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sábado, 20 de agosto de 2022

En defensa de la violencia

 

En defensa de la violencia[1]

Por Ted Kaczynski

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Cuando escribí al New York Times ofreciendo desistir del terrorismo si mi escrito[2] era publicado, prometí que el manifiesto no abogaría explícitamente a favor de la violencia, ya que asumí que los medios de comunicación de masas convencionales rehusarían publicar cualquier cosa que defendiese la violencia.

Por esta razón, en “Industrial Society and Its Future” (ISIF),[3] quité importancia al probable papel de la violencia en la revolución. En realidad, es casi seguro que una revolución en contra del sistema tecnoindustrial tendrá que implicar violencia en algún momento. El uso de la fuerza y la violencia son el juez en última instancia. Cuando un conflicto social importante no puede ser resuelto mediante acuerdos, el asunto se resuelve mediante la fuerza física o la amenaza de ella. Como dije en ISIF, párrafos 125–135, si tratamos de pactar con la tecnología estaremos condenados a perder. El sistema no está nunca satisfecho con ninguna situación estable, y nunca lo estará -siempre busca expandir su poder y nunca tolerará permanentemente nada que quede fuera de su control (ISIF, párrafo 164). Por tanto, el conflicto entre nosotros y el sistema es irreconciliable y al final sólo podrá resolverse mediante la fuerza física. El sistema depende de la fuerza y de la violencia para mantenerse -ésa es la función de la policía y del ejército. Si los revolucionarios renunciamos totalmente a recurrir a la violencia, nos ponemos en una situación de desventaja aplastante respecto al sistema. No estoy defendiendo la violencia indiscriminada o automática; en muchas situaciones las tácticas no violentas son las más eficaces. Sin embargo, sostengo que la violencia forma parte importante del kit de herramientas del revolucionario y que deberíamos estar preparados para usarla cuando podamos obtener una ventaja importante haciéndolo.

La razón por la cual el sistema nos enseña a horrorizarnos ante la violencia es porque la violencia de cualquier tipo es peligrosa para él. El sistema requiere orden ante todo; necesita gente que sea dócil y obediente y que no dé problemas. Roger Lane ha señalado que antes de la Revolución Industrial, la sociedad estadounidense era mucho más tolerante con la violencia de lo que lo es hoy en día y que el énfasis en la no-violencia surgió en respuesta a la necesidad del sistema industrial de contar una ciudadanía ordenada y dócil. (Véase el capítulo 12 de Violence in America: Historical and Comparative Perspectives, editado por Hugh Davis Graham y Ted Robert Gurr). Salvo por algunas excepciones, los líderes del sistema son bastante sinceros a la hora de rechazar la violencia. Aunque el sistema tiene que usar la violencia para preservarse, trata normalmente de mantener el nivel de la violencia -incluida su propia violencia- lo más bajo posible, ya que la violencia intensifica las tensiones sociales que ponen en peligro al sistema. El “poli malo” que apalea a la gente es, a su irracional manera, un rebelde contra el sistema. Para los miembros más racionales y autodisciplinados de la tecnocracia, el policía ideal es aquel que usa justo la cantidad de fuerza imprescindible, y nada más que la imprescindible, con el fin de mantener el orden público y la disciplina social.

La mayoría de la gente que insiste en la no-violencia como principio fundamental cae en alguna de las tres categorías siguientes. Primero están los conformistas -aquellos que creen en la no-violencia porque el sistema ha conseguido lavarles el cerebro. En segundo lugar están los cobardes. Y en tercer lugar, están los santos -esas personas bastante escasas cuya creencia en la no-violencia viene motivada por una compasión genuina.

En lo referente a los conformistas y los cobardes, son totalmente despreciables y no necesitamos decir más sobre ellos. Los santos, por otro lado, merecen nuestro respeto. Si aceptásemos sus principios ciertamente deberíamos dejar a un lado la revolución, pero de todos modos puede que tengan un papel importante que jugar. Durante el desorden y la violencia que probablemente acompañarán a la revolución, ellos pueden ayudar a mantener vivo el ideal de la amabilidad y la compasión; y -¿quién sabe?- quizá algún día incluso lleguen a tener un efecto práctico a la hora de reducir la cantidad de crueldad en la sociedad humana. Sin embargo, por sí mismos no podrán ganar una revolución. Para eso hacen falta combatientes duros.

En vista de los modos en que las actitudes hacia la violencia varían según las circunstancias bajo las cuales ésta se lleve a cabo, resulta obvio que, en nuestra sociedad, la mayor parte de la oposición a la violencia es meramente una cuestión de conformidad o convención social. Cuando la violencia es llevada a cabo con la aprobación del sistema (como en la guerra, por ejemplo), la mayoría de la gente la acepta. Sólo se horrorizan ante la violencia cuando el sistema la desaprueba.

Mis abogados trajeron a un neuropsicólogo, un tal Dr. Watson, para hacerme unas pruebas que verificasen que yo no estaba loco. Después de hacerme las pruebas, el Dr. Watson me hizo algunas preguntas sobre mis atentados con bombas. Entre otras cosas, me preguntó cómo me sentía respecto al impacto de mis acciones sobre las “víctimas” y sus familias y parece que le chocó bastante el hecho de que un hombre inteligente como yo pudiese matar a personas sin sentir apenas culpa y sin que el impacto en las familias de los muertos le preocupase demasiado. Sin embargo, si yo hubiese sido un soldado que hubiese matado o herido gravemente a soldados enemigos en una guerra, al Dr. Watson ni siquiera se le habría ocurrido preguntarme cómo me sentiría acerca del impacto en las víctimas o en sus familias. Nadie espera que un soldado dude a la hora de matar soldados enemigos o se preocupe acerca de cómo se sienten las familias de los muertos, y a muy pocos soldados les preocupan esas cosas. Esto muestra que la actitud de la mayoría de las personas hacia la violencia no está gobernada por la compasión sino por la convención social.

El derrumbe del sistema tecnoindustrial implicará casi con toda seguridad privaciones físicas a nivel general. Si la caída es repentina, conllevará una verdadera hambruna, ya que no habrá pesticidas ni fertilizantes químicos, ni semillas híbridas de alta tecnología, ni combustible o piezas de repuesto para la maquinaria agrícola, ni camiones y trenes para llevar los productos a las ciudades. Incluso si el sistema se desintegra más o menos gradualmente a lo largo de unas pocas décadas, es casi inconcebible que la reducción de la población y la transición a una agricultura de subsistencia puedan ser llevadas a cabo de forma tranquila y ordenada. Mucha gente sufrirá debido a la falta de alimentos o de otros productos materiales necesarios, y en tales circunstancias es seguro que habrá un desorden social generalizado y por consiguiente luchas. ¡Miren ustedes la historia! La caída rápida de una civilización va casi siempre acompañada de violencia, y cuanto más avanzada es la civilización mayor es la violencia.

El grado en que la cultura de la clase media moderna trata de suprimir la agresión, la cual forma parte normal del repertorio conductual de los seres humanos y de la mayoría de los demás mamíferos, es algo inusitado. La mayoría de las sociedades a lo largo de la historia humana han sido más tolerantes con la agresión de lo que lo es la clase media actual. Es cierto que ha habido unas pocas culturas primitivas que eran estrictamente no violentas y que las ideologías de la pasividad y la no-violencia han tomado a dichas culturas como ejemplos para tratar de mostrar lo violenta que es la sociedad moderna en comparación con el buen salvaje. Sin embargo, sea su falta de honestidad consciente o inconsciente, ignoran completamente las mucho más numerosas culturas primitivas que permitían un grado de violencia mucho mayor del que actualmente permite la moralidad de la clase media moderna. Por ejemplo, Derrick Jensen, en Listening to the Land (Sierra Club Books, 1995, página 3) elogia a los indios okanagan de la Columbia Británica por el hecho de que nunca practicaban la violencia física, pero no dice ni una palabra que reconozca el hecho de que la mayoría de las tribus indias norteamericanas eran notablemente belicosas. Muchas de las tribus incluso fomentaban la guerra como algo noble y admirable y luchaban en guerras innecesarias simplemente porque los hombres jóvenes querían obtener gloria militar. (Para que las feministas no traten de culpar sólo a esas repugnantes bestias masculinas, debo señalar que los hombres eran incitados por las mujeres. En las tribus belicosas, todas las mujeres querían que sus hijos fuesen bravos guerreros y una de las razones por las que los hombres jóvenes querían obtener prestigio militar era porque éste les hacía populares entre las muchachas).

Por supuesto, la guerra primitiva era muy diferente de la guerra moderna. Hoy en día los soldados luchan para satisfacer la ambición de los políticos o los dictadores; en las principales guerras normalmente son reclutados a la fuerza e, incluso cuando se alistan voluntariamente, por lo general lo hacen porque les han lavado el cerebro con propaganda. El campo de batalla moderno es un matadero en el cual la habilidad y el coraje de un soldado tienen escaso efecto en su probabilidad de sobrevivir. Por el contrario, los indios americanos luchaban o bien para protegerse a sí mismos y a sus familias o bien porque querían luchar. Sus batallas se producían a pequeña escala, de modo que el guerrero individual no quedaba reducido a ser un insignificante trozo de carne de cañón. Y sus conflictos no tenían como resultado ninguno de los daños ecológicos masivos que acompañan a la guerra moderna. De hecho, dado que sus guerras mantenían bajo el tamaño de la población, las consecuencias ecológicas eran positivas.

Eliminar toda la violencia aumentaría nuestra esperanza de vida, pero si bien la esperanza de vida en la sociedad moderna es probablemente mayor de lo que lo ha sido jamás en cualquier otra sociedad, la sociedad moderna está profundamente desquiciada. Ha habido muchas otras sociedades en las que la esperanza de vida era mucho menor, pero en las cuales había mucho menos estrés, frustración, ansiedad u otras formas de sufrimiento psicológico. Esto muestra que la esperanza de vida no es de suma importancia para la felicidad humana; y menos aún lo es para la libertad humana.

No quiero dar la impresión de que considero que la violencia es deseable por sí misma. Más bien lo contrario. Preferiría ver que las personas viven juntas sin causarse unas a otras daño físico, económico, psicológico o de otro tipo. Sin embargo, la eliminación de la violencia no debería encabezar nuestra lista de prioridades. La primera prioridad es librarse del sistema tecnoindustrial.

 

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NOTA IMPORTANTE: Véase “Comentarios críticos a ‘En defensa de la violencia’ de Ted Kaczynski” en este mismo blog (https://ultimoreductosalvaje.blogspot.com/2022/08/comentarios-criticos-en-defensa-de-la.html).



[1] Traducción a cargo de Último Reducto de “In Defence of Violence” (Fecha desconocida). Copyright © Theodore John Kaczynski, para el original. Copyright © 2022 Último Reducto para la traducción. N. del t.

[2] Se refiere a Industrial Society and Its Future, popularmente conocido como “Manifiesto de Unabomber”. N. del t.

[3] El texto original revisado y mejorado está disponible en Technological Slavery, Fitch & Madison, 2019, págs. 21-106. Existe traducción en castellano de la versión original: La sociedad industrial y su futuro, Isumatag, 2011. N. del t.