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jueves, 3 de marzo de 2022

INTERCAMBIOS DE CORRESPONDENCIA IX (Parte I): sobre Greenpeace, residuos radiactivos, lo personal y lo “político”, medios utilizables y la “igualdad” en cazadores-recolectores.

 


ADAPTACIONES DE FRAGMENTOS DE VARIOS INTERCAMBIOS DE CORRESPONDENCIA IX (Parte I): sobre Greenpeace, residuos radiactivos, lo personal y lo “político”, medios utilizables y la “igualdad” en cazadores-recolectores.

English version

WR: He leído hace poco una entrevista con Patrick Moore, uno de los fundadores de  Greenpeace. Dice que se fue de la organización cuando ésta se volvió “demasiado radical” y abandonó sus raíces centradas en lo humano. No sólo eso, sino que también porque la organización se opuso completamente a algunos tipos de tecnología, tales como la energía nuclear y la ingeniería genética. Greenpeace logró  incluso suprimir un OGM llamado arroz dorado durante casi 18 años hasta que al final fracasó. En Alemania ha logrado parar la energía nuclear hasta el día de hoy, aunque esto ha sido un desastre. Sin embargo, en su mayor parte, todo esto me parece bastante positivo.

Me explicaré más en detalle. Me refiero a que Greenpeace en realidad no quiere revertir la tecnología, a que sólo quiere ralentizarla. Asimismo, me refiero a que sólo está en contra de la energía nuclear, del petróleo y de la ingeniería genética pero no de todo tipo de tecnología. Alemania ya ha  cerrado 10 de sus 17 reactores y planea cerrar los 7 restantes en 2022. El problema fue que Alemania tenía que reemplazar su energía nuclear con algo, de modo que ha estado construyendo centrales de carbón e importando petróleo. Para poder hacer esto, Alemania ha estado cortando bosques antiguos y derribando iglesias históricas con objeto de extraer carbón. También hay que tener en cuenta los varios miles de millones gastados cada año en cerrar las centrales. Además, supongo que si un movimiento antitecnológico logra alguna vez tener éxito a la hora de llevar a cabo una revolución, la energía nuclear será un recurso peligroso que quedará desatendido. Porque la radiación se escapará al exterior una vez que las centrales nucleares queden desatendidas durante demasiado tiempo, si bien no sé cuáles serían dichas consecuencias. La supresión del arroz dorado, si bien en cierto modo frenó la tecnología, al final acabó fracasando. Así que me preguntaba cuáles son en realidad los aspectos negativos de Greenpeace, además de la falta de ambición de sus objetivos y de promover la energía eólica, solar y de biomasa.

Me pregunto qué piensa usted de Greenpeace en general.

UR: Por lo que yo sé Moore tiene razón cuando vincula los orígenes de Greenpeace al movimiento por la paz de los 70. El propio nombre “Greenpeace” [“Paz-verde”] lo indica. “Paz” para dicho movimiento no era solamente combatir la guerra o el militarismo, sino defender la justicia social y la “no violencia” en general. El movimiento por la paz era un movimiento fuertemente influido por las ideologías de izquierdas en general y por el marxismo en particular.

[Este texto es más largo, para seguir leyéndolo haz clic aquí].


miércoles, 20 de septiembre de 2017

EN DEMASIADOS LUGARES Y NO SÓLO DE LA MANCHA


En demasiados lugares, y no sólo de La Mancha[1]
   En esto descubrieron treinta o cuarenta generadores eólicos que hay en aquel monte y así como Don Silvestre los vio, dijo a su guía turístico:
-La desventura va guiando nuestras cosas peor de lo que acertábamos a temer; porque ves allí, Vicente, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados demonios-robot, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las pilas, con cuyos despojos comenzaremos a ser libres; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de la Naturaleza quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué robots?- dijo Vicente Masa.
-Aquellos que allí ves- respondió Don Silvestre -con brazos de un color verde sostenible, tan limpio que parecen blancos, que suelen poder verse algunos desde casi dos leguas.
-Mire vuesa merced- respondió Vicente -que aquellos que así parecen no son demonios mecánicos, sino molinos de viento y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento, hacen andar el generador eléctrico del molino.
-Bien parece- respondió Don Silvestre- que no estás cursado en esto de la lucha antitecnológica: ellos son robots; y si tienes miedo quítate de ahí y ponte a navegar por el ciberespacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de pedales a su bicicleta, sin atender a las voces que su guía turístico Vicente le daba, advirtiéndole de que sin duda alguna aquellos que iba a acometer no eran malvados robots, sino generadores eólicos que prometían resolver todos nuestros problemas facilitando con su producción eléctrica inmaculada e inagotable el desarrollo, el progreso y la producción y consumo ilimitados de bienes y servicios y, por tanto, la comodidad y la felicidad universales. Pero él iba tan puesto en que eran robots que amenazaban con convertirnos a todos en esclavos de su señor Don Sistema, que ni oía las voces de su guía turístico Vicente, ni dejaba de ver, aunque él también había sido bien adoctrinado en la fe progresista y la educación medioambiental y en valores, y estaba ya bien entrado el siglo XXI, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que ya sólo un caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y lo que parecían sólo grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Silvestre, dijo:
-Pues aunque mováis los brazos como si fuesen aspas y tratéis de engatusarme con vuestro murmullo para hacerme creer que sólo sois molinos neutros e inofensivos, no conseguiréis engañarme como al resto.
Y en diciendo esto, encomendándose de todo corazón a su señora la Virgen Naturaleza, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con lanza en ristre, arremetió a toda la velocidad de su destartalada bicicleta y embistió con el primero de lo que parecían simples molinos ecológicos, que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, aparecieron un montón de iracundos bienintencionados tecnófilos, ecosolidarios y progres que al ver cómo atacaba su panacea sin ningún respeto por los tabúes y dogmas políticamente correctos dictados por los medios de comunicación, los programas educativos y los movimientos sociales, tomáronlo por un malvado autoritario inmovilista de derechas, arremetiendo unitaria y democráticamente contra él con tal furia que le hicieron la lanza pedazos llevándose tras sí a la bici y al ciclista, que fue rodando muy maltrecho por el campo.
Por suerte, el microchip multimedia de telecomunicación que al igual que el resto de sus semejantes llevaba Vicente implantado en el cerebro se puso automáticamente en contacto con la policía, los bomberos y el servicio de ambulancias. Hecho esto, Vicente Masa, acudió él mismo a socorrerle, a todo el correr de su quad, y cuando llegó halló que no se podía menear: tales fueron los golpes que le dieron los bienintencionados y tolerantes ecojusticieros sociales al autodefenderse.
-¡Válame Internet!- dijo Vicente -¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino generadores eólicos de electricidad sostenible, limpia y buena, y no lo podía ignorar sino quien aún no llevase un microchip de telecomunicación, integración y contacto social implantado en la cabeza?
-Calla, amigo Vicente- respondió Don Silvestre -que las cosas de la Tecnología Moderna, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que pienso, y es así verdad, que Don Sistema que nos robó la libertad ha vuelto estos malvados robots en molinos de apariencia sostenible por tratar de encandilaros a todos para que bailéis a su son de buena gana, creyendo que hacéis el Bien defendiéndolos: tal es su grado de retorcimiento y complicación; mas al cabo, han de poder poco sus malas artes y la buena intención de sus fieles, contra la indiferencia y firmeza de mi cráneo y espalda.




[1] Adaptación de un fragmento de Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes, a cargo de E=m.c2. © 2017, E=m.c2

miércoles, 24 de mayo de 2017

LAS TERMITAS


English version: The Termites 

LAS TERMITAS [1]
 
Soy una termita.        
Mucho antes de que yo naciese, las termitas ya vivían en el Árbol Viejo. Según cuentan, al principio eran unos pocos insectos en un roble de varios metros de perímetro y muchos más de altura.
Hoy en día somos miles de millones de termitas. Estamos distribuidas a lo largo de la práctica totalidad del tronco y las ramas. Nuestra sociedad crece exponencialmente, cada generación más y más rápido. Y todo gracias a la rica madera del Árbol Viejo.
Este constante progreso hace que, en general, en el termitero se mantenga un ambiente de optimismo y alegría que a su vez favorece aún más el buen funcionamiento, organización y crecimiento de la colonia. Y sin embargo, en el fondo, ninguna termita está realmente satisfecha.
Algunas llevan ya generaciones diciendo que el Árbol Viejo pertenece a las obreras y que son ellas las que deben administrarlo, o incluso disfrutar de él en exclusiva. Dicen que el problema es que la reina, la corte y los soldados son parásitos que viven a costa de las obreras y que acumulan serrín mientras las obreras pasan hambre.       
Pero yo que conozco bien a estas quejicas sé que en realidad sólo las mueve la envidia y el odio debidos a la frustración por no poder hacer ellas otro tanto.       
Yo también pienso que la reina, la corte y los soldados son parásitos innecesarios, pero también sé que no son más que una pequeña parte del verdadero problema, o mejor dicho, una mera consecuencia del mismo.
Sé que aunque las obreras no puedan comer la mejor madera, ni acumular tanto serrín como las clases altas, prácticamente todas ellas aspiran a poder hacer lo mismo; sueñan con conseguirlo, y la mayoría viven relativamente “felices” y “contentas” mientras les permitan trabajar para intentarlo.
Sé que, en el fondo, la inmensa mayoría de los miles de millares de insectos que forman la colonia tiene una misma idea, una misma meta: comer y acumular más y mejor madera (mucha más de la necesaria). Aunque eso signifique que, como no hay suficiente para acumular todas, muchas se quedarán sin ver satisfecho su sueño, y que, de entre éstas, muchas protestarán y echarán la culpa a quienes consigan acumular más (que, por cierto, nunca será suficiente para ninguna de ellas).          
Pero el problema real es precisamente ese afán imparable de crecer y reducir el tronco y las ramas del Árbol Viejo a virutas utilizables por la colonia. Están todas tan cegadas por las ansias de prosperar en su acumulación que no son capaces de ver lo que está pasando: el Árbol Viejo se está muriendo. Sus últimas partes vitales están viéndose afectadas por la actividad constante y creciente del termitero.       
Cuando llegamos al Roble, cuentan las crónicas, vivían, en él muchos otros seres. Su tronco y ramas albergaban toda clase de seres vivos, nosotros éramos una especie más.
Pero en algún momento la situación comenzó a cambiar. Algunos termiteros comenzaron a ser muy grandes y a establecer una red de colonias a lo largo del tronco. Necesitaban espacio y alimento y comenzaron a expulsar y a exterminar a otras especies que vivían en el Árbol. A algunas las hicieron esclavas y las aprovecharon para prosperar y acumular más. No corrieron mejor suerte algunas pequeñas colonias de termitas que vivían al margen de la red de termiteros en las zonas más alejadas del tronco.
Para que la red de colonias no se viniese abajo fueron necesarios no sólo un crecimiento y expansión constantes de la misma a otras partes del Árbol aun no colonizadas, sino que a la vez hubo que ir estructurando y regulando progresivamente la vida de los insectos que formaban parte de ella. Así se llegó a la actual forma de organización social en clases y subclases (reina, corte, soldados y obreras), y a la programación ideológica basada en la prosperidad como meta incuestionable, es decir, en considerar que el sentido natural de la existencia de las termitas es y debe ser trabajar para poder comer y acumular más de lo necesario.  
Así, poco a poco, la red de termiteros se fue haciendo más compacta, hasta ser lo que es hoy en día: una monstruosa colonia única que abarca la práctica totalidad del Árbol Viejo.
Pero todo este crecimiento, este progreso, se ha construido a costa, no ya del exterminio, la esclavitud y la imposición de una determinada forma de pensamiento, acción y organización social, sino también a costa de la colonización y reducción del Árbol Viejo a serrín y estiércol.        
Algunas termitas parecen haberse dado cuenta de este problema, pero esta impresión no suele ser más que un mero espejismo.
Unas, siguiendo la línea de sus abuelas, culpan en exclusiva a la reina, la corte y los soldados de la esquilmación del Árbol Viejo, olvidando que la colonia, y la destrucción que ésta acarrea, está siendo mantenida y desarrollada por el trabajo y el consumo de las propias obreras, y que prácticamente ninguna de las obreras del cada vez mayor centro de la colonia trabaja sólo para comer y mantenerse viva, sino que casi todas (incluidas estas “descontentas”) comparten con los nobles y soldados el irrefrenable deseo de comer más de lo necesario y acumular todo lo posible.
Otras no culpan a nadie; sólo piden a las clases dirigentes del termitero que tomen medidas para evitar la destrucción. Y, por supuesto, entre petición y petición, siguen trabajando para poder comer y acumular más y más serrín y virutas.
Y también casi todas ellas, tanto las que quieren más pero no pueden, como las que exigen medidas (a veces son las mismas), no se plantean ni por un momento que la Colonia deba dejar de crecer, que el verdadero problema, del que derivan el resto, es que hemos creado una sociedad de insectos demasiado grande y exigente para nuestra verdadera forma de ser y para la salud y el tamaño limitado del Árbol Viejo.
A medio camino entre las nobles y las obreras, está la casta de las ingenieras, que constantemente plantean soluciones técnicas a los problemas para poder continuar con el desarrollo de la colonia.
Entre éstas cada vez, hay mas que creen posible llegar a un equilibrio entre el crecimiento de la colonia, el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad en el termitero y la conservación del Árbol Viejo. Llaman al conjunto de sus teorías “crecimiento mantenible”, y dicen estar poniéndolas en práctica ya. Hablan de recuperar los desechos de la colonia y de mantener (e incluso incrementar) la producción de serrín y viruta controlando y dirigiendo artificialmente el crecimiento del Roble, siempre eso sí, sustituyendo la madera, las ramas, las hojas... originales por nuevos materiales renovables. Y para conseguir esto ingenian métodos de lo más diverso, pero jamás plantean reducir verdaderamente al mínimo el consumo de madera ni parar e invertir el crecimiento de la colonia.
En realidad sus métodos de renovación y sostenibilidad no sirven para salvar lo que queda del Árbol Viejo (ni tampoco lo pretenden realmente), sino sólo para ocultar su destrucción y perpetuar el desarrollo de la colonia. 
Incluso, muchas ingenieras plantean y estudian la posibilidad de extender la colonia a otros árboles, algunos de ellos tan lejanos que apenas podemos verlos desde aquí, o incluso de crear “árboles” artificiales, termiteros en medio de la nada, a los que enviar la población excedente. Y todo esto, a la vez que hablan de rediseñar nuestra especie (y otras) para adaptarla a las condiciones de esos nuevos entornos allí, o del propio entorno degradado de lo que queda del Viejo Árbol aquí.
Las ingenieras son una casta increíble; son capaces de presentar, estudiar y trabajar seria, fría y metódicamente las ideas más inverosímiles, disparatadas, abominables y alucinantes de tal modo que parezca, no sólo que son sensatas y que tienen fundamento, sino que son lo ideal, lo más deseable, lo mejor que podemos y debemos intentar lograr. Y hasta ahora han conseguido que el termitero siga creciendo. Por eso, el resto de las termitas, desde las nobles a las obreras, y desde las más “felices” con su situación a las más descontentas, tiene a las ingenieras en gran estima y confía en ellas, tomando sus teorías y proyectos como referente y modelo a seguir, y como fuente de la que obtener la esperanza necesaria para seguir lanzándose con energía y alegría a desarrollar el termitero y a acumular más serrín.
Pero casi ninguna termita se para a reflexionar en serio acerca del precio de todo ese progreso. De hecho, la inmensa mayoría cree que no tiene precio, que sólo aporta ventajas a la hora de acumular viruta. Pero algunas sabemos que no es así, y que el precio que se ha pagado, se esta pagando y se pagará, es muy superior en realidad a las presuntas ventajas que se supone nos aporta.   
La colonia es ya lo único, el único mundo que queda para las termitas que vivimos hoy. El Árbol, del que un día fuimos una minúscula parte, es hoy un mero apéndice de la colonia; pronto puede que ni eso.
Y sin embargo, las termitas de hoy seguimos siendo básicamente como aquellas primeras termitas que vivían al principio en el Árbol Viejo, cuando aún no había un único termitero (ni siquiera una red de grandes colonias) que lo ocupase en su totalidad, sino unos cuantos termiteros pequeños distribuidos por todo el Árbol, el cual compartían con otros muchos seres. Y es por esto por lo que sentimos que algo nos falta: por eso no estamos nunca realmente satisfechas; y por eso sentimos que necesitamos crecer, comer, acumular... porque actuar así acapara nuestra atención y nos evita tener que afrontar lo que realmente somos, lo que realmente necesitamos, en que nos hemos convertido y en que hemos transformado el Árbol del cual siempre hemos sido y seremos parte.         
Yo que sé todas estas cosas, como también en el fondo las saben todas las demás termitas, soy una de las pocas que (aún no acabo de saber por qué) sí se han parado a pensar seriamente acerca de ellas. En la actualidad nadie quiere oír lo que esas pocas tenemos que decir. Nadie quiere recordar. Nadie quiere enfrentarse al dogma del crecimiento. Están todas ocupadas en cosas más importantes, según dicen. No tienen tiempo. Y cuando lo tienen no quieren agobiarse con esas preocupaciones tan “ridículas”; prefieren otras más ridículas aún, como, por ejemplo, tratar de crecer y acumular, mantener el crecimiento a toda costa o protestar porque no pueden crecer y acumular tanto como otras. Y todo esto para no tener que pararse a pensar en lo que os acabo de contar.         
De todos modos, no os preocupéis, vosotros sois seres humanos y esto sólo son problemillas de insectos.



[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2, 2004); © 2004, E=m.c2.