “artificial”, sino “sobrenatural” o “metafísico”, aquello que no forma parte de la realidad física o está más allá de ella.
De hecho, muchos de quienes pretenden denigrar la valoración de los ecosistemas y procesos ecológicos no artificiales y justificar su destrucción, degradación y sometimiento suelen jugar aviesamente con ambos significados de “natural” o “Naturaleza” mezclándolos y confundiéndolos y afirmando que “todo es natural”, incluso lo artificial, y que sólo lo sobrenatural no lo es. En el presente texto no me he referido en ninguna ocasión a este significado cuando he usado los términos “natural” o “Naturaleza”.
Asimismo, el término “naturaleza” (siempre con minúscula) también puede y suele referirse a la “forma intrínseca de ser” de algo, es decir, a su esencia. Así es como se usa, por ejemplo, en la expresión “naturaleza humana” que se refiere a las pautas de comportamiento de los seres humanos que vienen determinadas de un modo u otro por su genética (y, con ello, en el fondo por la evolución). En tal caso, lo contrario de “natural” sería “antinatural”. En esta crítica he usado también en diversas ocasiones “natural” y “naturaleza” con este sentido.
Por último, la naturaleza humana formaría parte, por definición, de la Naturaleza salvaje, ya que no es artificial y tiende a actuar y expresarse de forma autónoma (libertad).
Creo que en esta crítica es relativamente sencillo captar intuitiva e inequívocamente el sentido de los términos “natural”, “naturaleza” y “Naturaleza” en cada ocasión, según el contexto.
[2] Por mucho que digan las feministas y los feministos posmodernos las personas tenemos sexo, las palabras tienen “género”; el único género de los seres humanos es el taxonómico: Homo.
[3] Aquí me he centrado en los aspectos de la naturaleza humana que tienen que ver directamente con los valores que tú tomas como base y defiendes a lo largo de todo tu libro y lo he hecho de forma esquemática. El comportamiento natural humano tiene muchas otras facetas, detalles y sutilezas tanto a nivel de las relaciones sociales como a otros niveles que no he mencionado aquí por no venir al caso y porque hacerlo adecuadamente requeriría mucho más espacio y tiempo que el imprescindible para esta crítica. Ten en cuenta por tanto que la naturaleza humana es algo mucho más amplio que el mero esbozo incompleto que he comentado más arriba.
[4] Se llamen éstos así directamente o se usen eufemismos como “educación”, “concienciación”, “socialización”, “terapia”, etc. para denominarlos.
[5] Imagínate que te obligasen continuamente a pensar y actuar “bien” –sea lo que sea que se entienda por esto- y te reprimiesen, te reprendiesen o te tratasen como a un enfermo cada vez que tu pensamiento o comportamiento se desviasen mínimamente de “lo bueno”; acabarías asqueado, a menos que fueses un completo subnormal.
[6] No me ha pasado desapercibido el hecho de que en tu libro pareces querer hacer ciertos guiños a cosas como la eugenesia (“mejora del ser humano mediante el control artificial de su evolución, por ejemplo, usando la ingeniería genética) o el transhumanismo (“mejorar” las características “humanas” hibridándonos con las en máquinas, transformándonos en ellas o sustituyéndonos por ellas).
[7] El convencimiento de los bienintencionados es muy peligroso porque la arrogancia y el sentimiento de supremacía moral que les provoca sentirse justos y bienhechores les impide aceptar cualquier forma de (auto)crítica real o posibilidad de error.
[8] Sí, esos valores progres e izquierdistas, a pesar de su apariencia rebelde y de ser los valores de la mayoría de quienes se autodenominan revolucionarios, o al menos críticos, son en realidad los valores imperantes en la sociedad moderna. Cada sociedad desarrolla una ideología, una moral y unos valores que le sirven para reforzar su propio mantenimiento y desarrollo. El izquierdismo progresista es la ideología de la sociedad tecnoindustrial. La cooperación, la igualdad, la paz, etc. son valores que ayudan a mantener la cohesión social y a reducir los conflictos derivados de unas condiciones sociales antinaturales (gran tamaño, aglomeración poblacional, interacción forzada y continuada con desconocidos, etc.) y con ello favorecen el mantenimiento y desarrollo de la sociedad moderna. Y a ello hay que añadir que, al ser tomados como rebeldes, esos valores e ideas progres sirven para encauzar el descontento de los individuos insatisfechos hacia formas de expresión inofensivas o incluso útiles para la propia sociedad que creen estar criticando y combatiendo. Échale un vistazo a mi texto Izquierdismo: función de la pseudocrítica y la pseudorrevolución en la sociedad tecnoindustrial.
[9] Término inglés, de origen estadounidense (acuñado por Dave Foreman), que significa reasilvestramiento, es decir, recuperación del carácter salvaje.
[10] Me permitiré la licencia de usar en este texto, irónicamente, palabros ridículos del tipo de los que a ti te gusta inventar.
[11] Como sugieren la defensa y uso que haces de la expresión “recolector-cazador” en lugar de “cazador-recolector”; tu rechazo de la caza cuando no la practican cazadores-recolectores –a pesar de que digas que en el “Ciberlítico” los “neopaleolíticos” rurales cazarían y pescarían-; tu consideración del vegetarianismo y el animalismo como posturas “avanzadas” y “espiritualmente superiores” –a pesar de que digas, en una de las pocas ocasiones en que aciertas de pleno en este libro, que lo malo no es matar y comerse a otros seres vivos, sino domesticarlos, esclavizarlos y criarlos-; que hables seriamente del “respeto a las lechugas”; etc.
[12] En el caso de los seres humanos, en los pequeños grupos en que sus miembros tengan autonomía e influencia directa sobre el resto de los miembros, la libertad es posible. E incluso, formar parte de un grupo así puede ser imprescindible para ser realmente libres –en la inmensa mayoría de los casos, los humanos somos seres sociales por naturaleza y por tanto la plena expresión de la misma pasa por formar parte de un grupo social de referencia-; en el resto de grupos sociales –grupos de un tamaño demasiado grande como para influir en el resto de los miembros, grupos formados mayoritariamente por desconocidos y/o grupos con una jerarquía o normas tan estrictas que impidan la autonomía de sus miembros- no es posible la verdadera libertad.
[13] En esta crítica me centraré en los cazadores-recolectores nómadas, que son precisamente aquellos pueblos que más tendéis a idealizar los primitivistas. Podría citar muchos más ejemplos de comportamiento violento, jerarquías, desigualdad, etc. si me pusiese a rebuscar entre los cazadores-recolectores sedentarios o los cazadores a caballo, y no digamos ya entre aquellos “cazadores-recolectores” que practican también en cierta medida la horticultura a pequeña escala, pero podrías replicar fácilmente (y no sin cierta parte de razón) que esos pueblos ya no son “paleolíticos” puros o que incluso son “medio neolíticos”; como por ejemplo haces en la página 527 de tu libro para tratar de hacer encajar con calzador tus idealizaciones del hombre paleolítico con las extinciones de megafauna a finales del Pleistoceno, supuestamente a manos de esos mismos cazadores-recolectores paleolíticos que tú idealizas. No te lo voy a poner tan fácil.
[14] En realidad, estrictamente hablando, los términos “paleolítico”, “mesolítico” y “neolítico” se restringen a la prehistoria de Europa, el Norte de África y Oriente Medio. En otras regiones del mundo, los nombres y la cronología de los diferentes periodos culturales de la prehistoria son diferentes y, a veces, siguen un curso de desarrollo algo distinto. Sin embargo, aunque sea con otros nombres y en otros momentos, los periodos de esas otras regiones y el proceso de sucesión de los mismos suelen ser aproximadamente equiparables al Paleolítico, el Mesolítico y el Neolítico europeos, salvando las distancias (por ejemplo, en América hubo incluso civilizaciones históricas -es decir, con escritura- que usaban casi exclusivamente herramientas de madera, hueso y piedra, como los mayas o los aztecas, y en Australia nunca llegó a producirse nada similar al Neolítico europeo; todos los aborígenes australianos se mantuvieron exclusivamente como cazadores-recolectores más o menos nómadas hasta la llegada de los europeos).
[15] Aquí, independientemente de su tendencia a dejarse llevar por el uso de eufemismos mojigatos e idealizaciones políticamente correctas, también podría señalarse que a menudo los antropólogos y sus seguidores acríticos caen en el error de generalizar excesivamente a partir de casos particulares (especialmente, a partir de ciertos estudios sobre los bosquimanos ¡kung y los pigmeos mbuti). Así, no es lo mismo vivir en los trópicos que en zonas templadas, y menos aún en zonas subárticas (o subantárticas, como la Tierra del Fuego) y árticas. Para obtener el suficiente alimento los cazadores-recolectores de estas zonas más frías normalmente dependían mucho más de la caza (mayor o menor) que los cazadores-recolectores de zonas más cálidas.
[16] Fuente: Irenaüs Eib-Eibesfeldt, Guerra y Paz, Barcelona: Salvat, 1995, página 152. Tomada de Bleek, 1930. Incomprensiblemente, esta edición en español de esta obra de Eib-Eibesfeldt carece de la sección de bibliografía, con lo que no me es posible dar las referencias exactas del origen de la imagen. Probablemente la autora sería Dorothea Bleek.
[17] Fuente: Steven A. LeBlanc y Katherine E. Register, Constant Battles, Nueva York: San Martin’s Press, 2003, página 114. Tomada de Cave Artists of South Africa: 48 Unpublished Reproductions of Rock Paintings Collected by the Late Dorothea Bleek, Ciudad del Cabo: A. A. Balkema, 1953.
[18] Robert. B. Edgerton, Sick Societies: Challenging the Myth of Primitive Harmony, Nueva York: Free Press, 1992, página 6, comentando la idealización de los bosquimanos que Elizabeth Marshall Thomas cometió en su libro The Harmless People, Nueva York: Random House, 1958.
[19] Lawrence H. Keeley, War Before Civilization, Nueva York: Oxford University Press, 1996, página 29.
[20] Edgerton, obra citada, página 57, tomando como referencia a I. Schapera, The Khoisan Peoples of South Africa: Bushmen and Hottentots, Londres: George Routledge & Sons, 1930.
[21] Véase más abajo, el punto dedicado a la violencia intragrupal.
[22] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 121-123, basándose en J. Palter, “Slinging Spears: Recent Evidence on Flexible Shaft Spear Throwers”, Society for American Archaeology Newsletter 17 (2), 1984, páginas 2, 3 y 16; P. S. C. Tacon y C. Chippendale, “Australia’s Ancient Warriors: Changing Depictions of Fighting in the Rock Art of Arnhem Land, N. T.”, Cambridge Archaeological Journal 4 (2), 1994, páginas 221-248 y W. L. Warner, “Murgin Warfare”, Oceania I, 1931, páginas 457-494.
[23] Fuente: LeBlanc y Register, obra citada, página 120. Autor Hillel Burger, Colección del Museo Peabody. Cortesía del Museo Peabody de Arqueología y Etnología, Universidad de Harvard. © Presidente y compañeros de LeBlanc de la facultad de Harvard.
[24] Aun en los casos en que las armas son usadas en ritos ceremoniales y actuaciones folclóricas, el origen de dichos ritos y actuaciones es claramente bélico. Los escudos y mazas no se inventaron sólo ni principalmente para servir como símbolos (¿de qué?), ni para danzar o hacer teatro (¿representando qué?).
[25] Carl Lumholtz, Among Cannibals: An Account of Four Years’ Travels in Australia and of Camp Life With the Aborigines of Queensland, Londres: John Murray, 1889 (Reedición facsímil de Forgotten Books, 2018), página 101.
[26] Marvin Harris, Nuestra Especie, Madrid: Alianza Editorial, 1995, páginas 304 y 305. Y eso que Harris tiende a suavizar bastante sus retratos de las sociedades cazadoras-recolectoras, extrayendo a menudo conclusiones generales excesivamente benévolas y políticamente correctas (téngase esta advertencia en cuenta para el resto de citas de este autor). Pero hay hechos que, a poca honestidad intelectual que se tenga, ni el sesgo ideológico puede negar.
[27] Lumholtz, obra citada, página 176.
[28] Íbid., página 177.
[29] Edgerton, obra citada, páginas 51-52.
[30] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 117-118, basándose en E. S. Buch, hijo, “Eskimo Warfare in Northwest Alaska”, Anthropological Papers of the University of Alaska 16 (2), 1974, páginas 1-14; J. Melbye y S. I. Fairgreive, “A Massacre and Possible Cannibalism in the Canadian Arctic: New Evidence frm the Saunatuk Site (NgTn-I)”, Acrtic Anthropology 31 (2), 1994, páginas 57-77; F. De Laguna y C. McClallan, “Ahtna”, en Subarctic, volumen 6 de Handbook of North American Indians, ed. J. Helm, Washington, D.C.: Smithsonian Institution, 1981, páginas 642-663.
[31] Keeley, obra citada, páginas 28 y 29.
[32] Véanse, por ejemplo, Eudald Carbonell, Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro, Isabel Cáceres, Juan Carlos Díez, Yolanda Fernández-Jalvo, Marina Mosquera, Xosé Pedro Rodríguez, Jordi Rosell, Robert Sala y Josep Vallverdú, “Homo antecessor y su medio natural”, en Mundo Científico nº 192, Julio/Agosto 1998, páginas 46, 47 y 49) y LeBlanc y Register, obra citada, páginas 95 y 235 (nota 17), en referencia a J. L. Arsuaga, “The First Europeans: Spanish Caves Paint a New Picture of Evolution on the Continent” Discovering Archeology 2(5), 2000: páginas 48-65.
[33] Existen dos formas de canibalismo entre seres humanos primitivos según su propósito. Una ritual y otra alimentaria, aunque ambas pueden ir juntas a veces. En el caso del canibalismo alimentario, el motivo principal para comerse a otros congéneres es usarlos como fuente de alimento (aunque como he dicho, esto puede ir acompañado de rituales y justificarse con otros motivos religiosos). En el caso de H. antecessor, y dado que por aquel entonces la religión y los rituales no parece que estuviesen muy desarrollados aún, es de suponer que el principal o único motivo para comerse a otros de su especie muy probablemente era alimentario. O sea, los cazaban.
[34] He usado este nombre científico aquí, siguiendo la tendencia general de tratar al hombre de Neanderthal como una especie aparte, por mor de la sencillez. En realidad, a mi juicio, no está nada claro que los neandertales fuesen una especie diferente de la nuestra y no sólo una subespecie. La definición biológica de especie afirma que dos especies son diferentes sólo si no pueden reproducirse entre sí teniendo descendencia viable y fértil, y hay indicios de que hubo cierto grado de reproducción viable entre ambos grupos. Como, por ejemplo, que parece que algunos de los genes de los europeos modernos proceden de los neandertales -véase, por ejemplo: Sriram Sankararaman et al., "The genomic landscape of Neanderthal ancestry in present-day humans", Nature 507 (20 de marzo de 2014), páginas 354-357; y viceversa, parece que hay genes de humanos anatómicamente modernos en algunos restos de neandertales -véase, por ejemplo: Martin Kuhlwilm et al., "Ancient gene flow from modern humans into Eastern Neanderthals", Nature 530 (25 de febrero de 2016), páginas 429-433. En tal caso el nombre científico correcto para esta especie sería H. sapiens neanderthalensis.
[35] Véase LeBlanc y Register, obra citada, páginas 96-97.
[36] Hoy en día República Checa.
[37] LeBlanc y Register, obra citada, página 124, basándose en datos de M. A. Roper, “A Survey of the Evidence for Intrahuman Killing in the Pleistocene”, Current Anthropology 10, 1996, páginas 427-459.
[38] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 124-125.
[39] LeBlanc y Register, obra citada, página 125.
[40] Esta fecha tan poco precisa da que pensar acerca de si el yacimiento a que se refieren los autores era realmente un yacimiento paleolítico o si más bien era mesolítico. De todos modos, esto es intrascendente para el objeto de esta crítica, ya que, sea como sea, sigue siendo un ejemplo de violencia en cazadores-recolectores prehistóricos.
[41] LeBlanc y Register, obra citada, página 125, basado en F. Wendorf, “Site 117: A Nubian Final Paleolithic Graveyard Near Jebel Sahaba, Sudan”, en Prehistory of Nubia, ed. F. Wendorf. Vol. 2, Dallas: Southern Methodist Press, 1968, páginas 954-995.
[42] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 125-126, basándose en D. W. Frayer, “Ofnet: Evidence for a Mesolithic Massacre”, en Troubled Times: Violence and Warfare in the Past, eds. D. L. Martin y D. W. Frayer, Amsterdam: Gordon and Breach, 1997, páginas 181-216; S. Vencl, “Interpretation des Blessures Causée par les Armes au Mésolitique”, L’Anthropologie 95 (1), 1991, páginas 219-228; y N. K. Sandars, Prehistoric Art in Europe, Harmondsworth: Penguin Books, 1985.
[43] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 126 y 238, nota 43, basándose en J. C. Chatters, “The Recovery and First Analisys of an Early Holocene Human Skeleton from Kennewick, Washington”, American Antiquiry 65, 2000, páginas 291-316; R. L. Jantz y D. W. Owsley, “Pathology, Taphonomy, and Cranial Morphometrics of the Spirit Cave M;ummy”, Nevada Historical Society Quarterly 40, 1997, páginas 62-84; D. W. Owsley y R. L. Jantz, “Biography in the Bones”, Discovering Archaeology 2 (1), 2000, páginas 56-58 y P. M. Lambert, “Patterns of Violence in Prehistoric Hunter-Gatherer Societies of Coastal Southern California”, en Troubled Times: Violence and Warfare in the Past., eds., D. L. Martin y D. W. Frayer, Amsterdam: Gordon and Beach, 1995, páginas 77-110.
[44] LeBlanc y Register, obra citada, página 127.
[45] Otros de esos mamíferos belicosos a que se refieren los autores sin citarlos son, por ejemplo, ciertas especies de carnívoros sociales, entre ellas los lobos. (Véase, por ejemplo, el documental de Nature, 2011, “The Valley of the Wolfs”: https://www.youtube.com/watch?v=dGH2Gpbsp1s; versión en español, “Valle de los lobos”: https://www.youtube.com/watch?v=UVMnaJV-pAM ).
[46] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 81-82.
Tampoco te vendría mal ver el documental de Discovery Channel, “The Rise of the Warrior Apes”: https://www.youtube.com/watch?v=dQn1-mLkIHw.
Hay versión en español para Hispanoamérica (con las habituales patadas al español de los doblajes hispanoamericanos; sin ir más lejos, a lo largo del documental el narrador menciona repetidamente a los ¡“chimpanceses”!), “La Rebelión de los simios”: https://www.youtube.com/watch?v=YZAO2mrMmNI&t=3872s. Desconozco si existe versión en español para España.
[47] Ed Clint (psicólogo evolucionista) en su artículo "Questioning the 'sexy' bonobo hype": https://www.skeptcink.com/incredulous/2014/06/13/questioning-sexy-bonobo-hype/. (Existe traducción al castellano de la que procede el fragmento citado: "El mito del sexo bonobo", http//www.terceracultura.net/tc/el-mito-del-sexo-bonobo/).
[48] Véase al respecto el artículo "Bonobos: el primate de la orilla izquierda", National Geographic, autor desconocido, 23 de marzo del 2013 (http://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/el-primate-de-la-orilla-izquierda-2_7031). Y también el post "Myth falls apart" del 17 de octubre del 2018 del blog de la sección brasileña del Great Ape Project (http://www.projetogap.org.br/en/noticia/the-myth-falls-apart/; existe también versión en "castellano" en el mismo blog, aunque la traducción deja mucho que desear); incluso a los animalistas bienintencionados del GAP les parece exagerada la idealización que se ha hecho de los bonobos.
Otro de los escasos artículos populares que ponen parcialmente en cuestión la sospechosamente "liberal" imagen que habitualmente se ha dado de los bonobos sería: "El bonobo, el primate más parecido al hombre, prefiere los dominantes a los gentiles", El País, 5 de enero del 2018 (https://www.elpais.com.uy/vida-actual/bonobo-primate-parecido-hombre-prefiere-dominantes-gentiles.html).
[49] Véase, por ejemplo, Edward O. Wilson, The Social Conquest of Earth, Nueva York: Liveright, 2012, página 115, figura 12-4. (Existe edición en castellano: La conquista social de la Tierra, Barcelona: Debate, 2012). O el apartado titulado “cooperación y competencia” en la entrada “Formicidae” en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Formicidae#cite_ref-134.
[50] Eso sin contar con que, según tu peculiar noción del “Neolítico”, las hormigas serían “neolíticas”: algunas especies cultivan ciertas especies de hongos (véase, por ejemplo, Edward O. Wilson, obra citada, página 112) y otras pastorean “ganado”: áfidos –pulgones-, cochinillas, ciertos tipos de orugas o chinches (véase, por ejemplo, Wilson, obra citada, páginas 125-128).

[51] Véanse, por ejemplo, el apartado titulado “Cooperación y competencia” en la entrada “Formicidae” en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Formicidae#cite_ref-134; “Intraspecific aggression and colony fusion in the Argentine ant” de Gissella M. Vásquez y Jules Silverman, en: http://www4.ncsu.edu/~fgould/pdfs/Vasquez2008b.pdf o “Spoils of war and peace: enemy adoption and queen-right colony fusion follow costly intraspecific conflict in acacia ants”, Kathleen P. Rudolph y Jay P. McEntee, en Behavioral Ecology, Volumen 27, nº 3, 1 de enero de 2016, páginas 793–802. (Versión en Internet: https://academic.oup.com/beheco/article/27/3/793/2365688).

[52] Véanse por ejemplo:

·   Para “guerra” interespecífica en abejas australianas –aunque en el artículo se menciona la auténtica guerra intraespecífica también-, el artículo de Jason G. Goldman, “The Hives of Others: Bees Wage War across Species” en Scientific American, 1 de febrero de 2015: https://www.scientificamerican.com/article/the-hives-of-others-bees-wage-war-across-species/ (versión en español: “Guerras entre abejas”: https://www.investigacionyciencia.es/noticias/guerras-entre-abejas-12879)

·  Para guerra intraespecífica -auténtica guerra- entre abejas asiáticas, “Intraspecific Aggression in Giant Honey Bees (Apis dorsata)”, Frank Weihmann, Dominique Waddoup, Thomas Hötzl, y Gerald Kastberger en:       https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4592578/

·  Para guerras (inter e intraespecíficas) entre termitas, véanse, por ejemplo: el punto “Competition” de la entrada “Termite” en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Termite#Competition y Barbara L. Thorne y Michael I. Haverty, “A Review of Intracolony, Infraspecific and Interspecific Agonism in Termites” enSociobiology 19, Enero 1991, páginas 115-145. (Versión en Internet: https://www.researchgate.net/publication/266911865_Review_of_inter_colony_infraspecific_and_interspecific_agonism_in_termites). Este último artículo recoge comportamientos agonísticos en general, no sólo “guerras” -conflictos entre colonias.

[53] Keeley, obra citada, página 29, basándose en B. Knauft, “Reconsidering Violence in Simple Societies”, Current Anthropology 28, 1987, páginas 457-500; Richard B. Lee, The ¡Kung San, Nueva York: Cambridge University Press, 1979, páginas 387-400; Marvin Harris, Our Kind, [Nuestra Especie], Nueva York: Harper & Row, 1989, página 288; Handbook of North American Indians, vol. 5, Artic, Washington D.C.: Smithsonian Institution, 1984, páginas 340-341, 401-402, 409, 429, 440-441 y 455; J. G. Taylor, Labrador Eskimo Settlements of the Early Contact Period, National Museum of Man (Canadá) Publications in Ethnology, nº 9, 1974, página 92; y Handbook of South American Indians, vol. 1, Washington, D.C.: Government Printing Office, 1946, páginas 94-95.
[54] Keeley, obra citada, página 29.
[55] Edgerton, obra citada, página 57, tomando como referencia a I. Schapera, obra citada.
[56] Los mismos que en tu libro aparecen como “esquimales del bronce”, según Félix Rodríguez de la Fuente (página 436). Que yo sepa, el bronce es una aleación artificial, los esquimales no la usaban y no se da en estado nativo en la Naturaleza.
También dudo de que los esquimales usasen recipientes de obsidiana (página 437). Probablemente el recipiente a que se refería Rodríguez de la Fuente era de esteatita, una piedra mucho más blanda y fácil de transformar en recipientes con herramientas primitivas que la obsidiana. De hecho, algunos grupos esquimales usaban mucho la esteatita para hacer cuencos y estatuillas.
De todos modos, el propósito del presente texto no es corregir los errores técnicos o teóricos de Rodríguez de la Fuente, sino poner en evidencia la falsedad de tus afirmaciones, ya que eres tú el autor del libro.
[57] Keeley, obra citada, página 29.
[58] Keeley, obra citada, página 29, citando datos del Handbook of South American Indians, vol. 1, Washington, D.C.: Government Printing Office, 1946, páginas 94-95.
[59] Edgerton, obra citada, página 227, nota 46, basándose en M. Gusinde, The Yamana, New Haven: Human Relations Area File, 1961.
[60] Keeley, obra citada, nota 7 del capítulo 2, página 205, citando datos de B. Knauft, “Reconsidering Violence in Simple Societies”, Current Anthropology 28: 457-500.
[61] La referencia a que se dedicaban a cazar “vacas salvajes” (¿de qué especie? Que yo sepa no había grandes bóvidos salvajes en Sudamérica), da que pensar acerca de la fiabilidad de la información de Azara sobre esos grupos y/o de tu interpretación de la misma.
[62] Mencionado en Harris, obra citada, página 298.
[63] Harris, obra citada, página 298.
[64] Personalmente no creo que lo que la mayor parte de lo que hoy en día se denomina “violencia machista” lo sea realmente. Yo creo que las agresiones de hombres contra mujeres la mayoría de las veces se deben principal o exclusivamente a otros motivos diferentes de los prejuicios machistas. Probablemente la frustración (y con ella la agresividad y hostilidad), que es en gran medida consecuencia inherente e inevitable de los modos de vida y entornos modernos, tenga mucho más que ver con dichas agresiones que la presunta creencia de los agresores en la supremacía masculina. Simplemente, como veremos un poco más adelante, las mujeres tienen la “mala suerte” de ser, por regla general, físicamente menos grandes y fuertes y psíquicamente menos tendentes a la agresividad que los hombres. Es decir, cuando hay una pelea entre dos individuos de diferente sexo la mujer tiene normalmente las de perder.
De todos modos, para no irme por las ramas con largas digresiones acerca de qué es o no es machismo y por qué y, dado que las feministas y los feministos actuales creen que dichas agresiones tienen relación con el machismo y que tus idealizaciones evidentemente se basan, entre otras cosas, en la ideología feminista, en esta crítica consideraré dichas agresiones como si fuesen siempre “violencia machista”.
[65] Harris, obra citada, página 297.
[66] Marjorie Shostak (probablemente procedente de su libro Nisa the life and works of a ¡kung woman, Massachussets: Harvard University Press, página deconocida), citada por Harris en obra citada, páginas 297-298.
[67] Harris, obra citada, página 298.
[68] Harris, obra citada, página 298. Según Harris, esta baja tasa de asesinatos de mujeres a manos de hombres por lo general no se debía tanto a que los varones reprimiesen cultural y/o voluntariamente su propia agresividad hacia las mujeres, sino a que éstas tenían mucho cuidado de no cabrearlos demasiado.
[69] El Beagle era el barco a bordo del cual Charles Darwin realizó un viaje alrededor del mundo, y en especial en torno a Sudamérica, durante el cual recogió los datos que más tarde le sirvieron para formular y argumentar su célebre Teoría de la Evolución
[70] Richard E. Leakey en El Origen de las Especies, versión editada y abreviada por Richard E. Leakey, Barcelona: Ediciones Aguazul, 2003, en un pie de imagen basado en los informes de Charles Darwin, página 45.
[71] Harris, obra citada, página 298. Aquí Harris se refiere a Lumholtz pero no menciona la fuente. Probablemente sea Among Cannibals, ya que en las páginas 160 y 161 de este libro de Lumholtz aparecen fragmentos muy similares.
[72] Lumholtz, obra citada, páginas 161 y 162.
[73] Lumholtz, obra citada, página 163.
[74] Lumholtz, obra citada, página 119.
[75] Rayas del suborden Myliobatoidei. La mayoría de las especies suelen tener uno o más aguijones venenosos en la cola.
[76] 1 pie = 30,48 centímetros.
[77] Nombre común dado en Australia a diferentes especies de marsupiales.
[78] Edgerton, obra citada, página 48, basándose en H. L. Roth, The Aborigines of Tasmania, 2ª edición Halifax: F. King & Sons, 1899.
[79] Edgerton, obra citada, páginas 81-82, basándose en P. Freuchen, Book of the Eskimo, Nueva York: Fawcett, 1961, página 97; Lumholtz, obra citada; y H. Nieboer, Slavery as an Industrial System, La Haya: Martinas Nijhoff, 1900, página 11.
[80] Lumholtz, obra citada, página 161.
[81] Edgerton, obra citada, página 83, basándose en N. R. Peacock, “Rethinking the Sexual Division of Labor: Reproduction and Women’s Work Among the Efe”, en M. DiLeonardo (ed.), Gender at the Crossroads of Knowledge: Feminist Anthropology in the Post-Modern Era, Berkeley: University of California Press, 1990, páginas 339-360.
[82] Harris, obra citada, página 294.
[83] Y digo “en general” y “mayoritariamente” porque es posible que a veces, muy de vez en cuando, en algunas sociedades cazadoras-recolectoras, alguna que otra mujer pueda lograr una posición social elevada y se le otorgue bastante autoridad (por ejemplo, Edgerton, obra citada, página 47, menciona que entre los tasmanos se sabe de una banda que fue liderada por una mujer). De todos modos, incluso en los pocos casos en que esto sucedía, ello no implica que necesariamente desapareciese por ello el carácter patriarcal de la sociedad y de las relaciones entre sus miembros.
[84] Edgerton, obra citada, página 81, basándose en S. Ortner, “Is Female to Male as Nature Is to Culture?” en M.Z. Rosaldo y L. Lamphere (eds.), Women, Culture and Society, Stanford: Stanford University Press, 1974, páginas 67-87; S. F. Harbison, T. M. Khaleque y W. C. Robinson, “Female autonomy and Fertility Among the Garo of North Central Bangladesh”, American Anthropologist 91, 1989, páginas 1005-1007; y T. Gregor, “Male Dominance and Sexual Coercion”, en J. W. Stigler, R. A. Shweder y G. Herds (eds.), Cultural Psychology: Essays on Comparative Human Development, Cambridge: Cambridge University Press, 1990, páginas 477-495. La cursiva es mía.
[85] “Normalmente, basándonos en los ejemplos etnográficos de sociedades cazadoras-recolectoras que han sido estudiadas en épocas recientes, los hombres del grupo están emparentados y las mujeres proceden de otros grupos cercanos” (LeBlanc y Register, obra citada, página 101). O sea, eran patrilocales.
[86] Véase al respecto Harris, obra citada, páginas 335-338.
[87] Harris, obra citada, páginas 338 y 339.
[88] La desigualdad de estatus y la jerarquía entre diferentes grupos de edad es algo tan obvio y natural entre los seres humanos de todas las épocas y culturas que no haría falta dar ejemplos. Así, por lo general, siempre han tenido más influencia y poder los adultos que los niños. En los cazadores-recolectores los ancianos (especialmente los varones) solían ser muy respetados y tener mucha influencia en la marcha del grupo. Eso cuando no eran los dirigentes formales del mismo. Y los jóvenes iniciados (adultos jóvenes) eran superiores jerárquicamente a los aún no iniciados. “Hasta hace bastante poco, todas las sociedades ponían el bienestar de los adultos por encima del de los niños, especialmente del de los niños muy jóvenes, y con pocas excepciones, los hombres han puesto sus intereses por encima de los de las mujeres. Incluso entre los relativamente igualitarios pigmeos aka, mbuti y efe del Zaire, los hombres comían una dieta más rica en proteína que las mujeres, quienes subsistían principalmente a base de alimentos vegetales ricos en almidón y, por consiguiente, tenían peor salud que los hombres” (Edgerton, obra citada, página 75, basándose en P. L. Walker y B. S. Hewlett, “Dental Health, Diet and Social Status Among Central African Foragers and Farmers”, American Anthropologist 92, 1990, páginas 323-330).
[89] Véase, por ejemplo, Harris, obra citada, página 368, que habla de “cabecillas igualitarios”. Un cabecilla o líder, por definición, es alguien con un estatus destacado, es decir, con un estatus superior a la media. Luego si hay cabecillas ya no hay igualdad. Por otro lado, los cabecillas, debido a su estatus destacado tienen más influencia que otros en el resto del grupo (o sea, más poder), aunque no tengan capacidad de imponerse por la fuerza. Y a la vez, suelen ser tratados con cierto grado de deferencia por el resto. Luego si hay cabecillas hay jerarquía. Muy a menudo, a un líder no le hace falta usar la fuerza o la amenaza de ella para ejercer poder en un grupo, es decir, para tener capacidad de influir en otros. Basta con que otros le otorguen un estatus superior, es decir, una autoridad o una credibilidad superiores, confíen en su criterio, se sometan a él y le sigan (otra cosa es que acierten o se equivoquen al hacerlo; pero aquí no estamos discutiendo esto, sino simplemente si existía jerarquía o no en los cazadores-recolectores).
[90] “Los antropólogos a menudo concuerdan en que existe igualdad entre la gente en las sociedades de pequeña escala, pero con igualdad (o igualitarismo, como ellos prefieren llamarlo) se refieren a la ausencia de distinciones significativas entre las personas salvo las basadas en el sexo, la edad y la capacidad. Estas últimas distinciones son universales. Además, algunas sociedades muy pequeñas también hacen distinciones basadas en la riqueza, el poder o el parentesco” (Edgerton, obra citada, página 76, basado en C. R. Hallpike, The Principles of Social Evolution, Oxford: Clarendon Press, 1986), cursiva añadida. “Esta primera organización social humana era igualitaria. Dentro de la sociedad cazadora-recolectora nómada no existían diferencias de nacimiento en el estatus ni accesos especiales heredados a los recursos –al menos no en comparación con otros tipos posteriores de sociedad humana. Los cazadores-recolectores nómadas carecen de líderes permanentes, de diferencias significativas en cuanto a riqueza y de instituciones sociales más allá de la constituida por el propio grupo. La principal diferencia en cuanto a ‘riqueza’ o ‘posición’ en las sociedades cazadoras-recolectoras tradicionales es que a veces algunos hombres tienen múltiples esposas mientras que otros no tienen ninguna” (LeBlanc y Register, obra citada, páginas 102-103), cursiva añadida. Y aún teniendo muy presentes los trozos en cursiva, vemos la discrepancia existente entre ambos autores (antropólogos en ambos casos). Así que, ¡fíate tú del “igualitarismo” de los antropólogos!
[91] Salvo los insectos sociales, y quizá en las ratas-topo de las especies Cryptomys damarensis y Heterocephalus glaber, que mantienen el orden de sus sociedades principalmente mediante feromonas.
[92] Véase, por ejemplo, Eib-Eibesfeldt, obra citada, páginas 48 y 49.
[93] “En el hombre […] existe una predisposición a encuadrarse en un sistema jerárquico y a seguir temporalmente los pasos de los miembros de rango superior. […] también se sabe que el hombre tiende a aprender de otro de superior jerarquía. […] Desde una perspectiva funcional el efecto es el mismo [tanto si la disposición a doblegarse ante los individuos de rango superior es innata como si es aprendida]: impide constantes y agotadoras luchas por la jerarquía, que perturbarían sensiblemente la vida del grupo. (La verificación de su funcionalidad no implica que por ello haya que [aceptar] las jerarquías en general y de forma [acrítica])*. Pero como por otro lado es inadmisible la hipótesis de que en la evolución del mono al hombre haya existido una fase en la que éste –quizá por vivir aislado- no haya estado sometido a estos imperativos funcionales, resulta difícil de comprender por qué lo innato tendría que haber sido erradicado y sustituido por entero por la adaptación cultural. Las investigaciones [página 93] de acuerdo con las cuales la obediencia no debe ser imbuida a los niños por la fuerza apuntan hacia una predisposición innata para la obediencia” (Eib-Eibesfeldt, obra citada, páginas 102-104).
*El fragmento entre paréntesis es una nota de pie de la página 103 y las palabras entre corchetes en él son correcciones mías a errores tipográficos (“captar” y “críticamente”, respectivamente) basadas en el contexto.
[94] Edgerton, obra citada, página 79.
[95] “[Los] pigmeos africanos distinguían a los ‘líderes’ de los que no lo eran, y aquellos gozaban de mejor salud” (Edgerton, obra citada, página 75). Esta diferencia de salud era debida sobre todo a que “entre los hombres pigmeos, los líderes consumían más proteínas que los varones adultos que no eran líderes” (LeBlanc y Register, obra citada, página 112, basándose en P. L. Walker y B. S. Hewlett, “Dental Health, Diet, and Social Status Among Central African Foragers and Farmers”, American Anthropologist 92, 1990, páginas 383-398).
[96] Véase, por ejemplo, más arriba la cita de Shostak en Harris, obra citada, páginas 297-298, acerca de la existencia de “portavoces” y “curanderos” entre los bosquimanos. Y tú mismo hablas de los chamanes san en tu libro (por ejemplo, páginas 523-524).
[97] Edgerton, obra citada, página 78.
[98] Lumholtz, obra citada, página 177.
[99] Íbid.
[100] The Harmless People, epílogo “The Bushmen in 1989”, Second Vintage Books Edition, Nueva York, Random House, 1989, páginas 286-287.
[101] Véase, por ejemplo, Harris, Nuestra especie, páginas 362-363.
[102] Edgerton, obra citada, página 88, basándose en K. Rasmussen, The Netsilik Eskimos: Social Life and Spiritual Culture, Copenhague: Gyldendalske Boghandel, Nordfisk Forlag, 1931.
[103] Atlas Culturales de la Humanidad, volumen 1, El Amanecer de la Humanidad, Barcelona: Debate, 1994, página 95.
[104] LeBlanc y Register, obra citada, página 103.
[105] “[M]uchas sociedades que carecían de agricultura vivían, con todo, en comunidades estables con marcadas desigualdades de rango. Algunas de ellas […] incluso contaban con plebeyos cuya condición asemejaba a la de esclavos. La mayoría de estas sociedades cazadoras-recolectoras no igualitarias parecen haberse desarrollado a lo largo de las costas marítimas y los cursos fluviales, donde abundaban los bancos de moluscos, se concentraban las migraciones piscícolas o las colonias de mamíferos marinos favorecían la construcción de asentamientos estables y donde la mano de obra excedente se podía aprovechar para aumentar la productividad del hábitat” (Harris, Nuestra especie, página 377). “Quizá el desarrollo más extraordinario […] tuvo lugar en la costa del Pacífico en el noroeste [de Norteamérica] con sus abundantes recursos marinos consistentes en focas, leones marinos, nutrias marinas y, en particular, el salmón que venía a desovar a los ríos. Este suministro relativamente abundante probablemente implicaba un mayor esfuerzo en el almacenamiento de los alimentos que en su consecución. Los diversos animales eran secados en verano o ahumados en otoño y la grasa era fundida para obtener aceite con el fin de tener suficientes alimentos para el invierno. Aunque naturalmente había fluctuaciones, el suministro de alimentos era lo suficientemente fiable como para evitar la necesidad de movilidad y esta área produjo uno de los pocos ejemplos de sociedad sedentaria no basada en la agricultura. Se desarrollaron aldeas, cada una con una población de unos 1.000 habitantes, que vivían en largas casas comunales, con jefes de aldea y unas considerables estratificación social y especialización en el trabajo, junto con complejos mecanismos de intercambio y regalos de alimentos como modos de obtener prestigio y asegurar una subsistencia adecuada para todos. Esta compleja sociedad incluso produjo una casta hereditaria de esclavos” (Clive Ponting, A Green History of the World, Penguin Books, 1992, página 31).
[106] Véase por ejemplo: Harris, Nuestra especie, páginas 375-376, citando las palabras de un jefe kwakiutl en un potatlch (banquetes ceremoniales que organizaban los jefes para ganar estatus y avergonzar a sus rivales repartiendo y destruyendo alimentos y bienes): “Soy el gran jefe que avergüenza a la gente […]. Llevo la envidia a sus miradas. Hago que las gentes se cubran las caras al ver lo que continuamente hago en este mundo. Una y otra vez invito a todas las tribus a fiestas de aceite [de pescado…], soy el único árbol grande […]. Tribus, me debéis obediencia […]. Tribus, regalando propiedades soy el primero. Tribus, soy vuestra águila. Traed a vuestro contador de la propiedad, tribus, para que trate en vano de contar las propiedades que entrega el gran hacedor de cobres, el jefe”. En dichos potatlch, no sólo se regalaban y consumían alimentos y bienes de forma exagerada sino que además se destruían gran cantidad de posesiones valiosas; incluso a veces en dichas ceremonias se sacrificaban esclavos. Véase por ejemplo W. C. Mac Leod, “Some social aspects of aboriginal american slavery”, en Journal de la societé de américanistes 19, 1927, página 126: “Los esclavos eran inmolados en potlatches funerarios y mortuorios con la idea de enviarlos al otro mundo para servir a sus amos; en otros potlatches se les mataba meramente como demostración de riqueza y de desprecio por la misma”.
[107] ¿Cuántos cazadores-recolectores actuales viven exclusivamente de la caza-recolección y de un modo nómada, usando sólo su tecnología tradicional? ¿Cuántos pueblos cazadores-recolectores actuales siguen usando exclusivamente herramientas de madera, hueso, piel, fibras vegetales o piedra? Prácticamente ninguno, la inmensa mayoría usan, como mínimo, armas y herramientas de metal obtenidas de sociedades civilizadas. Y hoy por hoy, casi todos ellos, en mayor o menor grado, viven en asentamientos gran parte del año y usan alegremente tecnología moderna, comprada y fabricada en la sociedad industrial moderna y alimentada por fuentes de energía industriales modernas. Por ejemplo, ¿cuántos esquimales siguen cazando sólo con trineos de perros o en botes de remos y con arpones o arcos y flechas? Prácticamente todos usan motos de nieve, lanchas a motor y rifles. Es más, algunos como por ejemplo los esquimales de algunas zonas del ártico de Norteamérica, incluso han constituido empresas para beneficiarse económicamente de la explotación industrial de los recursos naturales de sus “sagrados” territorios.
[108]“[U]nas pocas cosas eran consideradas propiedad individual –un hacha de piedra u objetos usados con propósitos religiosos, por ejemplo-” (LeBlanc y Register, obra citada, página 103), cursiva añadida. “El predominio de la propiedad colectiva de la tierra [véase más abajo] no significa que las bandas de cazadores y recolectores carezcan por completo de propiedad privada […] Muchos objetos materiales de las sociedades organizadas en bandas [cazadoras-recolectoras nómadas] están bajo el control (esto es, son ‘propiedad’) de individuos específicos, en especial los artículos que el propio usuario ha producido. Hasta los miembros de las sociedades más igualitarias creen normalmente que las armas, ropas, recipientes, adornos, útiles y otros ‘efectos personales’ no se deben coger o utilizar sin el consentimiento de su ‘propietario’” (Marvin Harris, Antropología cultural, Madrid: alianza, 1995, páginas 296-297). Parece que estos tres antropólogos no se ponen de acuerdo en si las propiedades privadas en los cazadores-recolectores nómadas eran muchas o sólo unas pocas, pero sí que coinciden al menos en que existían.
[109] Lumholtz, obra citada, página 126.
[110] Lumholtz, obra citada, página 147.
[111] Véase, por ejemplo: “Marx murió poco después de leer el trabajo de Morgan [Ancient Society] y Engels tuvo que reinterpretarlo a solas sobre la base de las extensas notas que dejó. Fruto de esta labor fue El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, pieza central de la antropología marxista hasta el final de la II Guerra Mundial. Aunque Marx pensaba que podía detectar en la obra de Morgan la corroboración independiente de la concepción materialista de la historia, lo cierto es que Ancient Society se basaba en una confusa mescolanza [acerca de la causalidad de los fenómenos sociales]. Engels no logró superar las limitaciones del eclecticismo de Morgan, con lo que El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado se convirtió en una obra fallida, que en momentos cruciales no es ni materialista ni dialéctica” (Marvin Harris, El materialismo cultural, Madrid: Alianza, 1982, página 184).
[112] Marvin Harris, Antropología cultural, Madrid: alianza, 1995, página 296.
[113] Lumholtz, obra citada, página 126.
[114] Edgerton se refiere a que al cambiar mujeres por perros, la economía, la dieta y el modo de vida de los tasmanos se vieron muy dañados, ya que eran las mujeres las que aportaban con su trabajo la mayor parte de los alimentos y, a su vez, la escasez de mujeres empeoró la situación de guerra crónica entre bandas, ya que uno de sus motivos principales era capturar mujeres.
[115] Edgerton, obra citada, página 51.
[116] Una milla cuadrada equivale aproximadamente a 2,6 kilómetros cuadrados.
[117] Edgerton, obra citada, página 47.
[118] LeBlanc y Register, obra citada, página 103.
[119] LeBlanc y Register, obra citada, página 116, basándose en R. J. Gordon, “The ¡Kung in the Kalahari Exchange: An Ethnohistorical Perspective”, en Past and Present Hunter Gatherer Studies, ed. C. Schrire, Orlando, Florida: Academic Press, 1984, páginas 195-224 e I. Eibl-Eibesfeldt, “Agression in the ¡Ko-Bushmen, en Wars: Its Causes and Correlates, eds. M. A. Nettleship, R. D. Givens y A. Nettleship, La Haya: Mouton, 1975, páginas 281-296.
[120] Harris, Antropología cultural, página 296.
[121] Bernard Campbell, Ecología Humana, Barcelona: Salvat Editores, 1985, páginas 182 y 184.
[122] También es posible entender la religión de formas que no impliquen necesariamente creencia en dioses o en lo sobrenatural, refiriéndose únicamente al sentimiento de reverencia profunda o sacralidad hacia ciertos aspectos del mundo real y natural. Sin embargo, esta noción de la religiosidad como sentimiento de reverencia profunda, a pesar de referirse también a un fenómeno prácticamente universal, es bastante poco convencional (cuando se habla de religión se suele entender ésta principal o exclusivamente como la creencia en divinidades y/o en lo sobrenatural –más allá, magia, milagros, poderes paranormales, etc.-), por lo que la dejaremos aparte en esta crítica.
[123] Los neandertales probablemente practicaban ceremonias religiosas. “Han salido a la luz también pruebas de que los [neandertales] enterraban a sus muertos con ritos religiosos –con flores y ocre y cuernos de animales- la primera gente que se conoce que haya hecho algo así” (Ronald Wright, A Short History of Progress, Edinburgo: Canongate, 2006, página 20). Véase también, por ejemplo, la noticia “Confirman que los neandertales enterraban a sus muertos de forma intencionada”: http://www.rtve.es/noticias/20131217/confirman-neandertales-enterraban-muertos-forma-intencionada/824140.shtml.
No obstante, dado que normalmente hasta los ateos más recalcitrantes también entierran a sus muertos (o los queman o realizan cualquier otra forma de tratamiento funerario de los cadáveres) con honras fúnebres, como son el uso de adornos en las tumbas y en los cadáveres, las ofrendas, las muestras de duelo o las construcciones funerarias, hay que reconocer que el mero hecho de enterrar a los muertos, incluso con muestras ostensibles de respeto y siguiendo rituales mortuorios, no necesariamente es una prueba irrefutable de religiosidad y creencia en lo sobrenatural; aunque, ciertamente, suele ser un indicio de ellas en muchos casos.
También hay indicios de que los neandertales practicaban algún tipo de culto al oso de las cavernas (Ursus spelaeus). Véase, por ejemplo, el punto “Cave Bear Worship” en la entrada “Cave Bear” de la New World Encyclopaedia:   http://www.newworldencyclopedia.org/entry/Cave_bear.
Es más, ciertos hallazgos en la Sierra de Atapuerca y algún otro lugar del mundo indican que los homínidos de hace cientos de miles de años, quizá practicaban ya algo parecido a rituales funerarios (véanse, por ejemplo, las siguientes noticias: “Descubren el ‘enterramiento’ más antiguo en Atapuerca”: https://www.abc.es/20120720/sociedad/rc-descubren-enterramiento-antiguo-atapuerca-201207202005.html; “Los primeros enterramientos humanos con ritual se hicieron en Atapuerca, según Arsuaga”: https://www.elmundo.es/elmundo/2001/07/13/ciencia/995020933.html o “New human-like species discovered in South Africa”:

https://www.bbc.com/news/science-environment-34192447).

Aunque puede que sólo fuesen prácticas higiénicas utilitarias (un modo de librarse de los cadáveres) o simplemente acumulaciones accidentales de huesos, o alguna otra cosa (véanse, por ejemplo: “Atapuerca: primer enterramiento ritual, bajo dudas”:

https://www.catalunyavanguardista.com/atapuerca-primer-enterramiento-ritual-bajo-dudas/; “Hominin skeletal part abundances and claims of deliberate disposal of corpses in the Middle Pleistocene”:

http://www.pnas.org/content/115/18/4601; “Homo naledi: new species of ancient human discovered, claim scientists”:

https://www.theguardian.com/science/2015/sep/10/new-species-of-ancient-human-discovered-claim-scientists o “Debate Erupts over Strange New Human Species”:

[124] Lumholtz, obra citada, páginas 279-280 y 283.
[125] Lumholtz, obra citada, página 101.
[126] Lumholtz se refiere a una zona abrupta y poco visitada incluso por los aborígenes.
[127] Lumholtz, obra citada, páginas 114 y 201-202.
[128] Lumholtz, obra citada, páginas 277 y 279, basándose en John Fraser, “The Aborigines of New South Wales”, Transactions of Royal Society of New South Wales, 1882, página 229.
[129] Edgerton, obra citada, página 126, basándose en M. J. Meggitt, Desert People: A Study of the Walbiri Aborigines of Central Australia, Chicago: University of Chicago Press, 1962.
[130] Edgerton, obra citada, página 127, basándose en K. Rasmussen, The Netsilik Eskimos: Social Life and Spiritual Culture, Copenhague: Gyldendalske Boghandel, Nordfisk Forlag, 1931.
[131] Edgerton, obra citada, páginas 60-61, basándose en E. S. Burch, hijo, “The Non-Empirical Environment of the Artic Alaskan Eskimo”, Southwestern Journal of Anthropology 27, 1971, páginas 148-165.
[132] Véase, por ejemplo, Harris, Antropología cultural, fragmento de tabla 6.1 (basada en datos de Lee de 1979), página 215, referido a las horas de trabajo diarias por persona entre los ¡kung:


Hombres
Mujeres
Producción y preparación de alimentos
3,09
1,80
Trabajos manuales
1,07
0,73
Labores del hogar y cuidados de los niños
2,20
3,20
TOTAL
6,36
5,73

Lo cual da como resultado 44,52 horas de trabajo a la semana para los hombres y 40,11 horas para las mujeres.
No es que estos datos me parezcan muy fiables (me parece raro que los hombres trabajasen más horas que las mujeres y no estoy convencido de que Lee tuviese en cuenta realmente todas las actividades que deberían haberse considerado efectivamente como trabajo), pero aún así, meramente a partir de la observación de estas cifras, resulta obvio que no vivían bailando, cantando, adornándose o tocándose las narices todo el día.
[133] LeBlanc y Register, obra citada, página 119.
[134] Campbell, Ecología Humana, páginas 77-78, basándose en datos de J. Woodburn, “An introduction to Hadza ecology”, en Man the Hunter, eds. R. B. Lee e I. De Vore, Chicago: Aldine Publishing Co., 1968.
[135] Edgerton, obra citada, página 48.
[136] Edgerton, obra citada, página154, basándose en R. B. Lee, The ¡Kung San: Men, Women and Work in a Foraging Society, Cambridge: Cambridge University Press, 1979 y E. M. Thomas, The Harmless People.
[137] Según Edgerton (obra citada, página 76), se las alquilaban.
[138] Edgerton, obra citada, página 6, comentando la idealización y poca fiabilidad de los datos acerca de los mbuti que Collin Turnbull presentó en The Forest People, Nueva York: Simon & Schuster, 1961.
[139] Edgerton, obra citada, página 154, citando a C. Turnbull, Wayward Servants: The Two Worlds of the African Pygmies, Garden City, Nueva York: Natural History Press, 1965.
[140] Edgerton, obra citada, página 56, basándose en L. L. Betzig, Despotism and Differential Reproduction: A Darwinian View of History, Nueva York: Aldine, 1986.
[141] Edgerton, obra citada, página 71, basándose en Betzig, obra citada.
[142] Edgerton, obra citada, página 75, basándose en A. W. Johnson y T. Earle, The Evolution of Human Societies: From Foraging Group to Agrarian State, Stanford: Stanford University Press, 1987, página 321 y en R. E. Roberts y D. Brintnall, Reinventing Inequality: An Inquiry into Society Stratification, Cambridge: Schenkman, 1983.
[143] Edgerton, obra citada, página 204.
[144] Expresión latina que significa “toma el día” y que se refiere a la idea, ya formulada en su época por los epicúreos, de vivir centrados en disfrutar el presente sin preocuparse del futuro ni obsesionarse con el pasado. Para los abundantes adeptos actuales de esta filosofía pobre y simplista, el problema fundamental de la vida moderna –o de la civilización en general- se reduce a que vivimos oprimidos y obsesionados por los recuerdos y experiencias del pasado y/o por el miedo y la angustia acerca de lo que nos deparará el futuro y ello no nos deja disfrutar plenamente del presente.

[145] Por ejemplo: “La tradición de los nativos San actuales dice que Tsodilo [un paraje de Namibia en que abundan las pinturas rupestres] es el lugar donde surgió la vida, y las representaciones de sus antepasados, las pinturas rojas, reflejan las huellas de los primeros animales, y su búsqueda de las primeras aguas” ( “Las más de 4.500 pinturas rupestres del desierto de Kalahari, algunas más antiguas que las de Lascaux y Altamira” en La Brújula Verde: https://www.labrujulaverde.com/2017/05/las-mas-de-4-500-pinturas-rupestres-del-desierto-de-kalahari-algunas-mas-antiguas-que-las-de-lascaux-y-altamira).

[146] Por ejemplo: “[L]os festivales intichiuma que celebraban anualmente los aborígenes australianos [arunta]. En ellos […] visitan lejanos acantilados y refugios rupestres para contemplar y enriquecer las galerías de pinturas que representan la historia de la edad dorada en que el mundo era joven” (Harris, Nuestra especie, página 108; negrita añadida).
[147] Esta es la teoría defendida por Henri Breuil: “El abate Breuil apoyó vigorosamente la concepción entonces vigente de que el arte rupestre era una expresión de magia simpática para la caza” (Atlas culturales de la humanidad, volumen 1, El amanecer de la humanidad, Barcelona: Debate, 1994, página 111). “La función y significado exactos de las pinturas rupestres europeas no están claros, pero su naturaleza religiosa y ceremonial no se discute y hubo casi con certeza algún elemento mágico implicado en la búsqueda de control sobre las manadas de las cuales dependía el modo de vida de la comunidad” (Ponting, obra citada, página 28).
[148] Hay que reconocer que, dado que no hay forma de interrogar a sus autores por los motivos y el sentido de su obra, el significado y función reales de las pinturas paleolíticas no los conoce nadie. Todas las teorías al respecto son puramente especulativas y probablemente seguirán siéndolo siempre.
[149] Harris, Nuestra especie, páginas 107-108.
[150] Orígenes del Hombre: Arqueología de las primeras civilizaciones, tomo 10, El Hombre de Cro-Magnon, volumen II, Barcelona: Ediciones Folio, 1994, página 127.
[151] Ibíd., páginas 140-141.
[152] Harris, Nuestra especie, páginas 108-109.
[153] Atlas culturales de la humanidad, Volumen 1, página 115.
[154] “La mayor parte del tiempo [los cazadores-recolectores nómadas] viven en pequeños grupos de entre 25 y 50 personas y se juntan en grupos mayores por motivos ceremoniales, para casarse y para otras actividades sociales en la época en que los suministros de alimento permiten que una mayor población se reúna en un lugar” (Ponting, obra citada, página 20) y “[D]e forma ocasional las bandas de cazadores-recolectores se unen en unidades mayores, normalmente cuando el alimento es abundante con el fin de encontrar parejas y llevar a cabo algunos intercambios” (LeBlanc y Register, obra citada, página 104). “[Para] los aborígenes gidjingali del norte de Australia […] en plena estación seca la subsistencia depende de las nueces de las cícadas que, aunque son difíciles de preparar, son abundantes y pueden mantener a los grandes grupos de gente que se juntan en esta época para llevar a cabo actividades ceremoniales, religiosas y sociales” (Ponting, obra citada, página 22).
[155] Marvin Harris, Caníbales y Reyes, Madrid: Alianza, 2002, página 28.
[156] Atlas Culturales de la Humanidad, Volumen 1, página 93.
[157] Atlas Culturales de la Humanidad, Volumen 3, 1994, página 82
[158] LeBlanc y Register, obra citada, página 132. El fragmento original en cuestión se refiere a los agricultores y ganaderos sedentarios (“farmers”) en exclusiva, pero prácticamente sirve igual para los cazadores-recolectores sedentarios en general.
[159] Wright, obra citada, página 44 basándose en Christopher Stringer y Robin McKie, African Exodus: The Origins of Modern Humanity, Nueva York: Henry Holt/John Macrae, 1997.
[160] Ponting, obra citada, páginas 24, 37 y 42.
[161] Se supone que, en algún momento, muchos de los cazadores-recolectores que en la actualidad viven en entornos marginales y poco productivos fueron empujados a dichos lugares por pueblos agricultores y ganaderos que ocuparon sus territorios originales. En sus territorios originales, con unas condiciones más favorables, su crecimiento demográfico probablemente se habría visto mucho más favorecido que en la actualidad.
[162] LeBlanc y Register, obra citada, página 126.        
[163] En esta crítica, por capacidad de carga o capacidad de sustentación para la especie humana entiendo el máximo de población humana que un ecosistema puede mantener con una tecnología dada.
[164] “Hoy en día está claro que Oriente Próximo fue sólo una de las al menos cuatro principales regiones del mundo en que se desarrollo la agricultura de forma independiente aproximadamente al mismo tiempo. Las otras son el Lejano Oriente, […] Mesoamérica (México y partes adyacentes de Centroamérica) […] y la región andina de Sudamérica […] En todos estos núcleos geográficos, la domesticación de cultivos aparece hace entre 8.000 y 10.000 años. Además de las Cuatro Grandes, existen cerca de una docena de áreas fundacionales menores alrededor del mundo, incluido el sudeste tropical de Asia, Etiopía, el Amazonas y el este de Norteamérica” (Wright, obra citada, página 42).
[165] Ponting, obra citada, página 42.
[166] Entre ellos, que seguramente el desplazamiento de ciertos grupos de cazadores-recolectores a áreas marginales y poco productivas no tuvo tanto que ver con la invención y adopción de la agricultura por parte de los cazadores-recolectores como la sedentarización, o al menos una fuerte reducción del nomadismo, debida a la alta productividad de ciertos entornos. Si el desplazamiento a entornos marginales hubiese sido la causa de la agricultura, ya no quedarían cazadores-recolectores nómadas, ya que los grupos que habitaban los entornos más marginales habrían sido los primeros en transformarse en agricultores. Los hechos demuestran lo contrario, precisamente la mayoría de las culturas cazadoras-recolectoras nómadas que más tardaron en sucumbir a la agricultura habitaban en entornos marginales poco productivos y eran bastante itinerantes y las culturas que empezaron a practicar la agricultura, o la protoagricultura antes de ella, normalmente eran ya sedentarias o semisedentarias y habitaban precisamente los entornos más productivos.
Otro punto flojo que cabe señalar acerca de la hipótesis dada por Ponting sería que el proceso irreversible de retroalimentación positiva entre el crecimiento demográfico y el desarrollo de nuevos métodos de intensificación de la explotación del medio no empezó con la agricultura, sino que llevaba produciéndose desde muchos milenios antes.
[167] LeBlanc y Register, obra citada, página 102.
[168] LeBlanc y Register, obra citada, página 113, basándose en D. Read y S. A. LeBlanc, obra citada.
[169] LeBlanc y Register, obra citada, página 111. 
[170] Le Blanc y Register, obra citada, página 111, basándose en R. L. Kelly, The Foraging Spectrum: Diversity in Hunter-Gatherer Lifeways, Washington, D.C.: Smithsonian Institution Press, 1995.
[171] Leyendo tu libro, da la impresión de que los “paleolindos” no solamente controlaban el tamaño y crecimiento de su población de forma completamente voluntaria, sino que además lo hacían de un modo completamente incruento, sanitariamente seguro y, por supuesto, no discriminatorio. La realidad, como veremos, era bastante menos agradable.
[172] Un importante factor limitante del crecimiento poblacional es el número de mujeres en edad de procrear. Sin embargo, el número de varones no es ni remotamente tan importante a la hora de determinar el crecimiento demográfico. Por regla general, cada mujer solamente puede tener un hijo cada nueve meses como máximo (a menudo el intervalo es mayor, dependiendo de la duración de la lactancia, la alimentación de la madre y otros factores físicos). Esto hace que el número máximo de hijos que una mujer puede tener a lo largo de su vida sea limitado. Sin embargo, los hombres no están limitados de ese modo a la hora de poder tener hijos. Un solo hombre puede, en teoría, fecundar un número enorme de mujeres a lo largo de su vida, sin necesidad de tener que esperar entre una fecundación y otra. Esto significa que aunque haya muchas más mujeres que hombres en un grupo, el grupo puede y suele seguir creciendo. Y sin embargo, cuando hay muchos más hombres que mujeres en un grupos sociales humanos, eso significa que muchos de ellos no se podrán reproducir. Por tanto, una población puede seguir creciendo a pesar de tener pocos hombres, pero no si tiene pocas mujeres. De modo que, matando regularmente a parte de las niñas se reducía el número de mujeres reproductoras en los grupos, y con ello el crecimiento demográfico.
[173] Ponting, obra citada, página 23.
[174] LeBlanc y Register, obra citada, página 113, basándose en G. Colishaw “Infanticide in Aboriginal Australia”, Oceania 48, 1978, páginas 262-263; Edgerton, obra citada; A. Balicki, “Female infanticide on the Artic Coast, Man 2, 1967, páginas 615-625; E. A. Cashdan, “Natural Fertility, Birth Spacing, and the ‘First Demographic Transition”, American Anthropologist 87 (3), 1985, páginas 650-653; M. Freeman, “A Social and Ecological Analysis of Systematic Female Infanticide Among the Netsilik Eskimo, American Anthropologist 73, 1978, páginas 1101-1118; K. Hill y A. M. Hurtado, Ache Life History: The Ecology and Demography of a foraging People, Hawthorne, Nueva York: Aldine de Gruyter, 1995 y R. Benfer, “Holocene Coastal Adaptations: Changing Demography and Health at the Fog Oasis of Paloma, Peru, 5000-7800 a.p.” en Andean Archaeology: Papers in Memory of Clifford Evans, ed. R. Matos M., S. A. Turpin y H. H. Eling hijo, monografía XXVII, páginas 45-64, Los Ángeles: Institute of Archaeology, University of California, 1986). Véase también, por ejemplo, Harris, Caníbales y reyes, páginas 30-35.
[175] También conocida como “subincisión peneana”. Esta operación, que por supuesto se realizaba sin anestesia (ésta es un invento muy moderno), evitaba en principio que gran parte del semen penetrase en la vagina de la mujer durante la eyaculación, al practicar en la parte inferior del pene un corte que abría la uretra. Según Lumholtz (obra citada, página 47, nota de pie de página 1), el corte tenía una pulgada (aproximadamente 2,5 centímetros de largo) y se realizaba cerca del escroto, aunque otras informaciones hablan de subincisiones que recorren la totalidad del pene, desde la punta a la base.
[176] Íbid.
[177] LeBlanc y Register, obra citada, página 117.
[178] Edgerton, obra citada, página 112, basándose en J. C. Altman, “Hunter-Gatherer Subsistence Production in Arhem Land: The Original Affluence Hypothesis Re-examined”, Mankind 14: 179-190.
[179] Lumholtz, obra citada, páginas 134-135.
[180] LeBlanc y Register, obra citada, página 117.
[181] LeBlanc y Register, obra citada, página 113.
[182] Le Blanc y Register, obra citada, página 111, basándose en R. B. Lee, Subsistence Ecology of ¡Kung Bushmen, Berkeley: Department of Anthropology, University of California, Berkeley, 1965 para los datos sobre los ¡kung y en R. L. Kelly, The Foraging Spectrum: Diversity in Hunter-Gatherer Lifeways, Washington, D.C.: Smithsonian Institution Press, 1995, para datos acerca de cazadores-recolectores nómadas en general.
[183] Aunque en realidad la tasa de reemplazo poblacional (número medio de hijos por mujer necesarios para que la población se mantenga estable) varía bastante de unas sociedades a otras en base a diversos factores existentes en cada población concreta (como el tipo de relaciones reproductivas entre ambos sexos, la proporción entre ambos sexos, la mortalidad infantil, etc.) se suele considerar que la tasa media de reemplazo demográfico, es decir, el número medio de hijos por mujer para que el tamaño de una población humana se mantenga estable a lo largo de las generaciones, es en general de 2,1. O sea, que una media de más de dos hijos por mujer, conlleva normalmente un crecimiento demográfico.
[184] En la nomenclatura arqueológica del África austral, el periodo llamado “Edad de Piedra media” va desde hace unos 130.000 años hasta hace unos 50.000 años.
[185] En la nomenclatura arqueológica del África austral, el periodo llamado “Edad de Piedra tardía”, va desde hace unos 50.000 años hasta el siglo II d.C.  
[186] Atlas Culturales de la Humanidad, volumen 3, De la Piedra al Bronce, Barcelona, Debate, 1994, página 51.
[187] E incluso, en los raros casos en que esto sucede en algunos individuos o grupos y con algunos comportamientos, suele ser al precio de producir serias consecuencias negativas a nivel psicológico y social en dichos individuos y grupos, respectivamente.
[188] De hecho, además de ser rasgos poco frecuentes entre los seres humanos, es que ni siquiera son exclusivos de ellos. En algunas ocasiones, también algunos individuos de otras especies muestran, a su manera, algunos de dichos rasgos que podríamos llamar “racionalidad”, “intencionalidad” y “autoconsciencia”.
[189] “Fur seals” en el original. El autor se refiere probablemente a las siguientes dos especies de otáridos: Callorhinus ursinus (oso marino ártico) y Arctocephalus townsendi (oso marino de Guadalupe).
[190] LeBlanc y Register, obra citada, páginas 136-137.
[191] Ibíd., página 127.
[192] Ibíd.,, obra citada, página 126.
[193] LeBlanc y Register, obra citada, página 36, basándose en J. Woodburn, “An Introduction to Hadza Ecology” en Man the Hunter, páginas 49-55.
[194] Íbid.
[195] Ibíd., página 36.
[196] Ibíd., página 111.
[197] LeBlanc y Register, obra citada, página 112, basándose en W. M. Denevan, The Native Population of the Americas in 1942, Madison: University of Wisconsin Press, 1976.
Aunque la idea, defendida por Denevan y otros autores revisionistas ecológicos, de que los grandes ecosistemas de pradera son en gran medida de origen antrópico es una exageración ideológicamente sesgada para tratar de justificar la manipulación, destrucción y sometimiento de los ecosistemas por parte de los seres humanos,* los hechos básicos en que se basa dicho artero subterfugio son ciertos: los seres humanos primitivos, y los cazadores-recolectores nómadas en particular, a veces quemaban la vegetación natural y esto, en algunos casos, pudo generar graves alteraciones ecológicas (véase, por ejemplo, la nota de pie de página 204 en esta misma crítica).
[*Para una crítica más en profundidad de dicho sesgo ideológico, véanse, por ejemplo, “El mito del paisaje precolombino humanizado” de Dave Foreman y “Las tierras salvajes de la historia” de Donald Worster: http://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica/el-mito-del-paisaje-precolombino-humanizado o http://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica/las-tierras-salvajes-de-la-historia; traducciones de los artículos originales: “The Myth of the Humanized Pre-Columbian Landscape”, en Keeping the Wild, eds. George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (Island Press, 2014) y “The Wilderness of History”, en Wild Earth. Wild ideas for a World Out of balance (ed. Tom Butler, Milk Weed Editions, 2002), respetivamente].
[198] LeBlanc y Register, obra citada, página 112.
[199] Íbid., página 36.
[200] Véase, por ejemplo, Atlas Culturales de la Humanidad, volumen 2, Más allá de África, Barcelona: Debate, 1994, páginas 94-95. También: “A juzgar por los indicios arqueológicos y por las prácticas de los [indios] en épocas históricas, los bisontes eran conducidos también a ciénagas, arroyos y cañones sin salida e incluso a corrales o rediles construidos a tal fin por los cazadores” (B. O. K. Reeves, “Seis milenios de matanzas de bisontes”, Investigación y Ciencia nº 87, diciembre 1983, página 78). “Muchos yacimientos arqueológicos muestran vívidamente el lugar en que manadas enteras de bisontes y de otros animales fueron despeñadas por acantilados y matadas. Sin duda, mucha de esa carne se pudrió ya que no había manera de preservar los excedentes” (George Wuerthner, “Una forma ecológica de ver a los indios”: http://www.naturalezaindomita.com/una-forma-ecolgica-de-ver-a-los-indios; traducción del artículo original: “An ecological view of the Indian”, publicado en EF!Journal nº7, páginas 20-23, 1 de agosto de 1987). “Cuando el viento soplaba desde el corral en dirección a las tiendas, subía un hedor intolerable procedente del gran número de cadáveres putrefactos” (B. O. K. Reeves, citando a Peter Fidler, testigo ocular en 1797 de este tipo de cacerías, en obra citada, página 78). “En las llanuras de Norteamérica, dado que no existía una gran variedad de plantas que recolectar, la subsistencia dependía de explotar las grandes manadas de bisontes y otros animales. Éstos eran a menudo matados de una forma burda y altamente despilfarradora conduciéndolos hacia cañones estrechos o haciéndolos saltar por acantilados. En Caspar, Wyoming, hace unos 10.000 años al menos setenta y cuatro animales murieron en una sola matanza y, en una cacería de aproximadamente la misma época en el sudeste de Colorado, los cazadores parece que provocaron una estampida hacia un cañón que dio como resultado 200 cadáveres, la mayoría de los cuales no pudieron ser aprovechados debido a que estaban aplastados debajo de una gran pila de cuerpos” Ponting, obra citada, página 30.
[201] American Museum of Natural History, “Slaughtering site”: https://www.amnh.org/exhibitions/horse/horses-and-hunters/slaughtering-site.
[202] Wuerthner, obra citada.
[203] Atlas Culturales de la Humanidad, volumen 3, De la Piedra al Bronce, Barcelona, Debate, 1994, páginas 50-51.
[204] Por ejemplo: “Los investigadores creen que los incendios masivos provocados por los primeros humanos [de Australia] pudieron haber alterado el ecosistema original de arbustos, árboles y hierbas, dando paso al actual, dominado por la maleza desértica adaptada al fuego [...] Los grupos de gente causaban incendios a gran escala por una gran variedad de razones, entre las que se incluían la caza, el despeje y hacer señales a otros grupos. Apoyándose en esta evidencia, los cambios inducidos por los humanos resultan ser la mejor opción para explicar [las extinciones]” (Mariano Magnussen Saffer, “Paleofauna Extinta de Australia. No solo en la actualidad viven criaturas raras”, Paleo, Revista Paleontológica, Año 4, Numero 19, Septiembre de 2006, página desconocida).
[205] Por cierto, dicha hipótesis data de bastante antes del 2005 (página 509 de tu libro) y se remonta al menos a los trabajos de Paul S. Martin y Mikhail I. Budyko en los años sesenta.
[206] Véase, Último Reducto, Con Amigos Como Éstos…, 2009, páginas 141-147.
[207] Para profundizar en el asunto, véanse, por ejemplo: E. A. Smith y M. Wishnie, “Conservación y subsistencia en sociedades de pequeña escala” (http://www.naturalezaindomita.com/textos/realidad-de-la-vida-primitiva/conservacin-y-subsistencia) y Leblanc y Register, obra citada, páginas 73-75 (corresponde al fragmento acerca de la competencia entre “cretinos ecológicos” y “genios ecológicos” en “Entrar en conflicto”: http://www.naturalezaindomita.com/textos/realidad-de-la-vida-primitiva/entrar-en-conflicto).
[208] Dado que tú en tu libro pareces mezclar la conservación y el respeto por la Naturaleza con el respeto por los animales en particular o por los seres vivos en general, en este punto te contestaré como si realmente ambos asuntos estuviesen siempre relacionados. No obstante, véanse el punto 1 y la nota de pie de página 257 del punto 4 de esta crítica, donde se aclara que ambas posturas morales (respeto por la Naturaleza y respeto por los animales o por los seres vivos), no siempre van unidas y, de hecho, a menudo son incompatibles en realidad.
[209] Ya hemos visto que, al menos en la práctica, los esquimales se pasaban la no violencia por el arco del triunfo. Este es un ejemplo más de cómo a menudo los etnógrafos y antropólogos (y no sólo ellos) están en las nubes. Con excesiva frecuencia se centran sobre todo en la cultura no material: la simbología, el folclore, el arte, la religión, la “espiritualidad” o, como en este caso, la moral de los pueblos primitivos, lo que hace que tomen como hechos reales cosas que como mucho son simplemente meras declaraciones de intenciones que luego, a menudo, no se cumplen en la realidad, por mucho que esa palabrería moral pertenezca a una cultura primitiva. Lo que debe contar en realidad a la hora de evaluar realmente una cultura han de ser siempre y ante todo los hechos materiales, lo que la gente perteneciente a ella hace en la realidad, no lo que esa gente diga o piense acerca de lo que hace o debe hacer.
[210] Edgerton, obra citada, página 79, basándose en N. H. H. Graburn, “Severe Child Abuse Among the Canadian Inuit”, en N. Scheper-Hughes (ed.), Child Survival: Anthropological Perspectives on the Treatment and Maltreatment of Children, Dordrecht: D. Reidel, 1987, páginas 221-226 y L. M. Turner, Ethnology and the Ungava District, Washington D.D.: Bureau of American Ethnology, 11º Informe Anual, 1984, páginas 167-350.
[211] Lumholtz, obra citada, página 222.
[212] Por cierto, a pesar de que tú en tu libro te refieres a ambas actividades como si fuesen lo mismo, etnozoológicamente hablando no lo son. La doma consiste simplemente en criar, acostumbrar al contacto con el ser humano y mantener en cautividad de forma más o menos estricta ejemplares que han nacido en estado salvaje. “La doma y la domesticación son dos actividades muy diferentes. Los animales de la mayoría de las especies de animales pueden ser domados […] En la domesticación, en cambio, el protagonista no es un animal sino un grupo de animales, controlados y criados selectivamente por el ser humano, normalmente con un grado escaso o nulo de cruzamiento con animales salvajes.” (Ronnie Liljegren, “La Domesticación de animales”, en Atlas Culturales de la Humanidad, volumen 3, De la Piedra al Bronce, Barcelona, Debate, 1994, páginas 68-69). Y de manera similar, como veremos más adelante, etnobotánicamente hablando, la protoagricultura no es lo mismo que la agricultura o domesticación de plantas.
[213] Selección artificial de ciertos rasgos fenotípicos a lo largo de las generaciones mediante la cría o cultivo y la interferencia en la reproducción de una población de animales o de plantas, respectivamente.
[214] Por ejemplo: “Hay [en Australia] restos de aldeas construidas de piedra que se mantenían mediante el cuidado regular de ñames y otras plantas silvestres –un paso importante hacia la horticultura” (Wright, obra citada, nota 49 del capítulo II, página 148).
[215] LeBlanc y Register, obra citada, página 106, basándose en D. S. Wilkie y B. Curran, “Historical Trends in Forager and Farmer Exchange in the Ituri Rain Forest if Northeastern Zaire”, Human Ecology 21 (4), 1993, páginas 389-417.
[216] LeBlanc y Register, obra citada, página 236, nota 8, basándose en T. N. Headland y L. A. Reid, “Holocene Foragers and Interethnic Trade: A Critique of the Myths of Isolated Independent Hunter-Gatherers”, en Between Lands and State: Interaction in Small-Scale Societies, ed. S. Gregg, Carbondale: Southeastern Illinois Press, 1989, páginas 333-340.
[217] Atlas culturales de la humanidad, volumen 3, página 53.
[218] Íbid.

[219] “Los investigadores que buscan los orígenes de los perros modernos descubren que los canes fueron domesticados una sola vez, hace entre 20.000 y 40.000 años” (Noticia: “Ancient genomes heat up dog domestication debate”, en Nature, 18 de julio, 2017. https://www.nature.com/news/ancient-genomes-heat-up-dog-domestication-debate-1.22320).

[220] O, en este caso concreto, puede que sea incluso peor: puede que Rodríguez de la Fuente esté tomando como referencia las supuestas “alianzas” bíblicas de Dios con los judíos. De ser así, lo del “pacto” sería incluso lo que tú llamarías un concepto “neolítico”.
[221] El caso de las aves rapaces usadas en cetrería, quizá se podría considerar que no es domesticación sino doma en al menos algunos casos individuales: aquellos en que los ejemplares nacieron en estado salvaje y fueron posteriormente capturados y adiestrados. En el resto: aves nacidas ya en cautividad e incluso seleccionadas para fomentar ciertos rasgos, estaríamos hablando de domesticación. Sea doma o sea domesticación, las consecuencias de la cetrería para estas aves y sus especies serían similares a las sufridas por el “lobo doméstico” (el perro).
[222] ¿Qué niño que haya crecido en estrecho contacto con la Naturaleza y con la suficiente libertad no ha disfrutado, al menos en principio, por ejemplo, observando, cogiendo y tratando de mantener en cautividad bichos de todo tipo, a menudo con fatales consecuencias para las desdichadas víctimas?
[223] Edgerton, obra citada, página 80, basándose en N. H. H. Graburn, obra citada, páginas 211-226 y Turnbull, The Forest People.
[224] Para que tener esclavos resulte rentable, han de producir con su trabajo más de lo que consumen (comida, esfuerzo en vigilancia y en hacerlos trabajar, etc.). Si no es mejor no tenerlos y matar inmediatamente a los cautivos de guerra. Y, al menos en algunos casos, más rentable aún es comérselos, como hemos visto que de hecho sucedía en algunos grupos. Los casos en que resulta rentable tener esclavos suelen ser casos de sociedades sedentarias cazadoras-recolectoras o agrícolas, en las cuales, la alta productividad del medio natural o de los campos de cultivo hace que el trabajo de los esclavos produzca excedentes almacenables que puedan servir para mantener clases improductivas. Véase al respecto, por ejemplo, Harris, Nuestra especie, página 445.
[225] Y reconozco que aquí habría mucho que discutir acerca de si cosas como el trabajo asalariado o remunerado actual son o no una forma sutil y encubierta de esclavitud o servidumbre, al menos a veces. Pero ése no es el propósito de esta crítica, así que para no complicarla y alargarla aún más, daré por hecho que ya no se practica la esclavitud o la servidumbre, al menos en los países industrializados.
[226] “Negros altos” es el nombre que los aka daban a los agricultores.
[227] Tanto en la mitología de los aka como en la de sus vecinos agricultores, se considera que al principio los aka eran sedentarios, cultivaban la tierra y forjaban herramientas de metal, hasta que los ‘negros altos’ invasores les expulsaron de sus poblados obligándoles a vivir de la caza y la recolección como nómadas en la selva. Como se señala en el texto citado, es muy improbable que este mito tenga una base real.
[228] Aquí los autores se refieren a que al principio, los pigmeos usaban exclusivamente herramientas de piedra, hueso y madera, pero que a través del contacto con los ‘negros altos’ adoptaron el hierro y perdieron la capacidad de fabricar ya ciertas herramientas con otros materiales, dependiendo desde entonces del intercambio con otras sociedades para obtener dichas herramientas.

[229] Serge Bahuchet y Henri Guillaume, “Aka-farmer relations in the northwest Congo Basin”, en Politics and History in Band Societies, eds. E. Peacock y R. Lee, Cambridge: Cambridge University Press, 1982, páginas 189-211. El fragmento citado se refiere exclusivamente a las relaciones tradicionales entre agricultores y pigmeos.

[230] Algo muy poco frecuente por cierto. Los etnógrafos suelen proyectar sus propios valores, pasar por alto ciertos detalles y/o contradecirse en mayor o menor medida en sus informes y la capacidad para reconstruir detallada y fielmente muchos aspectos de las culturas del pasado (las superestructuras no materiales –ideología, religión, lenguaje, etc.-, la estructura social -organización social y demás relaciones entre sus miembros- e incluso ciertos aspectos sutiles de su infraestructura –es decir, de sus interacciones materiales con el entorno natural-) exclusivamente a partir de los registros arqueológicos es muy limitada.
[231] “Aunque los ¡kung son el clásico ejemplo etnográfico de cazadores-recolectores nómadas y los estudios de campo centrados en ellos nos han presentado indicios acerca del modo en que viven (o podrían haber vivido) los cazadores-recolectores nómadas, existen otros tipos de pruebas acerca de las interacciones de los cazadores-recolectores nómadas con su medio” (LeBlanc y Register, obra citada, página 112).
[232] Muchas de las fuentes principales más célebres y citadas, como por ejemplo las obras de Elizabeth Marshall Thomas, Richard B. Lee o Colin Turnbull, han sido posteriormente revisadas y corregidas o refutadas por otros investigadores, e incluso a veces por los propios autores de las mismas; lamentablemente muchos antropólogos y primitivistas parecen desconocer este hecho o, simplemente, lo pasan por alto. Véase, por ejemplo, lo señalado más arriba acerca de las diferencias entre los datos sobre las horas de trabajo de los ¡kung presentados por Richard Lee en los años 60 y los presentados por él mismo en 1979; “Cuando Elizabeth Marshall Thomas tituló su libro sobre los san […] del desierto del Kalahari en África del Sur The Harmless People, expresaba su percepción de que esta gente estaba en paz consigo misma y con su entorno. Desafortunadamente para su visión de la armonía san, se demostró más tarde que esta gente tenía una tasa de homicidios excepcionalmente elevada y que en una época anterior también eran belicosos, una corrección que probablemente fue pasada por alto por gran parte del público general que leyó este popular libro. Aún más popular, probablemente la etnografía más leída jamás escrita, es The Forest People, un estudio de los pigmeos mbuti de la selva de Ituri en el Zaire, escrito por Colin Turnbull en 1961 […] el libro de Turnbull, elegantemente escrito, describe a un pueblo que vivía en lo que él retrata como una casi perfecta armonía con la selva […] según Turnbull, los mbuti no tenían homicidios, suicidios, violaciones, iniciaciones o mutilaciones dolorosas ni guerras. Turnbull admitía que los mbuti eran pendencieros, que mentían, peleaban, robaban y a veces rehusaban compartir […] pero daba igual, para Turnbull los mbuti eran un pueblo tierno y feliz cuya cultura les hacía uno con su mundo selvático. Vistos con los ojos de Turnbull, los mbuti eran el mismísimo prototipo de una sociedad ideal de pequeña escala. Pocos de los colegas antropólogos de Turnbull pusieron en cuestión la exactitud de su estudio” (Edgerton, obra citada, página 6). Y por lo que se ve, tus fuentes documentales tampoco pusieron en cuestión lo que leyeron o les enseñaron ni parece que se enterasen tampoco de dichas revisiones (o no quisieron enterarse).
[233] Véase por ejemplo: Atlas culturales de la humanidad, volumen 3, página 53: “La forma de vida de los cazadores-recolectores ha perdurado entre los pueblos del desierto de Kalahari y de otros entornos marginales, si bien su dependencia de tecnologías no autóctonas, de la Edad del Hierro* o europeas, para su subsistencia no ha dejado de aumentar, aun cuando han mostrado una extraordinaria disposición para cultivar plantas o criar animales cuando las circunstancias lo permiten […H]oy parece improbable que ningún pueblo del África austral conocido a partir de fechas recientes pueda considerarse superviviente en gran medida no contaminado de las poblaciones de cazadores-recolectores que dominaron el subcontinente hasta hace 2.000 años” (cursiva añadida). [* la Edad del Hierro en la nomenclatura arqueológica del África subsahariana va desde al año 1000 a.C. hasta prácticamente la actualidad (hasta la colonización europea). Los pueblos de la Edad del Hierro ocuparon el sur de África en los siglos I y II d.C.].
[234] “Las investigaciones indican que las razones de [la mayor concentración de yacimientos del Paleolítico Superior en ciertas zonas geográficas] fueron de índole demográfica, económica y social. En las inmensas regiones de tundra había grandes diferencias en cuanto a densidad de población, que reflejaban unas diferencias igualmente acusadas en el clima y, por consiguiente, en los sistemas de subsistencia. Obviamente, el clima más cálido cerca del litoral atlántico, en el suroeste de Europa, propició una ecología significativamente distinta de la de las estepas de permafrost situadas al este. Los humanos del suroeste tenían menos necesidad de ser nómadas, porque el pescado y los alimentos vegetales eran abundantes” (Atlas culturales de la humanidad, volumen 1, página 105).
[235] O “similares”; o sea, a todos los seres humanos históricos, primitivos o no, que te caen bien o te parecen interesantes o “buenos”.
[236] De hecho con el mal uso que haces de dicha expresión pseudotaxonómica para denominar a los cazadores-recolectores nómadas, demuestras llevar al menos un siglo y pico de retraso en lo referente al estado actual de los conocimientos antropológicos y zoológicos. Lo cual es, como mínimo, chocante en alguien que tiene el título oficial de experto en ‘ciencias’ de la información y se jacta del incremento exponencial en el nivel de conocimiento, o incluso de inteligencia, que supuestamente nos ha aportado y nos aportará esa sociedad de la información que él mismo trata de vendernos con tanto ahínco.
[237] Otro ejemplo de esto sería el dislate biológico y antropológico que sueltas en la página 567 de tu libro al afirmar que los ganaderos llevan genes “neolíticos” en los que está grabado el rechazo a lo salvaje y lo libre. O cuando afirmas que en el Neolítico la humanidad cambió total y absolutamente (página 529).
[239] Aquí me refiero a la noción simplista de biodiversidad convencionalmente manejada por la mayoría de los ecologistas que usan dicho término. Es decir, meramente a la cantidad de especies presentes en un área. En realidad el concepto de biodiversidad es bastante más complejo y amplio, abarcando no sólo la diversidad de especies, sino también a la diversidad de ecosistemas además de la de variedades y subespecies (diversidad de genes intraespecíficos), pero en la práctica casi nadie, salvo unos pocos biólogos, piensa en la biodiversidad de estos otros modos. (Véase, por ejemplo, la entrada “biodiversidad” en Biopedia: https://www.biopedia.com/biodiversidad-significado-y-tipos/ ).
[240] En esta crítica cuando me refiero al “rewilding” dejo aparte el llamado “rewilding pleistocénico”, por considerarlo, a pesar del uso del mismo término (“rewilding”) para denominarlo, otra cosa completamente diferente a la recuperación de los ecosistemas salvajes holocénicos o recientes. El “rewilding pleistocénico”, presenta su propia problemática aparte y a menudo tiene en realidad más de geoingeniería y de control artificial de ecosistemas antrópicos que de auténtica conservación y recuperación de la verdadera Naturaleza salvaje. La actitud subyacente a este tipo de “rewilding” es: el ser humano, gracias a la tecnociencia, juega a ser Dios y recrea y gestiona artificialmente fauna extinta y ecosistemas de otra época geológica. O algo “parecido”, porque a menudo ni las especies, ni el clima, ni los ecosistemas resultantes son ya exactamente los mismos que los de entonces.
En tu caso, aunque no lo dices explícitamente, al menos a veces pareces defender algo más parecido al “rewilding pleistocénico” que al “rewilding” normal (u “holocénico”), puesto que algunas de las especies que defiendes introducir son efectivamente especies que no existen en España en estado salvaje desde el Pleistoceno y tu actitud ecoingenieril parece en muchos aspectos muy similar a la de algunos de los promotores del “rewilding pleistocénico”.
[241] Esto no pretende ser un repaso exhaustivo de las diferentes formas de entender el “rewilding” existentes a nivel internacional. Existen diversas formas de entender y plantear el “rewilding” y hay cierta polémica acerca de ellas entre los conservacionistas, pero lo que sí es cierto casi siempre es que prácticamente todas ellas (al menos casi todas las que se refieren al “rewilding” holocénico) se centran de un modo u otro en recuperar el carácter salvaje de los ecosistemas, es decir, de todo el conjunto formado por el entorno físico, las comunidades vegetales, las especies animales y las interacciones y dinámicas existentes entre todos estos componentes. Casi ninguna de las nociones de “rewilding” que yo conozca es tan torpemente simplista y zoocéntrica como eso que tú llamas “rewilding” y defiendes en tu libro.
[242] Que, por mucho que los promotores de los proyectos y tú pretendáis hacer creer que son tarpanes, son sólo razas de caballos modernas, como la Heck o la Konik, de aspecto supuestamente similar a los extintos tarpanes (extinguidos al menos desde el siglo XIX). El único caso en que los caballos introducidos en algunas localidades coinciden exactamente con la subespecie pleistocénica que se pretende estar recuperando es el de los caballos de Przewalski. (Véase, por ejemplo, la entrada “Equus ferus ferus” en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Equus_ferus_ferus).

[243] Lo mismo que para los tarpanes. Se nos está tratando de vender que los ejemplares de ganado vacuno introducidos en algunas localidades son uros. Sin embargo, esto no es cierto, los uros europeos se extinguieron en el siglo XVII (en otros continentes como África o Asia, se extinguieron incluso mucho antes). Las razas de bovino introducidas son sólo razas modernas supuestamente similares a los extintos uros. (Véase, por ejemplo, las entradas, “Aurochs”, “Bos primigenius”, “Bos primigenius primigenius”, “Bos primigenius namadicus” y “Bos primigenius africanus” en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Aurochs, https://es.wikipedia.org/wiki/Bos_primigenius, https://es.wikipedia.org/wiki/Bos_primigenius_primigenius, https://es.wikipedia.org/wiki/Bos_primigenius_namadicus y https://es.wikipedia.org/wiki/Bos_primigenius_africanus).

[244] Véase, por ejemplo: Toño Munilla, “El bisonte europeo nunca ha existido en España”, en Noticias de Navarra, 10 de junio del 2016: “según los paleontólogos que se han dedicado a estudiar el tema de los bisontes en la Península Ibérica, el bisonte que vivía en el norte de Iberia […] hasta principios del Holoceno era el bisonte de estepa (Bison priscus), y […] éste vivía como su nombre indica en zonas abiertas. Al contrario que el bisonte europeo (Bison bonasus), que no habitó la Península Ibérica, y que […] vive en zonas forestales” (negrita añadida):

O también: Fernando Sánchez Alonso, “Bisontes, los últimos neorrurales”, en Magazine Digital, 25 de junio del 2017: http://www.magazinedigital.com/historias/reportajes/bisontes-los-ultimos-neorrurales.
[245] Por lo que yo sé, de momento, los actuales gestores de los casos ya existentes de introducciones de grandes herbívoros “prehistóricos” no se están quedando de brazos cruzados en situaciones semejantes, sino que están interfiriendo efectivamente en la marcha de los rebaños para salvarlos de problemas de ese tipo. ¿Dónde queda pues el supuesto carácter salvaje (de los animales y del ecosistema) que se pretende estar recuperando? ¿Está funcionando aquí real y plenamente la selección natural de forma autónoma o, más bien, se está aplicando una selección artificial basada en criterios humanos que no son precisamente compatibles con la selección natural y el resto de dinámicas propias de la Naturaleza? Véase, por ejemplo, Bisontes, los últimos neorrurales”.
[246] Ciertamente, a menudo la aplicación tecnológica de la ciencia ofrece “remedios” o “soluciones” prácticas a muchos problemas, pero dichos “remedios” por lo general no eliminan los problemas sin más. Normalmente los dejan sólo a medio resolver (paliativos) y siempre generan además efectos secundarios (nuevos problemas). La única forma realmente eficaz de resolver un problema es eliminar o detener sus causas y éste no suele ser el caso cuando se aplican “tecnosoluciones”. Y aun cuando lo es, dichas “tecnosoluciones” siempre causan otros problemas a su vez.
[247] La verdadera sabiduría, tal y como ha sido siempre entendida de forma tradicional, no tiene nada que ver con la pericia a la hora de obtener y manejar datos científicos, sino con la sensatez a la hora de tomar decisiones y evitar efectos negativos. Y los científicos, al igual que la mayoría de los seres humanos de cualquier época, no suelen andar muy sobrados de ella a la hora de aplicar tecnocientíficamente sus descubrimientos en el mundo real.
[248] Por cierto, ¿qué “sabios” ecólogos están gestionando los casos ya existentes de rebaños de herbívoros “prehistóricos” introducidos en ciertas localidades españolas?
[249] A la hora de analizar por qué en Europa se está dando una mejora general de las condiciones medioambientales y, en cierto modo, una aparente recuperación de la Naturaleza, aparte del fenómeno de la despoblación rural, habría que tener en cuenta también al menos otro factor: la globalización y la evolución de las sociedades europeas occidentales hacia etapas más avanzadas en el desarrollo social e industrial en las últimas décadas. Así, buena parte de los materiales y combustibles consumidos en Europa occidental que en etapas previas del desarrollo social y tecnológico se extraían y procesaban directamente en este continente, ahora proceden de países no europeos menos desarrollados (situados en Asia, África o Sudamérica, principalmente). Esto significa que gran parte de los impactos ecológicos debidos a la extracción y procesamiento de dichas materias han sido trasladados a otras áreas geográficas del mundo, disminuyendo así hasta cierto punto la presión ejercida sobre los ecosistemas y sobre el medio ambiente europeos y permitiendo cierta recuperación de los mismos. Sin embargo, si se tiene esto en cuenta, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto la recuperación de los ecosistemas y del medio ambiente europeos no es más que una ilusión, basada en ignorar el incremento de los impactos ecológicos y medioambientales en otras zonas del planeta?
[250] El conservacionismo tiene una larga historia en otros muchos países no europeos (mucho más larga que en España). Por ejemplo, en Latinoamérica. Y tú tampoco lo mencionas siquiera en tu libro.
[251] En 1872. Véase, por ejemplo, la entrada “National Park”, punto “history” en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/National_park#History.
[252] Actuaciones como prohibir el control de depredadores y “alimañas” o la pesca con muerte, permitir que los incendios forestales naturales ardiesen, proteger especies amenazadas de megafauna, introducir especies localmente extinguidas por el ser humano, proteger ecosistemas acuáticos, etc. fueron puestas en práctica por primera vez en la historia, en Yellowstone. Véase, por ejemplo, George Wuerthner, “Yellowstone as a model for the World”, en Protecting the Wild, eds. G. Wuerthner, Eileen Crist y Tom Buttler, Washington DC: Island Press, 2015, páginas 131-143.
[253] Y no es que estos individuos sean necesariamente santos de mi devoción. Si los menciono es simplemente porque jugaron un papel fundamental en el surgimiento y desarrollo del movimiento conservacionista estadounidense (y con él del conservacionismo a nivel internacional) y de las ideas modernas acerca de la conservación de la Naturaleza.
[254] Término inglés de origen germánico usado para designar un territorio poco o nada humanizado en el cual imperan las dinámicas y procesos autónomos de la Naturaleza. En la mayoría de los casos se podría traducir como “tierra salvaje” o “área salvaje”.

[255] Véase, por ejemplo: “China afianza su influencia en África a golpe de infraestructuras”, en El País, 23 de julio del 2018:

O: “El neocoloniamismo chino se adueña de África”, en ABC, 12 de mayo del 2014: https://www.abc.es/internacional/20140512/abci-china-africa-201405101726.html.

O también: “Cómo África se ha convertido, para Rusia y China, en el nuevo territorio de disputa para su influencia comercial y política”, en BBC News, 21 de agosto del 2018:

[256] Sobre este asunto, véase, por ejemplo, Kathleen Fitzgerald, “Silent Killer: Habitat Loss and the Role of African Protected Areas to Conserve Biodiversity”, en Protecting the Wild, páginas 170-188.
[257] De hecho, el movimiento conservacionista y el movimiento animalista son en el fondo contrarios entre sí (el bienestar y la vida de los animales son incompatibles en muchas ocasiones con el funcionamiento autónomo de la Naturaleza salvaje, del cual la muerte y el sufrimiento forman parte inevitablemente) y la noción que tiene mucha gente del ecologismo que mezcla y confunde la defensa de los derechos de los animales con la protección del medioambiente, de las especies amenazadas o de la Naturaleza es en realidad dañina para el ecologismo en general y para el conservacionismo en particular. Lo peor de todo es que muchos autodenominados ecologistas e incluso conservacionistas, como parece ser tu caso, asumen acríticamente o incluso promueven a su vez dicha confusión popular.
[258] Véanse, por ejemplo, las entradas “Conservation movement” y “Animal Rights” en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Conservation_movement y https://en.wikipedia.org/wiki/Animal_rights.
[259] Véase, por ejemplo, la entrada “James Hutton” en Wikipedia:     https://es.wikipedia.org/wiki/James_Hutton
[260]Véase, por ejemplo, la entrada “Charles Lyell” en Wikipedia:       https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Lyell
[261] Wright, obra citada, nota 14 del capítulo I, página 134, basándose en Martin Gorst, Measuring Eternity: The Search for the Beginning of Time (Nueva York: Broadway Books, 2001), páginas 93-121.
[262] La expresión “La especie elegida” es de hecho el título de un libro de Ignacio Martínez y Juan Luis Arsuaga (Temas de Hoy, 2001), del que supongo que la has sacado. Si bien este libro, en principio, pone precisamente en cuestión la noción a que dicha expresión se refiere, y que tú pareces asumir y defender en La estirpe de los libres.
Y digo “en principio” porque a pesar de todo, los autores terminan asumiendo también con la boca pequeña al menos parte de la noción de “especie elegida” (como por ejemplo, que la mayor complejidad de nuestro sistema nervioso y por tanto de nuestra psicología, que nos permite, entre otras cosas, filosofar o hacer ciencia, nos hace, según ellos, efectivamente superiores al resto de seres vivos).
[263] En realidad, a pesar de que en la actualidad el término “progresista” suele ser asociado a ideologías y formas de pensar liberales e/o izquierdistas (“progres”), incluso la mayoría de quienes hoy en día son habitualmente (auto)considerados derechistas, conservadores, tradicionalistas o reaccionarios son también creyentes en el progreso en cierta medida y modo. Así que se puede decir que, literalmente hablando, progresista es todo aquel que cree de alguna forma en el progreso, aunque su ideología política y su actitud no sean precisamente liberales o izquierdistas. En este punto, usaré “progresista” con este sentido amplio del término.
[264] O con intentos de crítica que en su mayoría han sido realmente ridículos, inanes, ineficaces y dirigidos meramente a aspectos superficiales, triviales y/o coyunturales del sistema tecnoindustrial y de dicha dependencia tecnológica.
[265] Las hordas de “tecnozombis tocapantallas” llegan en la actualidad hasta el último rincón del mundo. ¿Era el fin de la “especie elegida” acabar siendo una manada de gilipollas interconectados ensimismados en sus dispositivos digitales, haciéndose “selfies”, dándose mutuamente “likes” y mandándose mensajitos –normalmente intrascendentes- entre sí? ¡Triste destino para la autoproclamada joya de la evolución acabar siendo una especie compuesta de “individuos” que ya no son apenas más que meras piezas del engranaje tecnológico y social!
[266] Así, por ejemplo, en la página 550 dices: “El estafador, el corrupto, el político que vende humo, no tienen cabida en la red”. ¿Tú de qué guindo te has caído? ¿En qué mundo vives? O mejor dicho, ¿tú en qué ciberespacio navegas?
[267] Dando por hecho que lo que sea que entendáis por “el bien” y “lo bueno” es siempre algo deseable. Y como he mostrado en el punto 1, a menudo no lo es.
[268] Y digo “en teoría”, porque las ideas, valores, deseos e intenciones no surgen de la nada, sino que en el fondo, de un modo u otro, están condicionados a su vez por la realidad física.
No pensamos, creemos o queremos lo que nos da la gana, sino lo que nuestra experiencia, el entorno físico y nuestra naturaleza nos permiten e inducen a creer, pensar o desear, directamente a partir de nuestros propios instintos y de nuestra propia percepción e interacción con el entorno físico o indirectamente a partir de las ideas y creencias tomadas de otros que a su vez las desarrollaron en última instancia directamente a partir de sus propios instintos y de sus propias interacciones con sus entornos materiales.
Y además, en todos los grupos humanos se acaba produciendo en gran medida un proceso de selección de las ideas, creencias y valores por parte del propio entorno físico. Las ideas y valores que son especialmente dañinos para la supervivencia y prosperidad inmediatas del grupo (porque promueven y refuerzan comportamientos que afectan negativamente al funcionamiento, cohesión o expansión del grupo), suelen acabar siendo descartados o marginados de la cultura no material predominante en el grupo, mientras que los que resultan eficaces para su mantenimiento y desarrollo inmediatos (porque fomentan comportamientos que o bien son compatibles con el mantenimiento y desarrollo del grupo, o bien son incluso necesarios para dichos mantenimiento y desarrollo), suelen acabar siendo ampliamente asumidos y fomentados.
[269] No sé cómo se lograría eso, porque si algo está claro es que los seres humanos nunca nos hemos puesto todos unánimemente de acuerdo en nada. Siempre aparecen discrepancias. Incluso si se trata de imponer unas ideas por las malas (a la fuerza o con engaños) a un grupo de personas lo suficientemente amplio, siempre hay individuos que no las aceptan en su fuero interno o incluso las cuestionan abiertamente. Y tu moral “ciberlítica” no va a ser una excepción, ni mucho menos, a no ser que nos laves el cerebro a todos los miles de humanos existentes en la actualidad usando alguna de esas tecnologías milagrosas que aún no existen pero que tú aseguras que serán inventadas por los “sabios”.
Pero bueno, para poder profundizar en la discusión, demos por hecho que sea posible, por las buenas o por las malas, convertir a la fe “ciberlítica” a toda la humanidad.
[270] Un sistema es un conjunto de elementos que interactúan entre sí.
[271] Aunque, en teoría, podrían existir sistemas físicos cerrados, es decir, sistemas que no intercambiasen materia, o incluso ni siquiera energía, con su entorno. En la práctica todos los sistemas físicos reales son abiertos en mayor o menor medida e intercambian siempre cierta cantidad de materia y energía con su entorno.
[272] Como cuando, por ejemplo, parte de los restos de los seres vivos de un ecosistema quedan sepultados y se transforman con el tiempo en carbón, petróleo o gas natural.

[273] Véase, por ejemplo, “FAO: State of the world fisheries declining”, Undercurrent News, 10 de julio del 2018, en referencia a un informe de la FAO del 2018 (SOFIA 18): https://www.undercurrentnews.com/2018/07/10/fao-state-of-worlds-fisheries-is-declining/. También, Dirk Zeller y Daniel Pauly, “The ‘presentist bias’ in time-series data: Implications for fisheries science and policy”, en Marine Policy, volumen 90, Abril 2016, páginas 14-19, cuestionando la metodología seguida en la realización del informe de la FAO del 2016 (SOFIA 16): https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0308597X17306334. Básicamente, a pesar de reconocer cierto declive en las poblaciones de algunas especies de peces, la FAO no tuvo en cuenta las capturas totales reales a la hora de hacer su estudio, con lo cual sus conclusiones son excesivamente positivas. El informe del 2018 sigue en la misma línea (y probablemente mostrando los mismos defectos) que el del 2016.

Véase también, “Ocean Fish Populations Cut In Half Since The 1970s: Report” en The Huffington Post, 16 de septiembre del 2015, en referencia a un informe del WWF (Living Blue Planet Report): https://www.huffingtonpost.com/entry/crucial-marine-populations-cut-in-half-since-the-1970s-report_us_55f9ecd2e4b00310edf5b1b2.

[274] E incluso en dichos casos, tecnologías como la lítica se basarían en materiales no renovables. De hecho, en ciertos lugares y épocas de la Edad de Piedra se desarrolló toda una infraestructura minera y comercial en torno a la extracción y distribución de rocas utilizables para fabricar herramientas de corte (sílex, obsidiana, cuarcita, etc.).
Pero bueno, para no irme por las ramas, no liar aún más las cosas y no parecer un tiquismiquis y dado el pequeño tamaño de los grupos cazadores-recolectores nómadas y su baja tasa de consumo de ese tipo de materiales, considerare inapreciables dicha extracción y sus efectos físicos en los ecosistemas y los pasaré por alto.
Además, no es estrictamente necesario utilizar piedras para fabricar herramientas. Algunas sociedades primitivas que habitaban lugares en que no había disponibles rocas de este tipo se las apañaron sin utilizarlas, reemplazándolas por materiales en principio renovables: huesos, conchas, dientes de animales, maderas duras, etc.
[275] Con lo de “sin dañar apenas” me refiero a que, debido a su pequeño tamaño y a su tecnología primitiva, su impacto podría, en teoría y al menos a veces, ser tan reducido que fuese prácticamente inapreciable. Por ejemplo, no es lo mismo pescar un puñado de peces al día en un gran río o en el mar que pescar toneladas de ellos todos los días.
[276] Aquí quiero aclarar que considero que existen dos formas cualitativamente diferentes, o incluso opuestas, de entender y aplicar la gestión en la conservación de los ecosistemas que podríamos llamar “gestión pasiva” y “gestión activa” o gestión propiamente dicha. La gestión “pasiva” implica restringir la interferencia al máximo, evitándola en la medida de lo posible, tratando de reducirla progresivamente hasta finalmente eliminarla, y dirigiéndola siempre a lograr que los procesos ecológicos y los ecosistemas no artificiales recuperen finalmente su autonomía e independencia y funcionen por sí solos. Suele estar, por tanto, dirigida a proteger, restaurar y reasilvestrar los ecosistemas no artificiales. Ejemplos de ella serían, la protección y la vigilancia de las áreas naturales para evitar su destrucción o degradación, la reintroducción de ciertas especies en ecosistemas en los que habían sido recientemente extirpadas o las labores de restauración de ecosistemas no artificiales dañados. La gestión activa, por su parte implica interferir e intervenir, a menudo indefinidamente, en los procesos ecológicos y ecosistemas no artificiales sin tener en cuenta en ningún momento la conservación o la recuperación de su estructura y autonomía. En realidad la gestión activa, cuando no es abiertamente destructiva, tiende como mínimo a enquistarse y a automantenerse en el tiempo o incluso a crecer, y a eliminar la capacidad de autorregulación de los ecosistemas, creando una dependencia cada vez mayor de los mismos respecto a la gestión y reduciendo progresivamente o incluso eliminando totalmente la autonomía (carácter salvaje) de los mismos. Ejemplos de la misma serían, la asignación de permisos y cupos de extracción de recursos, la alimentación o asistencia artificial a la fauna, la extinción y prevención de incendios forestales no artificiales o el control artificial de las poblaciones. En el presente texto, cuando hablo de “gestión” a secas, me refiero siempre a este segundo tipo: la gestión activa.
[277] En realidad la capacidad para controlar el desarrollo de los sistemas artificiales, incluso cuando éstos son relativamente simples, es muy reducida en los seres humanos. Los sistemas y sus entornos, tanto si son artificiales como si no, suelen ser siempre excesivamente complejos como para permitir que su funcionamiento sea totalmente predecible, y por tanto controlable, más allá de lo más inmediato, aun cuando se hallen todavía en fases tempranas y simples de su desarrollo. El aumento de la complejidad de los sistemas artificiales lo que hace es reducir aún más esa ya escasa predictibilidad y capacidad de control y aumentar la dependencia por parte de los seres humanos, al añadir aún más elementos, interacciones y procesos.
[278] ¡Porque en eso consiste en realidad esa “noosfera” que tanto admiras, en la que las mentes de todos los seres humanos estarán interconectadas “cerebro a cerebro, de forma instantánea, sin cortapisas” (páginas 540-541 de tu libro) a través de la red!
Pues, Benigno, yo paso (y sé que no soy el único, ni mucho menos). Tú, Theilard de Chardin, F. Rodríguez de la Fuente, E. O. Wilson y todos los demás apologetas de lo colectivo que soñáis con convertirnos a todos en “insectos” eu(nuco)sociales “buenos” y “mejores” podéis meteros vuestras utopías futuristas por donde os quepan.
[279] Por cierto, como ya he dicho y al contrario de lo que tú pareces creer, los seres humanos actuales siguen siendo prácticamente la misma especie que hace diez o veinte mil años. O sea, seguimos siendo los Homo sapiens “originales”.
Y, dado que somos la especie de mamíferos de gran tamaño más abundante del planeta, si corremos peligro de extinción no es precisamente porque nuestros efectivos sean escasos, sino por el motivo que comento en este punto: corremos el peligro de acabar siendo desplazados por nuestras propias creaciones.
De todos modos, si te referías a salvar de la extinción a las culturas cazadoras-recolectoras nómadas, ¿cómo esperas hacerlo? ¿Metiendo a esa gente en reservas, parques y refugios y evitando que tengan contacto con otras sociedades tecnológica y socialmente más desarrolladas? ¿Sería aceptable tratar a esa gente como si meramente fuese fauna? ¿Sería siquiera posible? ¿O piensas más bien en ayudarles a modernizarse y a adaptarse al desarrollo y la expansión de la sociedad tecnoindustrial? Ya he dicho más arriba lo que pienso de las iniciativas “progremisioneras” de este tipo.
Sea como sea, tratar de preservar los ecosistemas y especies salvajes de ciertas zonas y a la vez tratar de conservar realmente las culturas humanas primitivas de esos mismos territorios, no suele funcionar. O bien la Naturaleza de esas zonas, o bien las culturas humanas primitivas locales, o bien ambos, acaban alterándose, degradándose o desapareciendo tras contactar con la sociedad moderna.
Las únicas excepciones parciales que conozco son los grupos primitivos que voluntariamente rechazan todo contacto con sociedades más desarrolladas, y sólo mientras éstas últimas respetan la decisión de los primeros y les ceden un territorio. Véanse, por ejemplo, la entrada “Uncontacted Peoples” en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Uncontacted_peoples.
[280] Para profundizar en éste y otros problemas que el desarrollo tecnológico y social futuro probablemente conllevará para los seres humanos, véase Theodore John Kaczynski (Freedom Club), La sociedad industrial y su futuro, Valladolid: Ediciones Isumatag, 2011.
[281] En los homínidos, al igual que en otras especies sociales, la evolución biológica se ha visto siempre profundamente influida por las condiciones e interacciones sociales (lo que podríamos llamar la “cultura”) además de por el entorno no social (ecología). Sin embargo, la diferencia entre esta forma de influencia “social natural” y la manipulación tecnocientífica de la naturaleza y la evolución humanas, es que mientras que la primera se producía de forma prácticamente espontánea, inconsciente y no intencionada, la segunda pretende dirigir conscientemente la evolución humana en una dirección determinada para alcanzar unas metas de forma intencionada y planificada. Es un ejemplo más de la arrogante actitud tecnocientífica o ingenieril de pretender aplicar el conocimiento científico a la planificación, control, modificación, dirección e incluso “mejora” de procesos naturales y autónomos (salvajes). Ya he explicado que, debido a la complejidad e impredictibilidad de los procesos y sistemas implicados esto es no sólo imposible de lograr y mantener completamente a largo plazo y gran escala, sino que suele traer problemas (insospechados o no).
[282] También hablas en el mismo tono tecnooptimista de producir alimentos mediante la biotecnología, como si ésta fuese la panacea que va a acabar con los problemas asociados a la alimentación de una población humana de miles de millones de personas. No sé bien a qué te refieres exactamente con lo de “biotecnología” en este caso: ¿plantas y animales genéticamente modificados? ¿Cultivos de plantas sin usar tierra? ¿Cultivos de bacterias y microorganismos para producir alimentos? Sea como sea, las limitaciones y problemas intrínsecos de la producción “biotecnológica” de alimentos serían los mismos que los de la producción sintética de alimentos más los propios de la ingeniería genética: alteración del acervo genético de los seres vivos y de su evolución, peligros de fugas y contaminaciones genéticas de los organismos y poblaciones silvestres, etc. Además de que, según el caso, seguirían implicando ganadería y agricultura industriales (con los problemas propios que conllevan a su vez: desde problemas éticos a problemas ecológicos, pasando por problemas sanitarios).
[283] En todo caso, algunos animalistas alucinados la proponen como forma de producir “carne” sintética sin causar muerte y sufrimiento a los animales. Lo cual es más que dudoso, dado el impacto ecológico que ya he dicho que inevitablemente supondría extraer los materiales y la energía necesarios para ello. Estos animalistas, siempre tan compasivos y empáticos ellos, no suelen tener en cuenta, el sufrimiento y la muerte de los animales salvajes debidos a la destrucción de sus hábitats que tecnosoluciones de este tipo inevitablemente conllevarían.
[284] O “superchería”, que aunque no es lo mismo exactamente, lo mismo da en este caso.
[285] Por “materialismo” entiendo la postura filosófica, opuesta al idealismo, que considera que la realidad física es la única existente y que las ideas, creencias, mente, cultura o material, etc. son dependientes de la materia y no existen independientemente de ella. Con “materialismo” yo nunca me refiero a la otra connotación convencional del término, “deseo de bienes, lujos y comodidades materiales”, que equipara materialismo con consumismo.
[286] Página 40: “La parte más interesante de un país es el hombre”. ¿Quién lo dice? Un ser humano. ¿Dirían lo mismo otras especies si pudiesen?
[287] Esto no pretende en absoluto ser un insulto gratuito. En las cartas del 24/04/2018, 01/05/2018 y 02/05/2018 que nos enviaste a Naturaleza Indómita, tú mismo reconoces (no sé hasta qué punto sinceramente, visto lo visto) tu ignorancia en estos asuntos y que te gusta soñar despierto con cosas que son imposibles: “no coincidir [con vosotros] me permite corregir mis errores, que son seguro muchos, dada mi ignorancia en el tema (el concepto de lo libre), ya que apenas llevo unos años explorándolo (ya sé que parece mentira, pero dice mucho de cómo estamos, yo y casi todos)” y “encuentro atractiva la idea de al menos imaginar que las herramientas que ha creado la inteligencia sirvan para que ésta prevalezca y acabe con este episodio tan lamentable del Neolítico”.